29.6.13

Primer elogio de la pereza

La pereza es una bruma confortable. Uno se declara un poco Bartleby y cancela toda posibilidad de abordar una empresa. Lo expresa con el mayor tacto posible, pero prefiere no hacer nada, no involucrarse en nada, no sentir que los demás esperan algo de uno mismo y aplicar el esmero esperable. Se dedica a asuntos mínimos, de escasa o nula nombradía, de los que afectan a todo el mundo y de los que nadie habla con el orgullo y la afectación que se aplica a los asuntos de más calado. El verano no entiende de calados. Tampoco de honduras. En la superficie, al ras de las cosas, se vive bien. Ha habido tiempo y habrá para la prospección habitual. Quisiera uno pasar desapercibido. Quizá no desapercibido del todo, pero retirado de la rutina, a salvo del vértigo y de la fiebre con la que se manejan los días en ocasiones, conmovido por la pereza, obligado a contarle los secretos, afincado en su territorio pequeño, de susurros, de palabras que apenas se izan en el aire, caen y pierden una parte de lo que desean revelar. El verano, el que ya tengo aquí, rondando la ventana, quemando la acera, matrimonia bien con la pereza. O al revés. En esa querencia de cosas que ensamblan bien, yo escribo. No me sale nada que me exija mucho. Nada que me ocupe mucho. Está el texto, un poco traído sin gana, como comido también de pereza.

28.6.13

Una forma de fe

En cuanto me despeje un poco, me aturdo otra vez. Aturdido se vive mejor. Si me despejo del todo, sin esa ebriedad manejable, no sabría entender el mundo. Para que yo entienda el mundo, a ver si me explico, no es indispensable el entendimiento. Hay una ebriedad sin la que no podría escribir. Otra sin la que no podría leer. A disposición de las circunstancias que me vayan surgiendo, voy tirando de una u otra. En ocasiones, en excepcionales estados de sobriedad absoluta, reconozco que soy incapaz de comunicarme con los demás o incluso de razonar conmigo mismo. Preguntado sobre qué es ese aturdimiento sobre el que construyo el mundo, respondí que no sabría explicarlo. Ni siquiera aturdido. Lo verdaderamente relevante de este adecuamiento de mi persona al mundo es que todo se inviste de una trascendencia que no se comparte. No puedo contar en qué consiste. En cuanto acometo la empresa de desmenuzarlo todo (esto que ahora escribo, pongo por caso) desbarro, me explayo en describir la periferia, eludo (creo que a posta) toda indagación fiable. Si ahora dejo de escribir y releo este texto pensaría que pertenece a otro. Habría tramos que me resultarían inasequibles. Las briznas de complicidad son las que me informan de que es posible que yo sea el autor y que pueda considerar que algo mío (intransferible en otro formato que no sea el escrito) esté aquí, ofrecido como una confidencia, revelado sin pudor, como si fuese posible que alguien, al leerlo, pudiera contármelo más tarde.

La otra opcion es despejarme definitivamente, adoptar eso que en los otros a veces tanto me aleja de ellos y que consiste en una visión cartesiana de las cosas, no inmiscuyéndome jamás en lo escondido, desplazándome por la epidermis, al modo en que lo hacen otros y disfrutan en el empeño y no consideran qué se pierden al no caer en la cuenta de que hay un mundo retirado del visible, poco o a veces nada proclive a su desmenuzamiento sencillo, que precisa de una voluntad poética, al menos al comenzar, antes de que se requieran otros instrumentos. Pero no es una opción que me agrade. Conste que he pensado en ponerla a mi servicio. Incluso me he convencido de que me confortaría, que si me privaba de lo que ahora me entusiasma (el asombro, la perplejidad, la metáfora, el extrañamiento)  mi existencia no miraría al abismo y el abismo no se obstinaría en mirarme a mí.

Abismado se vive mejor. Si me desabismo, sin esa caída lúdica y lírica y dulce, no sabría enteder el mundo, y debe entenderse el mundo. Yo creo que una de las cosas a las que venimos al mundo es a entenderlo. Una vez entendido o mientras se va entendiendo va uno contando a los demás los avances, todo lo que se va dejando caer del lado de las revelaciones. En cierto modo, la religión no deja de ser una especie de grandilocuente manifestación de estas pequeñas consideraciones mías. En cuanto se advierte un esfuerzo por estabular estas conclusiones metafísicas, se las malogra. El hecho de que la religión no cuaje como debiera en toda criatura humana es porque se burocratiza en demasía. La fe, rebajada al lenguaje, contada al modo en que siempre ha sido contada, en parábolas, en pasajes fundacionales, en ensoñaciones apocalípticas, se malogra. La fe pura es la que se adensa pecho adentro y no se deja contar. En tales casos, soy un hombre de fe. No sé qué fe es de la que hablo. No es es la que se airea en los templos ni la que ha ido fluyendo por las generaciones, procurando un paraíso a sus feligreses. Esta fe mía es una que no sabría decir si lo es enteramente. Como si fuese una fe voluble, de idas y venidas, una que me visitase y me asistiese en gozo y que luego, como una amante eventual, lúbrica y atenta a todo lo que le pido, me abandonase con la promesa, en la partida, del buen regreso.


27.6.13

Me indexan, me hurgan, me hieren



Indexar, la palabra temible. Si te indexan, si hurgan en el marasmo de bits que hay debajo de la pantalla, te puedes dar por jodido. La jodienda consiste en el volcado virtual de toda tu vida. No importa que no exista un consentimiento explícito por tu parte a que se airee lo que hiciste o lo que dejaste de hacer o que sea relevante o falto de absoluto interés lo que publicaste. Tampoco si te hace más grande o si te hunde. La máquina no tiene compasión. No está entre sus muchos oficios ni la compasión ni el pudor.  Los motores de búsqueda se limitan a oler y a seguir el olor hasta que dan con la presa. Tú eres la presa. Yo soy la presa. Y es posible que no podamos culparla de nada que nosotros mismos no hayamos fomentado. Esto mismo que escribo dejará de pertenecerme en el momento en que lo publique y lo estés leyendo. Si arremeto contra la autoridad, queda registrado. Si no arremeto, también. Si me declaro justicialista, amigo de los desvalidos, enconado activista contra los gobiernos del mundo, seré todo eso para los restos de un modo inapelable y, sobre todo, fragmentario y torpe. Porque nadie va a leer toda la novela de tu vida. Solo querrán los trozos que les convienen, los episodios en donde la carne está más a la vista. Ni derecho al olvido ni al borrado. La casa está abierto y puede entrar quien le plazca. Todo lo que opines podrá usado en tu contra. Todo lo que seas podrá ser usado en tu contra. Todo a lo que civilizadamente te inclinas o a lo que amorosamente ofreces tu simpatía se te podrá atravesar, incomodando a quienes no se inclinaron. En el fondo, se trata de un problema novelístico. Interesa toda la trama. Que no haya nada tuyo que no pueda ser compartido y convertido en material narrativo. Es la pobreza de la cultura que impera la que agita estas cosas. Yo, tan voyeur y tan cotilla, me entretengo con la ficción de la literatura. Es la literatura la que me provee de vidas ajenas. Soy el vampiro educado. El que se cuela en la casa abierta de los libros, pero el google no es un libro, es otra cosa que excede mi limitada capacidad de análisis. Lo que no tiene google es culpa de este destrozo ético. No deja de ser un rastreador apocalíptico, uno de esos artilugios que no deja un mosquito vivo en el dormitorio en pleno verano. Su hoja de ruta no entiende de privacidades. Si lo has dejado caer, ya no es tuyo. Si tuviste la temeraria idea de que deseabas compartirlo, no podrás echarte atrás. Los datos no te los protege ni Dios en sus nubes. Dios no entiende si las libertades prevalecen sobre la privacidad. Los jueces, en sus despachos, ahí andan. Pensando. Haciendo de dioses en lo suyo. Convirtiéndose en lectores de una novela farragosa, fea en el fondo. Por lo pronto, este texto, que leerán los amigos y los casuales, me va a retratar, dirá de mí lo que quizá no considere enteramente mío. No tendré derecho. Será de todos. Estará expuesto sin que yo pueda gobernar su alcance.

25.6.13

Luz de mi vida, fuego de mis entrañas...


