31.8.13

With a little help from my friends...





Hay que confiar en alguien. Incluso cuando no haya nada en quien confiar. Es a partir de esa confianza desde donde uno puede sentir algo parecido a la armonía, a un cierto tipo de equilibrio que nos libera del caos y de andar errando, perdidos, sin asideros. Tampoco hacen falta muchos asideros. Uno o dos, a lo sumo. Está bien ir al descubierto, desplazándose por la cuerda del funambulista, percartarse de la hondura del abismo que se presenta bajo los pies y continuar sin vacilar, a sabiendas de que caer es una posibilidad, pero tenemos el asidero a mano, la confianza en que alguien (ya digo, una persona, un par) nos tenderá un puente. Se trata de no estar solos en el mundo, aunque lo estemos en el fondo, continuamente. Solos de un modo absoluto. Solos a pesar de que hayamos confiado en alguien.

Anoche vi un par de pájaros volar juntos durante un tramo de mi calle. Hicieron las mismas cabriolas y recortaron bruscamente en el mismo invisible mojón del aire. Los miré con rendida fascinación. No solo ya el hecho de volar, que es prodigioso siempre, sino ese desplazamiento armónico, puro, ofrecido al espectador avisado para que se recree en su formidable coreografía. No sé qué música le convedría a lo que vi anoche, pero hoy he vuelto a pensar en los pájaros, en la voluntad del instinto, en la querencia animal y es posible que también en la confianza que uno deposita en el otro para que no malogre el vuelo. No sé si nosotros los de aquí abajo poseemos esa confianza ciega en los demás y nos atrevemos a pasear de esa manera, con esa complicidad. Me pregunté si serían pájaros enamorados y que fuese el amor, ah el amor, el que los izaba y los comprometía a elaborar con tanta pulcritud el vuelo o simplemente era una actividad prosaica para ellos, sin ninguna marca que revelase una intención sentimental o artística o incluso circense. Y me pregunté si todos tenemos un pájaro con quien volar. Uno al menos. Y debe ser triste no tenerlo, salir a calle sin nadie nunca. No hace falta que sea la pareja, el amor de la vida o el amor de una parte de esa vida, en fin. Basta un buen amigo, ya saben. Me pregunté si todo este encabronamiento con el que nos levantamos los humanos a diario y nos hace ser retorcidos y buscar cómo hacerle la puñeta al prójimo de la forma más sutil o la más brusca no se curará con un poco de amor o con la ayuda inestimable de la amistad, como cantaban los Beatles, aunque nadie la cantó nunca como Joe Cocker en Woodstock por el 69.Y hoy pedimos que los malos de siempre tengan amigos en quien confiar, parejas a quienes contar qué les atormenta y permitir que la armonía les cruce el alma (o lo que tengan), les conforte y les rebaje la mala leche. Porque hay un montón de mala leche en el mundo y esta tarde de sábado se me ocurre que la música y el ingreso maravilloso del vuelo de unos pájaros podría desarmarlos a todos los que la sacan a pasear. La mala leche, digo...Creo que estoy perdiendo el tiempo.

30.8.13

De qué hablo cuando hablo de Murakami / Primera y segunda entrega



Primera entrega / Murakamiando / De hace unos años / Las evidencias
En ocasiones la vida parece una vida de encargo. Obra en silencio la trama o debo decir la convicción de que una trama exista, pero a la vida la gobierna el azar, la administra el azar, la convierte el azar en esto trágico con lo que nos levantamos a diario y en lo que abrimos pecho como si nada pasase, como si fuese en verdad la vida un encargo de otro, una novela. Caso de que la vida sea una novela sería una de Proust o de Faulkner. No sería jamás una novela de Murakami. Tampoco me hace feliz la idea de que la vida sea una novela si se arrima a la idea de novela de Ken Follett o de John Le Carré. Confieso haber leído sus argumentos adictivos, haber entrado y salido de los personajes, sentido el suspense de la historia, pero no miman la palabra. La abandonan, la subordinan al concurso de los acontecimientos. Prefieren el lustre de la intriga, saben los dos que el que lee es un devorador de tramas, una de esas almas descarriadas a las que la vida no les abastece de ardor ni de belleza y terminan (ay) cayendo (yo he caído, yo he sido un devorador de tramas, yo he robado horas al sueño por Follett y Le Carré) en best sellers. Pero sobre todo temo a que la vida termine pareciéndose en demasía a una novela de Murakami. De hecho es de Murakami de quien he venid hoy a escribir. De cómo aburre su escritura y de cómo, aburriendo, no conduce a ningún sitio ni te hace sentir feliz o perplejo o emocionado durante la travesía. Aparte de lento, lo que cuenta Murakami es irrelevante. La vida (razono) no debe ser aburrida y debe conducir diariamente a algo. Debe (además) hacernos sentir felices de vez en cuando, perplejos (eso lo consigue sin esfuerzo) y hasta dejarse llevar por la emoción y ponernos tiernos, sentimentales, frágiles como un haiku de petaĺos. He leído los cuentos del sauce, After dark, Tokyo blues, el de Kafka y la del pájaro que da cuerda al mundo y con eso (creo) he tenido bastante. Lo que no comprendo (una de las tantas cosas que no acabo de entender) es la razón por la que existe esa querencia hacia los libros de Murakami. Cómo vende lo que vende. En qué hechizo cayeron los que, abriendo sus novelas, creen estar penetrando en un mundo fantástico, en un país asombroso al modo en que solo la buena literatura es capaz de abastecer a quien lo solicita. Los hechizos son inaprehensibles, no se dejan capturar por lo cartesiano, jamás se aleja del confort del corazón, ahí en donde bombea sus jugos más amorosos. Peor sería, tú lo sabes, oh Miguel, testigo de mi vicio, beber los vientos por Bucay, creer que a la vida podemos curarla con grageas espirituales de saldo, con pastillitas de alegría express, pero eso entra en un post que espera su turno en el editor de mi blog.




