30.11.13

Escribir


                                                                                                               Para Mycroft, él sabe

A escribir se aprende leyendo o se aprende observando, pero hay gente que lee mucho y observa mucho y no alcanza el rango de escritor, aunque se obstine y formule su tentativa en poemas, en cuentos, en un novela o en un blog en donde sentencia de qué está hecho el mundo o registra los porqués más escondidos de las cosas. Si uno lee con cierto entusiasmo, si al tiempo que lee inclina su talento natural a husmear en las maneras en que los otros escriben, está recorrido un trecho grande del camino. Viene bien contar con jueces severos, gente cercana o que venga de lejos y expongan sin adorno, rebajando o anulando la amistad sobrevenida, que emitan valoraciones fiables. A escribir no se aprende forzando nada de lo que se lleva adentro. Hay quien lo hace, escribir bien, digo, con mansedumbre admirable y quien exhibe rudeza y hasta precisa de esa rudeza para que su escritura salga y se instale en el mundo. Tengo la idea de que el escritor, el que lo hace a diario y se toma en serio el oficio, es alguien que vive una vida más que el resto. También viven más o viven en ese gozoso desdoble quienes leen y adoptan el punto de vista del escritor e incluso se transforman en él. También hay un lector, uno fiero y estricto, en el escritor. Conforme las palabras van saliendo y se van ensamblando unas con otras, el escritor las va gobernando, desecha las que no convienen, consiente las prudentes, mima las maravillosas. Yo mismo, en este rato de sábado, mientras hago tiempo para acometer el desempeño de otros asuntos de más fuste doméstico, administro esa voluntad demiúrgica, de dios pequeño y rudimentario, caprichoso hasta el hartazgo, que ensucia y limpia continuamente el texto, poniendo y quitando aquí y allá, como si estuviese de fondo (escondida, alerta por si nos escoramos en demasía) la belleza o la inteligencia y temiese que las traicionásemos y alumbremos un texto mediocre o uno declaradamente baldío. Hay un secreto y el escritor lo divulga, pero no lo cuenta todo, se reserva una condición valiosa del secreto y solo muestra las evidencias con las que el lector lo desvelará. La literatura entera es un gran secreto. Uno quizá fragmentado en millones de piezas. Lo que anoche leí cuando me fui a la cama (unos cuentos de Saki, nuevamente leídos y disfrutados) me hizo pensar en ese secreto que uno, como lector profesional, en cierto sentido, va descubriendo. La vida es también literatura. A veces literatura de la buena y también alberga secretos y tiene criaturas que escriben (las que marcan los guiones, las que diseñan la trama) y criaturas que solo observan los acontecimientos, participando mínimamente, sintiéndose una parte aceptadamente secundaria. Yo no sé qué tipo de criatura soy. Sé, sin embargo, que escribo y que leo y que me siento muy feliz ejerciendo esas dos empresas a diario. Vivo en esa satisfacción. No sé si durará siempre. Tampoco sé qué hay que dure para siempre. Ya está el cuarto de baño libre.

29.11.13

Tres versiones de Moby Dick

 




España es una ballena encallada en las orillas de Europa, dice Herman Melville en boca de Edmund Burke en Moby Dick. 

I

Moby Dick es un monumento teológico de primer orden, es una novela de aventuras y es un prodigio narrativo construido para redimir la conciencia de un hombre sometido a las pulsiones de muchos odios y al miedo a no merecer, por mor de esa inquina, el paraíso. 

Moby Dick es la respuesta a todos los salmos de la Bíblia y es también una exégesis del héroe que busca en la gran ballena blanca la redención de su causa, que es (en el fondo) la de un ser humano asustado, cobarde, amendrantado por las hordas del mal y consciente de su ineficacia para combatirlas.

Que la ballena (el Maligno) sea blanca es una de las más pertubadoras evidencias de la naturaleza multivalente del argumento: el hombre a la caza del Diablo, el hombre sustituyendo la cruz por un arpón y navegando, como un alucinado, los mares del Señor para destripar sus pecados y ofrecerlos en íntimo sacrificio. ¿Novela teológica cosida a un argumento de éxito entre adolescentes? Pues claro, he aquí el misterio supremo: que las vestiduras casi nunca informan sobre la carne que tapan y todos (según acudan) vayan siendo cumplidamente abastecidos de milagros. De eso, al final, se trata. El capitán Ahab acude a la trama como un loco erudito, una especie de talibán de los mares y termina comido de venganza, perdiendo la mesura.

Moby Dick, releído anoche a trozos, a dentelladas líricas que diría mi amigo K., fascina por su condición de entretenimiento adolescente, pero el desprevenido lector novicio, el que acude a la historia sin la contaminación enciclopédica, sin los lugares previsibles a los que le empuja el cine o las versiones en cómic o las adaptaciones hechas para el consumo y aprovechamiento escolar, se encuentra otra cosa. No es únicamente el odio de Ahab hacia la bestia que le mordió la pierna. Ahab reencarna el odio ciego, la naturaleza iracunda del ser humano, su terquedad en el mal, la tragedia como el único argumento posible. Incluso la tragedia por encima de la vida misma. Ismael, el narrador, en cambio, simboliza la ecuanimidad, el registro atropellado (sí) pero fiel de las causas y de los azares. Da, además, una clase magistral de zoología embutida en un divertimento épico, en un artefacto literario capaz de conducirnos (sin que sintamos la responsabilidad del contenido, sin aturdirnos en la densidad del trayecto) por los laberintos más sórdidos del alma humana. Como si fuese literatura rusa del diecinueve. Como si Chesterton mismo, aparcando al Padre Brown, sometiese a su criterio cristiano la fórmula mágica de la novela de aventuras total y nos contase, a pie de chimenea victoriana, calzado con unas pantuflas de pelo grueso y fumando una pipa colosal, que la ballena, en realidad, era un fantasma. Que todo lo que Melville nos contó en su maravillosa novela era un episodio de fantasmas. Sin castillos. Sin voces.

Ahab, el colérico, el vengativo, es un fantasma también: no es de este mundo de vivos, está muerto, pasea su cojera por la cubierta del barco y entra en las tabernas para contar su desgracia y perderse en la bruma de los otros, pero no posee vida dentro, está vacío. Le corrompe la perversión porque su búsqueda de la ballena blanca tiene algo de retorcimiento, de saqueo de la razón a favor de la barbarie más elemental y, por tanto, primitiva.

Moby Dick habla también de Dios y después de un par de lecturas (una inapropiada, adolescente, incompleta y otra ya adulta y enriquecedora) todavía me pregunto cómo es posible que una novela de aventuras (así se vende, así se conoce) contenga un salmo como éste, indague en el alma como otras que, en apariencia, exhiben un mayor fuste moral.


II

El otro día, bien acodados en la barra de un bar, le recomendaba yo a un buen amigo que no viese la película de John Huston, la protagonizada por Gregory Peck, sin antes haber pasado por el libro. Adujo que las novelas le daban pánico. Que hacía años que no disfrutaba leía ninguna, que no recordaba placer alguno en el acto íntimo de leer. Entendí que no podía retirar de su pensamiento esa idea sostenida durante años del libro como un objeto hostil. No sé cómo podríamos vender Moby Dick a quien todavía no ha leído nada, con qué argucias inocular el veneno de la lectura. Hay demasiados obstáculos que malogran esa voluntad de los que leemos para que lo hagan quienes no lo hacen. Tampoco sé si ese empeño, a estas alturas del vértigo que nos devasta, es legítimo. En las escuelas sí, al menos. No pondré yo una edición de Moby Dick en la biblioteca de mi aula, muy surtida y variada ya, pero es posible que imprima la ilustración que preside este escrito reelaborado y la cuelgue de alguna pared, junto a las láminas que acompañan al temario de Lengua o de Conocimiento del Medio. Verán a Ahab a diario enfrentarse a su ballena blanca. Tendrán la sensación de que la intriga y la aventura y el temblor (incluso cierto temblor de naturaleza religiosa) están ahí, exhibidos como si fuese un anuncio de una película. Y caerán con los años y se irán con el capitán  por los mares del alma.

