20.9.14

Novias

Tuve yo una novia rusa doliente y flacucha que distraía mi torpeza en su idioma con bolcheviques caricias y mencheviques besos. Nos quisimos unos meses en un alarde de cabriolas sintácticas. Dimos esa apariencia de novios formales por las estrechas calles de mi pueblo. Hasta una señora convecina, quejosa hasta la hartura, amiga de no disfrutar nunca con amores ajenos, bendijo pomposamente el nuestro. Sereís felices, dijo. Tendréis tres niños rubios. Ninguno, me temo, se parecerá al padre. Días más tarde, sin aviso ni trompetas, la novia rusa, la doliente y flacucha, me dejo por un concertista de clavicémbalo recién llegado de Moscú. Dejó en la mesita de noche, testigo provenzal de nuestros ardientes asedios, unas páginas arrancadas de una novela de Tolstoi. Mi amigo José Antonio me confesó tener una novia inglesa, pero nunca le dejó novelas de Dickens en la mesita de noche. Mi amigo K., que hace tiempo que no se deja embaucar por las tretas femeninas, tuvo una novia provinciana y generosa de pecho, una novia sin estudios que olía a Pigmalión en el escote. Dice K. que la dejó por tedio puro. Le incomodó que nunca hubiese leído a Faulkner. De ella, ahora que los años la han emborronado un poco, cuenta lo bien que preparaba la pasta con salsa carbonara, lo que se ruborizaba cuando le confesaba que nadie hacía la pasta carbonara como ella. Le recriminé su falta de perspectiva. A mí Faulkner me cansa y no tengo ni idea de cómo cocinar una buena pasta. Se puede vivir sin que los demás tengan nuestras inclinaciones intelectuales o estéticas, K., le he dicho, pero no me escucha, va a lo suyo, cree que es tarde para cambiar. A mí me siguen fascinando las novias sin inquietudes filosóficas. La rusa, vista en la distancia, era de un empacho semántico insoportable. Menos mal que me dejó. Suerte que mi falta de encanto le abrió los ojos. Uno nunca sabe. Los amigos te cuentan sus novias, te dicen si leían o si tenían el corazón ágrafo. Los amigos, a pie de barra, te hacen sentirte bien y no dar importancia a estos desventuras del alma adolescente. Yo creo que todas esas aventuras de juventud solo sirven para encadenar historias en una terraza de verano, convidados por un aire inesperadamente fresco, que invita a pensar que el mundo de pronto se ha empeñado en agradarte. K. disfruta aliñando la verdad con generosas paletadas de mentira. Dice que da lo mismo actuar a la inversa. Hay mentiras a las que las condimentas con hechos reales y crecen en veracidad de un modo espectacular. No era rusa la novia, pero era flacucha. No me acuerdo ya si leía a Faulkner o escuchaba a Brahms. Solo conservo algunos gestos, el tono de voz, el modo en que me pedía que no bebiese tanto. Creo que si la viese ahora no sabría qué decirle. Ella ni me miraría. 

1 comentario:

Mycroft dijo...

Recuerda la adoración que sentían por Faulkner en Amanece que no es poco...