Segunda entrega / Las pastillitas express / De ahora / 7000 discos de jazz
Mi amigo K. sostiene que no se puede ser tan intransigente en materia literaria y que Murakami, bien leído, algo tendrá para que esté ahí, en los suplementos dominicales y en las mesas de Grandes Éxitos de El Corte Inglés. El otro día, recorriendo sin prisa uno de sus centros comerciales (el de Puerto Banús, en Marbella), no vi ningún libro de Murakami. Será porque no tiene ninguna novedad, me ilustró K. Y pensé en que posiblemente sea un autor de ventas masivas, de los que agrandan los ojos de los libreros cuando las cajas les traen una novela nueva. Contra la voluntad del librero por vender más no tengo absolutamente nada. Yo también soy librero, aunque no haya vendido un libro en mi vida. Soy uno de esos libreros que disfrutan cuando ven gente en la calle, en los parques, en el metro, leyendo a Bucay, a Stendhal o a Murakami. Qué poco importa. Hay libros que yo he leído que despertarían la desconfianza de muchos lectores. Habiendo sido siempre (creo) un lector exigente, nunca he sido uno que condene un cierto tipo de literatura, o de cine, pongo por caso. Me cuido de no abusar, entiendo. Procuro merodear esas tentaciones frívolas que en ocasiones animan un verano. Hace poco escribí que leo a Stephen King en estos meses de estío. Me produce un alivio absoluto su forma de escribir, ese ir avanzando sin que nada te deslumbre y sin que nada te ofusque. Van las tramas avanzando con absoluta facilidad. Con Murakami, a pesar de haber insistido, no tengo esa condescendencia libresca. De verdad que me cansa. Hay veces (me pasó en Tokyo y en el de la cuerda del pájaro) en que sospecho que no voy a llegar a ningún sitio. Que leer es un merodeo de algo a lo que nunca voy a acercarme. Y como tampoco me apasiona su manera de contarme esa periferia, desisto, declino la posibilidad de encontrar el secreto de su lectura, al que otros (vengan, por favor, cuenten) han accedido y del que han extraído el placer y las enseñanzas que yo he recogido de Chesterton o de Borges o de Melville. Las pasrtillitas express me las tomo a voluntad de mis vicios. Me abastecen de paraísos pasajeros. Por eso a veces escucho a Daft Punk en vez de estar todo el santo día con el bueno de Lester Young. No puede estar uno en un búnker, le digo a K. O me lo dice él a mí, ya no sé. Se nublan las cosas. No sé quién amonesta a quién. Será que Murakami (acabo de terminar unos relatos que me han dejado absolutamente indiferente). No son los días, pueden decirme. Sauce ciego, mujer dormida, el librito en cuestión, merecerá otra oportunidad, seguro. Pero es que tenemos tanto que leer que no podemos conceder segundas oportunidades. No me gusta, en fin, que los cuervos hablen. Al menos, anoche no me hizo ninguna gracia. En eso estoy. Excusadme, murakamianos. Me cansa su amor irrenunciable a sí mismo, que no esconde y airea a poco que se siente bien con lo que escribe. Me duele (en el fondo es un dolor) la sensación terrible de que estoy perdiendo el tiempo. Que el libro pesa, K. Los libros, los buenos, no tienen peso. Son de una coherencia molecular inasequible a las leyes de la física. Y Murakami, en verano incluso, aburre. No digo que no haya una cierta afinidad primeriza. La sentí (no exageremos tampoco) en After Dark. No sé quién me lo recomendó. Sí recuerdo que no fue una voluntad explícita mía. Ah, pero el bueno de Murakami tiene más de 7000 discos de jazz. Solo eso le salva. Nada que tenga más de 7000 discos de jazz puede ser completamente irrelevante. Volveré esta noche a la mujer dormida y al sauce ciego. El verano, el inconsciente, me ha dejado abrir las ventanas de mi dormitorio y adoro el fresco dulce de los patios de mi manzana. Son silenciosos. Se oyen gatos a lo sumo. Estaremos ahí los dos, Haruki y yo. Igual escucho por los cascos un poco de Stan Getz. Igual faltaba eso para entrar en materia.

Vancouver, 1966


Uno a veces se reconoce en calles que nunca ha pisado. Aprecia incluso la cálida sensación de lo vivido, toda esa costura sentimental de lo que verdaderamente nos forja. Tampoco se sabe bien qué diferencia hay entre la ficción (lo aprehendido en los libros, en el cine) y la realidad, dónde acaba una y empieza la otra. De esta calle de Vancouver, registrada por un fotógrafo del que no sé nada en 1966, el año en que yo nací, tengo un par de historias que contar. Probablemente mezcle, en su relato, trozos de películas que he visto, párrafos enteros de cuentos o de novelas que he leído. Mi cultura ha crecido en Vancouver de un modo inargumentable. Le debo más a Carver que a Baroja. Creo que me movería mejor por las calles de Manhattan que por las de Teruel. No habiendo estado en ninguno de esos lugares, sin haberme dejado llevar por el vértigo de sus calles, estoy más inclinado a pensar que disfrutaría más en las afueras, en lo que no conozco sensiblemente, pero sí de un modo interpuesto, dulcemente aprisionado en mi memoria, elevado al rango de mítico. Poseo al menos un par de buenos amigos que pasearían conmigo por Vancouver. Quizá no el Vancouver actual, ya digo, sino el de 1966, creyendo que hemos ingresado en una película en blanco y negro y que Lee Marvin está en un bar, bebiendo un whisky, esperando a que le llamen para cerrar un trabajo. Yo soy muy de Lee Marvin, ahora que lo pienso. Muy de serie B a lo Samuel Fuller o Don Siegel. A la vida se le encomiendan en ocasiones cometidos que no puede cumplir. No podemos convertirnos en personajes de las invenciones de los otros ni tampoco que esos personajes salgan de la pantalla y circulen con nosotros por las calles, nos escuchen y consideren la posibilidad de que seamos nosotros los que hacemos el viaje inverso y paseemos Manhattan o Vancouver en 1966. Woody Allen nos dejó a Cecilia, la camarera de La rosa púrpura de El Cairo, esa película romántica en donde aceptamos cosas inverosímiles, fantásticas, mentiras que nos hacen más felices. Definitivamente uno, siendo muchas cosas, se queda con las que han dejado un poso más durable adentro. Como ya tenemos la realidad (a veces la constatamos de un modo brutal) pedimos un extra de ficción. Ah amable lector que me comprende, quedemos para tomar un café. 1966 es un buen año. Vancouver, un buen sitio.

