30.9.14

Las pequeñas victorias

Al final solo es un viaje que acaba en el dolor, por más que se disfrace, por mucho que se engalane y se travista de fiesta, pero es el dolor el que lo recibe y quien lo despide también. Algunos no lo perciben. Ni siquiera en los demás, en los que más a la vista lo exhiben. Otros no dejan de sentirlo. Creen que no hay otra cosa que dolor en el mundo. Los muy refinados, o los muy leídos, sospechan que pensar en el dolor hace que se alivie. Toda la filosofía es, en esencia, un recorrido pormenorizado de la historia del dolor. La misma literatura, la grande e incluso la que no alcanza ese rango de esplendor, es un registro de ese dolor. Todos los libros sagrados, los de todas las religiones, tutelan los relatos de la fundación del cosmos, los ruidos de los planetas cuando colisionan, el fervor de los pueblos cuando la promesa del dolor en la tierra solo la mitiga la dulzura de la vida en la eternidad. Pero detrás del dolor está la luz. Existe el dolor porque el placer lo ronda, cercándolo, cuidando de que no se despache a su antojo por el cuerpo y por el alma. Vivimos con la secreta esperanza de que no todo lo gobierne el dolor. Por mucho que la evidencia nos contradiga, por más que se empecine en malograr (iba a poner joder) las pequeñas victorias que vamos consiguiendo. De ellas vivimos. 

1 comentario:

Alberto Cruz dijo...

En lo que yo llevo aprendido, no he aprendido nada de lo que significa el tiempo, si para ganarlo o para perderlo o para ver como pasa sin que se pueda hacer nada. Leer, vivir, amar, me parece una receta buena. Las mañanas de frío, hoy es una mañana de frío que pela, me hacen pensar en el pasado, en mi niñez, qué curioso, en el tiempo en que empecé a darme cuenta de lo hermosa que era la vida. Ahora me sigue preciendo hermosa, pero no es lo mismo. MUy buen texto, muy contenido, muy hermoso, Emilio.