Llevo unos días aplazando la lectura de un libro. No son estos días los ideales para perderse en él. Tampoco sé cuáles. Me entretengo en cosas frívolas, busco distracciones que no me ocupen del todo. Podría empezarlo y abandonarlo en la página 43. Volver mañana y leer hasta la 56. Esperar al fin de semana para llegar a la 78. Abordajes brevísimos. Hace tiempo que comprendo la dificultad de acometer la lectura de una buena novela al modo en que lo hacía antes. Razono que no dispongo del tiempo de antaño. Pienso que la novela, a pesar de su cálido abrigo, de esa sensación de casa felizmente ocupada, compromete mi ocio de una manera notoria. No es la primera vez que alguna novela fascinante (tantas) me ha robado horas al sueño, tiempo a mis dedicaciones domésticos o al desempeño de ciertas obligaciones sociales. No sé si la novela ha muerto. Imagino que no. Sé que no. Está viva, pero la acechan por doquier, la colocan en una posición francamente comprometida. No seré yo quien no acude a salvarla. No me entiendo si una a mi vera, esperando que regrese del trabajo, en la mesita de noche o en el mueblecito junto al sillón de orejas. Nada como un sillón de orejas para meterse dentro de una novela. El mío ha estado en tantos lugares y ha vivido historias tan maravillosas que a veces me extraña que no haya cobrado vida propia y requiera, como un adicto más, su ración diaria de ficción, su cuota de trama.

La evidencia de que no son buenos tiempos para la lírica. Lo doloroso es no disponer de información fiable sobre la duración de esta travesía. No saber cuándo volverá uno a tener tiempo para enfangarse en esos vicios antiguos. Vi anoche el lomo inconfundible de mi adorada Lolita y me entristeció reconocer que hubo una época en que leía a dentelladas, inconsciente, jubiloso, inocente. No me sucede esto con la música: encontré el recurso formidable del Ipod. Lo llevo encima siempre. Cargado de batería. El disco duro lleno de Bill Evans y de Charlie Parker. No podemos sacar en la cola del supermercado Lolita, Lo-li-ta, y verla otra vez en esos moteles baratos, oliendo a tabaco rancio y a moho ancestral. El escaso rato del que disponemos lo queremos convertir en el mejor de los ratos posibles. No nos rebajamos a leer mala literatura, ver cine malo o escuchar música innecesaria. Queremos siempre tener a mano a Vladimir Nabokov, a John Ford o a Keith Jarrett. Queremos dosis masivas de placer. Por eso duele esa pérdida miserable de tiempo que supone leer libros malos, ver películas malas o escuchar discos malos. Malogramos el apetito con golosinas defectuosas. Se hace uno exigente hasta el desmayo. No transige entretenimientos vacíos. No ver televisión es un síntoma de cordura audiovisual en estos tiempos de penumbra. La tele ha pasado ser un monitor, una especie de receptorio cómplice sobre el que proyectamos todos nuestros vicios.  Lo doloroso, al menos en mi caso, es la certeza de que hay cosas que irremediablemente perdemos. No he visto Mad men, y tengo referencias estupendas. Tampoco la filmografía completa de David Lynch, algo quedará por ahí sin ver. No he oído el último disco de Joe Jackson. No he leído poesía húngara del siglo XVIII. Todas esas cosas hermosas se quedan afuera, no se convierte en nada mío. Mi hambre se sacia con viandas a las que concedo la mayor de las importancias. Mi estómago se está convirtiendo en un sibarita. Y pasan los días sin darle la ración diaria de asombro y me voy instalando en la mediocridad del que únicamente ocupa las horas en cumplir trámites ajenos. Nada, en el fondo. Frivolidades de ocioso que quiere serlo más. El verano, que hocica su coppertone granuja en el blog. De lo que me están dando ganas es de volver a leer Lolita, Lo-li-ta. Creo que nunca acabé un libro con mayor sensación de felicidad. Hay libros que te colman una maravillosa vez y los hay que sabes que te van a colmar siempre. Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta

24.6.13

Sin Dios



No sé exactamente si hay un recuento fiable, probablemente no, pero el número de muertos que la religión ha producido rivaliza con el de los salvados. Por cada alma que ha vivido en paz con Dios y lo ha visto después en las alturas celestiales hay un fallecido en estas bajuras nuestras, a ras de calle, en el vértigo de las guerras o en la fiebre civil de las aceras. Todavía sigue el número de muertos creciendo. De esa sobrecogedora cifra hablan a diario en todos los medios de comunicación. Nombran cuánta gente ha caído aquí o allá, en un atentado terrorista en Damasco, en Londres o en Kabul. El mapa ofrece dianas a gusto del desquiciado. Luego está el creyente al que no le preocupa qué piense el otro. Si cree o deja de creer, si comparte su credo o le trae al limpio fresco. Están los que encuentran en el gozo del espíritu una forma de vida irrenunciable. Los hay cristianos, hinduístas o musulmanes. En todas los templos del mundo, veneren al dios que más se ajuste a su sensibilidad espiritual o a su idea de la salvación, hay palabras hermosas recitadas en frases poéticas. En todos los libros que la fe ha escrito a lo largo de los siglos hay parábolas que asombran por su esplendor narrativo, por la literatura que tutelan, por las metáforas que atesoran. No soy capaz de observar todo este inventario de símbolos sin la sospecha de que malogran en ocasiones lo bueno que tiene el ser humano, el que no precisa de dioses que lo observen, tutelen y amparen cuando la vida le abandone. No existe argumento que contradiga éste que expongo. Creer es un asunto que exige  a veces sacrificios absolutos. No creer también. No tengo en mi pequeño inventario de certezas (muy pocas, créanme) ninguna que eleve mi descreimiento por encima de las creencias de los demás. En la filosofía que aprendí y en la que por mi cuenta he ido ganando para mi disfrute, he visto disparates místicos que rivalizan con los racionales. Hay incluso una conmoción en la visión pristina del objeto espiritual, desjerarquizado, sin el prejuicio de que es el hombre, falible, el que escribe el susurro de Dios, el que lo deja registrado. Pero la conmoción no difiere de la que siento cuando leo la buena literatura de la que me aprovisiono a diario. La religión, ya lo dejó escrito Borges, es una rama de la literatura fantástica. La fe, un regalo para quien la profese. Uno al que no se inclina mi sensibilidad, con el que no he vivido ni al que me he visto en necesidad de acudir cuando los tiempos malos han llegado o cuando los buenos cruzan delante mía y me miran. No hay día en el que no discurra en mis adentros sobre la fascinación de Dios, sobre la sacrificable religión que se inventó para justificarlo, sobre lo sagrado convertido en excusa para que el hombre extermine al hombre. En el fondo, nos da igual qué argumento usar para ese oficio. Desde que pusimos el pie en este mundo, hemos hecho exactamente eso. Nos hemos ido amando y odiando. A partes iguales. Sigue sucediendo. A veces son los dioses quienes fomentan las batallas. Otras, bien al contrario, su absoluta ausencia. Ninguna opción elegida garantiza una convivencia más humana. Nada explica lo dañinos que somos.

23.6.13

El hombre de acero: Demolition man



Nunca me fascinó Superman. La parte a la que más se inclina mi memoria mitológica es la de Clark Kent cambiándose en cabinas, titubeando, mostrando el lado humano (débil y apocado, en ocasiones) que también era habitual en Peter Parker cuando no trepaba muros. Creo que he visto todas las películas sobre Superman y ninguna está guardada al modo en que lo está algún Batman (los tres últimos merecen el mayor de los respetos cinéfilos) o el Spiderman de Sam Raimi. Lo de hoy, visto a primera hora, en un cine peligrosamente vacío, ay, me ha indispuesto contra el cine grandilocuente, el de la acción testosterónica despojada de propósito, el que solo abre el ojo (imagino que mucho) del espectador novicio, de fácil asombro, muy acostumbrado al vértigo adrenalítico de las consolas, de las que este hombre de acero será personaje fundamental. A lo mejor no hacía falta que se hiciera otra versión. Que se espaciaran más en el tiempo. Ninguna de las recientes (la de Richard Donner es la fundacional y pertinente) ha enganchado al público al modo en que Christopher Nolan logró hacer que su Batman anclara definitivamente en el imaginario popular y en la caja, que pide a gritos franquicias. 

