31.10.14

Borgiana / Una vigilia invisible



El tigre, ebrio de rayas y de hondura,
el laberinto de los efectos y de las causas,
el azogue en el infinito espejo,
el alba en una quinta porteña,
el fuego que purifica,
la conversación entre jazmínes,
los nombres de los libros no leídos,
Whitman en un bosque, pensando en Dios al mirar un árbol,
los arduos alumnos de Pitágoras,
el tiempo feliz de las espadas,
la delicadeza del ocaso en un desierto,
el Ganges, donde todos los seres humanos nos hemos bañado,
el Golem, la arcilla primordial, el poeta vacío,
la trivial creencia de que moriremos enteramente,
el jardín que senderos que nos bifurcan,
la rosa de Milton, su tacto al despertar,
todas las permutaciones invisibles de la ficción,
los poetas menores de una perdida casta de poetas,
los reyes antiguos en sus tronos de odio,
la espléndida bondad de los adjetivos,
el hoy fugaz y el ayer ya eterno,
el olor acre de la sangre en la noche,
Homero y todos los griegos cabales,
la alquimia secreta que inventa un dios en el oro más puro,
los arquetipos y los esplendores, 
la fiebre del árabe, el vértigo del vikingo,
el destino de ser siempre uno mismo y saberlo,
los ángeles hablando con Swedenborg por las calles de Londres,
la ilusión de que existió un principio para todas las cosas,
la muerte de un hombre en el campo de batalla,
el épico sueño de soñarse,
el aljibe limpio de Córdoba,
la gloria inversa del traidor en su postrer patíbulo,
un libro entre los libros,
un río inconcebible ahondando su cauce en la memoria,
los días persiguiéndose,
la sentencia del sabio, 
la fiera en el negro crepúsculo, acechando,
el otro en un banco a la vera de un río, fabulando,
la Inglaterra tejida en pesadillas y en torres gloriosas que miran al mar,
la custodia preciosa de las palabras,
la vigilia invisible, el sueño luminoso
el eco de Virgilio en el Ulises,
la luz encendida que nadie ve salvo Dios
la ardua escritura de un evangelio apócrifo,
el elogio de la sombra,
la estirpe y la sangre, 
el secreto centro del cosmos, que es una sílaba de la divinidad,
el álgebra hermosa y la cábala dramática,
el consabido y no apreciable manejo de unas destrezas al coronar la vejez,
el plano del universo bosquejado por Schopenhauer,
la triste lluvia en el frío mármol,
la luna ajena y la que te persigue,
los haikus del amado Japón,
Abel o Caín dictando un cuento infinito,
Shakespeare descendiendo al corazón del hombre,
el alma cautiva en el frágil cuerpo,
el hidalgo hechizado por caballerías y por amores,
el ciego indice de cosas que no alcanzó,
el rumor del agua en la acequia,
el amor, del que se ocultó o del que huyó,
la sangre gaucha, su fe en el mate, la patria más íntima,
la métrica metálica de las sagas normandas,
la fantasía de Coleridege con una flor como prueba,
el mate en una quinta obsequiada de libros, 
la dulce teología de los libros,
el eco marcial del apellido paterno,
la cierva que cruzó un segundo el sueño y no volvió jamás,
los prólogos y los epíligos monumentales de los libros,
el goce interminable de la memoria, que trae batallas antiguas y trae oro en un cuenco,
el puñal impaciente de Marco Junio Bruto en la pluma del bardo inglés Shakespeare,
un escritorio de caoba que guarda unas cartas de amor que nunca se mandaron,
las comunes frivolidades del vivir y la certera brasa de la muerte,
el convergente, divergente y poliédrico aleph en un sótano en la calle Garay,
el emperador chino que mandó quemar todos los libros anteriores a él,
la línea de Verlaine en la memoria de un bibliófilo,
el mar registrado en una runa,
la biblia, su imposible relato de milagros,
el imposible fervor del sexo,
el amor, que ocupa el centro del cosmos y lo mueve,
la historia íntima de la infamia,
la felicidad que precede al caos,
la madrugada en Islandia, 
la diversa enumeración de prodigios del mar,
la clepsidra en un cuento antiguo,
la memoria y el olvido de los muchos días,
el sur para velar a un muerto,
la sórdida noticia de una venganza leída en un periódico,
el eclesiastés recitado en la oscuridad,
el hierro de los clavos del judío,
la errancia y el refugio de un poeta,
la patria en su pompa de mármol,
el Islam, siglos de espadas, disciplina y agua,
el hábito de un aljibe,
los ayeres como si fuera uno solo,
el goce de los laberintos,
la intimidad de los dioses, 
las trompetas del día final escuchadas por un teólogo,
la música, en donde es posible que estén las demás artes,
las vastas enciclopedias de los hombres,
el panteísmo, ah el inevitable panteísmo,
la ballena blanca en la oscuridad de su dueño,
el corazón de las tinieblas,
los pulcros hexámetros latinos que tutelan el ingreso en un sueño,
la suma de todas las cosas que hacen al hombre ser un hombre,
el peso de la moneda en la boca del muerto,
el cofre de joyas en el patio del soñado,
las sílabas en las que se esconde el nombre de Dios,
el hijo soñado en un río,
las letras urdiendo un sueño,
las enciclopedias esperando en el anaquel,
las conferencias en las universidades,
los paseos por las orillas de los ríos,
el mar sin contemplar, sentido como un abrazo del tiempo
todas esas sutiles cosas, y otras que no sé y otras que no nombro,
son las que le hicieron ser Borges.


