14.3.14

La sangre, la luz, la palabra

No hacer nada, no discurrir, no entrar en lo hondo, no perderse en las esencias. En todo caso, merodear la periferia, pasear las afueras, vivir lo de uno como si no nos incumbiese, pero siempre hay un obstáculo, no hay una distancia pura: la incomoda la vida misma, su vértigo, su fiebre, todo el caudal de experiencias que nos avisan del riesgo o que nos confían la dulzura del placer cuando el placer merodea o se insinúa o nos roza levísimamente. Y quizá sea así como debe ser: que no se sustancie la pereza en uno, que no nos invada del todo, que haya siempre una brizna loca de sangre lampando por fugarse. La sangre es el motor del mundo. No es la luz, la que los poetas proclaman, la que se sublima siempre: es la sangre. La luz viene después, confirma la vigencia de la sangre, la airea, incluso la bendice. Basta que la sangra fluya o que la luz prenda. La poesía es lo turbio escandalosamente engalanado, pero amamos la turbiedad, buscamos en esa perturbación las razones de nuestros desengaños: porque tiene que haberlas, no puede ser que todo este malestar sea fortuito, obedezca al azar, se sostenga en lo accidental y no posea ni siquiera un lenguaje fiable con el que poder amarla. Son las palabras las que hacen que podamos amarnos. Todo se aviene a su imperio falible, pero hermoso. No hacemos nada, no discurrimos, no entramos en lo hondo, no nos perdemos en las esencias, merodeamos la periferia, la paseamos, pero acudimos a la sangre o acudimos a la palabra para nombrar el maravilloso cielo azul o para maldecirlo. 

2 comentarios:

Laura Rodríguez dijo...

Son maravillosas tus palabras, hacen que todo tenga sentido.

Hanna dijo...

Lo de «La poesía es lo turbio escandalosamente engalanado» debe de decirlo el poeta porque, cuando el fuego de la sangre chisporrotea palabras, todo ese fárrago, aun ha de pasar por taller donde es cincelado con sudor por buril, cincel, escoplo, cortafrío... Pero estas cosas se le pasan por alto al lector si el poema no se lo cuenta, ¡sería un escándalo que Dios mostrara su taller al mundo! Por otra parte, qué cosa fuera la maza sin cantera, que decía, dice, Silvio Rodríguez...

Encantada, Emilio, de poder darte las gracias.