30.9.13

Sting / The last ship: Otro descenso al invierno


Sting está envejeciendo a su aire. Es quizá la mejor forma de dejar la juventud, sea eso lo que quiera que sea, o incluso la edad adulta, la que todavía echa la vista atrás en lugar de otear el horizonte. Hegel dijo que los tiempos no siempre van hacia adelante. En ocasiones no se mueven. En otras van hacia atrás. La idea primaria de la ocurrencia de Hegel es que el futuro no tiene futuro o que el pasado, a pesar de lo gris y de lo malo que pudo ser, puede volver y quedarse. A Sting se está poniendo invernal, crepuscular, nostálgico. No parece que en su día empezara a ras de punk, liderara un formidable grupo de rock mainstream (The Police) o fundara una carrera en solitario a la que no le ha quedado ni un solo palo por tocar, desde el jazz voluntarioso, The dream of the blue turtles y Bring on the night, al receptorio de madrigales y otros pequeños caprichos medievalistas o renacentistas (If on a winter's night y Songs from the labyrinth) o ese afecto suyo por el arrimo al pop, asunto que ha desquiciado a quienes pensaban que este hombre huiría del mercado fácil y no sucumbiría a toda esa cantidad de mediocridades que ha facturado su voracidad artística. Porque Sting es un artista, qué vamos a pensar. Uno que se rodea de una orquesta  (una distinta a cada ciudad en donde recala el tour) y graba un disco, Symphonicities, que luego fueron dos, de versiones sinfónicas de sus temas. Por eso no es de extrañar que se haya dejado engolosinar por el folk, por la respiración de la tierra.

El primero disco con temas propios en diez años, The last ship es una obra concebida para ser representada, un musical cimentado sobre el declive laboral de una ciudad portuaria, la suya, Wallsend, de la que ya se alimentó en The Soul Cages. El problema de los musicales, una vez que se transfieren a un disco, es que pierden parte de la inspiración que los alentó. Quizá este disco caiga en ese vicio: que las canciones precisen de un soporte teatral, que existan y tengan un sentido completo en la plasticidad de su puesta en escena. En todo lo demás, la obra es un muestrario completo de tradiciones locales, un repaso al cancionero de la Inglaterra a la que no atropelló el rock de los Beatles, de los Rolling o de los Kinks y todo lo que vino afortunadamente después. No sé si le va a Sting el papel de bardo de los astilleros. La crónica social de la reconversión naval ha tenido voces duras, voces críticas con la inoperancia de sus gobiernos o con la vorágine de los mercados, que ya no quieren barcos grandes ni necesitan la mano de obra que los construye y repara.

The last ship es una aventura que mira a Broadway, que no descuida su vocación eminentemente teatral y que, en cierta coherencia, obsequiará a Sting con el afecto y con el desafecto, apuesto que a partes iguales, de un público fiel, pero desconcertado, poco inclinado a que abunden las piezas meditabundas, pausadas, intimistas, abandonando (cada vez es más ostensible este abandono) el perfil rítmico, el lado oscuro, incluso el lado ruidoso. Eso no quita que se esmere y que brille en cortes de una textura delicadísima (August winds, Practical arrangements) y que el todo sea coherente, melódicamente correcto, sin la estridencia que quizá algunos querríamos, sin la brizna de riesgo que supone el regreso al Sting que a mí, en particular, más me agrada, el que se rodea por buenos músicos de jazz, aunque éstos sean excelentes en lo suyo, un folk de consumo rápido, lo suficientemente impregnado de tradición como para que no incomode a los antiguos y se granjee la atención de los nuevos. Todo ese tono entre lo elegíaco y lo danzable favorece la plasticidad de la cosa, la conduce a un escenario y deja que allí se explaye. Seguramente sea éste el lugar en donde este Sting brille. La edad cobra sus aranceles: a él se le ha ido el músculo de la juventud e incluso el pulso brioso de la edad adulta. A cambio, está fortaleciendo su lado sereno, inyectándole el bagaje aprendido, limando las asperezas, dejándolo limpio para que los discos vuelvan a venderse como antaño o las entradas al teatro duren un santiamén en la taquilla.

28.9.13

No soy capaz de mandar a la mierda los cuartetos de cuerda de Shostakovich



Poseo la suficiente información como para no desear recibir ninguna más. Entra en mis cálculos que una brizna más de datos colapse mis entendederas y se venga abajo todo el sistema sensible. Estoy por decir que incluso no sabría si la información que almaceno me es enteramente útil, si puedo prescindir de una parte y habilitar el espacio recién desalojado para que ingrese información nueva. Eludiré todo tipo de información irrelevante, me esmeraré en seleccionar solo la que de verdad aprecie, la que me haga sentirme más feliz o más infeliz, pero comprometiéndome, involucrando la parte de mí que suele no involucrarse nunca. En adelante, suprimiré toda la información bursátil. Apartaré igualmente la que concierna a la política. Liberado de esas dos cargas, es posible que considere la posibilidad de renunciar al suplemento cultural. Después de haber tenido la valentía de dar la espalda a todas esas cosas que antes me parecían interesantes o que incluso me producían un reconforte espiritual maravilloso, no me costará trabajo pasar por alto toda la información deportiva. Viviré un tiempo a salvo de cualquier noticia. Rehuiré a quien se sienta autorizado a facilitarme todos esos datos que ya no contribuyen al sostenimiento de mi ocio. Creo que lo fortaleceré paseando. Me acoplaré mis cascos y escucharé música clásica. Imagino que incluso podría pasar de la música clásica. A la mierda Shostakovich. Fatigaré las calles sin que nada me distraiga. Llegado el punto de que la realidad me confunda, puestos a que me incomode el ruido de los coches o toda esa turbamulta de adolescentes que consideran suyas las aceras y las recorren atropelladamente, sin miramientos, prescindiré de los paseos. Nada como una vida de retiro doméstico. Me refugiaré en casa. Volveré a degustar aquellos viejos placeres de antaño. Dormiré largas siestas. Me asomaré al balcón y miraré cómo el cielo, a lo lejos, brama o grita o se rompe en pedazos para que la luz lo inunde todo y mis ojos estallen de júbilo. No sé cuánto tiempo podré soportar esta ocurrencia minimalista mía. Si en una semana estaré para que me encierren o si serán dos. Porque creo que nada de lo que acabo de decir es una buena idea. No lo es en absoluto. Creo que voy a darme un chute de noticias. Un poco de prensa digital, unos blogs de gente interesante, una sesión de facebook para ver qué dicen todos mis amigos. Me demoraré en todas esas fotos de sus viajes, en la enumeración morosa de lo que han hecho desde que se han levantado y cómo han resuleto los viejos problemas irresolubles de los cuales todavía yo no he podido desembarazarme. Escucharé, extasiado, en sinfónico arrobo, cualquier cosa de Shostakovich, los cuartetos de cuerda siempre me emocionaron, o un poco de jazz de la Verve o uno de esos discos estupendos en directo de Emerson, Lake and Palmer con los que, hace años, probaba la contundencia sonora de mis altavoces, su punch decibélico.