III

El Pequod sigue navegando cerca de las costas del Japón o el Pequod zarpando de Nantucket. Y Ahab, el inrmotal Ahab, en la proa, desafiando a Dios. Porque todo la historia de Moby Dick es justamente eso: la violencia del hombre contra su creador, la dureza de vivir sin algunas de las certidumbres que da saberse salvado y esperar un cielo o hasta un infierno. El capitán Ahab es uno de los personajes fundamentales de la literatura universal. No creo que haya sido lo suficientemente valorado. El Pequod me hace pensar en el Nostromo. Melville y Conrad. El corazón de las tinieblas partido en dos historias antológicas. Esta noche (por tercera vez) comienzo a leer de nuevo Moby Dick. Esta entrada (repetida en cierto modo) es el introito. 


28.11.13

556




Uno nunca sabe si se está mejor dentro o fuera, si el silencio es hermoso o es en el ruido en donde la vida se expresa con más vehemencia. No saber es un estado maravilloso, en cierto modo. La ignorancia es un punto de partida, un asidero firme desde el que avanzar. Quizá lo que importe sea el riesgo. Si es cosa de arriesgarse, acepto el reto estético (o intelectual o moral, no sé) que plantea John Cage. Acepto que estos cuatro minutos y treinta tres segundos sean trascendentes en mi vida al modo en que lo siguen siendo los valses de Strauss (padre o hijo me valen igual) o un adagio de Bach. No entra en ninguno de mis muchos cálculos (de verdad que soy muy curioso y me he dejado engolosinar por propuestas literarias o musicales o cinematográficas muy arriesgadas) buscar lo que mis sentidos (todos alerta, conjurados a encontrar una brizna de asombro con la que satisfacerse) niegan. Rechazan lo que no entienden, pero hay tantas cosas que no entiendo y con las que disfruto que me planteo si me estoy volviendo uno de esas criaturas exigentes, exigentes en demasía, tal vez, que a todo le ponen obstáculos y no se sienten cómodos con casi nada. De verdad que yo soy un alma sencilla, quizá no cándida, a mis años, pero sencilla de un modo precario y elemental y hasta inocente. Y si unos cuantos exégetas del arte contemporáneo o de la música entendida como una de las más altas y nobles pasiones me intentan convencer de que estoy ante una obra maestra, pues yo me esfuerzo en darle una oportunidad a John Cage. Y se la doy porque hoy estoy de buen humor. Será que mañana es viernes o será que me acabo de levantar de la mesa camilla y vengo contento de brasero y de felicidad doméstica. Estoy por borrar la entrada, por dejar el concierto, los cuatro minutos y treinta y tres segundos de intriga sonora, sin que un texto lo acompañe. Que sea el silencio el que explique el silencio. Un bucle sin decibelios. Un agujero en el continuo espacio-tiempo. Tengo que ponerme al día, tengo que aguzar el oído para que deje de tener relevancia el silencio de los ejecutantes (que no ejecutan, entiéndanme) y la tenga el carraspeo de los espectadores o el murmullo inherente al hecho mismo de que se está asistiendo (no puedo negar esa evidencia) a un hecho artístico controvertido. Pero no es artístico. O lo es de una manera extraña para mí. Como lo sería un libro (una novela, un poemario) en el que no hubiese palabra alguna. Un libro bien editado, que tuviese título incluso. 556, por ejemplo. Serían las páginas tangibles, las que se cosieron y le dieron la consistencia física con la que ocupa un espacio en una balda de mi casa. Ah qué gusto abrirlo al azar, perderse en el silencio del texto. 556 sería un libro al que no se le podría poner objeción formal alguna. Las otras objeciones, las verdaderamente interesantes, serian las que levantaran las polémicas habituales. Yo creo que hasta sería un best-seller. Lo que me intriga es qué portada la convendría. Ni una en blanco sería aceptable. El blanco podría distraer y ofrecer una información que pudiera incomodar al autor.

Cine, poesía, jazz, ópera, dios

De entre todas las cosas que ignoro las que más me duelen son las que hacen felices a los demás. No sé qué daría por adquirir la sensibilidad que me facultase para amar la ópera al modo en que amo el jazz o la poesía o el cine negro. No todo el jazz, ni toda la poesía ni, por supuesto, todo el cine negro. Imagino que la ópera tendrá su grande o pequeño inventario de mediocridades, pero el asombro que depara un solo registro maestro compensa las flaquezas de los otros, toda la morralla que enturbia cualquier noble género. Me duele no amar la ópera, pero no creo que sea un dolor que trascienda, uno de esos que te marcan y te afean la vida. A veces le da a uno por echar mano de todas estos vicios ajenos por ver si alguno puede acuñarse como propio, pero es un volunto que dura poco. Conocí a alguien que se imponía a diario la tarea de escuchar jazz. Quería, muy en el fondo de su alma, empatizar con quienes, yendo a su casa, le decíamos que estábamos ya un poco saturados de Juan Luis Guerra o de Eurythmics, a los que tenía sincero afecto. Probó entonces a ponerse al día con Louis Armstrong o con Ella Fitzgerald. Era un jazz novicio y tarareable, del que se pega a la oreja y te procura un placer sencillo. Abdicó cuando la densidad sonora fue en aumento. Le abrumó el punch de Coleman Hawkins, le sacó de sus casillas algún disco que yo le grabé de John Coltrane. En esto de andar a la búsqueda de placeres o de querencias nuevas hay que dejarse llevar siempre por el corazón. No vale otra cosa, no existe un aprendizaje desde el que se pueda provocar la adhesión más vigorosa, no cabe desear amar algo. El amor no se adquiere de esa manera. Tampoco la fe. El amor y la fe entran sin que exista el concurso de la voluntad. Yo, tan enamoradizo antaño, no quise o no supe dejarme engolosinar por las carantoñas de la fe. No vi nada que me conmoviese lo más mínimo en las enseñanzas del catecismo y no me siento especialmente inclinado a fingir esos asuntos del alma. Admiro, sin embargo, la reciedumbre con la que los fieles departen los suyos con sus dioses, la firmeza sobre la que construyen un modelo de vida. En el mío, al que tanto me debo y que con tanto mimo trato, hay firmeza en otras disciplinas. La ejerzo, todo lo mejor que puedo, con los que amo y conmigo mismo, en ocasiones. De esa amistad sobrevenida entre mis pasiones y yo vive también lo que escribo.

26.11.13

Contento conmigo


En realidad no sabe uno nunca lo que de verdad necesita. Cree estar abastecido de jazz de la Verve o de cine negro de la RKO, pero siempre está al tanto de las novedades que asaltan los escaparates o rebusca en las interminables listas de género que las páginas especializadas publican de tiempo en tiempo, avanzando novedades o insistiendo en la condición de clásicos que tienen algunas de esas obras. Cree que no va a volver a ver jamás cierta película o a escuchar tal o cual disco, pero no permite que el espacio que ocupan en las estanterías sea desocupado. Hay una parte interior que desea firmemente meter todo en cajas y subirlo al trastero (que está empezando a tener vida propia e imagino que de noche, cuando no lo percibo, vibra y hasta se lamenta amargamente de que no le ponga orden ni le ofrezca un gobierno) y hay otra que se envalentona ahí adentro cuando entra en la habitación y ve las estanterías reventonas de libros y los cedés expuestos y los libros invitando a que se les abre y consulte el estado del mundo y la fiebre que padece. Y no hay asidero fiable, no existe conclusión sobre la que depositar alguna confianza. Por eso ve uno con ojos golosos los discos duros, todas esas cajitas en apariencia irrelevantes y que pueden, a poco que se las fuerza, tutelar tesoros formidables. Lo que duele es que no haya un objeto al que acariciar, una portada de libro en la que embelesarse o una portada de disco que disfrutar antes de extraerlo y colocarle con muchísimo mimo (con temor a que una sola contrariedad malogre el prodigio) en la bandeja del reproductor de CDs. El mío, mi Marantz, está que no entiende a qué vino a esta casa. Mira con electrónica envidia a los variados discos de almacenamiento masivo en los que alojo lo que antes (ah pasado, qué dulce fuiste) era algo tangible, expuesto al desgaste, comido por el polvo, exigiendo su lugar en el mundo. De verdad que no cabe más en casa. Ni un libro. Ni un disco. Ni una pobre edición en bluray del último concierto de Led Zeppelin en Londres.