29.8.13

Nuevo parte meteorológico

Leyendo algunas entradas anteriores, observo que no hago otra cosa que acudir al tiempo y hacer como que mi estado de ánimo proviene del calor que haga o de la promesa de que el calor rebaje el rigor con el que me castiga y abra paso al frío, al bendito frío, al frío considerado como delicatessen para los iniciados. No sé si alguien entiende de lo que hablo. Probablemente sea el hecho incontestable de que en verano, abastecido de tiempo libre, en el privilegio de unas vacaciones largas (soy maestro, he ahí la pista concluyente) no tengo la fluidez narrativa del invierno, no encuentro de qué hablar y me refugio en las estaciones, en su ir y venir inconsciente. Hoy parece que el dia se me ha puesto definitivamente de cara. Corre un fresco que alivia muchísimo y me invita a pensar en salidas nocturnas, en terrazas aireadas, en amigos que conforten un poco el alma. Los amigos, a poco que piensas en ellos, comprendes que están ahí para procurarte ese conforte. Luego les cuentas que huyes del verano. Que al sol lo miras ya con cansancio y deseas, como hoy, que la lluvia irrumpa como suele, dejando olor a hermosa tierra mojada, vaciando las terrazas de los bares, produciendo la sensación de que acaba un ciclo y empieza otro. Por mí que empiece mañana. Será que no tengo de qué escribir y mirando al cielo encuentro (alguna) inspiración.

26.8.13

Pizarnik al sol




Hay consignas invisibles, maneras de conducirnos sin que se aprecie que nos conducen. Basta percatarse una vez para que estemos después permanentemente alerta. Es lo que yo llamo la vigilia de la desconfianza. En cuanto nos dormimos, bajamos la guardia, dejamos que nos lleven y nos traigan por ese territorio huidizo. Los sueños son probablemente el lugar en donde somos verdaderamente nosotros mismos, donde se nos encuentra más fiablemente. En la vida real, en las horas en que no estamos durmiendo, no conviene perder de vista esa desconfianza, la misma que uso en estos días de verano en que uno no está en casa y busco afuera el alivio de lo nuevo, esa sensación de extrañeza que en ocasiones proporcionan los viajes, las camas nuevas, las habitaciones en donde depositamos las maletas y en donde concebimos un universo transitorio de equilibrio dentro del caos. Porque hay que amar el caos, hay que buscarlo incluso sabiendo que puede malograrnos, atropellar la parte de armonía a la que nos inclinamos a diario, en la creencia de que es buena y que nos va a hacer más felices. La felicidad está también en las afueras, en la periferia, en el espacio que no se conoce, observando las peripecias de los demas para encontrar esa felicidad, dejando que todo lo que uno ve penetre, se encastre adentro, permita que el alma (esté donde esté) salga de su estancia lirica, vuele un poco, adquiera altura y nos permita contemplar el paisaje sin la contaminación de lo pedestre. Todo esto se me ocurre hoy, a pie de playa, mirando ahora mismo gente zambulléndose en una piscina, charloteando cosas que llegan desde lo lejos, fragmentos de otras vidas, asuntos que también acuden aquí, mezclándose con los míos, modificando en una parte su singularidad, como si en la trama de esta pequeña representación teatral hubiese un narrador fabuloso que trenzase de aquí y de allá los hilos con los que todos nos vamos moviendo. Las consignas son ahora visibles: cojan un poco de bronce en la piel, tiéndanse en la toalla, abran un libro (estos días la alta poesía de Pizarnik, otra vez) y miren las nubes, allá arriba, contribuyendo de forma espléndida a la riqueza del atrezzo.

