27.3.14

El blues del chico ostra


 Tim Burton

Ya no sabe uno si seguir amando los mundos sutiles, los ingrávidos y los gentiles, no sabe si decantarse definitivamente por el activismo o por ser el chico ostra, encapsulado, conversando con su sistema operativo, a riesgo de amarlo como el pobre Theodor, el protagonista de Her. No se sabe casi nada y lo poco que se cree saber se tambalea a diario. Quizá pase todo esto porque estamos saturados. Contra la saturación no podemos hacer mucho. Saber que existe, a lo sumo. Aceptarla, si no tiene uno demasiada gana de dar guerra. Caso de querer darla, está el activismo, pero no me veo en las calles, enarbolando pancartas, vociferando proclamas. No me veo, no me sitúo, no logro posicionarme del todo, aunque haya alguna manifestación muy mía, en la que se dicen cosas que comparto. En lo más íntimo, prefiero ser el chico ostra, sin llegar al extremo de ser Theodor. Admiro a quienes salen a la calle. Es una admiración sincera. Es posible que el futuro esté en las calles, y entonces yo me lo esté perdiendo. En casa, contemplando la realidad como espectador, se pierde uno la épica. El chico ostra, por variados motivos, no sale, no se involucra. Theodor, por esos y por otros más retorcidos, tampoco sale, tampoco se pringa. Viven los dos en un mundo espiritual, de absoluto goce estético. En ocasiones les envidio. Ojalá pudiésemos vivir fascinados por la cultura. Que nada perturbase ese enamoriscamiento. Que los días fuesen intensos y felices al modo en que lo son ciertas novelas o tramas cinematográficos o que la música nos transportase a un paraíso completo en el que todo adquiere un sentido y el mundo gira armónicamente y la luz en el cielo brilla con un esplendor al que no estamos acostumbrados. Debemos ser chico ostra de vez en cuando. Incluso Thedor de vez en cuando también. Volver después a la realidad, entendernos con los primores de lo real, como quería el poeta, pero haber estado antes en el otro lado, haber perdido el tiempo absolutamente, haber convocado el mal y haber visto cómo nos corrompe (no puedo pensar en Walter White, en mi Walter White) o haber dejado que el bien nos tiente, saber lo firme que acude y rechazarlo con fiereza también, como si supiésemos que la bondad absoluta, en su concepto, es un mal en sí misma. El rato en que uno es bueno coincide con el que más expuesto se está al influjo del mal, que con más ardor penetra y hace casa adentro, donde creemos estar a salvo. No se está a salvo. Nunca se está a salvo. Walter White estaba a salvo hasta que le diagnosticaron un cáncer y decidió ponerse a hacer meta y luego a colocarla en el mercado. Admiro al walter white que todos llevamos dentro. No porque espere que en momentos de flaqueza saquemos el mal puro, si es que alguno está en nuestro interior, por si sirve par algo. Es porque la supervivencia siempre me atrajo, la idea de que la adversidad nos convierte en héroes, en villanos, en emperadores de nuestra sangre. Lo que no hacemos nunca es seguir haciendo lo que hacíamos, ni siendo lo que éramos. Uno prefiere ser un Walter White (a ser posible que no delinca) antes que insistir en uno mismo, ser un chico ostra en algún momento de la semana, mientras afuera el mundo se entenebrece. El mundo se entenebrece a diario. No lo había pensado hasta ahora. El mundo se entenebrece una barbaridad. Los walterwhites del inframundo han venido y están vigilando lo sutil, lo ingrávido y lo gentil. No tienen buenas intenciones. El chico ostra vuelve a su cuarto de vicios.

2 comentarios:

Silvia Ayala dijo...

Hay algunas cosas que leo por aquí que me dejan más allá que acá. Esta es una de ellas. No sé si lo entiendo todo,o nada No sé, la verdad, qué pensar. Hay veces que tiro, y otras que... cuesta. Hoy cuesta, chico Emilio.

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

No tienen que llevarte a ningún sitio que esperes. No tienes que entender. No es una cosa que tenga que hacer, al leer. Hay veces en que ni yo mismo... Jaja. Un abrazo, Silvia...