Mi amigo Rafa Roldán sabe muy bien de qué hablo. Él, como pocos o como nadie, entiende qué siento cuando no puedo (por rigurosas exigencias del vicio que nos corroe) tener un piso entero en el que ir guardando las cosas que se van comprando. Ahí todos los libros, ahí los discos, ahí la legión insobornable de DVDs. Un piso franco, a salvo de otras menudencias de la realidad. De verdad que me acabo de convencer de que es una idea estupenda. Imagino que gente con muchos posibles tienen uno en el que arrumban, es un decir eso del arrumbe, todas las cosas, las que aman y las que van amando menos, pero de las que no consienten desprenderse. Viene a ser como una especie de piso mantenido, de ésos que a veces se ven en las películas y en donde residen amantes jóvenes que contentan la líbido destrozada de señores (o señoras, qué voy a opinar yo en esto) con matrimonios muy maltrechos. Un piso alicatado de libros, un santuario de los vicios clasificables, que no todos lo son. Yo sé que me voy a morir (por descontado) sin que ese volunto mío ocurra. Sé que mi relativa salubridad económica (todas las medidas en este asunto cierran a la baja) no puede permitirse dispendio semejante, pero me hubiese encantado ser rico para cosas como ésta que digo. La del piso en las afueras (no tiene que ser en el centro urbano) que cobije todas las cosas maravillosas que no caben en las baldas de casa. Un piso lleno de baldas, con un gran televisor en el salón, al que acoplaría un home-cinema decente. No iría a diario, pero procuraría no estar mucho tiempo sin visitarlo. Tampoco tendría que dormir en él. Me bastaría con saber que existe. Que guarda una parte de mí, tal vez la que más aprecio. Una, en todo caso, sin la que no sabría, en modo alguno, irme llevando como aspiro. Contento conmigo. Pero ya veo que solo estoy hablando de mis vicios. Llevo unos días en los que no dejo de pensar en ellos. Un vicioso consciente del mal que lo queja. Eso contando conque el vicio, así en plan brutal e hiperbólico, sea un mal.

22.11.13

Los enamoramientos: la trama infinita



No sé qué Javier Marías me gusta más: si el discursivo o el narrativo, si el que reflexiona sobre los asuntos del alma y agota los caminos en los que inagotablemente se bifurcan o el que se inclina por conducir el relato hacia su desenlace, sin curiosear en los meandros de la historia o sin ocuparse de consideraciones morales que, en algunos momentos, quizá induzcan a un desvío de la trama. De esos desvíos, en Los enamoramientos, hay los suficientes como para alojar a la novela en un género híbrido, del que Marías es un maestro absoluto, y que consiste en la sublimación de una especie de combo literario en el que ambas circunstancias se abrazan saludablemente, creando la ilusión de que no estamos leyendo una novela sino escuchando los pensamientos de quien la protagoniza. Y son pensamientos masticados, que avanzan con el rigor de quien no tiene prisa alguna en manifestarlos o de quien no contempla la posibilidad de que el relato de esos pensamientos finaliza y entonces no sepa qué hacer. A Javier Marías se le sospecha esa voluntad panteísta, de no abandonar a sus criaturas, de ofrecerles un territorio inagotable en el que puedan convivir y en el que fluya la literatura.

Los enamoramientos es pura literatura, pura diversión, aunque a veces es todo eso pero en un grado superlativo y quizá inconveniente. Amo yo esas inconveniencias, ese apabullante sentido de la construcción gramatical, toda esa riqueza de lo discernible, de lo que circula en un sentido, pero bien podría (a capricho de las musas estilísticas) avanzar por otro, sin perder el norte, logrando que al final todo se explicite maravillosamednte. Marías obra el milagro de la palabra como casi ningún otro escritor reciente que yo conozca. No conozco de hecho otro que escriba al modo en que él lo hace. Puede ser que nadie escriba como algún otro, escribiendo en la creencia de que lo escrito va a ser comparado, entrar en la buena o mala fortuna de que hablemos sobre lo leído o que nos atrevamos (tal es el caso ahora) a escribirlo, a que perdure una nota, registrada a la consideración ajena. Supongo que estos son los asuntos que fascinan al propio autor. Lo que le conmueve y hace que escriba será esa rotundidad resultante del propio acto de la escritura: la certeza de que al escribir estamos creando un mundo que discurre al tiempo que éste o que existe paralelamente a éste en el que muy rutinariamente vivimos. Y Los enamoramientos, en su discurrir moroso, ofrece con mucha delicadeza no solo una idea del amor, de la pasión amorosa, sino también de la muerte, por supuesto, y de cómo ese eros y ese thanatos se anudan y conforman los días, que son siempre una experiencia única. Hay incluso personajes que piensan así en la obra (Díaz-Varela) y obran como si todo fuese anecdótico y cualquier cosa que hagamos (las buenas y las malas) no difirieran en demasía porque, al correr del tiempo, todas van a incorporarse al torrente narrativo de la memoria, la de uno y la ajena, y va a entenderse y hasta aceptarse. Todas las páginas de la novela son una extensión fiable de este pensamiento discutible, del que Marías extrae también todas las ramificaciones teoricas, todas las posibilidades morales.

Todas las enumeraciones, densas y profundas, que Marías ofrece no dejan de insistir en algunas ideas muy sencillas, de fácil acometida, pero que se enredan (maravillosamente) y hasta en algún momento de la trama logran el aturdimiento, una especie de k.o. por abundancia gramatical, por pegada estilística. Una de ellas es la investigación sentimental que se hace sobre la muerte que construye toda la novela. Otra es la verosimilitud de que no es definitivamente una novela sino una confesión o un monólogo enorme que recibimos de modo primoroso, íntegro, como si lográramos (he ahí el placer de la literatura) adentrarnos en la cabeza del autor y ver junto a él el paisaje que nos describe, las emociones que despliega y (finalmente) el desenlace inevitable. En eso, en ir a tientas, en apariencia a tientas, como si no supiera nada, como si fuese fantasmal y especular la escritura, Marías es un maestro. Consigue que avancemos con cierta intriga narrativa, que no es abrumadora al modo en que las novelas de género avanzan, pero sí firme, sólida como pocas, elaborada con un dominio asombroso de los diálogos, de la incorporación de muy pocos personajes (María Dolz, Luisa Desvern, el propio y finado Miguel y el arribista Díaz-Valera, aparte del excéntrico y fabuloso Francisco Rico, tomado del auténtico Rico, como si fuese Borges el que hubiese colado lo real en lo figurado). La verdad a la que jamás damos caza es la que mueve a todos ellos, la que los enreda y desenreda. La muerte, que es la materia de fondo, tampoco está fácilmente al alcance: no es la muerte cartesiana, la de las novelas de Patricia Highsmith, con la que en ciertas partes he visto yo afinidad electiva, digamos, de modelos y de comportamientos, sino una muerte disgresiva, que está en la oscuridad y no puede salir de ella, que razona todo y a todo lo envuelve en su envoltorio riguroso, pero ah qué plenitud tiene ese envoltorio, qué de giros tiene la forma en que Marías nos la vende. Y luego está Balzac y está Shakespeare y hasta Dumas: todos encabalgando una trama por debajo de la trama, subtramas (insisto) que valen tanto o más que la evidente, la que sirve para resumirlo todo mucho y decir de qué trata esta novela.