26.9.13

La vida secreta de las plantas

Tengo una pareja de amigos que tienen un libro de César Vidal al que le han encomendado una función que no encomienda a ningún otro de los suyos. El libro tiene como cometido elevar diez centímetros críticos una maceta reposada en la altura de un mueble de salon y tapada parcialmente. El grosor de la obra permite que la maceta, una pequeña con unas ramas lánguidas que se dejan caer armoniosamente y enseñorean unas hojas de muy agradable aspecto, se exhiba con más porte y no se malogre su oficio decorativo. El hecho de que fuese César Vidal el elegido me produjo una sensación extraña. Les quise preguntar las razones de esa elección, pero las entendí a poco de revisar el resto de los libros que ocupaban muchas de las habitaciones de su casa. Era una de esas maravillosas ocasiones en las que el libro vale únicamente por su grosor, por el hecho de que ocupe en el espacio un volumen determinado, uno cómplice con nuestros propósitos. Yo hubiese izado el poto con algo de Coelho o de Bucay, pero tendría que comprarlos. En este caso, sale más barato poner un ladrillo o una caja de zapatos pequeña, como de bebé. 

Del libro, más allá del tesoro que tutela, extrae usos a los que la razón no concedería ningún crédito. Algunos libros han salvado vidas: la bala se alojó en sus páginas y no abrió la carne. Otros, bien al contrario, han contribuído al triunfo del mal. Son los libros los que construyen los imperios y son también los que los acaban reduciendo a escombros, los que forjan indeleblemente el alma, ennobleciéndola o enturbiándola, pero he aquí a mis amigos concibiendo un uso bastardo, un uso insólito que no debería dejarse pasar y que informa sobre los tiempos en los que vivimos. Me hubiese intrigado más, entiendo yo, que en lugar del tocho del santo Vidal hubiese escogido La montaña mágica de Mann o el Ulises de Joyce. Una buena bíblia o una colección de revistas del Reader's Digest habrían cumplido con creces la noble misión de poner a la vista el cuerpo principal de la planta, pero fue Vidal el elegido, sobre el que recayó la responsabilidad de la estética. Se valora más este gesto si pensamos que mis amigos estrenan casa (un año y unos meses es todavía poco tiempo y se puede decir que andan de estreno) y que todo está pensado de un modo riguroso, que luego mengua o desaparece en cuanto el hábito se adueña de la vivienda y reina cierto conformismo digno y nada recriminable. 

Pero qué sutilidad la de mis amigos, qué arte tienen; expresan con una sutilidad prodigiosa lo que las palabras, en ocasiones, no sabrían, y el hecho de esconder el objeto mismo de este juego maravilloso debajo de una maceta, ofreciéndole su alza libresca, confirma lo que uno piensa nada más ver algunas de las baldas que pueblan la casa que ayer visité. Allí estaban libros formidables, muchos de mi agrado, leídos, degustados, y no es posible que compartan espacio Paul Auster, Brooklyn Follies mirándome como queriendo que lo leyese de nuevo, y César Vidal o Jorge Luis Borges y César Vidal o Antonio Tabucchi y César Vidal. No es que esté uno de gresca con el pantagruélico autor, pero siempre está ahí, rondando, el sentido común, los afectos y los desafectos que el apetito lector va formando a través de los años. Si yo tuviese que buscar entre mis libros uno que cumpliese eficientemente ese papel mobiliario acudiría a alguno antiguo, no sé, a un Dan Brown, que no se qué hace en uno de mis anaqueles, pero ahí anda, granjeándose mi enemistad eterna. Lo compraría un día gris, teniendo la cabeza en otra parte, pero no en donde debía. El Vidal de mis buenos amigos sería un regalo, un descuido, un día malo en los que la cabeza esté otra parte, seguro. De todas formas, qué sutilidad, qué arte, qué uso bastardo más hermoso. Luego la amistad, el Brockmans y el cardamomo amenizaron la tarde.


25.9.13

Todos mis muertos

Poseo una idea de la muerte que me ha hecho pensar muy poco en ella. Al tiempo le incumbe mi estancia entre los vivos, aprecio esa certidumbre de que la vida es eterna mientras dura, pero me sacuden cada vez con más violencia los muertos cercanos, los que compartieron conmigo una terraza en un bar, los pasillos de una escuela o el verano cuando la vida iba en broma, ya saben, y todavía no había llegado el dolor fino de saber que se acaba. Hay gente de la que no sabemos nada y con la que no entablamos trato alguno que, cuando mueren, nos hacen daño de verdad por ahí adentro. No llora uno que se fueron. Tal cosa no es posible en absoluto. No tenemos recuerdos a los que aferrarnos y no hay ninguna posibilidad de que el afecto se cuele y nos enternezca. Lo que nos duele es descubrir que la muerte ronda cerca.

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24.9.13

Una novela

Creo que no he encontrado mejor lugar para leer que un parque o una parada de autobús o una terraza en un bar. En casa, en cambio, a poco que me pongo a leer, si alguna distracción interviene, pierdo un poco el hilo de las cosas y se violenta el acto íntimo de la lectura. En todos esos sitios, por paradójico que parezca, adquiero un blindaje absoluto, una especie de malla contra el ruido, que consigue que incluso lea con más ahínco y me integre con mayor eficacia en lo leído. Cuando estudiaba sucedía justamente lo mismo. Cualquier sitio era mejor que el adoptado en casa, cualquier novedad era bien tratada. A veces he pensado que uno lee impelido por circunstancias que se escapan al criterio de la razón. Ese acto, el salir de esta realidad e ingresar en la que formula el libro, siendo mágico como es, no obedece a las normas tradicionales, desoye cualquier evidencia de taxonomía y se deja querer, y cómo, por el instinto, por la pasión. Lee uno como si afuera de lo leído nada lo circundara. Como si hubiese un yo que lee al que nada le podemos decir del otro yo, del que hace el resto de las cosas y va a sus asuntos, pasea las calles o trabaja de lunes a viernes. Me fascina la idea de que haya un desdoble, por decirlo de alguna manera. Que idílicamente una de las partes resultantes no sepa que la otra existe. Habría por ahí un emilio obtenido de todos los libros que ha leído. Estaría el emilio de Julio Verne y el de Augusto Monterroso, el emilio que supervisó los muertos de Patricia Highsmith y el que se embelesó con el Padre Brown del bueno de Chesterton. Que de algún modo, secreto y sublime, por supuesto, todavía persiste esa realidad impostada, libresca, en la que discurro sin que ninguna otra circunstancia me revele de ese oficio maravilloso. Que cada trama de cada novela que cae en mis manos va construyendo ese cosmos y lo va puliendo hasta que adquiere justamente la prestancia y el volumen que yo deseo. No sabe uno cómo es el cosmos que los libros le han ido regalando. Si es una obra enteramente propia o si ni siquiera se posee una parte pequeña en su autoría. Tengo cientos de muertos en mi memoria. Alojo amores platóncos, amores delincuetes y amores teologicos. Todo lo que he visto permanece ahí adentro, contándome el mundo que lo que veo no ha sabido contarme, mostrando los fragmentos para que yo los recomponga, dejándose contaminar un poco por lo que yo le digo y por lo que no entiendo.

