31.5.13

Amo los zombis



A menudo aprecio que me engañen. Entiendo que soy yo el que, al final, debe extraer el alcance de la verdad que me ocultan. En los casos en los que el engaño es sibilino, procedo como cualquiera y me las trago dobladas las mentiras con que se me entretiene. Con los años, al correr de la experiencia más bien, advierto las trolas con una facilidad pasmosa. No es una virtud de ésas con las que asombrar a los amigos al modo en que el buen pianista hace en casa una sesión privada a los íntimos o el habilidoso en la alta cocina surte de ricas viandas a sus invitados los sábados por la noche. Esto mío de pillar antes a un embustero que a un cojo, como decía mi abuela, viene de la literatura o, más bien, de mi propia facilidad a la hora de urdir engaños. Escribir es, a poco que lo piensen, una mentira programada, sentida, organizada como una fiesta de los sentidos. Quienes escribimos, ficción las más de las veces, algo ya menos de poesía, mucho pequeño ensayo de blog, nos manejamos muy bien en abastecer de mentira al cuerpo blanco de la página. No sé si es exactamente falso lo que escribimos. Si es un producto que se aleja de la verdad o es una verdad en sí misma, pero alejada por naturaleza de los conceptos tradicionales de lo que es cierto y de lo que no. Aquí me gustaría tener a mano a mi amigo Luis Sánchez Corral y que me ilustre en esas finezas de la mente ociosa, pero no está de ninguna manera, y de verdad que lo siento. Viene esto porque me encantan los zombis. Los aprecio como los últimos seres dignos de la modernidad. No ocultan nada, no guardan cartas bajo la manga, no maquinan planes secretos con objeto de derrrocar imperios ni de arruinar sistemas financieros enteros. Ellos van a lo que van. Se fijan en que estás cerca y ya solo viven para acercarse lo suficiente e hincarte el diente. Son de una honestidad brutal. Si tuvieran velocidad, habríamos perecido. A lo que temo yo (y más a día que pasa) es al salteador de caminos invisible, al que no se deja ver y avanza ladinamente, emboscado en las sombras, afeitado con pulcritud y con la raya del pantalón impecablemente planchada. Esos zombis son los que hacen que en las piedras nos nazcan piedras, como dejó dibujado El Roto una vez. Los otros, los que van de cara, los de las ficciones televisivas, me parecen de una inocencia asombrosa. Dan ganas de dejarse. De verdad que dan ganas de que algunos aprendan de sus mañas de caza. Por lo menos, en esa tesitura cinegética, uno sabe a qué atenerse. Ve al enemigo durante todo el cortejo bélico. Conoce cómo se mueve. Incluso ve nobleza en lo que hace. Los mentidores de ahora no saben qué es la nobleza. Ni la honradez. Y salen de caza, claro que salen. Ni siquiera parece que lo hagan. Ese es el truco. En esa primera mentira inadvertida radica el éxito de su empresa. En que ni siquiera exhiben un roto en el rostro, un gesto que alarme de lo que se te viene encima. Son unos hijos de mala madre con una planta de la hostia. Estos muertos que andan, los de George A.Romero y los de la estupenda serie televisiva,  son los últimos de un oficio muy antiguo.

30.5.13

No hay más

A uno le incumben escasamente cuatro o cinco frívolos vicios. Luego la vida consiente una biografía almibarada, triste tirando a muy triste en ocasiones. Adentro el tiempo incendia todas las mentiras. No buscamos la verdad: buscamos el significado. La memoria arde también. Arde imposiblemente. Se quema la infancia, el acné de los quince años, las primeros vuelos del alma novicia. Muere uno siempre en los títulos de crédito. Se advierte lo inapropiado del cásting, la falsa impresión de que algún tramo del metraje produjo asombro o júbilo en el espectador accidental que ocupa el patio de butacas. En el propio intérprete de su causa. Las horas, trémulas, fluyen. La euforia nos hace creer que hemos hecho algo verdaderamente digno de cántico. Mientras tanto, las palabras informan de quiénes somos. La piel, el mirar, los gestos informan. Somos las palabras que decimos. Las que escribimos. Una respiración agitada, mineral y cruda, nos abre inextricablemente los pulmones, hace sitio al aire rotundo con el que el vivir nos tiene entretenidos. No hay más.

27.5.13

Gloria al glockenspiel: 40 años de Tubular Bells



Hay veces en que uno entra en un disco o en un libro como el que entra en una catedral y se deja abrumar por la piedra o por la altura incontestable de las bóvedas. Tubular Bells es una catedral del siglo XX. Una a la que se accede con la reverencia de lo sagrado. No hay año en donde yo no peregrine a su interior y me postre al modo en que el feligrés lo hace ante la visión pristina de sus dioses. La liturgia no precisa una disciplina excesiva. Ninguna que provenga del corazón la precisa. A mí, en los treinta que llevo escuchándolo con absoluta devoción, no se me ha presentado jamás esa necesidad. El disco, a diferencia de tantos que se ajan con el tiempo y exhiben sus malas costuras, a pesar de lo buenos que nos parecieron de primeras, se ha mantenido maravillosamente íntegro en estas convulsas décadas. No me vengan en esta reflexión voluntariosa de aniversario con todas las campanas posteriores. No me interesan más allá de la memorabilia a capricho de coleccionismo. Ninguna de las razones con las que se pueden componer el elogio perfecto entran en las que convoco para justificar mi amor por las dos caras de este disco pletórico, inmarcesible, referencial. Gloria al glockenspiel.

26.5.13

Tengo mi árbol



Es la intemperie contra la que luchamos. Toda la teología es un búnker doméstico para evitar que nos zarandee el viento. Esa idea trascendente de que hay otra vida más allá de ésta no pasa de ser un accesorio didáctico de lo que digo. En cuanto uno acepta que no es el azar el que maneja el rumbo del viento y la forma en que nos mueve todo va más confortablemente. Porque es el confort lo que andamos buscando. Uno del tipo que te hace dormir por las noches con la conciencia limpia y los sueños puros, pero hay ocasiones en que tienes un pie en la vigilia y otro en el sueño y no sabes si quedarte en la ficción o anclarte en lo real. Quizá no haya que ser tan drástico y lo que conviene es matrimoniar esas dos costumbres del alma apetitiva. La mía, a fuerza de ofrecerme y de retirarme, de querer conocer y de no tener interés alguno en saber qué hay más allá, se está acostumbrando a convertirlo todo en texto. Me alivia la escritura. Me produce la sensación de que hay un árbol al que asirme cuando llega la ventisca. Tengo el árbol. Me he ido familiarizando con lo que el árbol ofrece. No hay día en que no lo busque. Le cuento. Me asiste. Así vamos los dos. En la intemperie. En el desabrigo.

25.5.13

Una teoría de la soledad













Hay días mal abotonados al alma. Días de vértigo y de óxido muy pulcro. Son los días de la disidencia. En los que uno no se encuentra ni siquiera la voluntad de encontrarse en un desamparo absoluto. Porque el que está perdido posee, al menos, la certeza de su desquicio y se mueve en un mapa íntimo, uno que ha estado dibujando pacientemente. No sabemos si al final ese plano minucioso construye las líneas de su cara, pero hay quien sostiene que en realidad lo único que hacemos en esta vida es irnos encontrando, zafándonos de los gestos inútiles, lampando porque alguien se nos acerca y nos guíe  en la oscuridad. En cierto modo los días del vértigo y los días del óxido hacen que seamos lo que en verdad somos. Los otros, los felices, los días de la luz en el alféizar del alma, poseen un valor menor. Se los aprecia por lo insólitos que son, pero el intérprete de nuestra trama se siente más a gusto bajo la lluvia, fatigando las calles, pulsando las cuerdas de su tristeza. Luego vuelve a casa, enciende el brasero bajo la cómplice mesa camilla, mira los muebles del salón y recuerda cómo fue comprado cada uno y el mimo con que los dispuso. Los recuerdos, por ahí adentro, también cosas que uno compra y que distribuye después con mimo. Por eso el hombre, después de haber estado bajo la lluvia, ha cogido un bolígrafo, un triste bolígrafo al que nunca había prestado atención, y está escribiendo en una hoja improvisada el relato sencillo de lo que está sintiendo. Los días mal abotonados. El vértigo. Toda ese óxido de una limpieza escandalosa. Y se siente solo de una manera brutal y sabe que quizá, al tiempo que escribe, encuentre un modo de volver a casa.