Zack Snyder (300, Watchmen, Sucker Punch) es un cineasta nervioso, carente de la hondura moral de quien produce (otra vez el mesiánico Nolan) y con mayor interés en hacer una versión rompedora (lo es por muchos motivos) que sencillamente una buena película. No lo es en absoluto. La lastra esa sensación de espectáculo aparatoso, consciente de que los personajes deben tener un peso narrativo, pero espectáculo atronador, al cabo. La última media hora es un carrusel de destrucción absoluto. No creo haber visto en una pantalla un despliegue más convincente de edificios que se caen, coches que vuelan y ciudades enteras que escenifican el apocalipsis con el que muchos creadores de videojuegos sueñan. Dame demolición, dame ángulos de cámara imposibles (aunque fríos como un cubito de hielo en plena nuca) y yo llenaré la sala. No sé si el género es el que está agotado o soy yo, sencillo consumidor de cine de evasión, aunque moderadamente exigente a pesar del embolado en el que sé que me meto. Eso de ser de la Marvel o de la DC Comics hace que uno perdone estos deslices. En cuanto anuncie un hombre de acero dos, abonaré en taquilla y me sentaré (si es posible con mi hijo, que piensa como yo a poco que se le hurga) en una buena fila para que el destrozo se aprecie con más limpieza.



Unas confidencias de amigos



Vivir uno en sus cosas y apenas prestar atención a las ajenas tiene su punto de vértigo. Puede llegar el momento en que te apetezca quedarte dentro para siempre o te de el punto, salgas, y entonces ya no desees regresar al interior. Lo ideal, dice mi amigo K., es hacer funambulismo entre la realidad y tu cerebro. Si te das un atracón de una, te revuelcas en la otra. O viceversa. Él dice que necesita mucha calle para regresar luego a casa y sentirse a gusto en ese vaciadero doméstico, en ese refugio aceptado. Es el perímetro invisible. Cada uno establece el suyo. Eso de las líneas crea compartimentos más o menos estancos, reductos, búnkers de lo mundano, pequeños o grandes refugios en los que dejarse vivir. Contrariamente a lo que este pensamiento pueda parecer, hay júbilo dentro y es razonable que lo haya afuera. Los días se presentan antojadizos. Los hay grises, reventones de fatalismo, y los hay exultantes como una resaca de besos. Hay días que parecen ranas agonizando en un charco y días de estambres estallando en el cielo de la boca. Llevo unos días escribiendo sobre los días, sobre cómo son o sobre cómo debieran ser. He pasado recientemente algunos muy hermosos, muy líricos, y teme uno que llegue el reverso, la inevitable voladura de la felicidad recién amasada, y acudan los tonos grises, el jazz seco, toda la ginebra fea del alma, la que te hace dar arcadas en mitad de un sueño, pero soy obediente y hago caso de lo que me dicta una voz ahí adentro, que me susurra, sin que yo lo aprecie a veces: deja correr las cosas, deja que pasen. Y sé que suele funcionar esa indolencia sabia, ese no incurrir en el vicio de atropellarse, de querer ir más rápido, de vivir sin propósito. Ahora Joe Pass y Oscar Peterson me está contando cómo debe ir mañana el domingo. Qué debo hacer para que sea redondo.

22.6.13

Apuntes

Los días son ficciones
Igual que en ocasiones para escribir un buen cuento solo necesitas una frase memorable, uno de esos comienzos perfectos que reclutan de inmediato el asombro de quien lee, los días precisan también su reclamo fantástico, el punto desde donde levantarlos, ese pequeño prodigio que el azar nos confía y sobre el que en ocasiones hace que el mundo gire. Días encomendados a la alegría, días sin ningún inconveniente apreciable, días ganados al desencanto. 

Viva la modorra
Entró ayer el verano sin la fanfarria térmica de otros años. Lo dijeron en televisión y casi no hice aprecio. Absurdamente. Odio el calor. No sé combatirlo. Carezco de cualquier iniciativa creativa que lo palie. El recostado debajo del split no es un recurso imaginativo. Lo único bueno de esas tardes infinitas en las que uno imagina arder la calle es la posibilidad de sestear o de consumir cine sin pudor, indiferente a si es una obra de arte la que hemos escogido o es una cosa infumable de serie B. Uno es exigente después, cuando el calor se retira. Mientras esté cerca, no tenemos voluntad. Yo, al menos, no la tengo. Me dejo llevar, me hago amigo de la bruma indecente de no pensar en nada, me enamorisco de la pereza, me dejo conmover por los vapores exquisitos de la modorra. 

Posting
No sabe uno nunca cómo desconectar o incluso no tiene claro si servirá para algo. Tampoco si esta absoluta certeza de estar conectados es tan nociva como algunos se obstinan en hacernos ver. Mi amigo K. sostiene que las redes sociales son una enfermedad como otra cualquiera. Una que precisa fármacos como si fuese un jaqueca o un ataque de asma. Me confía la idea de que todos los que estamos a diario en los blogs y en el facebook, mandando o recibiendo whatsapps o pendientes de la bandeja del gmail en el iphone andamos un poco acelerados. Hay personas a las que nos conviene el brío. Sacamos partido de ese estado espídico de las cosas. Va uno aprendiendo a desconectador sin perder de vista el interrumptor que nos activa de nuevo. Hoy sábado, en lo que a mí respecta, toca no tener plan alguno, no hacer nada de lo que hacemos normalmente, caer en la cuenta de que es bueno sentirse hospitalario con uno mismo

20.6.13

Battiatio le da un aire a Pavese, ¿a que sí?





Una confidencia con el café
Últimamente me veo a escondidas con mis vicios y hará más de un año que no pongo en orden el cajón donde los guardo. Dice K. que no es bueno estar todo ese tiempo alejado de uno mismo porque el que no se entrega a sus cosas, distraídamente, cuanto más a lo tonto, mejor, no puede entregarse a todas las demás, y yo le miro con el afecto de siempre y tomo nota de lo que dice para regresar a casa con algo bueno aprendido que poder llevar a término en cuanto la rutina me desencasquille la inspiración y tenga un par de horas en las que perderme dentro. Estará bien eso de ocuparse de uno mismo de una vez por todas. Hay alucinaciones que tienen aspecto de realidad y pedacitos de la realidad que, a simple vista, sin escudriñar en exceso, parecen una alucinación pura. En algunos momentos la vida descansa en esos dos lados: en alguna parte está la vida alucinada y en otra, a veces muy cerca y otras inasequiblemente lejos, está la vida real. A mí me gusta imaginarme con la facultad de viajar de un lado a otro. Una especie de caprichoso vidanauta, déjenme que lo exprese así, con la certeza cabal de que cada instante es precioso y que en cada momento de la travesía puede suceder el milagro que la justifique plenamente. 

K. se aburre cuando le mareo con lo que pienso: me gusta más leerte, en tu página, que escucharte, Emilio. Pero K. no tiene Internet y sale poco de casa, así que difícilmente puede ser verdad lo que dice, pero no sabemos qué es verdad y qué mentira. Aunque también podría tratarse de un problema de apreciación y todas estas distorsiones del pensamiento responden a un plan metódico escrito por alguien y uno, en el escenario, representa (incluso mal) el papel caído en suerte. En desgracia. Hoy de nuevo, en casa, he pensado en todos esos autores de la Literatura que han fantaseado con la posibilidad de que seamos invención de otro. Mi creador debe ser un tipo digno de lástima. Me tiene abandonado. Me ha dejado a medias y apenas se deja caer por donde ando y pone en orden lo que inventó. De hecho, yo tampoco me excedo en esas filigranas del intelecto creativo. Mi cajón de vicios está impresentable. Entro y salgo y cojo y suelto, pero cada día se me hace más pesado abrirlo y rebuscar entre lo que hay algo que contente lo que espero. En el libro de la ilusión hay un montón de páginas patéticamente en blanco. No las escribió nadie. No hubo quien tuviera nada que decir y yo mismo, el dueño de la bitácora, escribo sobre frivolidades y no acierto a acomodar el verbo al cuerpo y así describir con el rigor que merezco cómo estoy a estas alturas de lunes.

