19.3.14

Elogio del silencio



Ya nadie escucha, ahora todos hablan, lo cual es un contrasentido, una cosa absurda, un desatino o un desquicio. Uno de los discos de jazz que más me gusta es el Keith Jarrett en Colonia. No sé si es jazz o es otra cosa, pero es un disco asombroso, sublime en muchos tramos. La música de ese disco, la que Keith Jarrett ejecuta a solas, en su piano, es lo más parecido al silencio que conozco. Importa lo que dice y también lo que no. En la vida real, que no tiene mucho que ver con el jazz, importa más lo que se dice. El silencio no cuenta o cuenta mal. Cuesta encontrar a quien escucha de verdad. No cuesta lo contrario: gente que no para de hablar, de expresar sus opiniones sobre cualquier asunto, incluso de expresarlas sobre los asuntos sobre los que no poseen conocimiento alguno, gente cansina, de verbo encendido, a la que no la gobierna la mesura. Se cree que el que no habla es un individuo de una escala o de un rango menor. Quizá nos hayan educado para esto. Gana en la escala social el que habla más. Vivimos en una sociedad en la que se sobrevalora el monólogo. Uno habla, incluso habla sin apreciar o valorar el efecto de lo que habla en los otros. A lo que conduce esta saturación de sonidos es a que el silencio incomode. Definitivamente no está de moda. Quien se esmera en aplicarlo suele caer mal. La gente rara es la que calle: quién sabe qué estarán pensando. Es mejor ver venir las palabras o escuchar los ruidos. Se advierte el grado de prosperidad de una sociedad por la cantidad de silencio que genera. Bien al contrario, relacionamos el ruido con el grado de decadencia que posee. Da igual que sea una obra de teatro, una proyección cinematográfica, una homilía en un templo o una clase en la que el profesor enseña trigonometría.

A mí no me enseñaron a respetar el silencio. No sé dónde adquirí después el amor que le profeso. Sé que lo disfruto a conciencia en cuanto dispongo de él o cuando permito que me invada. Es una de esas sensaciones de extraña plenitud que nos reconcilian con nosotros mismos. El ruido es el que nos aparta, el que nos perturba, el que logra que no sintamos la tierra girar bajo nuestros pies, como cantaba gloriosamente mi adorada Carole King. Somos el silencio que vamos guardando, secretamente somos el silencio atesorado. Por eso irrita que lo profanen, cansa que lo perviertan. Anoche mi amigo Rafael Roldán dejó consignado en su blog que el silencio malogra la belleza. En cierto modo, dejó escrito justamente eso. Que uno no puede dejarse caer en la belleza si nos distrae la mediocridad circundante. Que solo en silencio podemos adentrarnos en lo inefable, pero claro, ¿cómo podremos vender la idea de lo inefable en este vértigo, en esta fiebre, en esta convivencia violentada. Lo que está en juego es la demolición de esa convivencia. La están apartando de su cauce, la están reduciendo a una mercancía con la que los políticos venden sus ideas, las que luego son refrendadas por los votos. Ahí también cobra el silencio su justa relevancia: en premiar con él a quien no responde a las altas expectativas que la sociedad exige, pero no creo que lleguemos a ningún sitio, no responde nada de lo que digo a ninguna estrategia de reparación. A Rafa le molesta (es una término corto quizá) que no exista silencio en el templo. Afuera hay otro templo, uno al que continuamente le estamos perdiendo el respeto. Tendremos que meternos dentro del disco de Keith Jarrett en Colonia o en la tragedia de una gota de sangre o el derramamiento de una limpia lágrima. Ahí dentro podremos preservarnos, pero no nos dejan, se obstinan en contravenir ese deseo íntimo, se esmeran en estropearnos el supremo placer de encontrar paz en el crepúsculo, como cantaba Franco Battiato. 

5 comentarios:

Antonio Casado dijo...

Mejor hubiese sido callar, si lo que voy a decir no es más bello que el silencio, pero cuesta, porque esun texto que subscribo lìnea a línea, que me parece mío, no porque yo pueda escribirlo (de verdad que me conozco y sé hasta donde puedo llegar) sino porque lo entiendo a la perfección, y lo refrendo. Estamos barbarizados. En las iglesias, en las plazas de pueblo, en los coches... Hoy he tenido un episodio "bárbaro" en un coche, el mío, cruzándome con otro. Ha faltado poco para que alguno bajara del coche, y entablara un incómodo diálogo, que hubiese sido brutal. Nos hemos parado los dos. Somos un incivilizzados...


Phileas Fogg dijo...

Wittgenstein: ahí sigue el cabrón empujando desde la tumba. Un saludo, enhorabuena por el blog, por escribir.

Rafael Roldán dijo...

El pianista cierra los ojos, levanta sus dos manos, ha terminado el allegro y se dispone a interpretar el andante tímido y delicado de una sonata de Haydn; nos queda el gozo en el corazón y es posible que ahora llegue la lágrima, estamos dispuestos a ello cuando, justo detrás, una voz se levanta del silencio para preguntar "¿te acordaste de comprar los tomates?"

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Estamos expuestos, a diario, Antonio. Hay que pararse, Antonio. No merece la pena. No somos eso que dices. Lo serán los demás. Debemos ser la reserva. Si no...

wittgenstein: hilas alto. Un saludo, gracias por leer, y por volver después de mucho tiempo, Phileas.

Dan ganas de yo qué sé, Rafa. Pero eso: la reserva de educación, el tino, el tiento, el orden, la mesura, la idea de que no podemos caer ahí, hasta que caemos...

César Alejandro Carrillo dijo...

Buen día, Emilio. Hoy me estoy "estrenando" leyendo tu blog. Excelente. Suscribo, letra a letra, este artículo. ¡Qué difícil encontrar cómplices que te permitan escuchar, en silencio, lo que no necesita ser comentado "durante"! En mi vida de melómano de muchísimos años (más de cuarenta) tan sólo recuerdo uno o dos compañeros de ruta que hayan sufrido, gozado, llorado y reído, al mismo nivel, los avatares de un disco cualquiera. Y cuando de Jarrett se trata, ni hablar. He disfrutado el Köln Concert casi desde su aparición y ciertamente no es un disco que tenga que escucharse tan seguido, so pena de intoxicarse. Algo parecido me ocurrió con la Misa Negra, de Irakere, la mejor banda de jazz latino que haya existido. No podía dejar de escucharla, DIARIAMENTE. Para finalizar, recomiendo a aquellos correligionarios de Jarrett, una audición atenta, si aún no lo han hecho, de su disco "Paris Concert" (1990). Eso sí, primero háganlo solos. Luego, pueden intentar arriesgarse a oírlo con otro. Gracias, una vez más, Emilio.