24.5.13

Una teoría de la ternura



En ocasiones, conviene cierta contención en el rostro, prevenir que alguien confíe en que esa aparente naturalidad de los gestos vaya a facilitarle ningún tipo de acceso. Por eso la dureza, por eso la apariencia granítica. De ahí procede después el ánimo puesto que la cara es espejo de lo adentro y uno afecta indisolublemente a lo otro, aunque haya quien sostenga lo contrario y lo asiente con la ciencia y lo confirme con sí mismo. No hay día en que no encuentre gestos en los otros que después, estudiados en firme, dan crédito a lo que uno sospechaba. Yo, sospechando, soy buenísimo. Las caras tristes, a poco que las estudias, informan de almas tristes. Las alegres, sin ese gasto psicológico, almas alegres. Es en el término medio en donde probablemente podemos encontrar las más entusiastas adhesiones al siempre alentador género humano, pero yo prefiero los extremos. Los prefiero, al menos, en la ficción, en la restitución de una literatura o de una buena historia contada en una pantalla de cine. De Bogart, aquí tan a punto de darte una hostia o de echarse a llorar, quién sabe, en el fondo, me quedo con sus personajes atormentados. Los otros, los más dulces, los rehúyo. Me aportan una cantidad irrelevante de placer, me llenan menos de lo que mis vicios querrían. Al vicio hay que abastecerlo sin pudor, darle esa punzada de lirismo violento, involucrarle en el relato del mal y acostumbrarlo a pensar que siempre hay tiempo de la templanza. Que en el rostro de Humphrey Bogart está el periplo de la entera raza humana. Ahí están los bárbaros invadiendo Roma y el bardo escribiendo el último verso antes de abrirse las venas y la luz precipitando su belleza en las cavernas absolutas del sueño. No vengan a otra cosa. Aquí, en su más elemental disposición, está el hombre. Con su miseria. Con la altura de su corazón. Con toda la evidencia del caos que lo carcome dentro. Con la ternura de los ojos. Vean, por favor, toda la ternura enmimbrada en esos ojos, la punzada del amor, el destello que produce.



23.5.13

Pedradas


Hay libros que de no ser mirados con detalle pueden ser confundidos con una piedra o con un destornillador. En el fondo, mirado todo ahora con el detalle que merece, los libros tienen algo de piedra o algo de destornillador. Igual que no sabemos qué hay en el corazón de las piedras tampoco sabemos las cosas que un libro esconde en su pecho duro. Lo del destornillador me parece que viene a cuento por su vocación de instrumento que abre o que cierra cosas que, salvo que estén siendo utilizadas, deben estar a recaudo, convenientemente selladas. Un libro, si no se abre, es un chusco escandaloso. Tengo amigos que tienen las estanterías abarrotadas de ellos. Entra uno en el salón y advierte el paisaje en las estanterías. No crean que la visión molesta. Bien al contrario, son salones que se te incrustan en la memoria y de los que no sales con facilidad. De vuelta a casa, andando morosamente por las calles, piensas en todo el dinero que usamos en asuntos que no nos reportan nada. Porque luego los libros aplazan su condición de libros y se entregan casi voluptuosamente a su nueva dimensión mineral. Uno de esos amigos, el pasado fin de semana en que cenamos en su casa, me recomendó una piedra que tenía en un anaquel muy alto. La tengo ahí más que nada para que no la veo mi hijo, que es muy aprehensivo e impresionable, me dijo mientras me servía un whisky doble. No me dijo de qué trataba y supuse que el contenido sería de naturaleza promiscua. Hay edades en las que ciertas lecturas marcan una vida entera, razoné. Como le daba mucho bombo al misterio, un poco ya nervioso, le dije que lo bajara. No puedo, contestó. Es un libro tan recomendable que es mejor no leerlo. De hecho yo no lo he leído todavía, pero no hay día en que no lo mire y piense en la cantidad de cosas interesantes que me va a contar y en lo feliz que voy a ser una vez que lo acabe. En esto, discutiendo la posiblidad de que el libro dejase de ser una piedra o un destornillador, dijeron en televisión que en España se escribe más que se lee. Un tipo barbudo, con pinta de activista de algún facción disidente de algo, añadió que incluso sólo leen los que escriben, y eso si les queda rato. Cuanto más lee uno, mejor escribe. En política pasa tres cuarto de lo mismo. Uno va a un mítin de Rajoy o de Rubalcaba y no oye lo que dicen ni Rajoy ni Rubalcaba. Solo se queda con las ideas principales, que son como páginas de un libro colocado en una estantería muy alta. Llegado el caso, en la barra del bar, si el amigo del alma tercia con la subida de los impuestos, es cuando se tira de programa y largamos con aplomo las palabras que hemos estado guardando. Al final de la intervención (puesto que en realidad no son conversaciones sino parlamentos puros) el libro se devuelve a su hueco y uno regresa a  su cueva. He decidido no volver a visitar a este amigo. Lo seguiré considerando como tal, no crean, pero rehuiré darme con bruces con todos esos libros indolentemente abandonados a su mísera condición de piedra. Tampoco saldré al campo, no vaya a ser que lo confunda con una biblioteca y crea que dentro de cada piedra sobrevive un libro. Me agobia como no saben ustedes la idea de que el trabajo se amontone y no de abasto. En casa, si van, comprobarán que no tengo libro alguno. En su lugar he colocado figuritas de porcelana, cosas de los chinos y alguna fotografía de la familia. Entenderán que no traiga amigos tampoco. Disfruto mi soledad sin distracciones. En ocasiones busco en televisión titulares de fuste, ideas con las que intervengo cuando no tengo más remedio.




22.5.13

Volver a los diecisiete / Una nota breve sobre Ciudadano Kane




En ocasiones, según ronda el ánimo, creo en la infinita bondad del genio humano. Otras, en cambio, declino esa voluntad de concilio, ofrezco una resistencia mínima y me declaro insolvente en la resolución de la belleza. No tengo en esos momentos nada relevante que decir ni admito que nadie me revele nada relevante tampoco. Sencillamente hago como el Bartleby de Melville y prefiero no involucrarme. No ahondo, no expongo toda la capacidad de la que puedo disponer, no me entrego como podría. Con la historia de Charles Foster Kane hice justo lo contrario a lo que ahora escribo. Me la tomo absolutamente en serio. Concedí a la película de Orson Welles un rango metafísico, antológico, proverbial, sensible a la posiblidad de ser continuamente alimentado con nuevas interpretaciones. Creí en Rosebud como otros creen en la palabra de Escriva de Balaguer o en los gestos de Justin Bieber.

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Mal aire




Buenos días, hoy es primavera y me he levantado holgazán y aristocrático. Lejos de que me intimide el hecho de que la semana discurra con esa lentitud de la que se vale para agacharme el ánimo, poco afectado (creo) por haber visto a Aznar en televisión, procurando conciliar mi confianza en el género humano con los titulares de los informativos, me visto con meticulosidad (casi nunca me fijo en las minucias textiles que a otros les fascinan) y fuerzo mi humor con la peregrina idea de que afuera el mundo alfombra sus calles para que yo deposite mi paso. Acabo de avergonzarme muchísimo por este arrebato de egoísmo puro, pero me convenzo de que es una canita al aire, que mañana me levantaré con la resaca habitual, la que da la rutina y el tráfago gris de los días iguales, y visitaré las calles con la conciencia de siempre, con la mirada de antes y con los gestos de antaño. Así que bien vale salir hoy ufano y jovial, afeitado como un galán,  atravesado de parte a parte por el júbilo como si el espíritu de todos las hadas buenas del bosque de la fantasía y del buen rollito moral me hubiesen elegido para probar sus poderes. Lentamente la realidad me disuade. Esta anomalía psicosomática que ha entrado en tromba en mi alma me pide que detenga el entusiasmo. Me lo dice en susurros, pero no hace falta que se esfuerce. Emilio, gilipollas, frena. La calle se esmera en presentarme el caos, el vértigo, la fiebre, el dolor razonable de los cláxons, sencillas mierdas de perro escoltando mi descenso a los infiernos de lo urbano. Las calles son el espejo del alma. Aquello de las alianza de las civilizaciones de ZP debería comenzar a pie de calle, en las aceras, en las tiendas de ultramarinos, en la cola del pan, en la bulla de los mercadillos. Haber nombrado a ZP y a Aznar en un mismo párrafo me preocupa. En pocos renglones, a poco que me esfuerce, viene Rajoy o viene Gallardón, que está ahí, a salvo de la quema, contentando al ala dura del electorado, esperando dar el zarpazo en la mesa camilla, dando sus pasitos monclovitas. Pero ya digo que me he levantado aristocrático, holgazán, señorito de mí mismo y de mis circunstancias, aquejado de alergias primaverales y consciente de que todo este arrebato es prosa de entresemana, adorno semántico, la sencilla ofrenda de mi alma al orden cósmico.

