11.5.14

4.47

Invariablemente amar las cosas que declinan, todo lo que acepta rendirse, no avanzar más, dejar que el viento escriba algo, aunque no se cuente, consentir que las horas no se persigan más, convencerse (he aquí lo difícil) de que ninguna vez más escucharás el ruido de la lluvia o verás el mar agasajarse de luz y estallar en la distancia, mientras lees en la playa unos poemas en un libro antiguo y piensas que el mundo está bien hecho y que todo está ahí para que tú lo admires. Por razones que me cuestan comprender, existe esa querencia por lo triste, la consideración del mal como una parte del guion, del tiempo como una flecha, una hiriente, no como un camino, uno abierto y entusiasta, horizontal y puro. Tal vez escribir despeje estas incógnitas. Es probable que la función de la escritura sea la de aliviar el dolor. Leer es siempre otra cosa. En este instante, justo ahora, en este momento en el que escribo, noto un descanso, una especie de paz que me impide cerrar el texto o que me trae más ideas que exponer. De todos los asuntos que son parte indisoluble de lo más mío es la escritura de la que menos conocimiento tengo, es una de las que más me fascina. De verdad que querría yo saber qué hago a las cuatro cuarenta y siete arañando la superficie de las palabras en lugar de perderme en los sueños, de retirarme unas horas en el sueño. 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Duerme, mi niño, duérmete ya...
Un beso