20.9.13

Un asombro dulce


Se trata de saber qué miran o se trata de entender los porqués (habrá más de uno) que hace que miren como lo están haciendo. Si en lugar de observar únicamente la imagen recaemos el interés en el autor que la registra, las preguntas ganan terreno a las respuestas. Quizá la función del arte sea únicamente ofrecer interrogantes. Las respuestas las da la ortodoxia de la ciencia. Yo prefiero que las preguntas me aturdan. Las de este trozo de vida, de vida inmóvil, enfriada y paciente, son formidables. No sé si cuando ahora salga a la calle y cruce los pasos de peatones y me encamine morosamente al trabajo seré zarandeado como lo he sido esta mañana, al pillar en una búsqueda esta fotografía asombrosa, de la que ignoro todo, salvo el asombro dulce con el que me ha besado.

18.9.13

El alma, ah el alma


Uno. Al alma la emborrona la ficción de que verdaderamente existe. El alma es un paraíso alquilado. Cuando el cuerpo desciende al desorden absoluto y decide morir, el alma no gime ni se expresa en altos sonetos petrarquianos. No hay constancia de nada que suceda después de que todo haya dejado de suceder, expresado machacona y despreocupadamente. El alma no es otra cosa que un tumor benigno. El alma se descarga en su versión laica y entonces el poeta, manumitido del corsé de los clásicos que la sublimaron, estrangula el verso y forja la épica, el lugar exacto en donde las palabras manifiestan su distorsión metafísica. Todo lo demás es interfaz, escaparate, voluta que excita la neblina del ojo. Cuando el cuerpo se declara insolvente, el alma se convierte en un hipervínculo. El alma es un objeto de consumo al modo en que lo son las zapatillas Nike de cien euros o el último libro de Paulo Coelho. El alma es uno de los mejores negocios que existen. Se han edificado catedrales en su nombre. Se han levantado imperios y se han inventado mapas. Por el alma, por ese asunto fragilísimo, la población ha sido humillada, violentada y en muchos casos incluso diezmada. Este acto de humillación, violencia y aniquilación continúa a día de hoy, mientras escribo esto. El alma es un acontecimiento enteramente poético. Uno de esos lugares a los que se acude para contar la desgracia o la fortuna de ir viviendo. Metafísica en tarros vendibles. El alma, ah el alma, toda esa conferencia de pájaros buscando nubes en una habitación oscura. 

Dos. Me parece que este tiempo no es el mío, pero no creo pertenecer a ningún otro en el que me sienta más a gusto que en éste.

Tres. El día empieza bien, se estira como un gato recién violentado del sueño y te pone en la tesitura de poner una sonrisa complaciente o arrugar el gesto a conciencia. Punset dice que la intuición ocupa más espacio en el cerebro que la razón. Quizá quien posea una hacienda mayor sea la ambición. Qué dirá Punset sobre la ambición. No ha dejado de gobernar al mundo, no ha dejado de malograrlo. La Historia es un inventario de esa ambición. Lo que fascina es que todo (la violencia, el amor, la inclinación a tener fe o la misma violencia) sea un coreografía de moléculas, química pura. Igual hay cierta propensión a ser nacionalista, crápula, homosexual o ludópata, cierta inercia a salir a la calle con la sonrisa puesta o con el gesto adusto. No me queda claro si el bendito influjo de la cultura es capaz de hacer bailar a las moléculas de otro modo o éstas ya vienen configuradas rígidamente y ninguna pedagogía las puede reformar. En realidad, sí lo sé o deseo fervientemente creer en la cultura, en su absoluto magisterio, en su ilimitado imperio. 




15.9.13

Tenderly


De todos los posibles Borges me quedo con el Borges anciano. Mirando más de cara a la muerte, a la que nunca temió, el Borges postrimero indaga con más serenidad sobre lo que siempre le causó la conmoción desde donde escribía. Leer es un oficio aparte. El lector de edad, el que acumula un bagaje libresco mayor, me produce una admiración enorme. No sé qué leeré yo cuando frise los ochenta, si es que alcanzo esa edad robusta, si es que leo. Hoy le he contado a Auxy que leo más que nunca, sin entender en razón de qué. Hemos estado divagando, sin honduras pero con firmeza, sobre lo que hacemos con más énfasis, a qué se inclina más el corazón cuando no late desbocado, como antaño, y desea gobernarlo todo y todo le suscita algún tipo de interés. A mí me sigue fascinando el jazz. Creo que no hay ninguna disciplina artística que me abastezca de más placer que el jazz. Escucho ahora a Barney Kessel  (The Master Takes, Legends Noir. 2013) como si jamás lo hubiese escuchado. Encuentro en Tenderly matices que nunca había apreciado. Como si fuese ahora la primera vez que el tema despliega su melodía ante mí. La cualidad más sostenible y durable del arte es su capacidad de sorprender. Uno suspende la credulidad, se permite cierta pérdida del raciocinio y penetra en un territorio cuya virtud esencial consiste en su inaprehensibilidad. Borges no se agota. Kessel no se agota. Los libros, los buenos, no pierden fuste a pesar de que los conozcamos y recordemos dónde estuvo el júbilo, en qué pasaje advertimos un roto dentro, una fractura maravillosa, la inargumetable sensación de que el mundo fluye armónicamente y los dioses en los que no creo tutelan su travesía. K. descree de todo esto. Dice que ando repitiendo tozudamente la misma cosa. Que escribo en un bucle. Como somos amigos y le mueve el infinito afecto, me dice que le gusta lo que lee, pero que peco de monotonía. Tomo nota, K. Como no voy a dejar de escribir, tomo nota.