Mi amigo K. me confiesa que cuando él tiene un día así suele perderse en los libros, en ese confort infinito que dan las historias que te cuentan otros. Yo nunca supe contar bien las historias porque caigo en el vicio de pervertir absurdamente el sentido que las alumbra, pero tengo la habilidad de disfrutar y apreciar las ajenas. Las escasas ocasiones en las que he provocado hilar alguna he sentido el peso soportable del fracaso de inmediato. Por eso es bueno de vez en cuando levantarse uno holgazán y aristocrático, elegir con mimo la ropa con la que vas a visitar las calles, pensar que no existe en el mundo obstáculo que te impida sentarte en una terraza de un bar, pedir un café y leer con arrobo de niño el periódico de la mañana, pasear después el pueblo, observar de lejos el caos, el vértigo, la fiebre, sin que ninguna de esas manifestaciones de la tristeza apesadumbren tu dicha pequeñita de hombre que acaba de conquistar su propia identidad, aunque únicamente vaya a durar una mañana o un día, a lo sumo. 
Mi amigo K. tiene que procurarme esas certidumbres suyas que tanto aprecio, esa manera firme de avanzar los días y reconocer la alegría allá donde se aúpe y nos mire. Me quedo con mi holgazanería momentánea, el instante deslumbrante de no sentirse abrumado por la Historia, por la sangría infame de los titulares de prensa, por las bombas devastando Siria, por los pobres del mundo, por los precios de los limones, por la cara de algunos políticos y por la impericia de otros, por lo que el futuro nos guarda. K. calla mientras cierro el texto. Ojalá venga Antonio Machado y traiga la Tercera República, le oigo mascullar y alejarse, pasillo abajo, con toda la tristeza como un ejército de algas incrustadas en las suelas de sus zapatillas de paño. El polen hace desvariar, confunde el tino y aturde adentro sin pudor ni recato. Anoche, enmascarillado, pertrecho en el sillón de orejas, abastecido de moléculas sanadoras, pensé en la posibilidad de que nada pueda ser enmendado enteramente. Que este dolor que nos ocupa no acabe yéndose. Porque está uno ya un poco cansado de pólenes y de economía. Porque a veces ni las historias que leemos (ahora el libro Leche, Marina Perezagua, Libros del Lince, 2013) remedian el destrozo. Salgo a la calle.
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El gris, el rojo, el negro

 
 
"Es más fácil creer que saber"
(Josep Pla)
 
 
 A mi amigo Machuca, que está por ahí, alambicando letras.
 
A Pla le acompañó el whisky hasta que se murió. En las noches en que uno escribe, en ocasiones, querría aturdirse al modo en que lo hacen quienes beben en la idea de que, ebrios, van a alcanzar una creatividad mayor. No es cierto. Probé alguna noche, en los tiempos en que esas cosas podían hacerse, y concluí con un certeza todavía hoy inamovible en mis convicciones: escribimos por razones que ignoramos, leemos por las mismas, vivimos sin saber los porqués. El escritor indaga solo para ofrecer su mercancía de preguntas. El lector, involucrado en el test, razona las respuestas, pero llega un momento en que únicamente las contesta si formula preguntas nuevas. El mundo funciona así de críptico. No hay forma de que me ponga de acuerdo conmigo mismo y se pretende que esté conciliado con los demás. Hay días grises que se animan con más días grises. En el hábito, el gris deja de ser algo incómodo. Hay días festivos que se vienen abajo si se aficiona uno en demasía a repetirlos. ¿Recuerdan eso de que a la tragedia se le adiciona el tiempo y sale una viñeta cómica? Escribir tiene algo de humorada. Por eso Pla bebió hasta que no pudo beber más, ya me entienden. Y no deja nunca de escribir mientras tanto. No sé cuál es mi whisky, pero empiezo a pensar que los colores (el gris, el rojo, el negro) se me van disciplinando en la cabeza. Una vez que has domesticado los colores, el mundo es una fiesta constante, pero basta un pequeño descuido, del tamaño de una frase mal ensamblada o de un adjetivo torpemente arrojado a los perros, para que se desmorone el búnker recién armado. Ahí es en donde el escritor que disfruta con lo que hace encuentra los más grandes placeres: cuando funda otra vez el mundo, en el momento en que solitariamente advierte que es un dios caprichoso y rudimentario, un demiurgo un poco cabrón si se esmera, un voyeur total al que no hay forma de corregir, un verdadero hijo de la gran puta con los ojos malos, pero feliz en su condición humana. Si no estuviera tomando corticoides a tutiplén y acabara de quitarme mi pequeña máscara para ventilarme los tres mililitros de fármacos nocturnos, me tomaba una medida discreta de Jack Daniel's. Por ti, Pla, porque es más fácil creer que saber, por tu sabiduría de pueblo, por tu infinito amor a las ideas. Por ti, Machuca, por el oficio amargo al que no sabemos dar brida.

21.5.13

Una pastoral

España necesita una pastoral. Anda el rebaño descarriado, tomando la calle, plantando cara a quienes los gobiernan, enseñando los dientes en las paradas del metro, pero el pastor sabe cómo amarrar la camada, hacerla entrar en razón y hacer de España la nación con la que soñaron, otrora, en la hontananza de la Historia, nuestros próceres. Por eso están los obispos que no caben en sus sotanas por la mano que les ha echado el ministro Wert, al que están dispuestos a conceder la Alta Mitra del Año, sin dotación económica, pero de una distinción que apabulla a quienes creen en las dádivas de la fe. Arguyen los prelados, en su diatriba, que la tragedia que se palpa y la más honda que se cierne precisan de un esfuerzo evangelizador. En el Evangelio, ese libro en donde se cuenta cómo se expía el pecado, muy básicamente contado, está la tabla a la que encaramarse para que el mar no nos trague del todo. Un poco tragado sí que andamos, no crean. Lo de la ley nueva (la LOMCE) es un espectáculo de distracción más o, si se prefiere, una vía nueva de salida, pero tampoco sabemos si al final habrá un puerto y seguiremos a capricho de las mareas, que son os gobiernos que van pasando, sin otro consuelo que la mínima satisfacción de no haber sido fundidos por el sol, el hambre, los espasmos musculares o el posible tiburón encantado del festín imprevisto. Y vean que he tirado al mar, en lugar de proceder con la viña devastada y los jabalíes y la fábula moral de Ratzinger, ya retirado, cuidado por las damas de la caridad, orando para que el tiburón se aleje. Tendremos, como hace treinta o más años escribía Chumy Chúmez en una de sus memorables tiras, un mundo de analfabetos laicos o de analfabetos cristianos. Al tiburón, en su hambruna, le importa poco la naturaleza moral de la vianda. Hay ocasiones en que el mar revuelto no hace pescadores ricos. A mí, en lo que aprecio, en lo que extraigo de lo que sé y de lo que yo me voy contando, me parece que en estos tiempos de zozobra (honda, severa) no viene a cuento reclamar la bondad de la fe de unos pocos (o de unos muchos) sobre el beneficio de todos. Y no hay (no lo hay en absoluto) una relación creíble entre prosperidad y evangelio como no la hay entre pobreza y laicismo. Al final, de cualquiera de las maneras, no se ve puerto. Estamos a la deriva. Nos zarandean a antojo. A lo que nos conduce todo esto es a que nos siga preocupando más la vida futura, la del cielo de quienes creen, que la triste presente en la que navegamos (creamos o no) todos.