19.11.13

El árbol de niebla


                                                               (Dibujo: Sergio Garval)


A ratos tengo la sensación de que no estoy solo. En mi voluntad de no caer en la locura o en el deseo de no desear desesperanzadamente la muerte, prefiguro la idea de que, si no un mal sueño, uno de verdad triste o trágico, estoy ocupando un fragmento accidental de una trama invisible en la que yo soy el naúfrago y el resto del mundo, sin exceptuar a criatura alguna, se afana en dar conmigo, mueve cielos y tierra por encontrarme, buscando en todo momento el consuelo del que ahora carezco, procurándome los afectos que en este instante no poseo. Así, en esa maquinación de mi cabeza, paso los días en este isla. Ningún naufragio es razonable. Ninguno del que después uno pueda extraer una enseñanza o siquiera un buen relato, uno admirable, del hombre considerado en sí mismo como un verdadero héroe, enfrentado por el gobierno del azar al rigor más terrible, empujado al infierno mismo, exterminada su vocación de vida, rebajado a la condición más pobre del alma. En mi entusiasmo, el poco que tuve o el inventado ahora para aliviar mi penuria, imaginé también una suerte de ficción en la que cada ingrediente dramático contribuía formidablemente a que la historia fuese épica, fuese sublime, y concitara la admiración del público eventual que la escuchara, del lector fortuito o, bien mirado, del amigo cercano, ávido de que le cuentes todo y comprenda que has regresado del reino de los muertos como Lázaro en las Escrituras. 

sigue leyendo en Barra Libre

17.11.13

Tengo a Peterson y a Carver

Solo me fío de mis vicios. Los mimo, me confortan, nos entendemos. Estamos en esa extraña sintonía que en ocasiones justifican la existencia misma. A poco que pienso en ellos, en cuanto los razono, comprendo que no podría vivir sin su presencia. Por vicio entiendo esos pequeños o grandes asuntos sobre los que deposito una parte considerable de mi felicidad. No preciso mucho, la verdad, pero no entra en mis cálculos que escaseen o que, más dolorosamente, falten. No hay en ninguna de estas consideraciones mías un indicio de originalidad. Soy un vicioso medioburgués, soy un adicto a mí mismo o a lo que he ido encontrando aquí y allá y ha modelado mi persona. No difiero de otros que, en alguna otra esquina del mundo, estén ahora mismo escuchando a Oscar Peterson o que anoche, antes de conciliar el sueño, leyeran a Raymond Carver o vieran un capítulo de la segunda temporada de Breaking bad. Por eso no poseo una especial fascinación por lo que hago. A diferencia de los niños, que poseen una confianza absoluta en su talento, dudo a cada texto que añado a los miles de textos que ya he escrito. Con todo, no decae la voluntad de seguir creando. Quien crea, el que hace de unos muebles un árbol, como pensaba Anne Sexton, posee un gobierno de la realidad de la que carece quien solo asiste al teatro de los otros, sin alumbrar nada, en esa estéril posición, envidiable, en cierto modo, en la que solo observamos, en donde únicamente procesamos la belleza, admirándola, pero sin producirla. Y no está en mi mano opinar sobre esa dulce maniobra lúdica. No me incumbe ni la ansío. Para eso tengo la masiva producción ajena. Tengo a Peterson y a Carver, a Bacon y a Lubitsch. Tengo la cultura. De ella, de su fastuoso escaparate, extraigo lo que me complace, todo a lo que sucumbe mi asombro. En crear, en ese campo grande y goloso, no solo entra la literatura o la música o la fotografía. Uno crea en la cocina, en la conversación, en cómo va adaptándose a las circunstancias, en la manera en que resuelve los conflictos que lo cercan.Y yo tengo a Peterson y a Carver. Quizá con eso no tenga mucho sentido ese deseo de crear. Que creen los otros. Es (además) la única manera de que la industria del entretenimiento (es decir, la cultura, la belleza, la inteligencia, pero vendidas como un juguete) prospere. No sé si por ahí, por la cultura, está la salida al caos. Es posible.

9.11.13

La alegría ah la alegría

Creo firmemente en la alegría. Creo en la alegría por encima de la felicidad. A la felicidad le encomendamos excesivos oficios. En ocasiones malvivimos porque estamos empecinados en ser felices y, a la menor contrariedad, en cuanto se nos tuercen un poco las cosas, nos afiliamos a la tristeza, al desencanto, al gris como color favorito. Vivir, a pesar de algunos contratiempos, es maravilloso. Una vez que aceptamos la alegría y la buscamos con denuedo, lo demás viene por añadidura. Ninguna recomendación más higiénica, de más sano interés que ésta: buscar la alegría, inclinar el alma y el cuerpo a su centro exacto y sorberla sin decoro, abrevando la testuz, perdiendo las formas, caso de que tuviésemos y en alguna ocasión hubiesen sido útiles en algo.

Creo firmemente en la alegría. Creo en la alegría por encima de la felicidad. Incluso a veces, es cierto que únicamente en muy contadas ocasiones, la alegría se instala en el lugar en donde antes reinaba el placer. El placer es un invento de la oscura maquinaria genética que el azar o las cuerdas secretas del universo nos instalaron en el sistema nervioso para perpetuar la especie. Existimos en este puñetero mundo porque traer hijos al mundo da un placer enorme. Si no fuese así, si la alegre coyunda no nos transportara el cielo puro de la contemplación mística, hace tiempo que la raza humana andaría flaca de especímenes. Pero con la alegría no se juega a los médicos. La alegría está ahí sin un motivo oculto: está para ensancharnos el pecho y hacernos creer que éste es el mejor de los mundos posibles. Alegres, somos invencibles. En la tristeza, en la pobreza del ánimo, somos frágiles. Las guerras las pierden los débiles en alegría: las ganan incluso cuando pierden. Sucede este contrasentido porque el derrotado, en su alegría, desestima la posibilidad de darle importancia a esa derrota. Será verdad eso de que toda pasa en el cerebro. Que fuera de lo que pensamos nada existe. Fuera de este texto el mundo es irrelevante. Me voy esta noche a la cama pensando, pasillo abajo, que soy el tipo más feliz del mundo. Y sonrío en mi engaño. Y me acuesto engañado y satisfecho. Como un tonto que ignora su condición y se emboba admirando la tontura del resto. Tengan ustedes muy buenas noches y sean felices en lo que puedan. O alegres. O las dos cosas. Qué trabajo cuesta ese esfuerzo por un ratito.