14.9.13

TV






1
La consigna es el tedio, el bucle, la desolación del asombro. La cultura que manejamos es inmediata, es canjeable. Como el periódico al que los días herrumbran los colores y exhibe ese tono amarillento y da ese olor rancio de nicotina quemada en un sótano con moho, la cultura se indisciplina y es otra cosa, pero ya no es cultura. Busquemos qué palabra le sirve, cuál define el grado de vileza ideológica, su malograda vocación de ocio sencillo convertido en adocenamiento. El que se arrima a la cultura es inmediatamente sospechoso de que la perturba, de que en realidad solo desea aprovecharse de lo que la cultura ofrece, de su camino sin contaminar, al frente de todas las cosas hermosas y de todas las cosas inteligentes. Hay vidas que alcanzan su plenitud en lo precario. Es cierto y quizá está incluso bien. En  lo precario, en el barro, en la solución sin aristas, en el servicio plano, en la seguridad absoluta de no estar exponiendo nada relevante. Por eso me quejo. Por la facilidad con la que los medios, la televisión a la cabeza, malogra la idea de cultura. Cómo pervierte su sentido fundacional. La consigna es el tedio, es Canal Sur, entre otras. Y no ya exclusivamente el tedio, el bucle, la desolación del asombro, sino la soberana creencia de no estar haciendo nada punible y hasta la idea de estar proporcionando un servicio público.

2
Malvadamente los nuevos mercaderes del ocio han descubierto el habitable paraíso de la mediocridad, han evitado así el peligro de costear formatos cultos y se han acostumbrando a ignorar al espectador y a dar paletadas de colores burdos, chillones y altamente inflamables. Niños con el moco caído, abuelos con la próstata belicosa. Películas del año sesenta y ocho. Informaciones interesadas. Pastillitas de colores.

3
Abra el amable lector la pandora del televisor esta noche o mañana. El televisor es el túnel formidable entre la realidad y su negación absoluta. Zapee, indague, hurgue: lo que más desconcierta es la extrema sofisticación de sus programas: apabulla el nivel técnico, su imbatible condición de espectáculo desafectado de hondura, arrumbado al capítulo de la excrecencia rentable, de la caspa sublime. Alta definición. Todo servido, de verdad, con colores formidables, con una paleta de colores que no caben en el ojo. De perfectos que son, no caben. A uno le aturde la forma, primero. El fondo no puede llegar después, o llega de un modo amortiguado, ya digo, pasado por cien filtros, que lo han ido frivolizando, convertido en una cosa irrelevante. Cultura para todos, en su horario habitual de las dos de la madrugada, proclamaban festivamente mis amados Les Luthiers. En esa travesía hay caminos que no son recomendables. Cadenas de televisión que funcionan como una maravillosa máquina de ingresar dinero. Ignoran, con absoluta conciencia del gesto, toda brizna de cultura. Por pequeña que sea, la ignoran. A lo que encomiendan su share, como lo llaman con pomposo elitismo, es a las pasiones más bajas. Ya está dicho: a lo zafio, a lo burdo, a lo tosco, en ese plan.

4
Debajo de los bits, en ese inframundo de chasquidos cibernéticos, pervive también lo zafio, la cruzada mezquina por suscitar pasiones bajas, apetencias vacías de trascendencia, píldoras que embrutecen el paladar y amodorran la sensibilidad y convierten el usuario desprevenido, el que engulle y no digiere, en un zombi cultural, en un prisionero de los perfumes caros y la carne magra, en el cadáver exquisito que cree gobernar el mundo y ser el emperador de sus vastos dominios cuando únicamente sólo puede aspirar a ganarse la condición de cliente preferente, uno bien alienado, del tipo que ignora la naturaleza perversa de su enfermedad e incluso la crecida infame de la propia enfermedad en su cerebro y sobrevive malamente alimentado, flotando en una voluta estrangulada de mierda presentable, conducido por avenidas de neón, pero huecas, torpe aliño de la mentira con que el negocio crece, perdura y, en última instancia, fascina.

5
El mal atrae. Está registrado en toda la Literatura, en la alta y en la baja, en la noble y en la bastarda. Atrae porque estamos inclinados al mal. El bien es un fin, el alto, el noble fin, pero lo que hace que el mundo progrese es el mal. El mal medido en términos de competencia, de capitalismo salvaje, desmesurado, atroz. La selva en su estado puro. La televisión es la extensión más fiable de la selva. Una comprimida en un monitor, mimada en lo tecnológico y desvergonzada en lo temático. ¿Que dentro de la televisión hay territorios limpios, programas buenos, intenciones altas y nobles? Pues claro. No sé si en su horario habitual de las dos de la madrugada, pero rondándolo. Telecinco es la jungla: una a la que se le ha extirpado el miembro sano, si es que alguna vez tuvo un miembro sano. Luego está la publicidad, que es el motor del ecosistema. No hay dios que la soporte, expresado con gesto junglesco. Ya ni siquiera los canales de pago respetan al espectador: todos lo someten a tortura. El síndrome de Estocolmo televisivo consiste en la atracción animal por el veneno que nos inoculan. Viva la publicidad. Echen anuncios. Ya estamos insensibles. Además no requieren un esfuerzo excesivo: piden a quien lo ve una actitud neutra, plana, la que lentamente se deja invadir y termina, al final del proceso, anulada. El espectador, en la parte última del negocio, es un cliente. Anoche estuve haciendo zapping. Lo hice con esmero, comprendiendo o intentando comprendo qué estaba viendo. Creo que agoté todos los canales. Me acosté apesadumbrado. Había constatado brutalmente el estado en que están las cosas y el estado al que se despeñan si no se cercena (con contundencia, por favor, quien pueda, quien sepa) el mal, quiero decir, el negocio. Luego piden que haya una ciudadanía preparada o piden que sea la escuela la que forje al ciudadano. No hay modo de que se revierta todo esto. Tenemos al enemigo en el salón. Crece en pulgadas, crece en prestaciones, está conectado a la red, gestiona el twitter, el facebook, el youtube y la madre que parió al spam. Y no es que uno sea un adalid de la pureza, en lo cultural, y viva a salvo de esta desgracia. Todos caemos. A todos nos afecta. Está bien pensado el plan. La vida es un parque temático. Miren la foto de arriba. Es del año 1958. Ahí empezaron a cobrar las primeras facturas.


13.9.13

Apuntes

La novela
En cierto modo sigo buscando qué contar. Se me ocurre a veces la insostenible idea de que todas las historias están ya contadas. Como si tuviese el tono, la caligrafía de la trama, pero no apresase la trama misma, el desempeño del fondo. Porque lo que de verdad me impide escribir la novela, la aplazada de siempre, es la flaqueza de todas las historias, su poco asiento en el tiempo. Solo acuden pequeños fragmentos, incapaces de sostener una pieza ensamblada, que se alargue en el tiempo. En cuanto cojo uno de esos fragmentos y los observo de cerca y aprecio lo que esconden, pierdo el instinto, no me siento cómodo yendo a ciegas, dejando aquí y allá escenas que me agradan sobre las que no existe urdimbre alguna que las fije. Luego está la paciencia, toda la santa paciencia que concursa en la construcción de la una novela. Imagino que hasta que no la posea, no habrá novela alguna. De nada vale la lectura, las cientos de novelas degustadas. No hay ningún aprendizaje: solo la constatación de un fracaso. Quiizá esta confesión me anime a terminar las dos historias largas empezadas recientemente. De una me deshice este verano. Primero las páginas alojadas en un pequeño archivo del ordenador. Luego de los folios imprimidos, guardados en una carpeta azul, ahora azul todavía, pero vacía. Le pregunté a K. sobre esta imposibilidad mía de satisfacerme. No le inquietó. Adujo que no hace falta escribir novelas. Incluso que no hace falta escribir. Que, haciéndolo, me puedo dar por contento. Y sin embargo...




