19.5.14

Algunos bailan para recordar, algunos bailan para olvidar



Uno va queriendo que lo recuerden hasta que de pronto decide que lo olviden. Me pregunto si algún día todo lo que voy dejando escrito aquí y allá no me represente o no lo considere ya mío y  pediré que sea borrado y si será posible que todos estos años de constancia narrativa ya no estén al alcance de nadie y no pueda leerse nada de lo que fui dejando. Lo otro es fácil. Lo otro es la realidad, el modo en que perduramos en los otros, en cómo existimos en sus vidas y en cómo también de pronto desaparecemos, desocupamos un lugar que antes fue nuestro. No sé la de amigos que ya no tengo y que tuvieron un lugar y que ya no es de ellos. Los recuerdo con afecto o sin él, pero tengo la certeza de que no están. Por unas causas, por otras. De igual modo tampoco andaré yo en donde solía. Tendré quienes me borraron. Por unas causas y por las otras. La red opera de distinta manera. El derecho al olvido es un logaritmo. Lo que no hay es derecho a la memoria. No hay forma de que uno trascienda por mucho que lo desee. No está en nuestras manos perdurar. Quizá los hijos nos hagan perdurar, pero no esta niebla de ceros y de unos a la que volcamos casi el ser entero, como si quisiéramos contarnos de golpe y ser escuchados instantáneamente. No hay red social que cubra la necesidad de afecto de modo absoluto: son todas representaciones falsas, aunque en ocasiones cumplan algunas funciones que les encomendamos y nos hagan creer que estamos en el mundo y que el mundo, a su modo secreto o invisible, nos ama. No hay tal amor o lo hay de una manera aleatoria, circunstancial, eventual, regida por patrones efímeros, diseñada para que nadie permanezca en el silencio. No podemos pasar desapercibidos. Se nos quiere visibles, se nos desea a la vista. Debemos ser peligrosos si no estamos a la vista. En cierto sentido, está bien perderse, borrarse, dar a entender que no queremos participar del juego, producir una sensación incómoda a quien cree que todo está bajo control y que el sistema es eficiente y condena al extraviado, al insumiso. El derecho a no estar en la red, a que desaparezcan nuestros datos, es una insumisión en toda regla. Uno va queriendo que los recuerden y otros van queriendo que los olviden. Como en Hotel California, la inmortal pieza de los Eagles: "Some dance to remember, some dance to forget". Y al Leteo lo patrocina Silicon Valley...



2 comentarios:

Magdalena Castro Mendoza dijo...

Aparte de temazo, gran tema. Lo teórico y lo práctico. Lo que cuentas y mis adorados The Eagles con su mejor canción, una de las mejores que coznoco. Esta versión es además espléndida. Lo otro: nos están comiendo, y no podemos escaparnos del mordisco. No nos dejan.... ¿o sí? Es bueno lo que ha pasado. El olvido o la memoria, pero a capricho del dueño, digo yo...

Juan Herrezuelo dijo...

Uno podría pensar que en tiempos en que todo el mundo desea ardorosamente estar presente hay quien aún prefiere brillar por su ausencia y que el faraón de todos los buscadores de internet borre su nombre de las piedras cibernéticas y de la memoria algorítmica de los hombres, ser de una modestísima manera un Salinger sin centeno y sin foto. Pero he aquí que apenas escarbas en las razones últimas resulta que lo que no se quiere es salir como titular de una deuda, sobre todo si ya fue pagada. Ah, que poco romántico es todo hoy. En cualquier caso, amigo Emilio, dentro de cien años todos olvidados: de todo esto que fluye en la red no quedará nada, ni un eco, ni un destello, ni una huellita, ni el fósil de un pensamiento brillante, como lo son siempre los que se reflejan en este espejo tuyo.