Lo difícil es atrevesar los domingos y salir indemne. Eso es lo más complicado de explicar: cómo atravesar la tarde del domingo sin que los demonios de la incertidumbre te coman la cabeza y te incendien el pecho de angustia. Y luego están los lunes, los martes... Los domingos con su blues dentro. Restos de Pavese, me informa K. No acabo de entenderle bien. Malas lecturas. Malos tiempos para la lírica. Ahora voy ver el As para saber qué dice del Madrid de baloncesto, que anoche ganó la Liga ENDESA, creo que se llama. No sé a qué viene eso de ponerle nombre de empresas a las ligas. Ahora lo he puesto con mayúscula. Ojalá alguien venga y me patrocine. 

Un aparte de un sueño
El canon, en Literatura, busca la polémica, el debate entre contrarios, la hostilidad en lo libresco. El día en que a alguien se le ocurra borrar a Kafka de una posible nómina de genios absolutos de la Literatura será un día remarcable en el calendario, el que algunos (más sensibles, tocados por lo romántico) recordarán cuando no tengan nada de que hablar en la barra de un bar o cuando, releyendo a Kafka, por supuesto, expongan las consideraciones que crean oportunas para imponerlo a la lista. A mi amigo K. le sigue pareciendo una blasfemia (él tan descreído usando esa palabra) que Borges no recibiese el Nobel de Literatura. Echa espumarajos por la boca. Desde ese día suele no dar importancia alguna a ningún premio que se otorgue a un escritor. Ni siquiera cae en la cuenta de que habrá autores de la relevancia del argentino que tampoco recibieron el agasajo de esa distinción. A Bloom lo lincharon cuando cogió un puñado de genios y no cogió el otro puñado. Igual existen varios, qué sé yo. Le doy a K. toda la razón. Está considerablemente autorizado para echar espumarajos por la boca cuando le dan a Fulanito de Copas el paraíso en forma de premio. Borges no lo tuvo. Yo en ocasiones, en mitad de la noche, me despierto y balbuceo unas palabras de sonrojo. No son espumarajos en realidad, pero a mí me lo parecen. Yo, formado humanísticamente en los clásicos, no puedo pensar en que no colocasen en esa lista antológica a Góngora. Voy a mirar si está. Como falta, ay si falta. Me veo esta noche, ya entrada la madrugada, despertando a mi mujer por los gritos. Me entenderá a medias. Tengo que leer luego unos sonetos. Por si esta noche me pongo barroco.


Fervor


 Las cosas más bellas son las que inspira la locura y escribe la razón.
André Gidé

Con la razón se pueden hacer cosas hermosas y algunas, bien miradas, aspiran a alcanzar el rango de artísticas. No soy de los que piensan que hay que estar ebrio para que el numen te atraviese y el arte fluya por tu corazón y pongas las palabras en la mano que escribe o en el pincel que pasea el lienzo. En una ocasión, me entusiasmó este diálogo estéril. Concluí con la felicidad de que no había encontrado ninguna idea que me confortara del todo. Ninguna que yo pudiera blandir si alguien me preguntaba o si yo mismo, en una de esas ocurrencias que a uno se le plantan y que lo entretienen, me retara a cerrar con aplomo la cuestión dentro de mi cabeza. Tengo la cabeza llena de frentes y no tengo interés en cerrarlos. Están bien así, dispuestos al galanteo con las ideas de los otros, incapaces de ninguna señal de hostilidad que amedrante a quien viene a contar su historia. Es que amamos las historias. Sobre esa idea se puede entablar un diálogo infinito. Conozco a dos o tres personas (no crean, no más) con las que me perdería en esa viciosa plática. El lenguaje es el vicio. Admito que me demoro en el pequeño burdel con el que a menudo me tienta. Me dejo sin dejar que insista mucho. Incluso a veces provoco yo que me empuje y me aloje en alguna de las casas con las que ameniza los caminos por los que me muevo. Fervor es una palabra que me parece de una promiscuidad asombrosa. Quien posee fervor por algo expresa una voluntad lúbrica. Hubo una época en que fervor me parecía más una palabra inclinada a celebrar lo muy religioso o lo declaradamente espiritual, pero creo que no necesito privarla de la posibilidad de que sea muchas cosas, según el estado de ánimo que tenga. Alguien, el otro día, me hizo pensar en el fervor. El de Buenos Aires o cualquier otro. Fervor. Qué de cosas hay adentro y con qué delicadeza fonética se airean.

Últimamente estoy en un periodo en el que me siento impuro. La pureza de la que ya no presumo era de índole literaria. Después de leer nuevamente a Pessoa (El libro del desasosiego) pasé a una novela fantástica, que me iluminó y me invitó a escribir yo novelas: hablo de Intemperie, de Jesús Carrasco. La invitación, aclaro este punto, duró un día, tras el cual volví al enamoriscamiento con mi blog y a centrarme en lo que de verdad soy capaz de hacer, esto es, escribir sueltos, textos de un minuto o de dos, a lo sumo. Después de Carrasco, leí una muy divertida Historia del Mundo contada para escépticos firmada por Juan Eslava Galán, que anduvo por Lucena y al que no vi, todavía no sé el porqué. Eran buenos libros que prometía la sana rivalidad de otros buenos libros. Así llego Leche, de Marina Perezagua, asombroso volumen de cuentos que tuve el placer enorme de presentar en Fuengirola hace un par de días, aparte de conocer a su autora y de sentirla ya como algo mío. Y he aquí como llegó Dan Brown. Sí, el del código y las conspiraciones. Ha venido con la Divina Comedia de Dante y yo le he dejado entrar. Ah impureza, ah dardo que pudre la carne noble y el exigente espíritu. No he durado más de cien páginas. Lo he dejado dentro del pequeño archivo alojado en mi ebook y no he querido saber si Robert Langdon salva al mundo. Porque de eso se trata, no hay más. Me encantó, sin embargo, leer que el autor no aspira a ser considerado un escritor al modo en que lo es Paul Auster, Javier Marías o Robert Musil, pongo por caso. Que lo suyo es el entretenimiento. Como una especie de mercader que en lugar de vender ajos en un puesto de la plaza vende historias. Bendita impureza, imagino. Da gusto enfangarse de vez en cuando con estas baratijas amenas. Esta vez ha durado cien páginas, pero no crean que siempre fue así. Uno lee casi de todo. Borro de mi generosa lista a Coelho y a Bucay. Eso no es impureza. Es un estado más bastardo del alma. No sé si me explico. Quizá no haga falta. Ya digo que la razón puede de vez en cuando crear belleza. O será la ilusión de la belleza, qué más da.

18.6.13

El libro del fuego




Al principio nadie contaba nada de lo que había afuera. El que se envalentonaba y refería cómo un ancestro suyo había visto un árbol o molido la cabeza de un conejo con una piedra era invitado a comedirse con buenas palabras. Nunca nos faltaron las buenas palabras. Creo que si no fuese por ellas, habríamos perecido, nos habríamos convertido en topos, en torpes criaturas ciegas con las extremidades atrofiadas y el olfato extraordinariamente aguzado. Nos salvó un libro en el que se contaban las historias de los últimos habitantes de la luz, los que organizaron las bajadas. Ya no sabemos leer, pero no hemos perdido el afecto a los libros. En todo caso, nadie desoye lo que cuentan, nadie antepone su beneficio al de los demás, nadie decide hacer las cosas a su antojo.Vivimos en una felicidad precaria, en una alegría oscura, pero no podemos vivir de otra manera. El paisaje de la superficie no es un paisaje, si me quieren entender. El de aquí abajo sí lo es, en cierto modo. Nos manejamos con estas expresiones para que la realidad no nos aturda demasiado. Hay quien se maneja mejor que otros y quien no se maneja nada, quien se esmera en mantener las leyendas de los primeros tiempos (o de los últimos, según deseemos)  y quien no se deja engatusar por los relatos. Son estos últimos precisamente los que más preocupan. Andan sublevándose sin que ni ellos mismos lo aprecien. Se están convirtiendo en justo lo que no conviene.