23.8.13

Lamento

Uno no sabe ya si ama los mundos sutiles, los ingrávidos y los gentiles o si los detesta. No sabe con qué quedarse. Se maneja bien observando el mal, registrando los destrozos que causa, apreciando que la vida siga y que no haya peligro de que el mal, el que se ha observado y se ha registrado, acabe entrando en casa. Tampoco sé a qué casa me refiero. Imagino que es el mundo, a pesar de que haya otra, de más reducido tamaño, donde duermes de noche y a la que mimas porque en ella reside tu familia, que es el bien más preciado, el único posiblemente. Lo malo es que al mundo lo están partiendo. Nunca fue una unidad firme, pero esta parte es la mía, en la que yo oficio de espectador, y no me agrada en nada el tono de la trama. No se sabe ya cómo asumir que en las guerras mueran los niños, que los gaseen como si fuesen mosquitos en la cortina del verano. No se sabe ya cómo entender tanto atropello. Imagino que esta es la descarga moral, moral por decir algo, que a veces sale de dentro y plasmo en palabras, un poco para entenderme y otro poco, quizá, para compartir el padecimiento. Hay que ser muy duro para sobrellevar este peso infame de las cosas. Por otra lado está la sensibilidad. Quien la tenga a espuertas tiene todas las papeletas para echar una llantina privada cada vez que se acuesta, apaga la luz de la mesilla y entona el cántico con el que se profana la vigilia y se penetra en el mundo de los sueños. Creo que son los únicos paraísos que quedan, pero los sueños, cuando están mal administrados, elevan su rango y se convierten en pesadillas. No suelo tener muchas, la verdad. Creo que duermo con la conciencia tranquila, pero incluso eso me preocupa. Soy feliz en mi modesta vida de espectador. Lo que hay de malo en esta bondad es que no tiene por dónde cogerla, no hay forma de explicársela a los demás, no existe argumento por el que hacer circular su esencia. Por eso anda uno perdido, sin saber si proseguir en el mundo etéreo, el de las pompas de jabón y las metáforas, o meterse en arena, abrir camino por algún sitio, dejar de contar lo que siempre está uno contando, que es al cabo poca cosa y está contada de modo fragmentario y torpe. Son todas estas las cosas que esta noche no sé. Una de ellas, una de las que más me incomodan, es la de ir acabando el texto y no tener conciencia clara de qué he querido decir. Sí, el dolor, ya sé, las muertes ajenas, las dolorosas, las que no tienen pies ni tienen corazón ni cabeza, pero también las muertes de los seres que no conocemos, los de los telediarios, todas esas muertes que no obedecen a nada razonable. Es que no hay razón y vamos camino de que hasta eso (que no haya razón) sea razonable. Está la cordura rebajada a otra cosa, pero no es cordura. Se están dando por normales los asuntos que debieran indignarnos. La dignidad. Esa es la palabra a la que le hemos perdido absolutamente el respeto. Supongo que no harán caer en la escuela el peso de esa responsabilidad. Es un peso muy repartido en la sociedad. La escuela no es un espacio de prevención de conductas inmorales o delictivas. Los mundos sutiles, los ingrávidos y los gentiles: eso son los que hay que vender bien, ellos garantizan la sensibilidad.

22.8.13

Z





Creo que está al caer un blockbuster sobre zombis en Pixar. En esto de los zombis se estila también un adoctrinamiento, un traer a la masa joven el icono del no-muerto, una voluntad didáctica al modo en que lo practica la política o la religión. Disney (que está en asuntos de caja casada con Pixar o son la misma interesada cosa) no tardará en dar el pelotazo. Me pido la edición especial con doble disco, con extras y making off.  El zombi es un parque temático en sí mismo. La muerte, tratada así, con esa frívola mercadotecnica, vencerá todas las rugosidades metafísicas de los últimos dos milenios. Viva George A. Romero. Viva El Padre.

No sé qué palabra valdría para retirar aquí la palabra zombie o zombi. Quizá podrido. Los podridos. No suena mal, pero el imaginario castellano tiraría de olla de garbanzos o de ventosidad aireada en una distracción de la concurrencia. Vale la opción de que en España el fenómeno zombi (o podrido o muerto viviente, más castizamente) no deja de ser una cosa impostada, proveniente de la industria del entretenimiento. Ni siquiera tenemos una Mary Shelley. Salvo cierto tipo de jirones de carne, su Frankenstein era un ancestro formidable para los zombis de ahora. Ni siquiera tenemos un Michael Jackson. De su Thriller proviene la idea imposible de que los zombis son criaturas a las que se puede coreografiar.

Los zombis son de una elementalidad absoluta. Han sido despojados de su condición emocional y convertidos, por obra del vudú o de los cataclismos apocalípticos, en un aparato digestivo que se mueve. No hemos visto zombis fornicar en los bosques, en un descuido del cámara de turno o en un capricho del guionista. Tampoco dormir o mirar el azul del cielo o embelesarse con el sonido de la lluvia cuando cae. En ese sentido, un zombi es una célula primordial, un idea a salvo de todas las demás ideas, una boca famélica embutida en una quijada que se cae a pedazos. No acabo de entender cómo ese órgano tan relevante se escenifica tan pobremente, con tan escasa pujanza anatómica. Agradezcamos al Infinito Concurso del Azar y a la Gloria Absoluta de la Madre Natura que no se haya esmerado en el aparato locomotor de las bestias. Si un zombi tuviese el brío de un Bolt no habría paz en la tierra ni para los hombres de buena voluntad.

Un zombi no se deprime, un zombi no se alegra. En esa asepsia de ánimo, pastorean los campos, merodean las villas, fatigan las carreteras abandonadas y agotan a su modo las topografías del hambre. Como no enferman, ofrecen siempre una voluntad firme de asalto. Los opresores del mundo laboral, los que explotan al vulgo mal asalariado o directamente sin asalariar, lampan por zombificar a sus obreros. Babean con la idea de que únicamente realicen su trabajo y no caigan en la cuenta de todo lo demás. Los países que reclutan ejércitos para extender el mal que los corroe por dentro buscan zombis, personal sin alma, desalmados, eso es. El mal, cuando penetra en la carne y la malogra, nos hace zombis. En un extremo doloroso de las cosas, todos habremos visto alguno por ahí, en las colas de las charcuterías del mundo, en las plateas del teatro, en los pasillos de los Parlamentos, en los sindicatos, en las barras de los bares, en casa, en el espejo (ay) cuando en ocasiones nos miramos y nos duele lo que vemos.