Café con Bloom
El canon, en Literatura, busca la polémica, el debate entre contrarios, la hostilidad en lo libresco. El día en que a alguien se le ocurra borrar a Kafka de una posible nómina de genios absolutos de la Literatura será un día remarcable en el calendario, el que algunos (más sensible, tocados por lo romántico) recordarán cuando no tengan nada de que hablar en la barra de un bar o cuando, releyendo a Kafka, por supuesto, expongan las consideraciones que crean oportunas para imponerlo a la lista. A mi amigo K. le sigue pareciendo una blasfemia (él tan descreído usando esa palabra) que Borges no recibiese el Nobel de Literatura. Echa espumarajos por la boca. Desde ese día suele no dar importancia alguna a ningún premio que se otorgue a un escritor. Ni siquiera cae en la cuenta de que habrá autores de la relevancia del argentino que tampoco recibieron el agasajo de esa distinción. A Bloom lo lincharon cuando cogió un puñado de genios y no cogió el otro puñado. Igual existen varios, qué sé yo. Le doy a K. toda la razón. Está considerablemente autorizado para echar espumarajos por la boca cuando le dan a Fulatino de Copas el paraíso en forma de premio. Borges no lo tuvo. Yo en ocasiones, en mitad de la noche, me despierto y balbuceo unas palabras de sonrojo. No son espumarajos en realidad, pero a mí me lo parecen. Yo, formado humanísticamente en los clásicos, no puedo pensar en que no colocasen en esa lista antológica a Góngora. Voy a mirar si está. Como falte, ay si falta. Me veo esta noche, ya entrada la madrugada, despertando a mi mujer por los gritos. Me entenderá a medias. Tengo que leer luego unos sonetos. Por si esta noche me pongo barroco. Por si mi corazón se pone levantisco y bombea mala leche. Hay cosas con las que no se juega. O yo soy muy delicado.

12.9.13

Me pastoreo con Porter


Dejar de ser oveja y pastorearse uno mismo. No sé si es un propósito viable, si hay cancha para este volunto mío de jueves todavía de verano. Es que mientras no se vaya el calor no tengo un dominio completo de mi cabeza y me salen estas cosas que no se sabe bien cómo continuarlas después. Me sale el lado obsceno, me sale el lado heterodoxo, me sale el lado irreverente. Oh cómo me gusta el envés de las palabras. Lo escribí hace veinte años, eso no es hace nada, en un poema de ésos que se llaman de amor. El amor sigue estallando en todos los poros, procurando alminares de vértigo, limando las aristas, pero está uno ya de vuelta de algunas cosas y no alcanza a comprender los porqués. Este porqué de hoy es de una inconsistencia manifiesta. Salgo a la calle, paseo las calles, miro la gente, cruzo los pasos de peatones, miro los escaparates y advierto el roto. Gregory Porter suena en el ipod y mis pasos me llevan, sin mi voluntad de por medio, a rincones de mi pueblo que he visto poco, que he pisado poco, como si visitara una ciudad nueva. Me pastoreo con Porter. Nunca he escrito: Me pastoreo con Porter. Suena nuevo.


11.9.13

Septiembre





Tienen a veces las cosas un modo peculiar de concurrir delante de uno. No se sabe si a los demás se les presentarán con idéntico aspecto, pero no se duda de la asombrosa y agradecible variedad de formatos que la vida rinde para que la exprimamos a conciencia. Empieza un nuevo curso escolar y vienen las mismas preguntas que formulamos el curso anterior. Como si no se les hubiese aplicado una respuesta y siguiesen ahí, a la espera de que les hagamos caso, y llas cerremos. A lo mejor están mejor abiertas. Septiembre es hermoso, a su manera. Hermosean las ferias de pueblo, acarrean la repetida riada de gente que busca en el festejo un alivio a los males que les persiguen.  No hay quien no tenga un par de males en propiedad. Incluso quien se pavonea de los suyos, a los que ya profesa un afecto antiguo y a los que, en ocasiones, planta cara, convencido de que no se va a librar de ellos, íntimamente en posesión de una romántica idea del sufrimiento, al modo en que la tenían mis mayores. Gente que entiendo a medias o no entiendo nada, pero ninguna de esas impresiones mías posee importancia alguna. Normalmente disfruto más, en cierto modo, con la gente que no entiendo. No las querría en la familia o en el círculo de buenos amigos, pero animan golosamente los bares y te salvan una noche mediocre. De la gente extraordiaria, de la que se inclina al extravío, depende que el mundo, al menos el mundo creativo, el lírico, gire. Los otros, los cuadriculados, hacen de público. Bendito público, por otra parte. Quizá no hagan que el mundo gire, pero hacen que brille. O es al revés. Quizá el trabajo consiste en que ambas anomalías, la de crear y la de apreciar la creación, sean en el fondo la misma mágica cosa. Septiembre es hermoso. Todos los cambios de estación lo son. Me alivia pensar que con el cambio de atuendo, con la rutina de sacar las prendas de abrigo y de desenchufar los ventiladores, vendrá también un cambio adentro. Que el tiempo, el atmosférico, gobierna las costumbres de un modo que no apreciamos. Yo, en los años que llevo de trato conmigo, cuarenta y siete, siempre he disfrutado de este mes. Que el funk clásico, de élite, de la Earth, Wind and Fire os conduzcan por el sendero de la armonía y de la paz interior. Que hagan que se muevan los pies es otra opción formidable. He dicho.

9.9.13

Somos el río




De Rulfo tengo siempre en la memoria el verano en el que viajé al pueblo de un buen amigo en la Castilla profunda y me perdí en amistad y en bares, en noches convertidas en madrugadas y en conversaciones sobre el latín del instituto y la posibilidad de tener amigos para siempre. No hay vez que no relea a Rulfo (he leído Pedro Páramo y El llano en llamas más veces que casi ningún otro libro) y no viaje al calor manchego y a casa de mi amigo Marcelino, en Aldea del Rey, la Comala de Agosto de un opositor caído en desgracia, movido en el mapa de una ciudad tórrida y rutinaria (lo era Córdoba en ese año bisagra de todos los demás) a un pueblito maravilloso en el que encontré también calor humano.