19.5.13

José James, el jazz hoy




José James es un artista polifacético y en un mundo más amigo que nunca de las etiquetas, que facilitan el tránsito por los géneros y acomodan al oyente al producto sin que se le exija mucha desgaste sináptico, la falta de etiquetas o su sobreabundancia dan a las cosas una patina de asombro muy querencible. Soul destapado con mucha lentitud, sin estridencias: jazz, aireado con exquisito respeto y, deliciosamente ensamblados, rhythm and blues, pop y la electrónica de la que procede James coloreando las piezas, haciendo que sea algo nuevo de verdad, con ese desconcierto que provocan las cosas que no se entienden bien. No hay que entender la emoción ni ponerle un traje. No se la pasea. Se la tiene adentro. Se la llama cuando el corazón hace un gesto de auxilio. Que Verve y Blue Note hayan reclutado a este tipo de Minnessota, con aspecto de rapero o de bajista de una banda de funk, hace que uno lo mire con la devoción con la que nos dispensa otras salidas discográficas. Palabras mayores eso de Verve y de Blue Note. Quien no sepa nada de él, prenda el spoty. Da igual el disco. Los primeros son más jazzísticos, de una pureza todavía no violentada. Respeta el canon, pone en danza los instrumentos pertinentes y factura una obra correcta, impecable en tramos, pero a mí la que me tiene abducido esta mañana de domingo es la parte en la que James se abre en canal y deja que lo invadan todos los cuerpos externos. Está preñado de miles de horas de escucha de músicas maravillosas. La fusión, que se dice. No al modo en que la bordó Chick Corea o la Weather Report (con el rock, con el jazz) sino un tipo de mescolanza muy educada, sin timbres que distraigan el verdadero modus operandi que no es otro que el de hacer un buen puñado de canciones. Su último disco se llama No beginning No end y no tiene desperdicio. No para mí, al menos. No hoy, en todo caso. Luego está cómo canta. Piensen en Marvin Gaye. No busquen más. Una dulzura parecida. Un modo muy peculiar de hacer fluir el amor y de no manifestar rotura alguna en esa rendición maravillosa.



Letras como bálsamos



El cielo tiene un efecto balsámico. No me refiero a la restitución limpia de un bienestar teológico. Este el cielo de las metáforas y a él elevamos a veces el relato que uno se va haciendo de la vida. Creo yo que el rezo tiene, en sus adentros, una mecánica narrativa parecida. A diferencia de quien cree estar siendo escuchado, mis plegarias al cielo son enteramente endogámicas. Acudo al escenario y escojo un objeto que me fascine por una u otra causa. Luego afino la sensibilidad, si es que alguna queda por ahí adentro, me relajo en lo que puedo y pienso en cosas maravillosas que me confortan completamente. Se trata en el fondo de que uno posea un instrumento útil con el que procurarse confort. Si sostiene que ahí en lo alto hay quien escucha o si descree de oyentes invisibles y se conforma con la posibilidad de que bastante es que sea uno mismo quien escuche. Nos tiramos toda la vida sin hablar con nosotros mismos. Escribir, en el fondo, es aclarar esa turbia indisposición lingüística. Leer, en cierto sentido, es entablar un diálogo con el yo que hubiésemos querido ser y que otros, más lúcidos o menos tímidos, hicieron por nosotros. La literatura, extendiendo este hilo de las cosas, es una especie de religión. Una que no estabula sus mandamientos o una que no exige ningún sacrificio a quien la ejerce. Se busca el bálsamo en donde se puede. En la literatura. En los evangelios. En el jazz del delta. En el trabajo. La noria, ayer cuando ya caía sobre Córdoba la noche, en el recinto en donde levantan la Feria de Mayo, me produjo una cierta sensación de zozobra. O tal vez únicamente acentuó la que ya traía por los días que llevo a medio pulmón o a un tercio por obra y poca gracia de los pólenes y del hartazgo de pastillas que los combaten. Pensé en la noria como un transporte mitológico, en cómo nos vamos sentando y dando vueltas. Miles de días. Miles de vueltas. Y llega un momento en que la noria se detiene en la cúspide. Mamá, estoy en la cima del mundo, gritaba Cody Jarret en una de mis películas favoritas (Al rojo vivo, Raoul Walsh, 1949). Da igual qué nos saque de este mundo y nos lleve a otro, vivo o mudo, da lo mismo. Pero tiene que haber un punto de extracción, una especie de puerta que solo puede franquear uno. Como en el cuento de Kafka. Mi mujer, que es la que conduce en casa, se alejó de la noria y las ideas, conforme el coche avanzaba, se fueron perdiendo. Mejor así. Isabel me dirá que ando trágico estos días. Serán los pólenes o la ley LOMCE o haber leído a Pessoa hace poco o el cansancio (lo tengo) del trabajo. Menos mal que el cielo tiene un efecto balsámico.

17.5.13

Dejarse ir





La muerte de un hombre también es el fracaso de su ángel
Rafael Pérez Estrada


Este irse uno muriendo, lentamente, como a ratos, sin evidencia tangible de que sea cierto, hace que en realidad no pensemos que morimos. Nos contradice la muerte de los otros. En carne propia, la muerte es la ficción de la que se valen los artistas de todos los gremios. Jamás vi yo asunto que despierte mayor adherencias o desapegos sentimentales. La muerte es el negocio perfecto. La han manejado con proverbial habilidad los chamanes de la tribu y los sacerdotes de los parroquias, que vienen a ser, en esencia, obreros de la misma nublada causa. Bajo la dulce bóveda de las metáforas, hemos ido construyendo el mundo. A la muerte, a la inflexible, la hemos pensado, en ocasiones, con mayor aplomo que a la propia vida. Descuidada, convertida en una empresa de un orden menor, a pesar de no tener otra más confiable, la vida pasa y la muerte acude, claro. El luego es el que no conocemos. A lo que hemos venido aquí es a hacer ese paseo lo más grato y cómodo posible. ¿Es así? De ninguna manera. Lo enfangamos, lo enturbiamos, lo rebajamos a lágrima o a reproche (como dejó escrito Borges) y rezamos en la secreta esperanza de que alguien escuche lo que barrunta nuestro miedo. El desconsuelo es el que escribe las páginas, no nosotros. La sensación de que el viaje, por hermoso que sea, es incompleto. La posibilidad de que exista un arcano que, al pronunciarse, nos franquee las puertas de la inmortalidad. Una inmortalidad a salvo del tiempo y de sus mercenarios perfectos. La muerte de un hombre es también la de su ángel, por supuesto. Como si alguien afuera, qué hermoso, en el fondo, nos tutelara, cautamente vigilara nuestros actos, contemplara la obra de teatro de la que somos actores principales. No importa que no se inmiscuya. Da lo mismo que no se haga parte del elenco. Solo saber que está ahí, arriba, al lado, adentro a lo mejor, pendiente de los pasos que damos, al tanto de los errores que cometemos, feliz con la hipótesis de que nos vamos muriendo estupendamente, sin quejarnos mucho, como dejándonos ir. Eso: como dejándonos ir. Mi amigo K. al que últimamente traigo poco o nada por aquí, siendo su casa, me dice que no me ponga trágico. Que es viernes. Siempre frivolizándolo todo. Qué listo es. Qué hábil y qué ocurrente siempre. A K. le debo estas charlas conmigo mismo. De él proviene este mirarme y contarme las cosas. No sabré jamás cómo agradecérselo. El lunes lo pienso.