21.8.13

Noticia de verano

Está el verano sin descarriarse de su rumbo, afinando su material de intimidación, dejando al descubierto la fragilidad del cuerpo, toda esa pobreza de ánimo con la que en ocasiones afrontamos el día. Los míos, cuando aprieta el sol, con su dulzor espeso, con su terca vocación de soplete, están como en tregua, sin que se distingan unos de otros, perezosos y felices, dejados caer como un fardo alegre al que de pronto le hubiesen rebajado todo el peso y se moviera sin propósito. El verano es un aplazamiento de algo que se ofrece detrás. La luz es en sí misma un aplazamiento de otras luces. Las palabras, en suma, aplazan otras palabras. El término en el que concluye todo no es una estancia o un paraje, una habitación o una playa, sino una sensación, una firme, instalada en la cabeza como un cuadro fijado a la pared. Es la sensación de que todo es una especie de ficción a la que nos hemos acercado de forma imprecisa, un poco sin saberlo y otro poco temiéndolo. En la ficción que nos regala el verano se viven las ficciones de los demás con más completa satisfacción. Es como si el lector lo fuese a modo completo, tenazmente, sin que ningún vínculo con la realidad lo distraiga del oficio al que ha encomendado su vida. Somos lectores del verano, que es un libro de humedad y de sombrillas en la arena, de noches bochornosas y de siestas convertidas en pequeños o grandes triunfos. Se duerme en la creencia de que accede uno a otro mundo o quizá porque la cabeza precisa de vez en cuando olvidarse del cuerpo que la soporta y del que depende. El verano, a poco que lo piensas en detalle, es la estación más impura. Me he bebido un gin tonic de Bombay y he pensado en que no hay otra parte del año que invite más a desquiciarse uno, a perderse y a encontrarse después. Ni las lecturas que se van haciendo ayudan a que se rebaje un ápice esta dureza de pensamiento. El verano es un lugar vacío al que le vamos añadiendo cosas. Como una casa en construcción que luego dejamos cuando acude el frío. Será que odio el calor. De un modo grosero, lo odio. Pienso en que no puedo vencerlo y el odio se acrecienta. Al frío lo combato con armas más eficaces y hasta me entiendo con él y termino apreciándolo, cogiendo lo que me interesa y paseando por las calles a su paso. Está el verano a medio terminar y se deja escuchar, pero viniendo de muy lejos, el rumor del otoño. De hecho no hay nada fiable que nos haga pensar en el otoño, pero me agrada muchísimo esa idea en la cabeza: la del frío ganando terreno al calor terrible que nos está azotando. Porque es un azote. No hay escapatoria. El split y la sombra, el agua muy fría y la esperanza de que acabe pronto. No estoy hecho para vivir en el sur, he pensado alguna vez. Soy norteño, aunque allí arriba (supongo) acabaría maldiciendo el frío, arrimando mis deseos al sol que ahora me recluye en casa, al resguardo de su rigor, cobijado en el frío impostado de las máquinas.

15.8.13

El trapero del tiempo / Rafael García Maldonado: La novela de sofá





A diferencia de lo que suele pensarse, la novela es un género de minorías: las mayorías prefieren el mundo de la realidad tangible, el del espacio privativo de la imagen. He ahí la oportunidad de la "novela de sofá", por cuya pervivencia está el autor, en contra de los cultivadores y explotadores de la "novela light".

Mario Vargas Llosa



A veces es el azar el que alienta a que todo fluya armónicamente. No es algo que uno provoque o algo a lo que uno se arrime voluntariamente. Es el bendito azar el que nos amarra a la bondad de las cosas. Luego está el reverso tenebroso, que viene a decirnos cómo el azar malogra la armonía, nos desamarra del placer y da al traste con todas las buenas intenciones de donde partimos. El azar se llama hoy Rafael García Maldonado, novelista, farmaceútico y hombre atento, en lo que poco que lo traté, amable, tocado por el hechizo de la escritura, como otros, convencido de que se pueden escribir novelas de asunto, de narrativa larga, extendidas por muchos espacios y por muchas épocas. El trapero del tiempo (Almuzara, 2013) es la constatación de que escribir es un oficio maravilloso y de que leer sigue siendo una de las cosas en las que uno puede seguir confiando. La historia de Rafael es ambiciosa, traba elementos en apariencia inasibles y acaba tejiendo (primorosamente) un espectacular (y también crepuscular) retrato de una sociedad a la que le han extirpado de cuajo algunos de los pilares sobre los que aspiraba a sublimarse. Ignoro si la crítica seria, la de postín, la vendida en los suplementos y bragada en libros de literatura de fuste, habrá despachado como una pieza sacrificable la novela de García Maldonado, pero el lector eventual y el avisado, liberados del peso terrible de la responsabilidad y encomendados al maravilloso oficio de la lectura, habrán disfrutado de un libro notable, al que mimarán los años y del que saldrán (porque el novelista de verdad lo es a modo completo y no se me ocurre que no haya más libros de Rafael en adelante) otras historias y en donde se pulirá el volumen (a mí me ha gustado su grosor pero reconozco que no estoy hecho a enfrentarme con tochos de ese rango) y se afinará el pulso. A pesar de que no desbarra nunca, aprecio que se embebece en ocasiones. Se deja llevar por la inercia de las palabras (que lo son todo, pero que son también un instrumento) y se precipita en peligrosos despañaderos, que aportan información y crean un contexto para lo que está por venir, aunque hacen que se extienda en demasía la trama. Nada de esto que acabo de escribir menoscaba el placer de la lectura. Bien al contrario, habrá quien haya encontrado precisamente en esto que recalco (en la dureza de la empresa, en la aventura considerable de no perder un detalle y llevar en la memoria el sinfín de situaciones que alimentan la historia principal) la razón principal de su disfrute.