Casi todos los libros que he leído poseen su intrahistoria, su paisaje íntimo, su indestructible mapa de emociones y de recuerdos vibrantes. Podría mirar la estantería y perderme en la memoria hasta ocuparla por completo. Sucede algo similar con las películas. Vi Beckett en un cinefórum en la Escuela de Magisterio del Sector Sur, en Córdoba. Era un ciclo de cine religioso (creo) programado por la mañana en el Salón de Actos de la Facultad. No éramos más de diez curiosos y me prometí volver a verla. No lo he hecho. Hay promesas que valen por lo que tienen de ficción pura, por toda esa morralla emocional con las que uno las manuscribe en su alma. La mía, en estos días de verano agonizante, de otoño caído en el calendario pero inexistente en la epidermis y en las aceras, está desletrada de un tiempo a esta parte. No sé esta inapetencia literaria (escribir y leer, leer y escribir) a qué viene. Si tengo un hartazgo o lo que respira debajo es un desencanto que no sabría ahora si debe tomarse en cuenta o es pasajero, leve, irrelevante. Vi hace pocos días, o pocas noches, hasta que me rindió el sueño, la obra maestra de Fritz Lang, M, el vampiro de Dusseldörf. Una anterior, probablemente la primera, fue en una mala copia que me pasó un amigo y que vi en Priego de Córdoba, en un reproductor vhs prestado, en la soledad limpia de un piso de alquiler de maestro recién ingresado en el oficio.


Nunca es uno el mismo que fue ayer, pero hay algo de entonces que no se ha fracturado enteramente: la idea de la belleza o de la revelación, la conciencia limpia de que las cosas hermosas, las que nos hacen más felices, también nos hacen más inteligentes, más preparados para afrontar la vida, que en ocasiones se pone levantisca. Ayer vi a alguien (a quien conozco y aprecio) con una camiseta con la cara reconocible de Bécquer alojada a un lado, ocupándola casi por completo, Pensé en una que tuve en la que se veía la imagen de este blog, la de Manhattan con el puente al fondo, con Woody Allen y Diane Keaton. La tuve un tiempo y la disfruté muchìsimo. Luego, o al tiempo, tuve otra con la portada de A night at the opera, el disco fundamental de Queen. Se me ocurría que la camiseta era una forma visible de contarme a los demás, de exhibirme. Quizá va a ser cierto eso que me cuentan a veces: que me encanta llamar la atención. No lo pongo en duda. Un blog, al menos éste y el modo en que se conduce, lo confirma. Escribir es, en esencia, exhibirse, darse, no dejar de exhibirse ni de darse en ningún momento. Se escribe para eso, aunque se pueda escribir también para otras cosas, pero no somos los mismos. Ni el río tampoco, ¿verdad, Miguel?

8.9.13

Boleros, libros, ciudades

Hay cosas que crees descubrir a los cuarenta y siete y que ya sabías a los quince. Una es que hay que tener buenos amigos. Incluso la certeza brutal, que irrumpe como una revelación epifánica, de que alguno de ellos te conoce mejor que ti mismo o a la altura de una madre o de una esposa. Yo no tengo la suerte de conocerme o lo hago a trozos, fascinado en ocasiones, hastiado en otras. Todo el esfuerzo que hago por entender a los demás hace que flaquee en el esfuerzo de entenderme a mí mismo. Todo a lo que me entrego se hace más rico y me deja a mí más pobre, dejó memorablemente escrito Rilke, el poeta, pero esa pobreza es admirable, en todo caso. Otra es que estás solo, como cantaba Hilario Camacho, el poeta, enmedio de tanta gente, qué solo estás. Todos los grandes poetas no han hecho otra cosa que escribir sobre lo pobres que somos y lo solos que estamos. Todos los boleros cuentan esto mismo que hoy escribo, pero endulzándolo insoportablemente. Como no los canto, les rebajo la glucosa del texto y los dejo aquí, camuflados, deconstruidos, que dicen ahora los que saben.


A las ciudades a veces las envilece el escaso aprecio que les dispensan quienes las viven. No así el turista, el accidental o el fijo, el que las pasea firmemente convencido de lo extraordinario de lo que contempla. No así, mejor formulado, cierto tipo de turistas. Hay, no obstante, algunas ciudades que no exhiben nada que asombre. Solo procuran la memoria de los rincones compartidos con los vecinos, la historia de adentro, la que no se envilece nunca porque no está expuesta en absoluto. Mi amigo K. suele repetir, en sus esporádicas vacaciones, cuando viaja, ciudades y parajes, restaurantes y calles. Busca la confirmación del hallazgo. Yo mismo he repetido, lejos de casa, la visita a ciertos monumentos que me conmovieron, pero hay tanto que ver. Anoche leí otra vez el poema de Kafavis de cuando el dios abandona a Antonio, donde cuenta lo dignos que podemos ser de una ciudad. Uno ama en la poesía esa posibilidad de convertirlo todo en algo propio, íntimo.


Tengo algunos libros de los que no guardo recuerdo alguno. Libros vacíos en donde no es posible que yo encuentro a ninguno de los posibles emilios que han ido existiendo. No creo que sean muchos, pero el hecho de haya uno, uno que esté en su balda, alojado junto a otros, quizá exigiendo un gesto de aprecio, me produce una sensación extraña. Dan ganas de quitarlo de ahí. Hay lectores esperándolo. Si tan solo dejara los libros que de verdad me siguen conmocionando, aquéllos sin los que no podría vivir, reduciría considerablemente mi biblioteca. No sé de nadie que ame todos los libros que posee. Cambian los libros y cambia también quien los compra y luego los lee. Yo he cambiado tanto que he olvidado las razones por las que leí cosas que ahora me producen sonrojo. A esta edad, sin embargo, lee uno con otra perspectiva, es más severo, aunque me gustaría volver a leer esto (ojalá) dentro de treinta años, y ver cómo hemos cambiado. Tanto, imagino.

5.9.13

Sudor

Muy confidencialmente contado y reduciendo muchísimo el asunto, podría decirse que soy uno de esos tipos que odian el sudor. No de una manera ligera y de chanza, como quien se pone un poco colérico si una mosca se le pone en el brazo o si el autobús pasa justo cuando llega a la parada. Mi relación con el sudor siempre tuvo un grado de dramatismo absoluto. Por preservarme, suelo rebajar al mínimo mis actividades físicas en época de verano. Son los días en los que no salgo de casa. Mi split y yo nos entendemos mejor que muchas parejas longevas, de las que saben lo que piensan con solo mirarse. Debo decir que no he tenido un solo split. De hecho tengo uno por habitación, incluyendo pasillos, cocina y cuartos de baño, y que estoy al tanto de las novedades del mercado por si alguno gestiona el frío de una manera más eficiente. Cuando me agobio en demasía, cosa que sucede con alguna insólita frecuencia, me hago unos largos en la piscina de la casa. 