16.5.13

Los fuegos bastardos




Hay, al parecer, un autor confeso del robo del Códice Calixtino. La Catedral de Santiago ejerce una acusación particular en el proceso, esgrimiendo los argumentos de robo continuado con fuerza más otros seis delitos contra la intimidad y otro más de blanqueo. La pena que reclama la Iglesia es de 31 años al sustractor, José Manuel Fernández Castiñeiras. Les duele que haya habido un abuso de confianza. Que el tal Fernández se haya hecho del libro valiéndose precisamente de esa confianza, vulnerada al final, usada como herramienta en el mismo robo. No sé yo el criterio a la hora de medir los delitos dentro del gremio eclesiástico y tampoco, aunque me queda más a mano, el que se maneja en los tribunales. Uno oye tantas cosas y saca tantas conclusiones que, a veces, no se esfuerza ni siquiera en comprender y solo recopila datos, narraciones breves de cómo va el mundo. Y asuntos como éste demuestran que va más que mal. Mis cortas entendederas no razonan que la ausencia de un libro, por más relevante que sea, remueva las tripas de la Iglesia con mayor ardor que toda la infame caterva de sacerdotes pederastas que alfombran los teletipos. Pero insisto en que uno no alcanza a vislumbrar, ni tan solo fugazmente, los alcances de este delito y cree que un libro sigue siendo un libro, pero que un niño violentado (humillado, incapacitado para ejercer con equilibrio la vida adulta) importa más que la Biblioteca de más fuste. Como nos movemos en el territorio de los símbolos (un libro, un niño) salimos perdiendo. Todo queda en el peso que tienen las metáforas, en la medida del poder, que es un negocio bastardo. Solo hay que dejar a un lado este embrollo compostelano y mirar a otras instancias de la Justicia, y de cómo se ejerce y de a quién afecta en su aplicación estricta. Va a ser al final cierto eso de que en modo alguno somos todos iguales. A diario nos abren los ojos con objeto de hacernos comprender que no somos iguales en absoluto. Nos hacen creer que sustraer un libro, en el fallo del tribunal, importa menos que limpiar los fondos de un banco y dejar a miles de familia en la puñetera calle. O que el hecho de ser famoso o de pertenecer a familias distinguidas (ninguna duda en esto que digo) obra a favor de la rebaja de la pena o, en el más bondadoso de los casos, en su conmutación. Y nada de esto quiere ofrecer la idea de que el tal Fernández, el autor confeso del expolio bibliográfico, no merezca un castigo, incluso uno ejemplar. Lo que no me cuadra es que la ejemplaridad sea caprichosa y no se expanda y afecte a otros asuntos que la merecen de igual manera. Que los altos cargos de la Iglesia se enciendan como lo han hecho y no contemplen, ay, la posibilidad de un perdón, término que, a poco que lo piensa uno, no deja de ser intrínsecamente cristiano. 

Está España en llamas, como cantaban en sus buenos tiempos Auserón y sus amigos, pero le arriman combustible para que el espectáculo flamígero, tan vistoso, de tan probado poder hipnótico, distraiga y la amable concurrencia (el vulgo, la grey, la desalentada ciudadanía) no se levante en armas, no tome la calle más de lo que lo está haciendo, no incurra en la secreta voluntad de poner esto en orden. De momento no se advierten movimientos esperanzadores. La desafección es ya enfermiza. Estamos, a lo visto, confortablemente insensibles. Eso lo cantaba Pink Floyd. Al desencanto, cuando nos oprime más de lo que esperábamos, le ponemos letra y música y lo hacemos canción. Es la forma en que nos libramos del peso en el pecho: ese es el modo en que exorcizamos al bicho cabrón, el que nos devasta ahí adentro, impidiendo que la respiración fluya con normalidad, haciendo inviable que el corazón lata con armonía. Somos un país de corazones destrozados. Como si con el país en el que vivimos tuviéramos una aventura sentimental y de pronto (o no tan de pronto) los paseos de la mano y la cosa venerea se hubiese trocado en un riña de gatos en la que cada uno a su manera, encogiendo el hocico y sacando uñas, pugnase por hacer valer su terreno. El mío, entre códices, burlas a la opinión públicas, tibiezas de la Justicia y efectos perversos del sistema de recortes, está atrincherado, a la espera de aires nuevos, que no sé dónde están, por otra parte. No sé si estoy bien informado o todo lo que me encuentro es pura distracción. Si me estoy convirtiendo, a fuerza de contemplar escándalos y tragar palabras de corruptos, en uno de esos insensibles que ahora gustan tanto en el cine. Ah eso es, los zombis. Zombi puro, zombi todavía con un puntito de interés por ver luz y que la luz, como en la poesía de Cernuda, lo abrase todo y a todos ilumine. Que venga la luz. Que abrase todo. Que nos ilumine. A oscuras estamos. A tientas nos movemos. Solo nos queda la triste cuenta de twitter para airear nuestras dolencias. 140 carácteres por jodienda. Pero ya digo, las llamas, observadas en detalle, bien cerca, a salvo de que quemen, lo que hacen es atontar, emvuelven a quien se deja arrastrar por su hechizo en una nube límbica, en una perfecta cápsula de salvación espiritual. Hipnotizado, se vive mejor. Da igual. Es mentira. No se tiene siempre el día bueno. La tos, la infame también, me está reventando el pecho. De eso, de anchuras pectorales, ando bien servido. Quizá por eso, en mi inocencia, me sale el corazón grande y un poco tonto. Nada de lo que preocuparse. Nadie me está mirando. Yo soy el que, perplejo, mira. Esto que barrunto será uno de los fuegos de artificio de las alergias (las reales, tangibles) que padezco.

La iguana cruda

Hace años que no sigo a Iggy Pop. Quizá la primera palabra que se me viene a la cabeza es  hartura. Está uno ya avisado de lo que hace y de lo pirado que está. Hay pirados fantásticos en la Historia del Rock, pero la voladura mental de este señor americano causa ya poco asombro. Esta ahí para abrir franquicias mentales en las nuevas generaciones. Las que el otro día lo vieran en El hormiguero 3.0, en Antena 3, estarán pensando en la cantidad de cosas que ven y que escuchan extraídas directamente del cerebro alterado de esta iguana estrambótica, que jamás quiso ser una estrella del rock y a la que nadie, incluyendo al maestro Bowie, consiguió domesticar. Iggy Pop, incluso la otra noche, en la televisión, iba a lo suyo, flipando por dentro, adquiriendo experiencias que luego incrustar en su cuerpo enfermo, viejo y enfermo, a salvo de las modas. No sabemos si el cerebro está más presentable. El pronóstico, por fuerza, no debe ser alentador. El hombre quería ser un perro es ahora una caricatura de sí mismo, un zombi con momentos puntuales de lucidez y una criatura (todavía) extremadamente encariñada con el negocio, con la parte crematística del show business. Quedan piezas monumentales del punk rock o del rock sucio o como se quiera llamar. No creo que ni él mismo sepa en qué lugar catalogarse. I wanna be your dog (salvaje, capital), Home (que produjo un pequeño impacto en hit parades). Lust for life (que escucho ahora precisamente). La clásica Louie Louie. O (ya por último) la fabulosa The passenger, tan versionada. El resto es sacrificable, excepción hecha de la hipótesis (no sé si finalmente plausible) de que uno quiera buscar de archivo y ver algún concierto o esperar que toque y ponerse a brincar al ritmo de sus excéntricos gruñidos. No estoy yo, a pesar de la edad que me separa de él, de ponerme a seguirle. Seguro que me agota. La edad debería poseer un dispositivo de control interno que abriera o cerrara ciertas actividades. Por bien propio. Por el común. Por la salvación de la industria del ocio.

Creo que no voy a escuchar Ready to die, su vuelta al negocio con sus viejos Stooges. Creo que lo conozco. Hace mucho tiempo que no hay un buen disco de Iggy Pop. Incluso una canción digna. Lo único a lo que se agarra este símbolo del rock (lo es, a pesar de todo) es a su escuchimizado aspecto, al indiscutible legado (como tantos) y a la supervivencia absoluta como exclusivo criterio artístico. Ha envejecido mal el hombre. Y no se cohíbe en mostrarlo. El otro día, en el programa de Pablo Motos, pasó un poco inadvertido. Le hicieron todo tipo de reverencias, le entronizaron como el ídolo que sigue siendo, pero no se involucró en demasía. Ni siquiera cuando Mario Vaquerizo entró en el plató y se le puso de rodillas, lo besó sin mesura y le contó, como Trueba a Wilder, que él era Dios y que tenía postrado a su más ardiente feligrés. 



A España le ha traído la promoción de una bebida a la que pone cara de asco. Hay cosas fuertes que todavía no he probado, dice el hombre que lo ha probado todo. Es una buena campaña, al fin y al cabo. Luego se irá. Volverá en diez años. A los 76. Será el mismo zombi reptil de siempre. Tendrá ese humor nihilista, como de pasar por aquí y ver qué pasa, sin enterarse nunca demasiado de nada, sin dejar de estar tampoco. Él estaba allí cuando se despertó el protagonista del cuento de Augusto Monterroso. Seguro.


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 Más:
Iggy Pop en 1991, en el Olympia de Paris, tocando el repertorio habitual (el bueno todavía), alguna pieza de Hendrix (Foxy lady) y exhibiendo miembro viril mientras dice que quiere ser un perro. Un animal. Eso es lo que siempre ha sido.

15.5.13

Ground control to Major Tom...




