27.4.14

Las historias más grandes jamás contadas






Del cine se extrae la romántica idea de que se puede morir por amor y hasta matar por amor. Luego la realidad malogra el romanticismo y nos informa de que hay gente descerebrada que mata por cualquier cosa, que matan en nombre de las banderas o por palabras escritas en libros que tienen miles de años. El cine es siempre un territorio sagrado, sagrado e idílico. Amamos esa fantasía inverosímil  en la que no se registra lo real sino que su permuta por lo fantástico, por lo irracional a veces (que haya dragones, vuele un hombre con una capa o un ratón explique lo feliz que es por encontrar el escondite del queso) o por lo deliberadamente inverosímil. Libramos con el cine una batalla amable en la que no nos incomoda que nos hable un cadáver al que vemos infelizmente en una piscina (Sunset Boulevard, El crepúsculo de los dioses) y relate la travesía que terminó en su defunción. Miramos con cierta bondad el formidable personaje de Thomas Harris, ese Hannibal Lecter patológicamente dotado para el mal, carente de escrúpulos, un sociópata culto hasta límites místicos, sensible en un extremo asombroso, pero hechizado por esa maldad a la que se entrega y por la que nos hacer sentir extrañamente culpables. ¿Nos gusta Hannibal Lecter? Quizá nos guste porque lo que vemos es una representación del mal, un simulacro balsámico, una especie de demonio muy lírico que no siente remordimiento y que ha leído a los clásicos y sabe que Medea mató a sus hijos, aunque los mitos, incluso los griegos, viven en otro simulacro, en un limbo narrativo, en una apariencia impostada de la que la cultura de los siglos ha extraído enseñanzas y ha alentado religiones. Queremos ver lo que la realidad nos priva. Existe una inclinación natural por hocicar en lo clandestino, por ser un voyeur con coartada. La literatura, toda entera, es un ejercicio lícito de voyeurismo legitimado. El cine, todo entero, es un ejercicio de una depuración distinta, fermentado en odres de más inmediato encanto, pero lo que se madura en ambas es la rendición pública de un privacidad a la que en principio no tenemos por qué tener acceso alguno.

La misma representación erótica, incluso la pornográfica, se ajusta a ese deseo sublimado en el libro o en la pantalla. La estrategia discursiva del porno prescinde de toda la experiencia cultural del espectador y apela a la no-ética, al disfrute visceral puro. En lo impuro, en lo más carnalmente pagano, en lo que no posee conciencia ni existe más allá del objeto sublimado y perfecto, está también la raíz del cine, todo ese carrusel enfebrecido de ficción y de industria. Queremos ver lo que no la realidad nos priva. Lo clandestino. Lo perverso. Lo malo por ser malo y por no tener oportunidad, de buenos que somos, de asistir a su desempeño. El voyeur de hombría izada por el fornicio de los demás es la representación canónica del espectador en su grado cero. De él, de ese destinatorio sin alma, sin espíritu al que alimentar, se extrae la escasamente romántica idea de que se puede morir por el sexo y hasta matar por el sexo. No hemos dejado de hacerlo desde tiempos inmemoriales y no vamos a dejar de hacerlo hasta que la casa tierra reviente. La violencia, incluso la estilizada, la que se acomoda a los discursos de quienes la detestan, también se deja querer por los vértigos de la ficción. En Perros de paja existe un mal larvado que explosiona cuando se le busca. Puro Peckinpah. El corazón tiene razones que la razón no escucha, dice el maestro. Yo sigo apasionadamente enganchado a que me cuenten cosas. Mi corazón tiene razones que la razón ni conoce. Se van los dos sobrellevando y aquí ando yo, escribiendo sobre lo que me gusta, creyéndome las mentiras que me cuentan. 