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3.9.13

Jorge Luis Bowie



 No hay ningún Bowie que no me guste, ninguno al que no le deba una canción importante, ninguno que me haya decepcionado del todo. Otro asunto a considerar, que no se extrae directamente de la música, es el Bowie icónico, la imagen que ha ido modelando y con la que hemos ido creciendo. No creo que haya ningún otro personaje célebre, provenga de la música o del cine, de las letras o del deporte, que haya comprendido mejor la idea de la transformación. Somos lo que los otros ven en un rango mayor a lo que realmente somos por dentro. El interior tarda más en revelarse. Por eso cuidamos el cuerpo y vigilamos con esmero el deterioro de la piel. No hay un adjetivo que lo explique. A Bowie no es posible reducirlo al modo en que procedemos con los demás. Ni siquiera él mismo sabría cómo entenderse, imagino. Ha ido mutando, abrazando corrientes musicales o artísticas (el mod, el glam, el pop, el jazz, la música disco) y inyectando en esos estados del arte una brizna relevante de su talento. No podría encontrar alguien que se le pareciera. Tampoco tiene clones fiables. Es una especie de cosa extraordinaria y única que ha atravesado los últimos treinta años del siglo XX y los primeros trece de este XXI. Está un poco al margen del mundo, pero lo inspecciona con lupa, registra sus vaivenes, adquiere esa facultad que consiste en aprovisionarse de lo que realmente importa y madurarlo hasta que parece una creación propia. 




Borges, en literatura, procedía como Bowie en música. Borges no era original en casi nada: recababa tramas de las mitologías nórdicas, medievales o árabes, agazapado frente a los anaqueles, declinando si lo contando era original o no. Una vez masticado y engullido, era suyo y solo mostraba una inapreciable ligazón con su origen. Bowie mastica y engulle a lo Borges, pero no se embelesa en las bibliotecas, no hurga en las runas, no concibe el mundo como el sueño de un dios caprichoso y rudimentario. Bowie no ha leído a Kant. Borges no ha escuchado be bop. O al menos ninguno de una manera trascendente. En el fondo, creo que se hubieran llevado bien. De una forma inargumentable, alejada de las convenciones con las que la amistad suele despacharse, Borges y Bowie hubiesen encontrado una vía para discutir sobre el mundo y sobre lo que hay dentro, pero lo importante está afuera. Por eso Bowie mira a las estrellas y Borges, menos inspirado en la mecánica celeste y en la sci-fi, recurre al alma, que es en sí misma un universo tan insondable como el que nos circunda y abruma. Y no conozco ningún Borges que verdaderamente no me guste, ninguno al que no le deba un poema o un cuento maravilloso. Acudo a él con veneración. Me responde siempre. Creo que no podría vivir del todo (este tipo de vida al menos) si por alguna circunstancia extraña tuviera que prescindir de sus libros. Tampoco me imagino cómo podría estar años sin escuchar algunas piezas de Bowie. En realidad uno vive a expensas de esos vicios. Los exhibe públicamente, como yo ahora, pero guardo lo más precioso, la verdadera naturaleza de esa adicción. De hecho no sabe ni cómo expresarla. No sabe ni a qué obedece y qué secreto rumor persigue. Esta noche voy a leer El hacedor con las arañas de Marte tocando de fondo. Será la primera vez. De verdad que últimamente hago cosas que hasta a mí me sorprenden.

2.9.13

Crash


                   Página mecanuscrita de Crash, de Ballard.

Estoy de acuerdo con todos los que salgan a la calle y vociferen que la realidad es inverosímil o que las palabras son irrelevantes o que dios es inaprehensible, pero yo no saldría con ellos, no me movería de casa, no enarbolaría una pancarta con letras enormes que me simplifiquen con un slogan. Esos tres que acabo de apuntar son válidos. Niegan la realidad, niegan las palabras, niegan a Dios. Es un buen punto de partida. Al menos un excelente punto de partido filosófico o metafísico o incluso didáctico. Uno aprende en la controversia y no importa que al final de la travesía hayamos llegado al destino que esperábamos o sigamos en el camino. Acepto incluso la idea de ser convencido más que de convencer a los demás. No creo que haya mucha diferencia entre ambas formas de llegar al final de una conversación. Tengo amigos que calan enseguida a las personas con quienes hablan. Es algo que yo mismo, menos sensible, menos dotado en esos asuntos, percibo si estoy entre ellos. Saben cómo llevar las conversaciones, en qué momento driblar y en cuál bajar los brazos y dejar que sean ellos los que lleven el peso de la trama. Hay conversaciones espesas y otras de una liviandad obscena. Una de las que más me agradan es precisamente una de las que menos practico. Es la que cuestiona la naturaleza misma del universo y cita al caos y al vértigo y a la madre que parió a la metafísica. Lo lamentable es que ni siquiera yo, tan inclinado a disfrutarlas, logro estar a la altura que esas conversaciones exigen. En ocasiones merodeo lo que intento explicar o sencillamente lo esquivo, como si no tuviera ni idea de cómo volcar las frases que lo explicitan. Hay otras, sin que yo gobierne la forma en que unas vienen o se van, en donde me explayo a gusto, en donde encuentro el punto de perforación justo y avanzo con solemnidad, con absoluta confianza en el parlamento, investido con una extraña pasión, pero ya digo que son las menos o lo son muy aisladamente y no me retratan como discutidor. Es una palabra hermosa esa. A lo que sí me arrimo es a escuchante. Uno debiera escuchar más que habla. No lo llevo a la práctica como mi mujer me recomienda, pero reconozco que hay mucho que aprender o que hay más ahí afuera, listo para que yo lo registre, que adentro mía, listo para que yo lo airee y lo registren los otros. 