En todo caso, agradezco a Rafael, hombre de una amabilidad antigua, de las que ahora no cunden, que tuviese el detalle de enviarme el libro y pedirme que lo leyese y consignase aquí la opinión que me merecía. No está a la altura mi comentario a lo leído. He tardado más de la cuenta (ah las ocupaciones, ah el tiempo, ah la pereza del verano) en llegar al asombroso final (nada de spoilers, aquí yo he venido a darle cuartel a un libro y hay que metérselo entre pecho y espalda para saber de qué hablo) y he de consignar aquí el trabajo de concisión, la voluntad de recuperar la alegría que a veces dan las novelas, que no siempre. Se queda uno en paz con el mundo, comprende algo que probablemente ya sabía: que la novela es un género fundamental para que el mundo en que vivimos siga girando y lo haga con la armonía que la gente de buen corazón le exigimos. Los otros, los descarriados, los que se obstinan en malograrlo todo, no van a leer nunca una novela y mucho menos una de esta complejidad. Eso es tal vez lo que más me fascina: que sea tan ambiciosa, que su construcción sea tan sólida y chirrie lo justo, en algunas curvas demasiado pronunciadas. Dupont y Adames perdurarán en la memoria del lector: lo hará la historia de amistad que forjan a través de los años. Todo lo demás (la Gestapo, la corrupción urbanística, la malacología o la infame Guerra Civil Española) son el chasis, la caja en la que Rafael ha introducido unos zapatos estupendos. Que los saque pronto y eche andar con otra historia.

A modo de coda
Queda (pues) fe en la novela; no ya en ésta, apetecible, lustrosa, rica, sino en el género, en la constatación de que la Historia (con mayúscula) se escribe cuando se la literaturiza: al ficcionarla, en el momento en que se registra lo real al cobijo de lo fabulado, la Historia se incrusta en el acervo narrativo de los pueblos. Quizá por eso debamos cuidar de que se sigan editando novelas y que gente joven como Rafael García Maldonado sean benditos reclutas de un oficio antiguo, noble como pocos, a los que algunos que escribimos no sabemos cómo hincarle el diente y andamos ahí, barruntando proyectos, especulando con la posibilidad de ser lo suficientemente audaces como para escribir una. Mientras tanto, disfruta uno (yo, al menos, mucho) con el genio ajeno. 

13.8.13

Divertimentos cósmicos



Escudriñar el cielo no entra en ninguna de mis habilidades. Ni siquiera es una discreta, del tamaño más irrelevante que pueda pensarse. Probablemente suceda que lo mire sin el entusiasmo que demanda. El cielo, de noche, es una hermosa bóveda de estrellas y no hay ningún misterio en ir apreciando los pulsos diminutos de las estrellas, cuajando una especie de baile cósmico que no requiere, a decir verdad, de mucho oficio en quien lo contempla. A lo que no alcanza mi torpeza astronómica (la llamaré así en adelante) es a cazar el vuelo de los meteoritos. La lluvia que pregonan los estudiosos no me moja a mí. Permanezco a salvo del prodigio, a pesar de que me esmero en atraparlo. No sé si estoy negado a todas las cosas de la alturas y soy un descreído hasta en esos detalles celestiales. Hoy mismo he sentido en carne propia (en ojo propio más atinadamente) ese desafecto cósmico. Yo, el astronauta zurdo, plantado en tierra como un árbol, incapaz de aprehender esa línea súbita que rasga el techo de las cosas y hace que el corazón brinque de gozo. El mío, ya digo, brincó poco. Tres veces o quizá una más se encabritó cuando se le concedió la visión limpia (a pesar de la oscuridad que la cobijaba) de las estrellas en el cielo. No sé qué hubiese pasado si fuese diestro en lugar de zurdo. Un astronauta que se maneje a derechas tal vez tenga más confianza en sí mismo. Escribir, en fin, es dejar constancia de cosas que los otros no ven o que, viéndolas, no se molestan en registrar o sencillamente no tienen la voluntad de pensar que registrarlas sirve para algo. Por eso escribo, Pedro. Porque veo cosas que no son visibles a otros y no alcanzo a ver lo evidente, lo que se manifiesta con absoluta claridad y yo, ay, torpe en tanto, no recibo. No niego que el tiempo empleado en la búsqueda de meteoritos ha sido divertido y que este texto es tan solo un capricho de mi incansable deseo de escribir. No he visto nada más que tres lágrimas (o a lo mejor fueron cuatro, no estoy seguro), pero las he disfrutado como si hubiesen sido un ciento y yo andara por ahí, en las alturas, a pie de estrella, balanceándome, ingrávido y feliz, como un alienígena en El Corte Inglés. Quienes me vieron (Blanca, Sara, Toñi, Pedro, Eloísa) saben muy bien de lo que hablo. Al menos cenamos divinamente, al fresco, buscando una melodía de ovnis de los años setenta.

