27.5.14

Cuatro de martes

Disidencias
A veces hay que estar en un grupo combativo, aunque sea para no anquilosarte. Como no estoy en ninguno, escribo. En lo que voy dejando registrado me aparto de mí o me declaro abierto seguidor de todo lo que hago. O me encanta todo lo que se me ocurre o entro en caída libre y detesto cuanto invento. De una o de otra forma quien sale reforzada es la escritura, que es la parte verdaderamente combativa. En cierto sentido, escribir es un diálogo entre el lector - un censor consumado - y el escritor. No se me ocurre conversación en la que se ponga más al descubierto el espíritu. Quizá escribir sea un poco como hablar con Dios, pero sin salirse de la propia cabeza.

Talleres de poesía
Hace tiempo que no asisto a una de esas reuniones en las que se lee poesía sin orden ni concierto alguno, y ciertamente no las echo en falta. Ya me cansaban cuando me dejaba ver por ellas, leyendo yo a veces o escuchando, la mayoría. Siempre tenía la impresión de que lo que yo impostaba no iba a ser escuchado con la rotundidad que merecía. Pensaba que la poesía, si se lee, precisa de una voz idónea, que la eleve y la convierta en algo sólido, incrustado en el aire como quien fija un clavo en la pared para colgar un cuadro. Lo relevante de esas reuniones de poetas no era la poesía, por desgracia. O lo era de un modo accesorio, de poco fuste, siempre zarandeado por circunstancias extrapoéticas del tipo "conozco a alguien que puede publicarme en...." o "hay un concurso al que e voy a presentar". Mientras los aspirantes airean sus proyectos editoriales, yo iba haciendo amistades. Buscaba el destello ajeno al vértigo de las letras. Convenía conmigo mismo que el único disfrute de aquellos eventos era la posibilidad de encontrar un alma gemela, un lector paralelo, una especie de yo escindido de uno que de pronto se reconociera en mí y se esforzara en agradarme al modo en que yo lo hacía. K. dice que era un excelente método para ligar. Volvemos siempre a la misma vieja idea: escribimos para que nos quieran más.

Secretos 
Fui hace pocos días destino involuntario de unas confidencias que no me incumbían. Se siente uno zarandeado, toma conciencia de que valdría otro o de que no es verdaderamente a uno mismo a quien van dirigidas. Las escucha con atención, aún así. Se esmera en razonar en lo posible lo contado y en atinar después qué se responde, cómo corresponder a la intimidad recién volcada. Y se sale herido. Un tipo de herida irrelevante, es cierto, pero te molesta mientras la observas. No querríamos tener esa responsabilidad. Se vive mejor si solo sabemos lo propio o, en todo caso, lo que atañe a quienes tenemos más cerca, a quienes amamos. Pesan las confidencias. Molestan incluso.

Escuchar al Papa
Siendo de otro mundo, este Papa parece de éste. Solo hace falta escucharle en corto, apreciar el mensaje que no busca la fidelidad a la causa cristiana. Es un hombre al que se le puede invitar a la mesa con la certeza de que el alimento será espiritual, a pesar de que no exista complicidad alguna en la liturgia. La moral es otra cosa. El sentido común. Las ganas de arreglar el mundo desde el lugar preeminente en donde está.