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Presentación de Leche en la Biblioteca Miguel de Cervantes de Fuengirola








Este es el texto que anoche leí en la Biblioteca Miguel de Cervantes de Fuengirola, en la presentación de Leche, el segundo libro de la escritora sevillana Marina Perezagua. Fue un placer y un honor que se me encomendara tal cosa. Lo fue desde que me lo propuso y también durante el tiempo en que compartimos la celebración de que un libro se publique, convoque a tanta gente a su presentación y suscite un diálogo tan fluido y tan hermoso como el que se produjo a la conclusión de mis palabras de introducción. Quienes nos recibieron en la Biblioteca (Conchi, Gloria, José Manuel, Elena, temo olvidar a alguien) hicieron que al menos yo me sintiera arropado, cómodo, rodeado de amigos, a pesar de que era la primera ocasión en que nos tratábamos. Los libros obran estos prodigios, crean entre quienes los aman un vínculo fantástico. Marina es una criatura adorable, una escritora estupenda y una amiga, en adelante, no lo dudo en absoluto. Dejo aquí el texto íntegro de mi presentación.




"Hay una cita de Borges que siempre me pareció muy hermosa. En ella se da un concesión a la esperanza y también a la convivencia entre quienes no piensan del mismo modo. Dice:

 Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno

Empiezo trayendo a Borges porque sé que a Marina le agrada esa visita. En una de las muchas charlas que hemos mantenido los dos por la gracia de las redes virtuales, hablamos también de Borges. Estaba yo en mi casa, en Lucena, a una hora tardía y ella, en el metro, yendo o viniendo de Nueva York a sus asuntos. Y no dábamos con las palabras exactas de Borges. Me sentí desconcertado por esa conjunción maravillosa. El metro de Nueva York, que yo he visto cientos de veces en películas. Borges, al que he leído cientos de veces en cientos de sitios y una escritora que me invitaba a presentar un acto muy querido para ella, la presentación de un libro en su tierra, en Andalucía.  Así que empiezo, si me permiten, con Borges. Decía que un libro no era nada si no se producía el acto mágico de abrirlo.  Para quien no lo haya leído todavía, les confieso que este acto mágico lo es entonces por partida doble.

Mi  fascinación por la zoología fantástica no tiene antecedentes familiares. Ninguno de los míos se entusiasma como yo cuando coge un bestiario editado con lujo o un modesto ejemplar, enfermo de viejo, alojado en un anaquel de una librería de segunda mano o cuando el cine proyecta historias en donde acuden animales extraordinarios, monstruos de insondables simas, criaturas de infiernos que solo vislumbran los atormentados. En el desquicio se aprecian con más nitidez (con más hermosa contundencia incluso) los matices extravagantes de la realidad, la verdadera piel de las cosas, no la visible, la que se ofrece a beneficio de vagos y conformistas. En la literatura existe también esa restitución de lo anómalo. Ya sean personajes dignos de Lovecraft o del cine de terror de la Hammer o personajes de apariencia rutinaria, normales en lo visible, pero devastados por la enfermedad, por el dolor o por alguna secreta e inconfesable fractura. El escritor, al expulsar los demonios que lo pueblan, al compartirlos, los convierte en otra cosa. Soy de los que piensan que no hay acto más generoso que la literatura. La de Marina Perezagua es generosa y es liberadora. La libera a ella y nos libera a sus ocasionales lectores. Hay algo de buzo o de espeleólogo en quien penetra en un libro. Afuera está la realidad que se pisa, la que que se huele y se manipula, pero adentro hay otra realidad que la lectura rescata. Todo lo que cuenta Leche es eso, un rescate, una especie de volcado poético de un tesoro alojado en las profundidades de la tierra. A lo que Leche invita es a  un viaje telúrico en el que vamos a descubrir criaturas del abismo. El abismo en el que miramos y el abismo que nos mira, ya saben. Criaturas extraordinarias, supervivientes fantásticos, seres que de una u otra forma recurren al heroísmo para no vivir en desgracia o para no extinguirse. Esa es la parte del ingenio narrativo de Marina que más fascina: la que se ocupa de normalizar las heridas de los demás. Tal vez de camino uno también cura las suyas.

No sé si hay cosas que se resisten a ser contadas. Leyendo a Marina uno piensa que la literatura es un acto prodigioso y que la gobierna la voluntad absoluta de contarlo todo. El pudor no existe. En lugar del pudor lo que encontramos es una especie de exhibicionismo romántico, en cierto modo, poblado por personajes aquejados por algún tipo de dolencia física o espiritual. Y para contar el dolor hace falta despojarse de las convenciones y de los protocolos y proceder como lo hace un cirujano frente al destrozo que va a recomponer en la mesa del quirófano. Contemplado de un manera científica, si es que esto es posible, el libro de Marina es un cuerpo dividido en catorce fragmentos, en catorce cuentos, en catorce dolencias, en catorce compartimentos que, en ocasiones, abren y cierran puertas para que la memoria fluya e informe a quien la escucha del prodigio al que asistió. Un poco como Batty, el replicante de Blade Runner. Si él se va no sabremos nunca qué hay en las puertas de Tannhauser. Todas esas cosas se perderán. Como lágrimas en la lluvia. La literatura ofrece la posibilidad de que nada se pierda enteramente. Incluso el dolor hay que preservarlo, el dolor sonámbulo yendo y viniendo por las costuras de las palabras, el dolor primordial por donde transcurren también los prodigios del amor y los milagros de la felicidad. 

Quería empezar hablando del dolor porque sé que terminaré hablando del amor. En los cuentos de Edgar Allan Poe casi siempre hay un muerto dentro y es a partir de la inminencia misteriosa del muerto desde donde Poe arma su literatura. Marina Perazagua prescinde del muerto, no lo precisa en absoluto, aunque cuente con él y lo haga un condimento relevante de la trama. A lo que se inclina la escritura de los cuentos es a la pedagogía. Son historias que nos ayudan a vivir mejor. No porque sean de una hermosura arrebatadora ni porque cuenten cosas sobre la belleza del mundo. sino por la voluntad sanadora que poseen, por la sospecha de que se nos está administrando un bálsamo. Esa idea de la literatura es la que a mí más me fascina, la que desconcierta, la que produce una perplejidad, un asombro desde el que comprender el mundo o desde donde cuestionarlo continuamente. La herida más dulce es el asombro. No creo que exista otra que atraiga más. Por eso amamos la ficción: por la imprevisibilidad que promete, por toda la promiscuidad que tan alegremente nos vende. Como los billetes dorados que el bueno de Willy Wonka escondía en sus chocolatinas. Como momentos de felicidad alojados en la costura siniestra de las horas.    A lo que la buena literatura se enfrenta es a la pereza. Perezagua, permítanme el sencillo juego de palabras, no desea un lector invertebrado: aspira a encontrar un lector cómplice, que comprenda al conejito follador que escandaliza el cielo de Hiroshima en Little boy o a Alba, la protagonista de Algas, una mujer cuyo afán es pensar sin las trabas del cuerpo en una especie de apnea orgánica. En cierto modo es Alba la que representa el espíritu de los cuentos de Marina. Lo que desea es dejar que su cerebro solo piense. Que no se entretenga en administrar el flujo del menstruo o en vigilar la frecuencia cardíaca. No sé si ese propósito hace que Leche sea un volumen adscrito a la literatura de índole filosófico, a la fantástica o es un vademécum sobre las fracturas del alma. Leyéndole, en ocasiones, en algunos trozos más que en otros, he advertido un aliento metafísico, pero que nadie se alarme. 
 
No es un libro de lectura farragosa. Quien escribe bien no precisa de alambicar las frases. Las deja ir, mimadas, pero sin que la escritura gobierne lo que la escritura cuenta. Es admirable el control narrativo. Esa sensación de que el argumento de cada cuento está absolutamente previsto, sin que nada se abandone al azar. Y eso, en la brevedad de algunos, es más admirable todavía. Se lee con absoluto placer, aunque habría que ajustar qué concepto de placer hemos convocado. No es uno frívolo ni tampoco perecedero. Es el que se queda y se hace fuerte a medida que lo mimamos. El lector invertebrado no desea estar de pie. Prefiere una postura distendida, horizontal. Por eso quizá a Marina le gustan las inmersiones acuáticas. Porque son verticales. Porque indagan en lo que está en el adentro. Se podría uno extender en las redes narrativas de los cuentos, en cómo los personajes son una conciencia y también un cuerpo que la transporta, en eso que se dice en Algas: "La tensión es tanta que arma un esqueleto". De la nada, de las palabras que vertemos, podemos construir una vida. Es que el escritor es un dios caprichoso y un dios rudimentario y esta escritora ha forjado un cosmos a la medida de sus obsesiones. No creo que sean muy distintas a las vuestras, a las mías. Ella lo que hace es coger un átomo fácil de entre todos los átomos difíciles y ahí es en donde empieza a contarnos la historia. No anda a tientas por el texto que nos ofrece. Coge un cuerpo y lo convierte en un atlas. El cuerpo es un atlas. Mil dolores pequeños lo atraviesan. La orografía es un inventario de afecciones. El escritor es, en este caso, un cartógrafo al que se le ha encomendado la empresa de registrar los accidentes y anotar escrupulosamente los efectos de la erosión, el volcado epidérmico del oficio de la vida. Da la impresión de que lo ha medido y lo ha pesado y lo vestido y lo ha desnudado las veces suficientes. Está en posesión de esa rara facultad que consiste en hacer de la fatalidad un rasgo natural de la existencia. Lo trágico, al servirse con estos mimbres poéticos, de ternura y de calidez también, pierde un poco su condición terrible. Nos apenamos, nos emocionamos, nos conmovemos, pero seguimos leyendo en la creencia de que hay belleza dentro del caos.