En cine no soy laico. En literatira, tampoco. Soy de los que celebran los misterios al modo en que los hacen los creyentes cuando se postran ante sus dioses. Igual que hoy canonizan a dos padres de la iglesia, con pompa y con gran aparato mediático, yo canonizo a diario a mis santidades del celuloide o de la literatura o de la música. Tengo altares ante los que me postro, santuarios que cuido, a los que aplico el esmero que a veces ni me aplico a mí mismo. Los míos, mis santos,  no son trascendentes. O lo son tan solo mientras el metraje avanza. Cuando la trama concluye, se retiran. Sé que los tengo. Si no fuese por ellos, mi vida sería infinitamente más triste. Soy el voyeur, soy el espectador perfecto. Me trago todas las historias. Soy crédulo por convicción narrativa. Soy Joe Gillis, escritor de segunda categoría, huyendo de mis acreedores, refugiado en casa de Norman Desmond, la diva del cine venido a menos o venida a nada, que malvive de su esplendor en la compañía de su fiel criado Max y de un viejo proyector que ilumina sus interminables noches. Terminaré muerto en la piscina y cada vez que se abra el telón os contaré mi historia. Será vuestra. Yo solo habré cumplido lo que se me encomendó, la restitución de una trama. 



3 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Me encanta todo lo que dices hoy aquí,mi querido amigo.Estoy tan identificado que tengo la cabeza llena de cosas para poner aquí,pero hay que restar. En los albores de Hollywood, el guionista era una de las figuras trágicas de nuestro tiempo y evocaba la singular angustia que acosa a quien siente lástima de sí mismo mientras gana enormes sumas de dinero. Su grave situación queda resumida en Sunset Boulevard, donde Joe Gillis prefiere poner fin a su infeliz carrera, boca abajo en la piscina que siempre ansió tener, antes que admitir su fracaso y regresar a la humilde oficina de periódico en Ohio.

Hoy en día, claro está, sus sucesores reposan boca arriba en las piscinas de Hollywood, sin mayores estremecimientos trágicos, y los enormes honorarios que reciben por guiones que a menudo nunca se filmarán alcanzarían para comprar en el acto cualquier periódico de provincias.

He soñado unas cuantas veces situaciones similares a la de Joe Gillis. Habito en una mansión barroca,desvaída,capitaneada por una mujer madura,enigmática,pero aún guapa.Yo allí,tumbado en el sofá y colmado de mimos y lujos al mismo tiempo que ella me ofrece un espectáculo chaplinesco.En mis sueños me pongo muy caliente.Cuando despierto estoy trempado (no me avergüenzo decirlo).Luego,en la cama y con la mirada en el techo,las manos entrelazadas en mi nuca y mirando esa telaraña que siempre me digo que debo quitarla.Me pongo a reflexionar y buscarle un sentido a todo.

Abrazos,mi querido amigo

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Poseo un sentido muy primario de casi todo en la vida, pero no de los placeres. Los mimo, los adoro, los tengo como lo más preciado a lo que agarrarme, lo que me hará sentirme bien cuando las circunstancias no me induzcan a sentirme bien. El placer de escribir, el de leer, el de pasear, el de escuchar a Charlie Parker a las tres de la madrugada, el de beber cerveza, el de saber que tengo en mis baldas refugios que pueden hacerme vivir tres vidas más, sin que yo tenga que distraerme con la realidad. Pero la realidad es una hija de la gran puta y requiere su peaje, nos hace pagar, nos invita de mala manera, nos lleva en volandas, después, nos ama, también. El guionista soy yo, el guionista eres tú. Los sueños son los textos de los que no escriben. El viernes fui a un Instituto de mi pueblo, invitado por el Ayuntamiento, a dar una charla sobre lecturas y escrituras, sobre aficionar a leer y a escribir, y hable´, en otros términos, de todo esto, Francisco,. Fue un rato emocionante. Un abrazo repetido, grande.

Joselu dijo...

Me alegro de que tu charla fuera bien. Sin duda los chavales reciben una nueva voz con mayor atención que la habitual de cada día de sus profesores. Creo distinguir en la música de tu artículo el eco del texto de García Márquez en esa detención de la incredulidad ante la obra literaria o cinematográfica. Yo suelo leer también así. Tanto que me cuesta distanciarme críticamente para comentar lo leído, que más bien me sale recrear lo visto o leído.