Aquí todos flotamos, pero en el espacio exterior se flota más. A Chris Hadfield le han colocado el mejor de los escenarios posibles para que interprete una canción sobre la odisea del hombre en las estrellas. O ha sido al revés y todo ha sido un meticuloso plan cuyo cierre ha sido esta representación. Quién dice que la canción de Bowie (Space odditty) no fue originalmente creada a este fin y ha estado larvada, creciendo entre los fans, pero pacientemente a la espera de que un astronauta lo suficientemente sensible (Hadfield) la haya aireado y sea (ay) trending topic o, mejor expresado, space trending topic. 

Los astronautas comparten con los buzos cierta negación de lo real o incluso una inclinación natural a refugiarse en la soledad. De esas dos ideas nace mi fascinación por ambos oficios. La ciencia-ficción nos ha enseñado que es en las estrellas y debajo del mar en donde podría subsistir la civilización, empujada al caos por la demografia salvaje y por la belicosa animadversión que nos tenemos unos a otros.. En todo caso, a cuestas con la experiencia, el suelo firme ya ha cumplido su cometido y se ha quedado lamentablemente corto. Solo falta que los de la ciencia de verdad, los que rubrican el progreso con sus avances, den con la cápsula de contención apropiada para que fundemos un reino bajo el mar del que el capitán Nemo se sintiera orgulloso. Lo dirían así: provenimos del mar y al mar volvemos. Y si es el espacio nuestra casa del futuro lo dirían de un modo similar: provenimos del cielo y al cielo volvemos. Todo depende de que miremos desde el corazón (en donde reside la fe y la creencia en un mundo más allá de éste) o desde la cabeza (en donde la razón maquina sus tautologías y todo es un esfuerzo por desmontar los argumentos del corazón). El caso es que a mí todo esto me suena a vaticinio. No porque nos ensarcemos en una batalla absoluta de la que no salga nadie sino porque el ser humano es un bicho inquieto y precisa de estos estímulos domésticos para no aburrirse en demasía. Supongo que será el aburrimiento el que ha lanzado a Hadfield a montar el número de Bowie. Bendito aburrimiento. Nunca se cantó mejor la odisea espacial del Duque Blanco. Ni en los conciertos de Ziggy ni en los tugurios de Berlín en donde Bowie entretuvo a sus más íntimos, e imagino (mal pensado que soy) con qué refinadas artes. Mi día se ha alegrado. Que les vaya bien el suyo.
 

14.5.13

Bendito Bombay Blues




Hay un vicio pequeñoburgués que me encanta: el de la sobremesa con el café, la bandeja de pasteles o la bebida larga, escuchando agradable música de ambiente, charlando animadamente con los invitados, adquiriendo ese achispamiento inocente desde el que envalentonarse y hablar con la lengua más sucia, con el cerebro más resbaladizo, como queriendo expresar lo que, en otras circunstancias rebajadas de alcohol y de alegre camaradería, nunca expresaríamos. Es ése el momento en el que comprendo cosas que antes me estaban privadas. No asuntos de los demás, en los que no entro salvo que me reclamen, sino míos propios. Suele pasar que todo ese deslumbramiento psicológico, de hallazgo y de placer repentino, se pierde conforme los efectos del bendito bombay decrecen. Como si fuese todo un sueño y el despertar liberase las palabras trabajosamente amasadas. Como si me desprendiera del peso útil y quedara, como suele, el fardo torpe. 

13.5.13

Lecturas submarinas, lecturas celestes



 Dibujo: Slawek Gruca


No he leído nunca bajo el mar, pero no me han faltado ganas. No imagino otro refugio más placentero. Uso placentero en el sentido de placenta y de placer, de lugar en el que aplazarlo todo. Lecturas anfibias, textos submarinos. No he encontrado ninguna imagen en la que un astronauta, izado bien arriba, lea en la oscuridad primordial del espacio exterior. Lecturas siderales, textos celestes. Como ninguna de estas figuraciones de mi extravagancia libresca cae en lo razonable, leo en dondo suelo, que practicamente es cualquier lugar en donde haya un libro a mano y ganas de leer. Anoche, amodorrado, empastillado a causa de una alergia de caballo, leí a bocados, abriéndoseme y cerrándoseme los ojos, ocupado en no dormirme del todo, sintiendo que las letras pesaban y el libro (Los objetos nos llaman, Juan José Millás)  pesaba y el aire, alrededor, me hundía. Alguien me dijo el otro día que si la lectura era buena no se dejaba vencer por el sueño. Qué templaza. Qué gobierno del ocio. El mío es muy de arrebatos. El único problema de leer cuando el sueño te ronda es que se puede caer el ebook. Mi buzo, el de Gruca, no puede leer libros electrónicos bajo agua. Es una situación a la que la tecnología todavía no ha dado salida. El problema, no obstante, en el bendito libro físico,en el tangible, es cómo pasar las páginas con esos guantes. Me voy a trabajar.

10.5.13

Ah la pulpa, la vieja y dulce pulpa reparadora



De lo que se trata es de que el camino sea largo, como pedía hermosamente Kavafis. En el resto, hay una certeza cartesiana. Está la casilla de entrada y la de salida. En la travesía, a beneficio de viajante, un sinfín de posibilidades. Algunas colman, sacian, conducen a quien las siente a la imborrable sensación de que se ha encontrado cierto equilibrio, una especie de armonía entre el cosmos y el alma en la que se encuentran la paz y el amor, todo así en plan new age urgente, pero útil al propósito que nos ocupa. Otras devastan hasta el desmayo sináptico. Quienes las padecen adquieren también una sensación imborrable en la que no quieran encontrar ni equilibrio ni armonía, en donde el cosmos es una dura plancha de acero sobre la cabeza y el alma, un vaciadero, un imán para la desdicha, un arrumbadero con ínfulas metafísicas. Luego están los felices términos medios. En ellos se obra el prodigio diario de vivir. Uno no va a saltos, locamente, al invariable fin de la partida sino que se demora en el laberinto desplegado al efecto. Los que saben del apaño confían a los que no sabemos la teoría de que uno es feliz mientras no piensa si lo es o no. Que cuanto más enmarañamos los sesos con pesadas cogitaciones, más caemos en la tristeza, en la pesadumbre, en el desafecto, en fin, en todas esas cosas terribles que anulan el buen ánimo. Este mismo texto, mientras lo escribo y lo lees, tampoco favorece a que los dos alcancemos esa armonia tan buscada. O sí. Tal vez un poco de filosofía convenga al paseo. Filosofía doméstica, claro. De la que no trasciende más de lo que se le encomienda. Como si ponemos post-its en el frigorífico y los leemos con esmero cada mañana, antes de abrirlo y servirnos un vaso grande de zumo de naranja con pulpa. Ah la pulpa, la vieja y dulce pulpa reparadora.. Qué placer la pulpa en la lengua. Con qué dulce lentitud nos atraviesa la garganta.

9.5.13

“They can work with Satan while they dress like the saints”






Le tengo a Bowie el afecto que no le tengo a otros que me entusiasman lo mismo. De ese afecto nace una benevolencia hacia que lo hace, que casi siempre es bueno. De la benevolencia surge una minusvalía emocional que me impide seriamente ejercer con ferocidad la crítica de su trabajo. No entro en eso por lo de las piedras y el tejado propio, ya saben. Lleva este caballero acompañándome toda la vida y hay canciones suyas para casi todas las cosas importantes que me han sucedido. Por eso no he volcado en esta página de mis vicios una reseña que hice sobre The next day, su estupendo nuevo disco. Me lo impidieron cierto pudor y la idea de que nada que yo pudiera decir iba a aportar absolutamente nada. A lo que no me sustraigo es a no dejar caer por aquí, vía Vevo, el videoclip de la canción que da título al álbum. Las condiciones de uso del Youtube han provocado que sea retirada. Lo de siempre: hay sacerdotes lascivos, mujeres estigmatizadas, monjes aplicándose generosas raciones de alegre flagelo y altos cargos de la Iglesia a pie de barra de lo que parece un nightclub en blasfema comandita y el Mesías Bowie, impecable, emulando a Jesucristo, platicando a los fieles, concediéndoles la gracia de su talento y de su (hasta hoy al menos) absoluto dominio de los medios. Hoy no hay ninguno que no cuente que Bowie ha sacado disco nuevo y que el video que lo promociona es irreverente. De la irreverencia ha vivido este señor durante cinco décadas. A estas alturas, en este tramo de la historia, Bowie es en sí mismo un pequeño dios de lo suyo, un híbrido entre lo celestial y lo pedestre, un maestro de ceremonias perfecto que ha sabido como pocos salir de un siglo y entrar en otro y no perder en modo alguno la tenencia del talento. Lo tiene a destajo, aunque haya tenido épocas oscuras, batacazos mayúsculos y excentricidades. The next day es ambición pura y el primer disco, encima excelente, después de diez años en donde solo hemos tenido un doble en directo (Reality) que no fue tampoco nada del otro, excepción hecha de una versión sobresaliente de una pieza favorita de este cronista (Loving the alien). ¿Que los católicos americanos están enfadados? Pues eso está estupendo. El histrión está de vuelta. Que no tarde otros diez años en sacar un buen disco, en enfadar a los católicos americanos (y a los que en cualquier otro lado se duelan por la imaginería de su obra) o en hacer una gira, aunque haya dejado de ser (como el mejor Peter Gabriel) el mejor showman del mundo.