8.11.13

Dios oh Dios


Carezco de la disposición moral que convierte a otros en personas declaradamente laicos o de creencias firmes, bien visibles, de asiento diario. Mi única firmeza es la incertidumbre. Es más: cada día la disfruto más enteramente. Me considero un privilegiado al no tener las certezas que quizá otros poseen. En la duda, en la mayoría de las dudas, no en todas, se vive mejor. No es que me tiente de pronto inclinarme en un altar y rezar todo lo que no he rezado nunca. Tampoco he visto ninguna luz que me invite a pensar en la divinidad, en los estamentos de su palaciega iglesia o en la bendición de que cuando muera estaré sentado a la derecha de un Padre con quien, de momento, no tengo intimidad alguna, del que descreo a veces y con quien, en otras, entablo un diálogo, un diálogo vacío o a medio llenar, pero no necesito un volcado completo, no preciso de esa sensación de plenitud intelectual o estética o moral. Digamos que me apaño en esta especie de mediocridad útil, que no dará para mucho, que no producirá un ciudadano especialmente relevante, pero con el que de seguro me llevaré bien y con quien, al irnos los dos a la cama, entablaré un diálogo fluido, uno en donde la conciencia no sea fracturada o dolida o reducida a una mercancía al modo en que uno observa que la tienen algunos otros. Siempre está la otredad, la visión periférica, la conclusión de que en el fondo estamos solos y miramos a lo que nos rodea como si fuese el hábitat hostil o fuese la mismísima selva. Piensa uno en Dios y se le viene encima una maraña infame de prejuicios. Deja uno de pensar en Dios y se le seca la voz y hay como una orfandad en el afecto, en el trato sencillo de las emociones, en esa idea pequeña (anque grata) de que no estamos solos por completo. Está uno al tanto de estos dulces vaivenes del espíritu. Consiente incluso que lo zarandeen. Da por buena esa acometida pacífica de la duda. Prefiere que exista, que ande por ahí abajo, ocupando su sitio. Pero por otro lado, observando esto y aquello con detalle, no me siento cómodo con los festejos que se organizan para adorar a Dios, con los templos que se levantan en su nombre, con los protocolos de adulamiento que se le ofrecen, con la coronación continua sobre la que descansa su reino en este mundo, con la artimaña de una vida después de ésta, con la intimidante idea de que soy vigilado y de que mis actos están siendo evaluados y de que seré salvado a razón de mi expediente cristiano y yo, tan descreído las más de las veces, de tan escaso o nulo afecto por las instituciones eclesiásticas, voy comprendiendo así, al correr fantasmal de los años, que se vive mejor en la disidencia, en la creencia (no firme de un modo absoluto) de que las únicas metáforas que de verdad deseo para mi deleite y salvación son las que me proporciona la literatura y no las que se airean en los púlpitos y que luego, viendo la realidad, uno ve huecas, vaciadas de significado, creadas para otros motivos que tal vez yo no alcance a entender. Me dejo buenamente llevar como puedo. Pierdo y gano incesantemente. Me consuela escribir, contarme las cosas para que, al registrarlas, se me aclaren o definitivamente adquieran su condición mistérica. De lo que no conozco, de esas cosas de las que poseo un sentido muy primario o muy frágil, admiro la maravillsa cantidad de ocio que me proporciona. Uno lee para que ese suministro no decaiga. Lee, muy reducidamente escrito, para emular a Dios y contemplar desde la altura más idónea la trama misma, sus adentros, el espacio que existe entre la nada y el gozo más puro. Está bien ser Dios. Uno lo es a diario. Al final siempre termino así, un poco desviado del propósito que anima cada escrito, un poco irreverente y un poco más feliz por hacer también, al escribir, de Dios de mis propios vicios. Soy un dios caprichoso, un dios rudimentario, un dios afincado en su soledad, como el Dios al que se le reza y del que se espera tanto. No seré un buen cristiano nunca. Tampoco lo deseo. No sé si soy un laico aceptable. No lo pretendo. Ahí ando, en ese limbo de imprecisiones metafísicas, en la cruda bondad de no tener ninguna constancia de que una opción u otra me va a hacer más feliz. Se trata de eso, al cabo, de arañar felicidad, de buscarla en todos sitios, de no tener otra motivación.

6.11.13

Cuatro desviaciones

1
Uno quisiera dejar un monólogo a lo Molly Bloom, un largo viaje adentro, una maniobra onírica, de la que salga algo en claro, aunque sea la rotunda incertidumbre, la levedad de estar y, al tiempo, de poder salir y ver qué hay afuera, pero que exista la posibilidad del regreso, que no sea el viaje demasiado caro. Como esta voluntad mía, tan literaria o tan idílica, no es posible, me quedo en la tarde irreversible, con su cielo gris de noviembre, con el café a medio tomar, abandonado en un aparte accesible de la mesa, firmemente comprometido con la realidad de la que descreo. De hecho no hay otra manifestación de más pulcra solidez que el café, en su taza de los Rolling Stones, a medio tomar, ya un poco frío por el desvarío de escribir.


2
A lo primero a lo que uno se inclina en Kafka es a considerar la acústica de la palabra. Kafka. Kafka. Kafka repetido una docena de veces. Hay una belleza ineludible, con la que se abren paso algunas de las bellezas menos evidentes o un tipo singular de belleza sin la que yo mismo no podría subsistir al modo en que ahora lo hago. El gris Kafka, oficinista, soporta la realidad en la creencia de que las noches las llenará de armonía con su escritura. Escribimos para que las noches limpien todo lo gris que ha ido abandonando el día. Se escribe para estar a salvo del rigor del mal o de la tristeza. Somos Kafka en una habitación, mirando la hoja en blanco, pensando en cosas que no podrían explicarse a viva voz nunca.


3
Hay desolaciones admirables, tristezas ejemplares, descensos muy loables al vacío puro, de donde no se sale. La literatura, en ocasiones, se abastece de todo eso, de la desolación, de la tristeza y de todos los descensos posibles al vacío, sea puro o sea bastardo. Todo para que el lector invisible caiga al mismo vacío, arrastrado maliciosamente. O quizá para que no caiga. La literatura tendrá ese propósito. Hacer que no caigamos. Mantenernos a flote. Evitar la deriva. 


4
Me contaron una vez que el juego era la fiesta del mirar con ligereza. Quien me lo dijo lo había leído, seguro. Suena a una de esas citas maravillosas que uno deja caer en ocasiones especiales. Hoy debe ser la ocasión especial. En cuanto nos asalta el desencanto, dejamos de jugar, ingresamos en la edad adulta, la que nos malogra esa pureza idílica de lo lúdico. El juego festeja la vida. Jugar, en compañía o solitariamente, nos reconcilia con la felicidad. No la abandonamos del todo nunca, es cierto, pero no batallamos cuando la perdemos. Damos por hecho que quizá no la merecemos enteramente. Creemos que no es posible el regreso. No jugamos como debiéramos. Nos educaron para ir abandonando de forma paulatina el juego y todo lo que el juego trae bajo el brazo. A veces pienso que los males del mundo residen en eso, en que hemos dejado de jugar, en que no encontramos paz y nos dedicamos a jodernos sin miramientos. Joder es el juego. Dicho burda y abruptamente, solo estamos aquí para jodernos los unos a los otros. Unas veces con más fiereza que otras, pero no se me ocurre nada para que se me borre ese pensamiento. Me voy a acostar para ver si en los sueños me limpio un poco y mañana amanezco más festivo.

3.11.13

Leer es viajar, viajar es leer




Leí una vez que el turismo es una suspensión del tiempo, una especie de sustracción racional de la modélica mecánica de las horas. Al turista, concebido como un objeto, le incumbe la realidad, pero no la realidad minuciosa, la sobredotada de significado, sino su reverso infame, la reducción cartesiana de su oferta. Uno es un turista o es un viajero o es un lector turista o es un lector viajero. Porque hay lectores casuales, que acceden al libro de un modo irrelevante. Lo que verdaderamente anhela es que se le entretenga. Sobre el entretenimiento, alrededor de esa convención del ocio, forja su estilo lector. Lo que no le asombra, no lo acepta o tal vez solo  lo acepta livianamente, sin entrar en demasía en su discurso. Al turista le interesa la ciudad ejemplar, no ambiciona la pesquisa, la indagación pura. Le basta captar la mercancía, apreciar la calidad del envoltorio. Uno visita París o Lisboa en un tour organizado o lee el libro que Antena 3 bombardea (uno de Planeta, qué pensaban) en la coda mercantil de sus informativos. Hasta el tiempo se adelgaza en cuanto uno distingue entre el viaje personal o el turismo standard, entre la lectura íntima o la acometida de forma ligera, sin que existe un verdadero acopio de contenidos remarcables. 