11.8.13

Libros donde no puedes meter nada




Distraídamente el lector va abandonando entre los libros billetes de autobús, servilletas, tickets de parking, comprobantes de cajero automático y hasta pequeñas facturas domésticas. Un día decide abrir todos esos libros, sacudir su solemne vigilia vertical y registrar con vocación de entomólogo todos los cuerpos extraños que han ido llenando sus páginas. Ahí es donde se va dando cuenta de su biografía. Pone en claro lo turbio. Administra la herencia de recuerdos que el azar ha confiscado al olvido. Entonces aparece la turbación melancólica de la novia antigua e irrelevante y el leve patetismo de la vida crápula en la universidad cuando todavía Samuel Beckett no era nadie ni Pablo Neruda había escrito los versos más tristes del mundo. Los libros custodian esa relevante constatación de que hemos vivido. La guardan sin pedir nada a cambio. Tal vez infinitamente y quizá como si lo que vamos dejando entre sus páginas hubiese sido pensando o fabricado para terminar allí. Como si los billetes de autobús, las servilletas, los tickets de parking, los comprobantes de cajero automático y las pequeñas facturas domésticas significaran algo más de lo que manifiestamente significan. Como si contaran nuestra vida con mayor desparpajo y contundencia narrativa. Como si una vida cupiese en esos papeles fragilísimos. Y sabemos, a pesar de todo, que una vida cabe incluso en un verso. La vida dentro de un poema cabe, no ya un infierno, como un libro de hermoso título que vi ayer en un escaparate. Porque lo que van macerando los días son tramas librescas en más o menos medida. Asuntos épicos, frívolos, divertidos, solemnes, lúbricos o luctuosos. De todos ellos se abastece el cuerpo de la novela. En todos se maneja y a todos concierne. Anoche escuché en la radio a alguien que ponderaba el libro de un modo absolutamente encomiable. Lo hacía con una hermosa ligereza, sin enturbiar esa pedagogía con un discurso académico. Apelaba a la llamada del libro hacia su lector. Incluso repasaba la figura del editor, que es una figura que está siendo eliminada, como tantas cosas. Lamenté, al escucharlo, que el libro en el que ando (La verdad sobre el caso Harry Quebert, Jöel Dicker)  no fuese uno físico, tangible, sino un volumen inasible, alojado en una máquina. Al menos en ese instante, espoleado por el entusiasmo de quien hablaba de libros en la SER, en un programa guiado por Juan Cruz. Luego, por la noche, volví a abrir mi libro electrónico y me zambullí gozosamente en lo que me ofrecía, que sigo apreciando, a pesar de la certeza de que un libro, editado con mimo, caído en las manos como un regalo siempre, es algo mágico, un artefacto perfecto, como decían ayer. Dentro de un libro electrónico, acabo yo, no puedes meter nada. Ni billetes de autobús. Ni comprobantes de un cajero automático. Ni siquiera una carta de amor o una hoja seca.

6.8.13

La novela de todos los veranos

Me hice escritor para leer las historias que nadie podía contarme. Fue más tarde, cientos de historias después, cuando comprendí que otros contaban las historias de un modo que yo no alcanzaba o que ninguna de mis historias me interesaba más allá del tiempo que me ocupaba escribirlas. Sin embargo, a pesar de toda esa fiable evidencia, no he dejado de escribir casi a diario. En cuanto abandono el hábito, por prescripción propia, por cansancio, por falta de concentración o de inspiración, noto un cierto desfallecimiento espiritual. Como si ese inventario doméstico de pequeños registros, encomendados al blog o a un archivo que ocupa un rincón inapreciable en mi escritorio de windows, me inoculara fuerza para escalar la cumbre de los días o como si, en otro sentido, escribir me hiciese dormir más placenteramente, habiéndome contado las cosas del mundo, convertidas en historias, en frases sueltas las más de las veces, en apuntes nada rigurosos, a los que tal vez les falta una dedicación más concienzuda, un modo menos liviano de manejarlos. Por eso soy incapaz de escribir una novela: ya me cuesta mantener el tono en un cuento como para atreverme a que mi ingenio, el que pueda poseer, se adentre en la creación de una historia monumental. Porque eso son las novelas: asuntos de cierta monumentalidad, empresas que exigen una especie de profesionalización. No me imagino escribiendo diez páginas diarias o veinte durante varios años. En realidad no es que no me vea capacitado para escribir una novela: a lo que no llego es a escribir una que me agrade a mí al modo en que lo hacen (a veces) los relatos que escribo o algunas entradas de este blog. Arranqué una novela a principios de verano. Ha durado tres capítulos. No sé continuarlos. La releo y me molesta el barullo de cosas y la torpeza con que se van trenzando. No es que la considere un insulto al lector, un atropello a su inteligencia o alguna de esas sutilezas con las que a veces los críticos de fuste despachan sus irritaciones librescas: lo que contemplo es un sprint enorme que de pronto deviene en una pájara absoluta. No poseo la mesura que requiere el trabajo. Tampoco me siento dueño de lo que escribo. Se me van escapando esas pequeñas posesiones diarias. Podría incluso reconocer que hay algunas que prosperan, pero resultan al final deslavazadas, separadas del útero firme de donde partieron, boqueando en el aire, como un pez súbitamente sacado del agua. Escribo esto a poco de haber eliminado esos capítulos, no más de ochenta páginas, revisadas un par de veces, corregidas en detalles que nunca pensé que mi ligereza adveriría (en esto agradezco siempre las recomendaciones de mi amigo Pedro) y mimada en lo primordial, en la adquisición de una trama: en una lo suficientemente atractiva como para que no recaiga todo en la hilazón más o menos rigurosa y cuidada de las frases, en la bendita forma a la que tanto procuro inclinarme cuando escribo. He disfrutado al borrar el archivo de la novela sin titular que me ha ocupado el mes de julio. Pensé, poco antes de sacrificarla, que todo había sido una tentativa de la que, apurada, saldría más adelante una criatura más entera, a la que le pudiera entregar un afecto más hondo. Lo malo de esta manera mía de obrar (escribir, razonar lo irrelevante de lo escrito y finalmente sacrificarlo) es que no es la primera vez que sucede. Gabriel, mi buen cuñado, me exige la novela. Me pide que le dedique el tiempo que merece. Que solo así calibre si valgo como escritor o no. Que solo llegar al final permite pensar sobre la travesía. Nada que me quite el sueño, por otra parte. Nada que malogre el resto de los asuntos que me hacen vivir y disfrutar de mi sencilla existencia. Aparto (pues) la idea de empezar la novela este verano. Tampoco lo hice el verano pasado ni probablemente la comience el próximo. Mientras tanto, en el ir y en el venir de mi corazón a mis asuntos, disfruto con la idea de que cualquier día, a poco que me preste, doy con la frase desde la que se abren el resto de las frases. Siempre pensé que las novelas se construían así. Que en su portentoso arranque, en sus primeras líneas, estaba el argumento entero. Secretamente encerrado. Como un rumor dentro de un rumor. Como una confidencia que se esconde dentro de otra. K. me anima como puede. Me hace ver que esto suele pasar. Se esmera, el pobre, en procurarme el alivio que no le pide. Quizá me siente bien este papel de novelista frustado. Incluso podría ser un personaje de una trama que me interese. Álex, mi hermano norteño, me reprenderá cuando hablemos. Dirá que no debí eliminar nada, pero él sabe que en ocasiones es mejor empezar de cero, aunque sea empezar de cero muchas veces.

