3.4.14

Tres de jueves

Los dioses y las palabras
De lo que uno habla trasciende poco, nada se fija, no hay nada que se ajuste a un recipiente que lo (p)reserve. Quizá por eso escribimos. Se escribe para que algo trascienda, se fije, perdure. Queremos perdurar en lo que escribimos, dejar un registro de lo que fuimos o de lo que pensamos, ofrecer a los demás indicios de lo que fabulamos o dejar constancia del amor que nos dispensaron o el que entregamos nosotros. Escribir es un ejercicio de inmortalidad, en cierto sentido. Cabría incluso la muy metafísica idea de que, al escribir, no precisamos el concurso de la fe. Quien escribe, puede apartar a Dios de su camino: considerar que no hay nada que Dios pueda hacer para que nuestra vida sea más feliz. Lo de la vida después de esta vida no merece atención en este escrito banal y caprichoso. No entro en el barro de la mística. Han sido muchas las ocasiones en que he entrado ahí con zapatos nuevos y he salido seriamente perjudicado, cuando no descalzo. Regreso siempre al buen Borges: dejó escrito que todos somos teólogos, y que para serlo no es indispensable la fe. Pues eso. Teólogos. Sienta bien pensar en los dioses sin tener que rendir cuentas ante ninguno.

Entrando en negro
Tengo el encargo de escribir un cuento de género negro. Creo que debe ser sucio, muy sucio. Tiene que ser un cuento que se descarne conforme avance. No es imprescindible que haya muertos, pero alguno conviene. La rubia la omitiré. No me gustan especialmente las rubias. Las prefiero de pelo bien negro. Siendo el noir el cine que más me gusta, con diferencia, no creo que me sienta en desamparo cuando me meta en faena. Estaré más cogido por el cine que he visto por la literatura que he leído. De cualquier manera, me recrearé (en lo que pueda eso de recrearse) en el detective. Tengo ya en cabeza un Sam Spade doméstico, de andar por casa, contratado por un hacendado con pocos escrúpulos, que le pide que busque a su hija, con la que no se habla hace años. Muy original, como ven.

Mirando al viernes
De lo que tendría que escribir más en serio es de los fármacos, de cómo organizan tu vigilia, de hasta qué punto gobiernan tu estado en el mundo. Los que me acompañan invariablemente en primavera (los que reducen los efectos invasivos del polen) se alían con los imprevistos (uno está sano, pero no se está sano del todo nunca) forman una contundente zaga química cuyo fin es curarme, es cierto, pero que me anulan mientras trabajan en mi beneficio. No es solo el sueño constante, sino la sensación de que no va a ser posible llegar al final del día sin flaquear un instante o de que acumular mañana otra jornada como la que se sufre hoy tendrá consecuencias más graves. Ayer lo decían de los futbolistas: estajanovistas en lo suyo: un partido cada tres días, al máximo nivel, durante meses, propiciando que en cualquier momento el cuerpo decide pararse, merced a una lesión o a una reducción masiva del aparato locomotor o del alma, quién sabe. El caso es que ahí ando, zombificado, pongamos por caso. Y el viernes no sana del todo, no crean, aunque algo hace. Que venga ya.

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