Hay una lógica de la mediocridad, una utilidad quizá de más arraigo social que la meramente cultural o estilística. Si yo leo a Dan Brown o visito el París o la Lisboa postal no leo literatura ni estoy viajando: solo estoy creando la ilusión de que leo o de que viajo. Es el mercado al que le interesa esa voluntad de acceso a la cultura. Interesa más que uno coma hamburguesas en la judería de Córdoba (de hecho hay un nefasto Burguer King a la vera de la Mezquita-Catedral) o que lea a Julia Navarro (que tiene stands en las pescaderías de El Corte Inglés, junto a los bogavantes y los rapes) que viaje por el Alentejo o lea a Fernando Pessoa, cuyos libros nunca estarán en esos escaparates tan portentosos. No hay ninguna evidencia comercial de que Pessoa enriquezca la caja mensual de las grandes librerías. Es más práctico que el ránking de libros más vendidos está liderado por Ken Follett o por Stephen King. No tengo nada contra los best sellers. No creo que indiquen un tipo de lector elevado, pero ofrecen un marcador fiable: el de un lector, al menos. Tiene que habe promiscuidad lectora, cierta intención libidinosa (Cincuenta Sombras de su Meretriz Madre). De ahí, de ese recuento de monedas, proviene que autores menores (de una relevancia mediática menor) puedan sacar libros y haya lectores que lo celebren. 

Los lectores y los viajeros ideales son gourmets. Leer y viajar son actividades íntimamente conectadas: ambas apelan a un paraíso oculto, que las palabras o los kilómetros desvelan. Las dos inculcan un modelo creativo, uno lo suficientemente festivo como para que el lector accidental o el viajero casual cuestionen los libros que leen y las ciudades que visitan y ambicionen un riesgo: el no de estar a la altura, de que no sea suficiente pasear los Campos Elíseos o Central Park y convenga perderse en la ciudad interior, en los barrios sin la distinción prevista, donde no llegan los tour operadores, en libros que no se venden mucho o que incluso se venden poquísimo. Huír del cliché, hacer que malogre su propósito el tópico, y uno no tenga necesariamente que subir a la Giralda y baste pasear al azar, sin propósito, las calles de Triana, las que no se ajustan a la postal, si es que queda alguna, claro. De lo que se trata al cabo es de dejarse conducir por la mano invisible de ese azar maravilloso. En la escuela tal vez deberíamos promover que estas maneras de abordar la realidad (en un libro o en un viaje) obedezcan a un interés estrictamente emocional. Que no busquemos enseñar los contenidos de siempre, o no eso tan solo, sino también festejar los sentimientos que esos contenidos producen. Abusamos, en la escuela, de un precepto: el que todo posea un rendimiento práctico, instantáneo casi, de que se enseñen cosas que luego pueden usarse, de que el alumno suprima su voluntad (nunca aprenden lo que ellos quieren) y se abrace a la ajena, a la que dictan los programas que los maestros cumplimos con fervor y con entrega. De ahí que el turista visite París con ciertas convicciones muy firmes: la de no salirse de la cola, la de no perder las indicaciones de su guía, la de pagar todas las excursiones. Es una consecuencia de la escuela: de la idea (perversa en el fondo) de que lo importante es el cuadro-resumen, el texto en amarillo, el destacado, el que debes aprender y manuscribir después, en el examen, con una caligrafía legible. 

Hay en todo esto una perversión dulce. El clasicismo burgués del XIX banalizó el turismo, lo atrapó, le despojó de todo su romanticismo (del gran Romanticismo como modelo idílico del viajero sin prejuicios) y lo hizo converger con sus maquinaciones monetarias. El legado es la seducción un poco vulgar, que no pretende agotar el modelo, sino que se conforma con airearlo un poco, con dar a entender que no hace falta entrar en todas las salas del Museo del Prado, sino en una o en dos, las que se publicitan en los carteles, de las que uno pueda después decir esto o aquello, atinado o no, pero que informa de la visita. Es mejor un simulacro de altura que una experiencia real mediocre. Y el mercado sigue apropiándose de la cultura. Y la adelgaza para que quepa en sus escaparates. Estamos avisados, pero desoímos la llamada. Seguimos visitando París o Lisboa con el ardor twittero de volcar luego las fotos en nuestro muro. Seguimos leyendo con las miras puestas en contarlo después. Como el chiste aquel en el que un español, a punto de ser ajusticiado, no pedía el último deseo de rigor. Y para qué lo quiero si no se lo voy a poder contar después a nadie.

2.11.13

Lo hacemos por su bien

Desoyen nuestro gritos, pero miran nuestros correos. Lo dejó escrito El Roto. Lo malo de que nos espíen es la sensación de fragilidad que produce. No es el voyeurismo de quien en alguna ocasión ha mirado a la vecina en el patio, mientras tendía la ropa o el deseo furtivo de saber (sin que haya nada sano en ello) más allá de lo que se nos cuenta. Esas escaramuzas de la líbido o del lado cotilla del cerebro no tienen la gravedad del espionaje severo del que ahora estamos teniendo noticia. Les importa una mierda si llego a fin de mes o si beso a mis hijos cuando los acuesto, si rezo antes de dormir o escucho las malas tertulias deportivas. Valgo por lo que puedo llegar a hacer más que por lo que hago. De mí habrán creado un perfil en el que tendrán anotado asuntos que ni yo mismo conozco. No sé qué utilidad tendrá que adore el bebop o que vuelva a Lovecraft de vez en cuando, como quien peregrina al sótano mismo de todos los miedos. Ellos son los que dan miedo. Piensa uno: qué se creen, qué autoridad poseen para observar cómo me desvisto cada noche, cómo respiro cuando duermo, cómo le hablo a mi mujer cuando tomamos café en la cocina, antes de ir al trabajo. La agresión la justifican a su modo.

Sigue en Barra Libre...

1.11.13

Un relato colectivo de Barra Libre

http://espacobarralibre.blogspot.com.es/

 

 Historia de quien llaman El Furtivo

vasco-de-balboa-2--644x362

 
 

 Episodio 1

 (Ramón Besonías)


 


«En la noche del 23 de febrero del año del Señor de 1531 muere en isla Gorgona, sin voluntad de recibir santo sacramento, aquel a quien todos conocen como El Furtivo, de nombre Luis de Zúñiga, en el pasado soldado de fortuna y hasta ahora pagano sin oficio conocido. Izado a seis manos llegó a mi casa, con un virote bien entrado en el costado, herido de muerte. Nada puede hacerse por él. Apenas tres horas después deja este mundo, sin conocérsele hijos ni esposa, tampoco hacienda alguna, tan solo los ropajes que viste y una vieja espada ropera. Enterrado en fosa común a las afueras del camposanto, nadie acudió a rogar por su alma.»


 


Jamás habríamos oído hablar de Luis de Zúñiga -no confundir con Luis de Requeséns, amigo íntimo de Felipe II, pacificador de Los Países Bajos- de no ser por la casual aparición de este documento en el que el médico Don Álvaro D’Croz certifica su muerte. El obituario fue encontrado dos siglos después en un almacén de la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla, cuando un joven aprendiz oreaba viejos muebles. La casualidad quiso que éste y otros documentos quedaran en segura custodia hasta que Leandro Ruiz Guillén, erudito historiador de la época, los catalogara debidamente, entrando a formar parte del Archivo Histórico Provincial de Sevilla a comienzos del siglo XX. Es allí donde María del Carmen López Ortega recupera dicho certificado de defunción, incorporándolo a su estudio sobre Francisco de Jerez y que años más tarde daría soporte histórico a su serie de novelas dedicadas a la leal amistad entre el conquistador sevillano y Luis de Zúñiga.