8.5.13

Las verdaderas amistades


Lo que no quiero es que nadie me salve. Otros están más a mano y además se esmeran en pedirlo; hasta parece que no buscan otra cosa. Tampoco que me rediman. Los mismos o distintos de seguro que levantan la mano y piden redención. Estoy en una felicidad precaria, un poco ignorante, de la que me abastezco a diario y con la que comulgo sin excesivas complicaciones. Me he ido acostumbrando a mí mismo con absoluto rigor y conozco casi al completo la materia con la que trato. A diario me hundo y me elevo y no contemplo la posibilidad de no volverme a hundir nunca más. De eso, de irse uno cayendo y levantándose, está hecha la vida, que es una de las cosas que marece el mayor de mis desvelos. Lo demás, convengan conmigo, es metafísica.


Suelo escribir sobre lo que no leo. En los casos en que cierta lectura me ha inclinado a entregarme a la escritura me han salido textos duplicados, de menor envergadura, que miran a mi modo el asunto que los trajo, trabajos en apariencia propios, pero a poco que se hurga, en cuanto se les echa con calma la mirada, se advierte la huella ajena, el extracto superior, cierta afinidad a ideas de otros. Se puede aportar, como insinúa K., que no hay, en definitiva, nada original ya bajo el cielo, que todo se conduce por vías trilladas y que hasta lo rematadamente inédito, lo que no ofrece duda sobre su originalidad, constata, en sus adentros, briznas del talento de los demás, pequeñas o grandes porciones que tienen apellido y suenan a cosa ya sabida. No hay quien se ponga en esto de acuerdo, pero persiste uno en escribir, alocadamente, a veces, sin pensar otras, como tomado por una fiebre. Escribir es eso, el vértigo después de la fiebre.


A veces lee uno en donde no cree posible hacerlo e incluso lee ensimismado, a salvo de los ruidos que lo circundan y en completa comunión con el libro que lo recluta. Solo es cuestión de mirar el número de la charcutería y el de uno propio y hacer el sencillo cálculo o bien ir escuchando el correr de esos números conforme se van pronunciando. Así, ayer tarde, unos aforismos de Marco Tulio Cicerón. Hablo, pero no puedo afirmar nada; buscaré siempre, dudaré con frecuencia y desconfiaré de mí mismo. En ocasiones estaría bien proceder como Cicerón y no afirmar nada. En la desconfianza, en ese estado de lúcida perplejidad, está también la sabiduría. Hace tanto tiempo y tan modernos. Luego otra con la que no estoy enteramente de acuerdo: La memoria es la inteligencia de los tontos. En eso, en la tontura, debo tener yo ganado un puesto en la silla de los sabios, pero igual la inteligencia me está visitando porque compruebo, a diario, que la memoria me falla, cosa de la edad o de quién sabe qué. Ya no sé cosas que antes tenía por seguras. Igual este olvido mío es el primer paso a un estado de madurez óptimo. Inconveniencias de hablar con uno mismo. Una, no obstante, que no declino: Las verdaderas amistades son eternas.



7.5.13

Big Bang Theory / Las puertas del espíritu II






En tiempos de aflicción, la física no me consolará de mi ignorancia moral. Pero la moral me consolará siempre de no saber física.

Blaise Pascal 


Pascal dejó escrito que es sacerdote quien quiera serlo. Nada hay más sencillo ni de más sencilla satisfacción. Uno habla de Dios y juega en cierto modo a serlo. Se confiere a sí mismo la capacidad de la elocuencia y se arropa con la oratoria del que se sabe a salvo de que le pillen en un desliz. Los deslices, en materia teológica, únicamente sirven para prorrogar la conversación, pero nunca para derribarla. Por otro lado está Jacob Barnett, que es un niño de doce años al que el azar o la conjunción de muchos azares le premió con una inteligencia sobrenatural. El tal Barnett trabaja en esa tierna edad en un laboratorio de Astrofísica. Lo que buscan en los laboratorios de Astrofísica es lo mismo que buscaba Pascal: indagar en lo etéreo, hurgar en las tripas del universo por si en una de esas incursiones olisquean el perfume de Dios o descubrir la naturaleza de su existencia.

En cuanto a mí, analfabeto cuántico, me sigue pareciendo más coherente la invitación de Pascal. Prefiero el verbo del sacerdote antes que los números del físico. En las palabras, en ese juego de contrarios que se enlazan, es en donde está Dios. Es también en las palabras en donde Dios no está. Somos religiosos o dejamos de serlo por la posibilidad de fantasear con lo que no conocemos. Uno fantasea con el Big Bang o con el milagro de los panes y los peces, cree estar lo suficientemente abastecido de razones como para explayarse horas en metafísicas de andar por casa, pero mira siempre con esceptismo al que trata de encontrar fórmulas para explicarlo todo. Recelo del analista de datos, del que echa mano de los logaritmos y resume el vuelo de un vencejo en una ecuación

No siendo yo creyente ni habiendo asomo de que lo sea, albergo la esperanza de que los que creen y los que no lo hacemos nunca entremos a gresca por lo que sentimos, pero veo a diario escarceos, amagos de bronca, lances en los que unos pretenden convencer a otros de que no merece la pena la ignorancia en la que viven. Y si fuera sólo eso, es decir, los escarceos, los amagos de algo ,las pequeñas discusiones de bar alrededor de los santos y de los pecadores, pero los pueblos se aniquilan por la fe que profesan, se exterminan, reducen a escombros los altos edificios de la civilización que han construído durante siglos. Y las guerras de este mundo, las que nos proveen los telediarios, las guerras de los demás, digo, son guerras de gente abonada a una creencia, dispuestos a matar y a morir por ella. No hace falta consignar aquí el inventario infame de trifulcas de las que hablo. Están en primera plana, en todos los informativos de televisión y en todo gobierno con vergüenza que se precie, pero ay, no siempre se frenan, y en ocasiones (las más) dejan que estas guerras concluyan solas (si concluyen, claro), salvo que haya petróleo debajo de los cadáveres. Entonces sí que sacan los misiles y los ejércitos y sitían al enemigo y lo aplastan.

Por eso da miedo que un niñato de doce años (listo el muchacho, qué quieren que les diga, pero mocoso todavía) tenga los arrestos científicos de dar con el secreto, de revelar los arcanos, de decir al mundo que han encontrado al fin a Dios y que el Altísimo, el Dios de los libros y de las homilias, el Dios plenipotenciario y benigno o el Dios Terrible de los Terremotos y del Apocalipsis, no es lo que creíamos o, caso peor, es eso que pensábamos de un modo asombrosamente cierto. Me da miedo la verdad, da miedo la ciencia, por eso me rodeo de metáforas: ése es el motivo por el que busco en los textos sobre religión historias que me ilustren en lo mío y me hagan comprender a Pascal y a Barnett, al Bob Dylan convertido en un soldado de Cristo y al ateode turno, que los hay por todas partes y dejan de pronto de contribuúir a las estadísticas de la Iglesia y se exhiben sin pudor y cuentan su falta de fe como hasta ahora han escuchado en cientos de ocasiones la abundancia de fe en los demás. En eso, nada que recriminarles, por supuesto. Uno dice lo que viene en gana sobre lo que es en realidad. De hecho, alrededor, en tropel, hay quienes se enseñan y enarbolan, no dudo que orgullosamente, la bandera de su causa. De eso, de causas, estamos abastecidos.