La página mecanuscrita del capítulo primero de Crash, de Ballard, que leí hace mucho tiempo y que ahora no me apetece releer, explica un poco de todo esto que sugiero. La idea de que no todo está acabado en el momento en que lo parece o la idea, más bastarda, de que no habrá forma alguna que nos satisfaga enteramente. Quienes escribimos, en la batalla contra la hoja en blanco, no pensamos en estas cosas. Yo, al menos, no las pienso mientras la mano se mueve y deja ahí las palabras o mientras que los dedos, como ahora, teclean en el teclado del ordenador. Es después cuando, en la relectura, cae uno en la cuenta de los errores, de la debilidad del asunto, de cómo uno pretendía ir a un lugar y se ha quedado a mitad de camino. Bueno, dice K. que los lectores nunca saben a qué lugar vas, así que no te van a exigir que efectivamente llegues. No estoy de acuerdo con K., pese a los años compartidos y a la amistad que nos une. El lector, incluso el desavisado, el que no te conoce, se hace un plan de lectura conforme va leyendo y se forja un destino. En ocasiones, en las menos, pero en las deseables, ambos destinos son el mismo. Yo no corrijo casi nunca. Mi amigo Pedro me recomienda que lo haga, mi profesor Luis Sánchez Corral me lo recomendaba en la facultad, María del Mar García decía que saldría mejor si lo limaba más. Ella decía limar. Soy de poco limar y de mucho decir. Soy de aturdir a quien tengo delante si encarta. De decir desbocado y de decir un poco enfebrecido. A mí la escritura me enfebrece, me coloca en un lugar en el que solo estoy cuando estoy escribiendo. Ni siquiera al leer, lo mío o lo ajeno, estoy en ese sitio maravilloso. Importa escasamente que lo que se escribe tenga una repercusión, una valía, una cierta belleza o interés. Lo que de verdad es relevante es que su volcado haya sido lujurioso. Hay un erotismo, claro. Lo hay de una manera promiscua y de una manera serenada. Depende de qué texto hagas. En los que encuentro más a mano ese placer voluptuoso (estoy convencido de la eficacia de los adjetivos en la escritura, de cómo percuten el texto y lo subliman con muy escasos medios tipográficos) es en los poemas. Escribo poesía en volandas. Escribo dolorosamente incluso. Y si entro al trapo corrector y veo que esto puede ser aquello y que suprimir tal palabra o cambiarla por aquella otra puede convenir al poema, sufro más todavía. Un sufrimiento dulce, un crash como el del texto de Ballard. Soy de sufrimientos provisionales, eventuales, propedeúticos. En cuanto salgo de ellos y los pienso, los rebajo a una condición frívola, los someto, declino con firmeza la posibilidad de que me hablen otra vez y de que yo los escuche. Todo es muy extraño. Miren la hoja de Ballard. Los escritores somos gente muy extraña. Eso contando con el hecho de que muchos de los que nos creemos escritores lo seamos de verdad.

1.9.13

Dolor y dinero / Creemos en el fitness



De Michael Bay no poseo recuerdo cinéfilo alguno. Ninguna de sus películas me ha producido una brizna, una siquiera pequeña, de placer cinematográfico. Reconozco su función dentro de la industria del cine. Bay es una especie de Santiago Segura al que le han inyectado monumentales cantidades de pasta para hacer lo que le de gana en una pantalla. Sigo pensando en que Bay es un director sin sutileza, de escaso o nulo genio narrativo. Lo corroboran bodrios catedralicios como Armaggedon, Pearl Harbour y la sencillamente obscena trilogía de Transformers. Los trazos, bruscos, de una tosquedad a la que la voluntad no permite pulimento alguno. La estilística de Bay no es tal: es un zafio artificiero que ha encontrado un modo de hacer cine que encandila a un público de exigencias escasas, que se emboba (literalmente) cuando la pantalla se embrutece y solo ofrece explosiones, persecuciones o batallas imposibles entre robots en mitad de Manhattan. Pero he aquí que el dinamitero se ha reformado: no ha renunciado del todo a su devocionario estilístico; tampoco ha renunciado a que su cine siga siendo reconocible (en eso hay que reconocerle cierto grado de rango de autor al modo en que otros de más fuste lo obtienen por vías más nobles) y ha facturado una película sorprendente, ágil, fluida, cínica, sutil a tramos (sí, por fin), que pretende (y ya digo que en ocasiones lo consigue) mostrar un sátira social. Así que, amigo Álex, ya tienes al Bay reformado, enchufado al mainstream habitual, pero concediendo puntuales y brillantes ramalazos de genio. 

Dolor y dinero es una comedia ácida, envenenada, que no se crece por unos diálogos formidables. Ya lo dice Daniel Lugo, el descerebrado protagonista de esta locura: Creo en el fitness. Lugo es uno de esos arquetipos del hombre hecho a sí mismo del american way of life, una masa de músculos (es entrenador personal en un gimnasio) que advierte que su ingesta de anabolizantes y batidos de proteínas no le va a permitir alcanzar su exacto lugar en el mundo, es decir, en los Estados Unidos de América, por lo que maquina (es un verbo excesivo eso de maquinar) un plan para extorsionar a un ricachón colombiano al que secuestran y torturan. Como todo está basado en hechos reales, los guionistas de Bay (Markus y McFeely, los mismos que una entrega de Las crónicas de Narnia y Capitán América: El primer vengador) no se esmeran en retorcerlo todo más de lo que al parecer ya estuvo retorcido. Por la pantalla deambulan personajes histriónicos, vulgares, simples a más no poder. Bay transformado en un Cohen o en los dos hace un dibujo grotesco del escalafonato criminal de los tres bodybuilders de la cinta, huecos por dentro y muy duros por fuera. Se esmera en el chiste sencillo, pero eficaz, en gags visuales que no entorpecen el entramado negro de la trama. Todo lo que pueda parecer hortera (hay elementos kitsch a espuertas) contribuye a que el espectador entienda de verdad con qué imbéciles está tratando. Estos tres tontos muy tontos, ratas de gimnasio, creen en el fitness por encima de todas las cosas. Alguno (un Dwayne The Rock Johnson en estado de gracia, y mira que eso es duro de entender) no solo cree en el fitness y en la coca sino en un Jesucristo moldeado a su antojo. Una de las cosas que hace Bay muy bien en Dolor y dinero es retratar al americano medio, comido por la fiebre religiosa, convencido de que Dios observa cada pequeño gesto que hace y ensalza los buenos y perdona los execrables. De hecho aquí unos pocos muy execrables, muy deleznables, de un punto gore que da a la cinta una dimensión seria, muy de Cohen, ya digo, que igual incomoda la vocación de blockbuster de todos los productos de la casa. No olvidemos que esta es una película de tránsito, menor si consideramos que el bueno de Bay, renacido, redimido de todos sus grandes pecados, tiene en marcha su Transformers 4. La máquina de la taquilla es imparable.

Ah, dos o tres apuntes a modo de coda: las mujeres en el cine de Bay siguen siendo una mierda a secas. No hay manera de que este hombre matice, aunque sea para caer bien a los fanáticos de la corrección y a todos los sensibilizados por la bendita igualdad entre machos y hembras, su misoginia practicante, al menos a 24 fotogramas por segundo. Las morenas y las rubias rotundas, expuestas como carnaza lúbrica, abundan en su cine tanto como la cacharrería metálica. En Dolor y dinero no hay títere que se salve, si exceptuamos al siempre magnífico Ed Harris, al que Bay le regala un pequeño, sensato y rico papel. Las dos mujeres de cierto calado, personajes secundarios ambos, son prostitutas y cortas, muy cortas de seso. El otro asunto es el curioso hecho de que Mark Walhberg haya repetido el mismo papel que hizo en Boogie Nights, el del sobredotado John Holmes. En esta ocasión, su impagable Daniel Lugo es un Dirk Diggler de esteroides y largas sesiones de pesas. Lo que comparten los dos es su innegociable deseo de escalafonar a cualquier precio. Uno pone en danza al semental y otro la confianza en la eficacia de su esculpido cuerpo. Los dos caen estrepitosamente.