 


López Ortega apenas habría prestado atención a la figura de Luis de Zúñiga de no ser por la aparición de tres cartas firmadas por Francisco de Jerez en las que instaba a sus antiguos compañeros de armas en Cajamarca a hacer llegar a Luis de Zúñiga con la mayor premura noticias sobre su salud y hacienda. El valeroso militar se refería a él en las misivas como «aquel a quien debo algo más que la vida». López Ortega, intrigada por esta deuda de sangre, buscó sin éxito huellas empíricas de la existencia de este personaje, con tan buena estrella que unos meses más tarde encontró olvidado por insignificante aquel breve obituario. Por mucho que siguió rebuscando entre archivos, no encontró ningún otro documento que certificara la vida y obras de tan enigmático personaje. Fue así que tuvo que resignarse a fundamentar su primera novela en tan exiguas pruebas (tres cartas, no muy generosas en detalles, y un certificado médico), reconstruyendo el resto con el arbitrio de su imaginación.


 


Así, Luis de Zúñiga pasó a convertirse en aquel hijo de un herrero de Olite, que huyendo de una vida sin más emociones que trabajar y rendir cuentas al Altísimo, llegó al sitio de Sanlúcar, fértil población de los Medina Sidonia, y sin saber en virtud de qué ingenio logró partir en 1514 hacia las lejanas tierras de Panamá a bordo de la famosa armada de Pedrarias Dávila, futuro gobernador de Nicaragua. Pese a no haber cruzado conversación alguna durante el largo y atribulado trayecto a Las Indias, querría la graciosa fortuna que Luis y Francisco compartieran igual destino, pero no en Panamá, sino tres años más tarde bajo el mando de Núñez de Balboa, rumbo a Acla con tan solo unos cientos de hombres a su mando. Dos de ellos serían Francisco de Jerez y Luis de Zúñiga. Quiso no tanto el destino y sí la ambición de Pedrarias y Pizarro que Balboa no llegara a alcanzar las tierras del sur y sus soñadas riquezas, siendo a su vuelta apresado y ejecutado con premura, quedando Luis y Francisco sin señor ni bolsa, obligados por necesidad a ponerse a las órdenes del conquistador extremeño, rumbo a El Birú en el año de gracia de 1524.


 


Dichas circunstancias son relatadas con todo tipo de detalles por López Ortega en su primera novela, Birú, prestando especial atención a las tribulaciones del viaje y las razones que años después llevarían a nuestros protagonistas a abandonar la expedición y hacer fortuna por cuenta propia en tierras extrañas, amenazados no solo por los indios, también por la grave acusación de traición a la Corona que pesaba sobre sus cabezas. Separan 18 meses la primera novela de López Ortega de la segunda, Rada de Tumaco, una incursión en las aventuras de Francisco de Jerez y Luis de Zúñiga por tierras colombianas. Nos confiesa la propia escritora su grata sorpresa cuando unas semanas después de salir a la luz Birú, recibe una llamada telefónica desde el mismísimo municipio de Rada de Tumaco de alguien que dice llamarse Pedro de Zúñiga Bolaños, descendiente directo del protagonista de sus ficciones. La sospecha deja paso al interés cuando el supuesto pariente de Luis de Zúñiga acompaña su relato de suculentos datos biográficos que justifican su credibilidad.





Episodio 2

 (Emilio Calvo de Mora)


   Documento 1 / Juan Almagro Villar, catedrático de Literaturas Hispánicas Medievales, historiador especializado en la etapa colonial y novelista de éxito, apremiado por María del Carmen López Ortega, con la que comparte editor y gustos afines ha dejado aquí una versión personal, que no omite nada de lo consignado por el propio Luis de Zúñiga, solventando las inconveniencias del español al uso entonces. Esta reconstrucción del texto es la primera en la que se ofrece un dato fiable sobre su posible descendencia.


 


Tiene a veces el azar la consideración de procurarnos asombro allá donde, a la luz severa de la razón, únicamente podemos esperar la contemplación de los vastos dominios del tedio. Tengo yo la costumbre de apreciar en lo que valen estas manifestaciones extraordinarias de la presencia de la divinidad. Porque no hay otro modo de entender que yo esté aquí, a salvo del rigor de las selvas, libre de caer en manos de indígenas belicosos, repasando la vida que he tenido y pensando en cómo conducir la que me resta hasta que el buen Dios me reciba en su posada y me libere de todas las pesadumbres que todavía me torturan. Como sé que tal cosa no va a suceder, habiendo ya más de lo que merezco, consigno aquí el desatino de mis viajes, la locura infinita de mis pasiones. Tengo sueños que me violentan la paz de mi espíritu y me hacen recordar la travesía que hice, el periplo infame de mis días en estas tierras nuevas, conquistadas a fuego, saqueadas a sangre. Ya no tomo indias. Hace tiempo que dejé de sentir la hombría de mi condición. Me espanta recordar las mozas que ultrajé. Mi pensar generoso me extravía de dolores (…). Guardo un astrolabio entre mis posesiones más amadas. Ninguna otra me conforta más. Ninguna, en valor, lo iguala. En ocasiones, cuando me puede la nostalgia, abro el cofre en donde escondo algunas de las cosas que mi vida de aventuras me ha entregado. De ellas, sobre las que los avaros dejarían hocicar sus ojos, me quedo con el astrolabio. Me lo dio Núñez de Balboa cuando dejamos atrás la algarabía de la selva, el espanto de las fieras que la pueblan, y avizoramos el mar anchuroso y febril, el mar del sur, el infinto manto de agua que no daba descanso a la golosa vista. Aprendí de él que no eran tesoros lo que andábamos allí buscando. Otros se afanaban por amasarlos, pero el afán que guiaba nuestra causa era de otra trascendencia. No teníamos el ansia evangélica y tampoco, a lo que ahora razono, nos animaba la ganancia de territorios. Era el mar, el mar azul y limpio, el mar sin provincias ni batallas, ofrecido como un regalo. Como si el mismo Dios lo hubiese creado y lo hubiese tenido a escondidas, en espera de que los elegidos lo rescataran del silencio y lo enseñaran al mundo para que lo adorase. Todavía hoy lo contemplo embebecido, enternecido, como el padre que tutela el juego de sus hijos y llora hacia sus adentros cuando brincan y ríen, como el hijo que agradece los dones del padre.


 


Dejo aquí la noticia de mi rendición. Consta en estos papeles de viejo la evidencia de haber vivido y de haber amado. Quiso la providencia que acabara en estos parajes del norte, donde me confundí con los indígenas e hice por ellos cuanto pude. Quizá por borrar los desmanes que causé o quizá porque el hombre, al cabo de sus andanzas, cuando ya flaquea el vigor de antaño, desea tomar casa, hacer balance, cerrar los ojos de noche sin que peligre el sueño y merecer, más tarde que pronto, la muerte inevitable, la que le conducirá a rendir las cuentas a su Señor. Este vástago blasfemo, que ha pecado sin pudor ni templanza, vive sus últimos días en la isla Gorgona, que lo es por las serpientes que la pueblan en número apreciable. No imploro el perdón de los míos, a los que traicioné. Tampoco el de los nativos, que masacré. El de Dios no lo merezco, aunque me enseñaron en mi tierra extremeña que el cielo existe y que no hay alma, por mezquina que sea, que no puede entrar en él y disfrutar de la Derecha del Padre por toda la Eternidad. El monje que cristianiza este lugar perdido no me asistirá cuando la luz me abandone. A mi señor le ajusticiaron antes de que le alcanzase toda la (¿gloria?) que anhelaba. Mi buen amigo Francisco de Jerez, al que no veo nada más que en sueños, me contó que Dios escribe en su Libro todas las cosas que haces, las buenas y las malas, y que ni siquiera Él sabe después cómo borrar las que no interesan. Que es mentira eso que cuentan de que los pecados se expían. Yo estoy en ese libro. Mi nombre, Luis de Zúñiga, hijo de herrero, embarcado en busca de fama y de riquezas, desahuciado de todo honor y condenado al infierno en la tierra, está en letras de sangre en ese volumen celestial. Por eso hoy, cerrando diciembre, escribo. Lo que mi espíritu anhela es que alguien, si el bendito azar consiente que desprenda de su velo de tinieblas estas palabras, cuente mi historia, la refiere a quien desee escucharla y mi nombre, Luis de Zúñiga, natural de Olite, soldado de España, no muera jamás en el polvo de la memoria de los hombres. Queda al arbitrio de quien aspire a entender más de lo que yo alcanzo la dudosa fortuna de explicar a los hijos que tuve, allá en donde estén, cómo acabé aquí, desposeído de voluntad, afligido y solo, a la espera de que la fiebre no tenga piedad y malogre esta encomienda de hechos, transcritos con todo el esmero que me dieron los libros que leí y las cosas que observé, volcada en estas hojas que dejaré sin custodia…