En la tragedia todo es verosímil. Hay en nuestra perrcepción de la fatalidad una firme voluntad de asiento narrativo. Creemos en que las cosas pueden suceder como se nos explican, por más increíble que parezcan los hechos que la presentan. Somos lo que escuchamos. Somos receptores voraces de historias. Da igual que lo que nos alimenta sea lo invisible, lo que no podemos manejar cartesianamente. Las viandas narrativas más exquisitas apelan a nuestra credulidad. En los cuentos de Marina Perazagua no se produce ningún engaño fantástico. Como dice Juan Herrezuelo, mi amigo, en una nota que dejó en este blog, Leche normaliza lo fantástico. Como si Pedro Páramo lo contara Cortázar. La fantasía, al rebajar su caché escandaloso, no deja de asombrar, pero se hace creíble. De ahí que contemos con Cortázar, un escritor que no se parece a Borges o que no se parece a nadie. Lo ideal de un escritor quizá sea eso: no parecerse a nadie, aunque el lector escuche voces en su escritura que le recuerdan a todos los escritores que ha leído. De hecho hay un cuento en Leche en donde, de rondón, Marina explica un poco esta herencia involuntaria. Uno de los que más me gustan, por cierto. Es Un solo hombre solo. El cuento que, a mi entender, rivaliza con Little boy en ambición, uno que merece una especie de spin-off. Esa historia nos regala ideas preciosas: invita a pensar que existimos porque alguien blandió una espada en el siglo XI o porque un poeta prefiguró el paraíso en un hexámetro o porque un hijo ordenara la biblioteca de su padre. El cuerpo recuerda cosas que la mente no estabula ni registra. Pero el cuerpo transmite esos conocimientos y las generaciones heredan briznas maravillosas de memoria. La biología está otra vez puesta al servicio de la poesía. El lector agradece ese afán didáctico. Lo que cuenta Marina precisa una documentación precisa. Se agradece esa afinación entomológica. Me imagino que no la poesía, al matrimoniarla con la ciencia, no deja de serlo, pero ya es otra cosa, un artefacto literario más puesto al servicio del fin último: que la historia se cuente lo mejor posible.

Leche, a pesar de que hable de enfermedad, de dolor y de muerte, en ocasiones, es una gozosa manifestación de vida. La atraviesa la vida sin la decoración que a veces le exigimos. Una vida sin certezas, si se desea. Una vida que huele a agua estancada, a rana, embadurnada de olores que cuentan historias como uno de los cuentos que más me han emocionado, "Él". La vida ofrecida como un infinito laberinto de efectos y de causas, de azar más que otra cosa, del azar que amaba Borges. Quizá sea Borges lo que más me una a mí con Marina. El amor a nuestro bibliotecario favorito. Solo hay que haber estado en un cuento de Borges para sentir que los de Marina son extensiones de una dignidad encomiable. Probablemente Borges estaría inclinado a sentir como propios, permíteme el atrevimiento de la noche, algunos. MioTauro es el homenaje previsible, pero los cuentos de Marina prefieren un lenguaje del siglo XXI, poético, despojado de cualquier voluntad barroca. Marina Perezagua escribe muy bien. En un país en donde se lee poco, Marina escribe muy bien. Y ahora vuelvo al argumento de donde partí: el buen escritor necesita un buen lector. Uno que se conmocione. Que no se venga abajo cuando lo que lee le apabulle, le produzca rubor, le aturda, le haga sentirse privilegiado por estar escuchando una confidencia. Las historias de Leche son confidencias, asuntos escandalosos para las mentes escandalizables. Hijos que preñan a sus madres. Padres que malogran el amor de sus hijos a pie de playa. Conductores que la conciencia no les permite dormir. Niños de una crueldad antológica. El alivio lúbrico que un profesor le procura a su alumna para que soporte la enfermedad que la postra en una cama. El padre que ama a su hijo por encima de cualquier otra consideración y no permite que el hambre se lo robe. Y he procurado no desvelar nada. Nada de spoilers. Solo he lanzado piedritas que han dibujado círculos en el agua. Ahora busquen el dibujo dentro del círculo. Ahí están las crisálidas. Porque primero somos crisálidas. Luego somos otros cosas.; algunas, maravillosas: otras, despreciables, pero al principio, en el instante en que el primer átomo hizo un movimiento creativo en el misterioso comienzo de todo fuimos crisálidas, átomos que necesitan quien los narrara. Disfrutemos hoy con este libro. Es disfrutable. Gracias por escucharme"



13.6.13

Lovecraftiana


1
Dicen de Lovecraft que fue el maestro absoluto del terror cósmico materialista. Siempre que veo The thing, La cosa, la obra clásica de John Carpenter, pienso en las deudas que Lovecraft jamás cobró en vida, el escaso reconocimiento que tuvieron sus cuentos. En La cosa no importan los muertos que va dejando la criatura del espacio. Tampoco, aunque parezca lo contrario, el modo en que las va eliminando. Importa el hecho de que hay una criatura y de que procede del espacio. También la certidumbre de que está aquí antes que nosotros mismos. Que hay una especie de derecho sideral a hacer y deshacer en su casa como bien le plazca. John McTiernan, dirigiendo Depredador, no se opone a esta idea: el alienígena es el hombre. Él es el sacrificado.

 2
De Lovecraft, el misántropo, cuenta esa impresión ancestral de que la Historia que nos han contado no ofrece los datos fundamentales y se limita únicamente a cierta parte visible, contrastable sin dificultad, esquivando sin pudor lo que la forja, evitando involucrar en su fundación fuerzas telúricas, atávicas, terroríficas siempre; fuerzas que, larvadas, solo esperan que se las despierte y ocupen el lugar del que nunca debieron retirarse y el caos, a través del linaje de los dormidos, reine en la tierra y la someta a la voluntad de sus dioses. Precisamente Lovecraft aparta a Dios, al cristiano, de toda su maquinaria narrativa con el solo objetivo de dejar al hombre, la criatura que alumbró ese Dios en el principio arquetípico de los tiempos, abandonada a su suerte, desamparada completamente. En el terror, Dios juega un papel primordial, pero el enfermizo autor de Providence, asqueado del mundo, incapaz de integrarse en la realidad, lo mata de un modo fulminante. Nadie ha matado a Dios como Lovecraft, sin que en ninguna de sus tramas haya una evidencia explícita de esa osadía literaria. Pienso en Sartre, en Camus, en Nietzsche o, más en la actualidad, Onfray, Hitchens o Dawkins, autores que acojen a Dios en su pensamiento para hacerlo eje absoluto de sus escritos y hacerlo trizas. Lovecraft, el huraño, el solitario, el aquejado de todos los males del hombre, es un puritano reconvertido en cronista de los infinitas abominaciones que la realidad esconde. En ese cosmos no hay lugar para la divinidad. Lovecraft tira de un ejército de oscuros dioses, de indecibles dioses que espolean hasta el paroxismo la inquietud del lector. Entonces y ahora.