1.8.13

Podemos recordarlo todo por usted...





No sabemos qué es real y qué no lo es, qué cosas hemos vivido o cuáles hemos incorporado, por afecto emocional, al caudal de recuerdos del que nos abastecemos. Yo mismo he hecho cosas que he olvidado, por desafecto, en este caso, y tomado como ciertas las que no viví. El cine o la literatura corrompen todas las certidumbres y nos arrojan al maravilloso territorio de la ficción, que es un reverso espectacular de la realidad, a la que niega o de la que se avitualla, aunque siempre cuestionándola, rebajando ese aura de seriedad que siempre la rodea y sometiéndola, en última instancia, a la rutina de los juegos, al caos o al vértigo de lo que no se puede comprobar. De no ser por la ficción, estaríamos muertos. Hay una muerte que no tiene nada que ver con el cese de la actividad cerebral. Una más refinada, que está gobernada por mecanismos mucho más sutiles. Así que uno puede morir en vida. No exhibe el look clásico del zombi, pero como si lo fuese. No hay velatorio ni una columna severa de deudos que remarcan lo buena persona que fuiste y lo vacíos que los dejas. Uno muere cuando deja de inquietarse. Es el asombro el que administra, a su muy hermosa manera, la calidad de la vida que tenemos. Quien renuncia al asombro o quien no se deja zarandear por su hechizo, malvive o, siendo muy respetuosos, vive sin que nada de lo que le rodea le afecte, encapsulado, anestesiado, insensible, a salvo de la incertidumbre. He pensado de esta o parecida manera desde que la literatura o el cine me reclutaron. No es que ahora piense de otra forma ni que haya rebajado mi absoluta fascinación por la ficción, pero la ciencia (la que los medios de comunicación airean de cuando en cuando, no la sofisticada e inaprehensible, la que no entendemos) te hace caer en la cuenta de que no hay casi nada fiable en el mundo que nos rodea. Es curioso que sea precisamente la ciencia, la cartesiana, la matematizable, la que convierta en literatura la realidad de la que se nutre.

A lo que no alcanzo es a entender cómo la química, la disposición de unas moléculas o la injerencia de otras nuevas, puede modificar ese entramado sentimental que me ido montando a lo largo de mi vida. Y puede, claro que puede. Basta que unos mad doctors, de los de las pelis de serie B, me tumben en una mesa de operaciones, abran mi cerebro (espero que no esté yo consciente en ese crítico momento) e implanten recuerdos falsos en mi hipocampo. En los ratones, a decir de la ente de ciencia, se pueden implantar trozos de memoria, episodios que no sucedieron y que adquieren rango de verdad, de experiencia integrada. Ahí es en donde lo fabulado y lo verídico dejan de enfrentarse y se complementan. Donde uno no alcanza, llega el otro. La ficción cubre los huecos en donde la realidad marra. Por eso la bendita irrupción de estos ratones milagrosos. Hacen pensar que después vamos nosotros. Nada que podamos vivir en adelante no habrá sido vivida ya antes por los animales. Solo hay que desmontar una parte del cerebro de los bichos y volver a montarla de nuevo. Lo que no hay es un narrador fiable de las nuevas experiencias recién construídas. De haberlo, las posibilidades científicas son enormes. Y las comerciales. Como uno no sabe de ciencia, prefiere la literatura, sea ciencia-ficción o sea ficción a secas. En ese hilo de las cosas surge la fascinación absoluta por las hipótesis narrativas: todo al estilo de Schwarzenneger en la película de Verhoeven, como si fuese un cuento de Philip K. Dick. Como si toda la industria de Hollywood, con la nómina completa de guionistas y de lumbreras de la mercadotecnica, hubiese descubierta la veta del oro escondido y dispusiesen ahora de un nuevo juguete: uno que sustituiría (no lo duden) los modos tradicionales de consumir historias y relegaría a un plano menor, irrelevante en ocasiones, a toda la batería de pantallas y de máquinas que restituyen la información valiosa. Todo sería sustituído, felizmente a decir de los optimistas, por un volcado controlado de moléculas en alguna parte del cerebro. Ahí se produciría el prodigio, ese milagro que consiste en la creación de recuerdos nuevos, de experiencias novicias. Son los ratones los que han abierto campo, pero detrás vamos nosotros. Como Schwarzennegger en Desafío total. Seguro que ya hay voluntarios dispuestos a dejarse injertar recuerdos ficticios. Los reales no ofrecen el atractivo de los falsos.