8.5.14

Cuentos


No hay nada que esté a la altura de la ficción. La verdad, la programable, la que se registra y se estabula, no alcanza a la ficción ni cuando se esfuerza con más ahínco o cuando consiente que un poco de ella, prestada, la traspase. Amo la ficción casi por encima de todas las cosas. El mundo es también ficción. La vida que llevamos es una ficción a la que le damos carta de credibilidad, de asunto pesado, medido y gobernado. Buscamos a Dios porque la divinidad contiene trazas de ficción, grumos puros, sin cortar. Más que el amor, la prioridad es la historia, la narración. Todas las religiones se construyeron en base a esta premisa. Todas conmueven por el peso moral o el estético de lo que narran. Ninguna malogra la posibilidad de que los textos exhiban esa musculatura épica, de cuento infantil casi, con la que el espíritu se eleva y se deja traspasar de toda clase de ángeles. Luego está la realidad, aplazando toda especulación narrativa, imponiendo su trajín, mostrando sin pudor el tráfago de sus asuntos. Está tutelando todas estas banales distracciones del alma inconforme.