18.6.14

Chestertonia



Hay quien ejerce de cualquier cosa en la que se involucre con absoluta entrega, sin que la flaqueza o el desmayo malogren la empresa encomendada, sin que se aprecie otra cosa que entusiasmo, limpio entusiasmo. Conozco gente con este perfil estajanovista, gente que salvarían el país si el país estuviese en sus manos. No solo porque evidencien ese ardor en el desempeño de su trabajo sino porque contagian el vigor, la entereza, todo ese listado de virtudes que admiramos en los demás y que uno mismo, a poco que se hurgue, no encuentra casi nunca o, a lo sumo, las encuentra desmadejadas, un poco reticentes a que las traigamos y contemos con ellas para nada. Mi amigo K., que es un vago sublime, uno de esos tipos que podría estar días enteros enfrascado en las obras completas de Chesterton. Dice que es un trabajo que haría con brillantez. No hay trabajo en leer a Chesterton, en escuchar a Parker o en dejarse los ojos en todo el cine alemán de Lang, le informo. Todas esas cosas no son trabajo, labor remunerable. No lo entiende, no le entiendo, pero no he dejado de darle vueltas al hecho de ejercer de forma impecable un oficio inútil, que no rinda al resto. Se puede ser perezoso de un modo absoluto. La cosa, al cabo, es hacer algo en lo que no se escatime ninguna brizna de talento. Luego está eso de en qué cosas uno posee algún talento. En leer a Chesterton, por ejemplo. No digo ya en confiar luego lo leído a alguien o en presumir de que la lectura ha sido altamente provechosa. Es únicamente el hecho físico, privado, de una intimidad brutal, en el que uno coge algo de Chesterton, no necesariamente una novela, mejor un volumen de ensayos, y entabla un diálogo. A K. le encanta esa certidumbre, la de que no debe haber una descomposición posterior del texto, que todo permanezca atesorado adentro, como una cosa muy frágil que los lances de lo exterior pueden malograr. En esas andamos los dos. Buenas noches. 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Emilonia.