25.7.14

La escuela



El maestro, el bueno, contagia felicidad. No creo que exista una transmisión de valores, formativos y cívicos, sin que la impregne la emoción de sentirse feliz haciéndolo. El entusiasmo es el combustible de la educación. Educar es conseguir que la voluntad del niño, sus deseos, sus esperanzas, se amolden y se integren con los deseos y las esperanzas de la sociedad en la que está inmerso. Eso de la prosperidad y del mundo mejor que en ocasiones airean los políticos, henchidos de gozo, conscientes de estar diciendo las grandes palabras, no es un milagro, uno de esos prodigios del azar. El mundo, si va hacia un estado mejor del que posee, será por el concurso benefactor de la escuela, que es una especie de gran teatro en el que se mueve el maestro, que es un actor y desempeña todos los matices de la trama. Se adquieren esas formidables cosas si se van buscando desde edades tempranas, si la escuela, la escuela pública, de esa es de la que hablo, fija en su organigrama un pensamiento inamovible, uno que prime la imaginación, la originalidad, que fomente lo creativo frente a lo predecible, que haga madurar a quien estudia incitándole a confiar en el maravilloso juego que supone el estudio si lo hace con la libertad de la imaginación. Pero la escuela de hoy en día cree que la creatividad es un obstáculo, concibe al creativo como un elemento díscolo,  poco o nada integrado en la obediencia debida al profesor. Quizá se le respete más y se le observe más, con todo lo bueno que trae observar con detalle y registrar lo observado, si el profesor permite que el camino no sea únicamente el que marcan las pautas o el que cae del cielo invisible de la administración, tan obcecada en las estadísticas, tan alegre en ir dando palos de ciego. Los palos de ciego a veces sangran. Una de las obsesiones de la escuela es la de crear trabajadores del futuro, personal cualificado en el desempeño de los oficios que hacen que un país progrese. La escuela está pensada, desde donde sea que la piensen, para que restituya a la sociedad personal capacitado para que todo siga girando y no se rebaje jamás la formidable idea del bienestar. ¿Es malo todo eso? No, si se aliña con la diversión, si se viste con la originalidad, si se cocina con unos cuantos ingredientes traídos de casa, sin necesidad de que estén organizados en un papel colgado en un corcho. Si el maestro es feliz hará que lo que enseñe irradie felicidad, pero la felicidad del maestro, incluso la del más optimista y de una profesionalidad más orgánica, está continuamente zarandeada por quienes lo evalúan, por todos los que experimentan con su trabajo, con su amor indeleble hacia las disciplinas que trata de enseñar y con su absoluta convicción de que está en posesión de la verdad más redonda, la que menos se puede malograr por las embestidas de la injusticia o  las modas del poder, la de la escuela como un bien irreemplazable, la de una especie de santuario laico de conocimiento, libertad, progreso y cordura. Falta cordura en el mundo en el que vivimos. Si alguna vez se aprecia que ha vuelto será porque algunos maestros han contribuido a que acuda. Ahora que es verano y están las escuelas cerradas, es un modo de hablar, pienso que nunca han estado más abiertas. 

9 comentarios:

Ramón Besonías dijo...

Suscribo, letra a letra. Con sangre (si fuese necesario).

Miguel Cobo dijo...

Ya somos tres.

Anónimo dijo...

La escuela que yo viví no era creativa y así he salido probablemente yo, un poco cuadriculado. Es fundamental hacer elástica la enseñanza, estirarla, sin que se rompe. Lo malo es tirar mucho. Ese equilibrio, ¿sabrías llevarlo?
Me encanta cómo escribes.
Tuviste una escuela creativa, seguro, muchos buenos maestros.

Joan Vendrell

Anónimo dijo...

La escuela que yo viví no era creativa y así he salido probablemente yo, un poco cuadriculado. Es fundamental hacer elástica la enseñanza, estirarla, sin que se rompe. Lo malo es tirar mucho. Ese equilibrio, ¿sabrías llevarlo?
Me encanta cómo escribes.
Tuviste una escuela creativa, seguro, muchos buenos maestros.

Joan Vendrell

Anónimo dijo...

Cuatro ;-)
Gracias!

Candela Junco

Juan Fco. Toril dijo...

Buenas las observaciones, muy optimistas, pero la realidad no permite estas golosinas didácticas,Emilio, por muy bonitas, mucho, muy bonitas de verdad, que sean. De todas maneras, viva la imaginación, viva la creatividad, viva el mundo de las utopías. Yo llevo muchos años, tú imagino que otros pocos, y he visto mucho y he aprendido ya algunas cosas. Esto no es inviable, pero hacen falta muchos maestros como estos que pintas, muy bien pintados, por cierto.

Anónimo dijo...

Plas plas plas plas ole ole ole

Fco. Toledano dijo...

Pues escuelas como las que pintas he visto yo bien pocas, maestros así menos... Espero que existan.

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Gracias a todos por vuestros comentarios. Hablando de escuela a veces me enciendo. Por otro lado es de lo que más me gusta hablar. Solo que terminamos viendo los rotos más que los arreglos. En fin...