8.2.14

Cuatro poemas sin título del siglo veinte

I
Hay una disciplina en la belleza,
un orden secreto, una urdimbre
sin usura que husmea como disparo,
pero belleza adentro, un caos arde
y lo inasible tiende su artera trampa
y el tiempo, el oscuro, impone
un cansancio dulce, otra disciplina
en la espera, un frívolo testimonio
de espanto
fiable como una cicatriz en la lengua.

II
La memoria
acaba siempre por aturdinos.
Una insolencia de látigo insiste.
La luz tan precaria.
El alma así extraviada.
Caudal disperso que la voz
arracima en palabras, en murmullos,
en vagos instrumentos
con que nos agasaja el olvido.

III
Concede
en ocasiones la vida
precisas instrucciones de uso.
Mapas. Llaves. Báculos.
Gastamos
lo que nos va brindando
en ordenar con rigor
esta catedral de prodigios,
este vasto caudal de asombros,
y, al término, varados, vencidos,
concedemos en abandonar
y mansamente consideramos
los placeres y los días,
los regresos y las fugas,
todo cuanto fue ampuloso
y ahora es inútil apero del breve viaje.

IV
Jadean en escorzo.
Disputan
un gesto al pulso
tenue del mundo
cifrado en cansancio,
en sudor,
en secreto polen.
en aplazada vida.

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