 3
No sé las veces que he leído Los mitos de Cthulhu. Aplazo a veces su relectura porque no puedo evitar sentirme abducido por lo que cuenta al modo en que casi ningún otro autor (incluso autores cuyo estilo y tramas me fascina más) logra embaucarme. Hay una trampa hermosa en esos mundos primitivos. Yo los admiro por lo tenebroso y por lo fantástico. Lovecraft es un Poe avanzado, uno de esos alumnos estupendos que retoman la senda del maestro y, sin copiarla abiertamente, la merodean, la reformulan y extraen de ella la parte nuclear, su atomismo limpio. Las limitaciones de Poe son, en Lovecraft, caudal sin fondo. Lo que había en Poe de poeta es en Lovecraft un descenso al materialismo más cruel. Mi entusiasmo procede de la sensación de pérdida que produce ese materialismo. Lo que busco en lo impredecible de su tramas es esa decadencia mórbida, tan del gusto de la época, con toda la herencia del miedo anglosajón, como razonaba Rafael Llopis en su prólogo a los Mitos, en la canónica edición de Alianza. Me siento confortado cuando Lovecraft me perturba. Vuelvo a Lovecraft en peregrinaje. Y de vez en cuando caigo en la cuenta de que hace mucho que no escribo sobre Lovecraft y busco dentro lo que todavía no he sacado. Temo repetirme. Tampoco me importa.    

4
Me ha venido hoy a la memoria un amigo al que ya no veo. Importan poco las razones. Hay ocasiones en las que los caminos se separan y es el azar el que administra los afectos. Leyó a Lovecraft porque le presté Los mitos en un bar de San Fernando. Lo leyó a regañadientes hasta que no se pudo desprender de la atmósfera nauseabunda de algunos cuentos, que releía más que buscar los nuevos. No sé si leyó el libro, un tocho grueso en la edición de Alianza, la barata. Sé que me lo devolvió un par de semanas después. Estaba entusiasmado. Me invitó a cerveza hasta que no apreciamos el sabor. De eso, de la charla en la barra del bar, fumando descosidamente, es de lo que aquí quiero hablar ahora, de la sensación de plenitud absoluta, de confianza en los placeres compartidos. Creo que el arte sirve, en última instancia, para eso. Que la literatura, la buena y también la mala, no pongo objeciones, despliega un dulce entramado de códigos fiables sobre los que edificar un momento de júbilo pleno. Desconozco si fue volunto castrense. Si aquel arrebato lovecraftiano fundó una filiación eterna. La mía lo es de un modo absolutamente inquebrantable. Es quizá el autor al que más vuelvo, junto con Borges o con Chesterton. Los releo con reverencia. Me amoldan a los nuevos tiempos. Me cuentan cómo estoy conforme voy creciendo. Porque sigo creciendo. Echo de menos alguna que otra charla tabernaria con Howard Philip de invitado. Eso guardo de aquel día. Espero que no se me olvide nunca. Bares, qué lugares tan gratos para conversar...
                   

La ventana

Está bien eso de no entrar adonde a uno no lo llaman salvo que, animado por la curiosidad, se ignoren los protocolos de la convivencia, las reglas del civismo y la bendita urbanidad. Ninguna de estos contratos (algunos tácitos, otros legislados) de la sociedad impide que uno hocique en casa ajena, olisquee, haga un tour fugaz por el mobiliario y salga más contento que un caracol en un espejo, inventariando las cosas aprendidas. Algunas de ellas caerán en el olvido, por irrelevantes, por incomprendidas, pero otras endulzarán conversaciones, animarán tertulias, impedirán que no estemos callados, tan solo escuchando, sin meter el cuchillo en la hogaza de pan recién acanalada. Lo que importa es posicionarse, convenir un argumento con el que rebatir los contrarios, amarrarse a una columna y evitar que nos zarandee y nos arrumbe el viento. La mía es una de humo. No porque sea volandera mi manera de pensar y hoy comulgue con papistas y mañana me acueste con impíos. En la incertidumbre se vive mejor. Es más creativa la fugacidad que la inmanencia. Lo único a lo que podemos aspirar en la defensa hostil de nuestros principios es a perder la bendita posiblidad de entender los de los demás. Y de verdad que hay ocasiones en que los criterios ajenos cansan más de lo que uno podría soportar, pero más soportó Giordano Bruno y con más empeño lo quemaron. De todas formas, nada verdaderamente tampoco hoy. El día transcurrió con absoluto rigor. Las mismas plazas ocupadas. Los mismos tenebristas comentarios sobre el futuro de la raza. La misma ventana desde la que observar el inamovible paisaje. Es una foto fija. Es una composición. La ventana es un privilegiado observatorio y el que se acomoda en su alféizar es un espectador al que se le permitió contemplar el rodaje de la trama. Porque igual todo es una película y no sabemos qué papel desempeñamos. Nadie nos lo contó. Solo nos arrojaron a la escena. Ni un mal libreto. Ni una línea de texto. Solo el temblor de no saber y el deseo firme de que no se sufra en demasía.

12.6.13

Poética molecular





Pequeña teología onírica
Supongo que al final Dios reconocerá a los suyos. Habrá un afecto distinto cuando abra las puertas del cielo y acoja a los que creyeron en su gobierno y a los que lo pusieron en duda o los que lo negaron abiertamente, pero anoche soñé que a Dios se le mudaba la bondad que nos han vendido siempre y que, mirado de cerca, a ras de ojo, como quien dice, expresaba una especie de ladina maldad, muy sofisticada, que daba al traste de modo brutal con la voluntad religiosa de las criaturas que dijo haber creado. Nada, no obstante, que desmiente o confirme que en el paraíso la Divinidad nos confortará como nos contaron. Nada a lo que aferrarse salvo la fe, que es un arcano en sí misma, una construccion similar al amor, inarticulable, asequible únicamente para quienes comprenden su mensaje y reciben su gracia. Yo, en mis sueños, alcanzo estados de complejidad teológica que ni por asomo vislumbro en la vigilia. Debería haber una máquina que los registrase. Una en la que confiar para saber ya de una vez por todas si estamos en complicidad con las alturas celestiales o definitivamente, como presumo, no poseo ningún tipo de interés en intimar con ellas. A lo que no pienso renunciar, por más que una voz de ahí adentro me revele lo inútil de todos estos desvelos, es al placer de estar varado en este limpia incertidumbre. Creo que el sueño que tuve explica realmente eso: las razones de mi descreimiento, el motivo por el que no comulgo, todas las partículas elementales de laicismo poético con el que me visto cuando salgo a la calle, escribo en mi blog o departo alegremente con los amigos sobre lo mundano y lo etéreo. A lo que se inclina mi naturaleza es al juego y posiblemente hay pocos, vencida ya cierta edad, que me restituyan una más agradable sensación de confort espiritual que éste de buscar dioses en los sueños. La realidad, que viene a veces muy cabrona, te enseña que hay otros asuntos que requieren una atención mayor. Que los dioses pueden esperar allá en sus benditas nubes. Que nuestro cerebro no nos pertenece del todo.


La torre del jorobado
Kirsty Spalding, del Instituto Karolinska en Estocolmo, un biólogo molecular ha descubierto que el cerebro humano fabrica diariamente 125 neuronas de nuevo cuño en una zona del hipocampo, que pesa solo seis gramos y alberga 22 millones más, dedicada a la memoria. Duele que algunas de las que todavía no se han extinguido y flotan en ese mar de recuerdos no funcionen como debieran. Al menos a mí, en lo que me afecta, no desempeñan su trabajo a satisfacción de quien las pasea a diario y quien confía en que no me abandonen antes de lo que uno buenamente sospecha. No es nada nuevo e irá (supongo) a más. Fallan las palabras, en ocasiones, pero también las imágenes. Fascina, sin embargo, que de pronto algo absolutamente sumergido, de lo que no poseíamos constancia alguna, emerja y luzca, en el oleaje de arriba, pletórico, sublime, enseñoreándose. Hoy el recuento de una serie de anécdots de muy atrás compartidas por unos cuantos compañeros del trabajo me hizo pensar en los primeros cuentos, en las novicias páginas del escritor que en la adolescencia (he calculado que hacia los quince años, no antes) comenzaba a inventar cosas. Y salió del fondo, ya digo, el nombre del cuento fundancional. La torre del jorobado, grité casi. Y regresé pasillo abajo a clase con la sensación de que algo bueno había pasado. Que las neuronas perezosas, algunas de esos millones serviles, todavía guardan tesoros y podemos (debidamente orientados, con la conveniente producción de estímulos) abrirlos y disfrutarlos.