Marbella, 20 de Agosto de 2011 / Lucena, 31 de Octubre de 2014



Escribí esta borgiana en un patio encalado, emboscado de pinos, desde donde podía escuchar el ruido del mar. Tres años después lo he vuelto a leer y le he quitado un par de versos y le he añadido otros cuantos. Creo que voy no es mala manera de escribir un poema. Alguno no debería acabar nunca...

4 comentarios:

Setefilla Almenara J. dijo...

No sé si borgianas o qué, Emilio, porque a Borges lo he leído apenas, cuanto puedo decir es que me parece una sabia relación de estampas y que en efecto, roza lo infinito.
Saludos.

Joselu dijo...

Me ha sorprendido uno de los versos: El elogio de la sombra. Es el título de un libro que he leído recientemente de Junichiro Tanizaki. La identidad es tal que me pregunto si es mera coincidencia, un efecto casual de la traducción o una especie de puente entre Borges y Tanizaki. Tampoco sé qué conexión has establecido para incluir este verso en este poema que tiene aroma borgiano, una suerte de reescritura de un poema de Borges, algo así como Pierre Menard reescribió El Quijote palabra a palabra. De todas maneras hace mucho tiempo que no leo a Borges, pero lo que es cierto es que su universo de imágenes son tan suyas que han terminado formando parte de nuesta cultura e identidad literaria. Todo lo que has escrito tiene su impronta y su razón de ser.

Francisco Machuca dijo...

En el precioso libro de Alberto Manguel El lector de Borges, Manguel cuenta cómo fue contratado por Borges en su adolescencia para leer en voz alta los libros que ya no podía ver el ciego de Buenos Aires. Pues bien, Manguel cuenta que, como siempre empleaba ell tigre en muchos de sus poemas, un grupo de amigos quisieron darle una sorpresa y llevarle uno (domesticado) sin decirle nada. Colocaron al tigre muy cerca de su sillón con orejeras. El tigre bostezó y salió de la boca un aire un tanto pestilente. Borges arrugó la cara y dijo que le había venido de repente un hedor insoportable. Los amigos se miraron entre ellos como diciéndose: me parece que la hemos cagado. Cuando se enteró ese bardo que iba a trabajar a la biblioteca subido en un tranvía y leyendo a Dante, que tenía allí delante un tigre dijo malhumorado que a él no le gustaban los tigres, que los metía en sus poemas porque la palabra quedaba bien allí.

He disfrutado con tu poema.

Abrazos, amigo.

Rubi dijo...

He ido a Borges después de leer esto esta mañana, Emilio. Me has obligado. No he debido estar tanto tiempo sin entrar en la cosmogonia del maestro, y la has bordado. Creo que si él la hubiese leído...