6.5.13

Las puertas del espíritu



                                                                                           Fotografía: Joaquín Ferrer


Creo que nunca he entrado a una iglesia con el propósito de que la visita me iluminara al modo en que otros, creyentes, lo hacen. Sé que las veces en que he entrado lo he hecho con absoluto respeto. Estoy iluminado por otras vías y carezco de la sensibilidad o de la voluntad de que la religiosa me alcance. No es una idea dogmática ni pretende tampoco ser hostil. Comprendo a quien cree y me comprendo a mí, descreído y descarriado, huérfano de la luz de la fe, pero conmocionado (a veces) por la belleza estética que los asuntos del alma ha deparado al goce artístico. Uno irrenunciable consiste en contemplar el postramiento de los que, ante la imagen de sus símbolos, se extasían, embebecen y, en última instancia, en casos de verdadera comunión mística, pierden el sentido terreno de las cosas y, a la manera clásica, adquieren estados del alma a los que los incrédulos jamás llegaremos. Yo, al menos yo, les envidio. No entra en mis cálculos abrazar la impostura y provocar lo que, de seguro, no querría, pero a medida que me voy haciendo mayor, conforme uno va viendo y entendiendo, caigo en la cuenta de que la fe (con independencia de los oligarcas que la conducen o malconducen) llena rincones del espíritu que, sin ella, estarían vacíos. Ah, sí, claro, uno puede llenarlos con otros menesteres, y hasta podría nombrar un ciento que lo hacen discreta y eficientemente, pero ninguno del calado del milagro de la fe. No sé si puertas adentro está la luz o está la oscuridad. Sé, con seguridad, que afuera están las dos, así que no hay que extrañarse que en el interior de los templos también estén ambas. De estos días de exaltación o fervor popular, de lo que perdura cuando acaban, me quedo siempre con el público, con los que se tiran a la calle a contemplar a sus santos. De hecho, anoche al pasar la talla de la Vírgen de mi pueblo, sin descuidar el aprecio de su imponente paso, observé con esmero las caras de quienes, a mi alrededor, la contemplaban. En ellos estaba la fascinación de la fe. Bueno, en realidad, no en todos. Había quien comía pipas y escupía las cáscaras a pie de palio, quien charlaba desaforadamente a la misma vera de la cuadrilla de santeros, quien ignoraba absolutamente las más elementales normas de conducta y de respeto. Algo parecido cuenta mi amigo Rafa en su blog. Supongo que no a nadie se le ocurrirá llevarla la contraria: constata fehacientemnete un proceder, una manera de hacer las cosas, y lamentablemente así suceden a veces. Con lo fácil que es no acudir a estas cosas y quedarse en casa o llenar la barra de un bar o pasear las calles aledañas, evitando el tumulto y las estrecheces, pero manda el espectáculo, y el público, incluso en las cosas solemnes, en las tradicionales, siempre lleva razón. Eso será. Y si eso lo digo yo, a fe mía falto de fe alguna, carente del apresto espiritual que me haga contemplar con otros ojos esta exuberancia estética, ¿qué pensarán los que, bien al contrario, sí que creen y se toman estas cosas con la mayor de la seriedad?

5.5.13

La mentira más hermosa del mundo




1
Los datos relevantes son los que trascienden siempre. Oímos la biografía consentida, pero se impide accesar al material íntimo, al vuelo doméstico, al orden natural de los vicios que mueven la sangre. No soy lector de diarios: rehúyo ese contar fidedigno con el que algunos libros intentan venderse. Soy un voyeur emocional, una especie de intruso legal y deseo que el que narra su vida no la estropee ateniéndose a la verdad que la condujo. Prefiero, en ciertos casos, la mentira, un apremio de finigimiento, Soy de los que se turban con la rendición de los excesos y me aturde (me espanta, me aleja) el relato veraz, todo esos capítulos que pueden ser verificados. Por eso no leo muchas biografías. Hay a mano novelas como para morirse en sus páginas. Literalmente. A veces he pensado en eso, en la posibilidad de que la cultura (la literatura, la belleza del arte, en general) ocupen el lugar que no colma lo real, que  la felicidad a la que uno aspira en este mundo proceda únicamente de lo libresco, del épico (en el sentido de heroico, de mítico) universo cinematográfico o novelístico. Una vez suspendida la credulidad, el resto viene solo, en tromba, esplendoroso.  Es más: agradezco que se me suspenda de modo transitorio y se me instale, es un decir, en ese territorio inocente en el que creemos completamente lo que, en otras circunstancias, a ras de realidad, no aceptamos.

2
Fui un disciplinado alumno de Ciencias hasta que razoné la primacía absoluta de la ficción. Es más hermosa la metáfora que la ecuación. Aunque habrá quien sostenga que la realidad se construye metafóricamente y que las metáforas, vistas en detalle, diseccionadas hasta no poder ahondar más, son artefactos lógicos que celan en su interior algoritmos, enigmas vestidos de ciencia, pero extraíbles a un discurso poético, alentados por la magia de las palabras. Si no hay magia, si el asombro no está presente, no hay emoción ni hay aprendizaje. El asombro es el motor que mueve el mundo. Dante se lo contaría a Beatriz y le explicaría la semiótica del amor puro en estos tiempos del facebook. El asombro es el algoritmo que agita las tripas de la máquina, pero la ciencia es la que hace que yo ahora escriba o que mi alergía sea frenada (no ahuyentada todavía) por los fármacas que me trago cada mañana.

3
Hace unos años refería Fernando Savater, en unas jornadas educativas organizadas en un instituto de mi localidad, que la ciencia, incluso la más árida y de más gris envoltorio, debía contar una historia. Que en la propia tabla periódica de los elementos, en su interior encriptado, debe haber una historia. Varias. Sigo pensando en eso casi  a diario.  No es estrictamente un pensar sino más bien un sentir, un hecho emocional que no se maneja por los mecanismos de la razón. Existo por variadas y muy convincentes razones, pero disfruto de esa existencia por la posibilidad de escuchar historias y de contarlas. Vuelvo al argumento inclasificable: al boscoso engendro de mis vicios. No tengo tiempo para asimilar todas las historias que quiero escuchar. Me falta tiempo para hacerlas mías. Es más: es posible que sepa encontrarlo, tal vez dé con la fórmula para estrujar los días, pero carezco por completo de la voluntad precisa para elegir con acierto y no perder el tiempo en toda esa medianía que en ocasiones nos circunda. ¿Todo el tiempo viendo películas de Ford o de Wilder o de Rossellini? ¿Leyendo a Cortázar o a Poe o a Musil? ¿Escuchando a Bach o a Petrucciani o a King Crimson? Supongo que no. Espero que no. De esta apología encendida de la ficción y también de la belleza que encierra no se pueden extraer conclusiones excluyentes. No vale, en el fondo, nada ese manto de belleza que nos colocamos si no los acompañamos con otras vestiduras, las reales, las que no tienen nada que ver con las otras. Incluso, como dice K., podemos asilvestrarnos con un capitulito de CSI o moviendo el pie con una pieza de Madonna. Es de hecho mucho más sencillo. Requiere una involucración menor. Estamos destinados a involucrarnos cada vez menos en la realidad. La poseemos, pero no la soportamos. Cansa pensar. El que piensa, como decían Les Luthiers, en un número formidable, pierde. Las propias redes sociales, en la realidad alternativa que proponen, ningunean o anulan la de verdad, la que nos circunda. Cultura para todos en su horario habitual de las dos de la madrugada..

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A uno le incumben escasamente cuatro o cinco frívolos vicios. Luego la vida consiente una biografía almibarada, triste tirando a muy triste en ocasiones. Adentro el tiempo incendia todas las mentiras. No buscamos la verdad: buscamos el significado. La memoria arde también. Arde imposiblemente. Se quema la infancia, el acné de los quince años, las primeros vuelos del alma novicia. Muere uno siempre en los títulos de crédito. Se advierte lo inapropiado del cásting, la falsa impresión de que algún tramo del metraje produjo asombro o júbilo en el espectador accidental que ocupa el patio de butacas. En el propio intérprete de su causa. Las horas, trémulas, fluyen. La euforia nos hace creer que hemos hecho algo verdaderamente digno de cántico. Mientras tanto las palabras informan de quiénes somos. La piel, el mirar, los gestos informan. Somos las palabras que decimos. Las que escribimos. Una respiración agitada, mineral y cruda, nos abre inextricablemente los pulmones, hace sitio al aire rotundo con el que el vivir nos tiene entretenidos. No hay más. Ni libros siquiera. Venimos solos y nos vamos igual. Estamos de prestado. Conducimos un vehículo que no conocemos y que no nos pertenece.