11.6.13

El conde Vronski y el billete dorado




Hay algo a lo que no pienso renunciar en literatura: al asombro. No creo que exista otra adicción mayor que ésa en las páginas de un libro o en las horas de un día. En eso, las novelas son fragmentos del tiempo, trozos extraídos de una trama de la ficción que se incrustan en la malla durísima de los días. Por eso amamos la ficción; porque nos permite abandonar el rigor de lo real y deambular sin pudor por la periferia, hocicando en lo que no nos incumbe, alambicando néctares al ras mismo de la palabra. De las novelas amo precisamente esa sensación de pérdida que producen. Perdido, en ese limbo perfecto, comp,rendo asuntos que, contados de otra manera, se me escapan, huyen de toda posibilidad de que me pertenezcan. Leyendo Anna Karerina (que un hermoso texto de Andrés Neuman me ha recordado hoy) entendí que la familia, a su manera, es un veneno, uno grato, al cabo, administrado con morosa delectación, carcomiendo sin entusiasmo (aunque inapelablemente) la felicidad pura que se trae en el momento de venir al mundo. Algo parecido puso Roald Dahl a su Willy Wonka en la maravillosa fábrica de chocolate: la familia es un entorno difícil para ser creativo. Y no hay ocasión en que un quebranto en su peculiar ecosistema no me haga pensar en el dolor que producen los seres que amamos y en  el conde Vronski, tan mediocre y tan perturbador al tiempo, capaz de hacer enloquecer sin que en ningún momento se atisbe, en su comportamiento, mérito para que esa locura ajena prospere y conduzca a Anna al final que conoce incluso quien no ha leído la novela de Tólstoi.. Y es que hay venenos gratos, pócimas que se ingieren a sabiendas del daño que producen. Conozco varias y no entra en ningunas de mis planes de vida racionarlas. Me las administro con absoluta fruición y aprecio, a cada pequeño chute, las hermosas heridas que producen. La herida más dulce es el asombro. No creo que exista otra que me atraiga más. Por eso amamos la ficción: por la imprevisibilidad que promete, por toda la promiscuidad que tan alegremente nos vende. Como billetes dorados escondidos entre las páginas. Como momentos de felicidad alojados en la costura siniestra de las horas.

10.6.13

Pequeño autorretrato con mosca



Creo que así me ven las moscas. A veces debería uno confiar en ellas, en cómo advierten nuestra presencia y la registran.  Lo que es seguro es que no somos como el espejo nos devuelve. Es otra cosa la que los sentidos nos restituyen, pero no la realidad. Quizá no sea posible aprehenderla de una manera rigurosa. No habrá criatura que nos vea como creemos ser vistos. Ni siquiera aquéllos con los que compartimos un mismo mapa genético. De hecho no se nos ha permitido observarnos desde afuera, salvo que uno domine la experiencia astral y vuele de su centro a la periferia y en el aleteo pueda contemplarse. Somos lo que nos dicen. A veces conocemos mejor a los que tenemos cerca que a nosotros mismos. De los demás sabemos el significado de gestos que nunca reparamos que podamos tener y desplegar. De ellos apreciamos maneras de inclinarse sobre los objetos o de mirar que no consideramos jamás en lo más íntimo nuestro. Y lo fascinante es precisamente todo esto: esa incertidumbre, esa zozobra. La aventura de vivir precisa de estas fragilidades. Solo nos interesa lo que asombra y qué mejor objeto de estupor que uno mismo. Como si se nos hubiese encomendado irnos conociendo y supiéramos que no habrá vida lo suficientemente larga como para acometer con solvencia esa azarosa empresa. Porque es el azar el que lo administra todo. El azar, su mecánica absurda. Sospecho que algo queda fuera de su gobierno, aunque sea la impresión de que las moscas nos observan con perplejidad o que, en su breve existencia, conocen lo que la nuestra, tan dilatada a veces, no alcanzamos.

9.6.13

La dulce inconsistencia del alma


Álvaro Pombo sostiene que el amor, como Dios, son tareas imposibles. A lo que recurre para armar esa idea fascinante es a la misma esencia de lo humano, que es un eterno aspirar a lo sublime, a cuanto no precisa añadido porque está expresado con absoluta eficacia, sin fractura, entera y perdurablemente. Dios, como el amor, es la empresa a la que no se accede de forma voluntaria. Uno no se enamora por voluntad ni cae en el trance de la experiencia divina a capricho de su genio. No conozco a nadie que haya sido capaz de provocar esa injerencia mágica. Y hay quien se despide de este mundo sin haber conocido ni lo uno ni lo otro. Quien no encuentra a su media naranja ni a su dios verdadero y fatiga los días con sus noches sin que ese vacío lo merme. También habrá quien, en la posesión del amor y de la fe, viva en tinieblas, no comprenda su estar en el mundo y se contemple incompleto, varado, zarandeado por las duras tormentas del espíritu. Quien ande siempre alerta, extasiado no ya en el hallazgo, sino en la búsqueda, en el supremo bien de la incertidumbre. No saber, no tener, no conocer, podría decirse, y disfrutar de toda esa dulce inconsistencia del alma. Yo, descreído en todas esas sutilezas celestiales, ahí ando, en la perplejidad, en la serenidad de quien no se obceca en casi nada. En lo demás, en el amor, ufano, en esa plenitud que algunas veces, por intensa, por persistente en el tiempo, todavía asombra. No creo, como Pombo, que sean asuntos imposibles el amor y la fe. Son, en todo caso, meritorios en estos tiempos de fiebre, de vértigo, de zozobra, de inquietud.

7.6.13

No tolero a Griffith / Me encanta el nuevo Hannibal Lecter



Hay placeres que exigen una disciplina estricta para que adquieran todo su esplendor. Anoche, viendo de nuevo Intolerancia, la obra maestra muda de D.W. Griffith, me rendí ante una evidencia incontestable: había perdido toda la disciplina, se me había olvidado todo el placer que Intolerancia me produjo en su día y la contemplaba un poco como si no fuese del todo conmigo y, más que agradarme como antaño, molestase, ocupara el lugar en el que podría estar viendo otra cosa o leyendo un libro o buscando el centro del cosmos entre las sábanas. Uno considera entonces la soberanía de sus antojos y para el DVD, lo guarda todavía reverencialmente en su caja y piensa en la posibilidad de que los años me vayan distanciando de un yo antiguo, mucho más exigente que el de ahora, entusiasmado con la cultura de un modo valiente. No es una posibilidad que me preocupe. A nadie le rinde uno cuentas en estos asuntos. Tampoco si un día se embrutece el gusto y caemos en danbrowns o en jorgebucays o en michaelbays. Creo que no conduce a ningún sitio decir si lee literatura rusa del diecinueve o bestsellers conspiranoicos. Ambos géneros proporcionan lo que el lector les exige. A lo que no alcanzo es a comprender con más o menos certeza las causas de este desvalimiento mío. No entiendo si es un accidente intelectual o un estado ya permanente que me transportará, sin que se evidencie roto alguno en mis costuras, del cine serio, de Lang a Bergman, de Hawks a Losey, al mainstream de las estanterías más enseñoreadas de los videoclubs. Si (continúo) dejaré a Chesterton en un anaquel muy alto, de no fácil acceso, y bajaré a Glenn Cooper, del que tengo una edición de bolsillo de una novela sobre bibliotecas que esconden en sus volúmenes el mismísimo fin del mundo. Las cosas que no trascienden no requieren mayor disciplina que su consumo. Voraz ese consumo, a veces. Y de hecho, salvo que de verdad atesoren algo que las haga perdurar en la memoria, disfruta uno razonablemente con lo que no dura, con lo frívolo, con lo perecedero, con todo lo que no importa, pero entretiene. Y a Griffith, al menos anoche, ya no lo tolero. Tampoco a Bergman, probablemente. No creo que esta noche haga la prueba. No entra en mis planes echar abajo, en un lapso de tiempo, a dos pesos pesados. El peso ligero al que me afilio en pocas horas (mi alergia no me permite callejear como suelo, me recluirá en casa, me arrojará a un sillón, ay, ay) es Hannibal, una serie fantástica, una de esas cosas que piden quedarse. Voy de cabeza al tercer episodio.