22.6.14

Las dos balas



 William Klein


Siempre hay alguien dispuesto a matarnos. El azar hace que no nos lo encontremos nunca o que se malogre la tragedia porque concurrieron las festivas circunstancias disuasorias. Igual podemos nosotros quitar de en medio a alguien de forma fortuita. Uno puede irse al otro barrio por casualidad o por la ejecución primorosa de un plan cuya única trama era nuestra eliminación. El cine negro, el bendito cine negro, vive de esta gloriosa reflexión. Solo por eso uno termina viendo la fotografía sin pensar que sea real. En realidad no lo es. Comenta su autor, William Klein, que le pidió al niño que blandiera el arma y forzase, teatralmente, una cara como la que vemos, excesiva, criminal. Se quejaba el autor de que hubiera sido esa, y no otra de un tema que le satisficiera más, la fotografía que siempre se vinculaba a su nombre. Apacigua el conjunto el niño de la derecha, que no exhibe ninguna emoción visible salvo, tal vez, la de contener a su amigo, que está absolutamente desencajado. Creería uno que el fotógrafo pudo acabar con una bala reventándole el rostro, pero hay una inclinación a pensar que el chico acaba bajando el arma, relajando el gesto, como si la mano en su brazo, la del amigo, acabara imponiendo su criterio. La fotografía, ese arte mayúsculo, establece con quien la observa la misma relación que fomenta la literatura para quien la lee. Lo fotografiado documenta lo que el ojo registra, pero no es solo la belleza la que queda al final, después de la mirada, sino la constatación de un mundo repentinamente revelado, como la trama oculta en las páginas de una novela. No se trata de lo que veo sino de lo que quiero ver. El hecho mismo de que la imagen sea forzada, al modo en que lo son las de una película, hace pensar la responsabilidad de la fotografía, su compromiso con la realidad. Lo que suscita este fingimiento es la irreprochable validez de una imagen, descontextualizada, huérfana de todo vínculo con lo que le precede o todo lo que trae detrás. El desquiciado del arma, el niño violento, se postula como símbolo, adquiere la trascendencia con la se despachan las cosas de más fuste, las de la cultura. No hay nada que evocar que no hayamos pensado ya antes o que no nos haya sido servido en la iconografía clásica, la de la literatura noir, la del cine de ese género, pero la violencia no es solo una etiqueta, un recurso semiótico. Solo bastaría tener la certidumbre de que el niño acabara descerrajando el disparo sobre la cara del fotógrafo, pero estamos a salvo de la realidad, estamos encapsulados en la ficción, en cierta idea de que incluso los acontecimientos más extraordinarios, los más duros y de más hondo patetismo, pueden ser considerados una rama de la literatura, como convino Borges sobre la teología. Tenemos un blindaje óptimo. Nos hemos pertrechado bien de refugios en donde resguardarnos. Y no saber nunca si la bala se quedó en el tambor o el dedo percutió el gatillo y salió del arma, invencible. 

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