6.2.14

Literaturas

Hay libros que leo a ratos, libros que me ocupan un verano entero y a los que les profeso un afecto sincero, pero que no llenan en modo alguno mi alma, pero hay libros que empiezo y acabo en días, no dándoles tregua, mordiendo el tiempo, pensando en qué sacrificar para que la lectura dure más de lo que suele. También hay días que parecen libros, días que ocupan una vida entera y a los que uno se acoge como si fuese un refugio, pero la verdadera vida está en otro sitio, siempre está por ahí, en un lugar que no es el nuestro. No sabemos qué sacrificar para que se nos plante delante. Tampoco sabríamos qué hacer con ella. Quizá por eso existe la literatura. Sirve para llenar el alma. Al alma hay que saber llenarla, pero incluso se acepta un llenado ligero. Interesa que no esté vacía. No hay forma de saber si uno atina en el contenido elegido, si se puede entrar en valorar el llenado ajeno. Uno no es lo que lee ni lo que, en mi caso, escribe. Uno es casi siempre lo que desea leer o escribir. Al final va a ser cierto eso de que no es posible conocerse. Que andamos mudando. Que a lo sumo alcanzamos a conocer a los que amamos, y hay días como libros ligeros y días que huelen a novela que atrapa, de las que te hacen daño mientras la lees y cuando la has acabado.