 



  Episodio 3 

(Alberto Granados)


 


Día de año nuevo, de hacerse promesas, de hallar en mi corazón pensamientos nobles y propósitos de honrar a Nuestro Señor y a nuestro Rey, que lo representa en la Tierra, pero solo soy capaz de hallar angustia y desazón, como si Fortuna me hubiera virado el rumbo y mirara hacia otro lado, siempre en el punto opuesto a aquel donde su mirada pudiera encontrarme… Ya lo decía el capellán de la nave que me trajo a estas tierras: que inútil es buscar a la Fortuna si tan aviesa dama no desea que la encuentres. Y tal paresce que es la verdad, si miramos lo azaroso de su encuentro desde que nascemos de madre.


 


Anoche mismo escribí un memorial en el que daba cuenta de mis angustias, de lo que mi vida ha sido y de los equívocos derroteros que ha seguido… Tal vez, al sentir junto a mí la certeza de la muerte, me dejé arrastrar por esa visión de mi vida, que también ha dispuesto de momentos asaz gratos por la gracia de Dios. Pero acostéme oyendo los cánticos de los indios y toda la noche ha sido un hervor de sucesos extraños y a fe que sin explicación. He viajado mucho como para pensar que sea cosa del Maligno, pero no encuentro explicación al contenido de mi pesadilla, quizá inspirada por las artes de mil súcubos.


 


En ella, alguien comunicaba lo que escribí anoche a otras personas cuyos rostros no conseguí ver, pero que vestían de una manera extraña. Todas ellas miraban un vidrio en que aparecían las ideas que surcaban sus mentes, como si eso fuera posible… En mi visión comprendí que eran criaturas de otro tiempo y en un momento de mi sueño vi que los cristales que miraban tenían una extraña fecha en una esquina: día de veintidós de octubre del año del Señor de dos mil y trece. Aún ahora recuerdo con total claridad los nombres que aparecían en mi pesadilla: Carmen López Ortega, Juan Almagro Villar, Mariela Rapetti, mujer ésta de las tierras nuevas, Ramón Besonías, Emilio de Mora, Miguel Cobo y un tal Alberto Granados, nombres que no sé cómo han llegado a mi mente, ni si son de naturaleza humana o pueden ser criaturas demoníacas… Item más, un nombre que no consigo recordar se coló en mi sueño y aparescía constantemente… No soy capaz de decir si se trata de árbol, persona, pez, animal de monte o simple invención de algún demonio que desea cebarse en mi perdición…


Todos ellos se pasaban ideas sobre mí, las comentaban jocosamente, como si las miserias que he pasado sólo sirvieran para provocar en ellos la risa, que en ello creí ver que era cosa maléfica, pues qué cristiano osaría ser tan poco misericordioso con mis infortunios y malos pasos.


 


Mi angustia crecía al ver en mi sueños que alguien de ese futuro había escrito dos novelas sobre mi señor, don Francisco y sobre mí. Lo más sorprendente, un profesor ponía mi memorial de anoche en un extraño idioma vagamente parecido al nuestro, lo que me preocupó, pues mi escrito contiene alguna idea que no quiero que nadie de este tiempo conozca: es tan fácil que algún dominico encuentre ideas heréticas en cualquier cosa… Las noticias que vienen de España son para poner cuidado en lo que se escribe y guardarlo celosamente, por eso no consigo saber cómo los de mi sueño se pasaban mi historia y hasta la volvían a escribir como si yo no fuera yo y no tuviera mi propio acontecer, más malo que bueno, por la voluntad de Dios y por mis errores…


 


El mal sueño, la agonía de esta noche me hace presagiar que el año que hoy comienza no lo termine, que la muerte o alguna otra desventura se va a cebar en mí. Pienso en esa palabra que anoche apareció tantas veces y que no recuerdo. Tal vez signifique algo o me ayude a encontrar la clave de este misterio, como esas piedras a las que se atribuyen cualidades benéficas…. Pero no la encuentro en mi mente… Tal vez… mortiza… corteza… mortaja, no, pero era algo así… ¡Cortázar! Esa era, sea lo que sea lo que quiera decir, que no la he oído jamás. Cortázar, tal vez sea la clave para esta presencia mía en un mundo para el que faltan más de quinientos años. Cortázar… ¿qué querrá decir?


 

 Episodio 4 

(Mariela Rapetti, “Malena”)


 


  Las ideas y fechas se confunden en mi cabeza. Creo que la muerte me encontrará esta vez, o al menos eso espero. He intentado en vano escapar de mi sino manteniendo una conducta irreprochable, arrepintiéndome día y noche de los pecados cometidos y alejándome de mi gente aunque me tildaran de traidor.


Mi desgracia comienza una tarde de primavera de 1529, durante el viaje que nos llevaría a Birú. Es inútil recordar los pormenores del recorrido hasta ese momento. Baste con saber que vimos a nuestro alrededor maravillas jamás imaginadas, sangre y brutalidad. Las personas que habitaban esos parajes no se parecían a nadie que antes hubiéramos conocido. Bellos de una extraña manera, ignorantes de todo, como bestias sin domesticar. No me aventuro a decir que Dios estaba de nuestra parte, pero sí que sus dioses los habían abandonado. Llegábamos y tomábamos lo que queríamos. Algunas veces eran ellos los que lo ofrecían, con un extraño sentido de hospitalidad y otras lo tomábamos a la fuerza.


Así fue con ella, a la fuerza. Aún puedo recordar sus ojos de gata, su rostro moreno. A diferencia de las anteriores, no profería gritos ni intentaba hundir sus uñas en mi piel. Me clavó, sin embargo, su mirada llena de odio y murmuró en su lengua las palabras que no temí entonces y hoy no quiero recordar; las únicas palabras que pronunció hasta el momento de mi partida. Me amancebé con ella durante un tiempo. La tuve siempre que quise. Su mirada de rechazo me enardecía y esa fingida sumisión con la que callaba alteraba mi paciencia, pero no había golpe o humillación que la hiciera hablar. Cuando decidimos seguir viaje, la dejé sin miramientos, aún cuando me dijo nuevamente aquellas palabras. Alguien las tradujo para mí: maldigo tu nombre y a cualquiera que ose pronunciarlo; te maldigo al olvido, que ni la muerte te recuerde.


Desde ese momento me referí a ella como a la Maga y ya nadie me llamó por mi nombre; me convertí en el Furtivo. Conté mi historia por siglos, tratando de hacerle trampas al destino que ella me selló. Me ocupé de inventarme muertes e historias, de hacerlas lo suficientemente atractivas para ser recordado aún por méritos que no me eran propios. Hablé con un tal Cortázar una tarde, pero la historia tomó en su pluma un giro inesperado, donde ella resultó favorecida. Hoy escucho que otros me nombran y espero que el perdón haya llegado por fin.


O que la maldición pase a ellos, quién sabe.

 

 

 

Gracias a Alberto, por editarlo. Ha sido más fácil.