28.2.13

La nieve de las palabras

En principio creo que hablo más que escribo, pero hay ocasiones en las que pienso en que debería escribir más de lo que hablo. En otras, a lo visto, más valdría no excederme ni en escribir ni en hablar y esmerarme en leer o en escuchar. Pasa que cuanto más leo, por lo general, más ganas me dan de escribir y que, en la misma trama de afinidades, cuanto más escucho, más me animo a hablar. Puedo controlar tres de esas formas de entablar un diálogo con el mundo. Con la que no hay manera de rebelarme es la de escuchar. No sé cómo librarme de esa influencia. No vale el recluírme. Dentro de casa hay vías por las que se adquiere una noción bastante exacta (a veces atropellada y brutal) de lo que pasa afuera. No tengo ninguna convicción firme sobre lo que hacer. Si adiestrarme a tiempo completo en el oficio relatado (leer, escribir, hablar, escuchar) o declararme incompetente durante unos días y ver después en qué he ganado o qué he perdido durante la convalecencia mediática. A lo que me cuesta renunciar es a pensar. Juro que lo he intentado con ahínco. He probado a dejarme llevar. A no ahondar en las cosas. A verlas venir y a no interponer contra ellas ninguna declaración amistosa u hostil. Dejarse ir tiene su pequeña cuenta de daños. Todo a lo que uno renuncia regresa más tarde más fieramente. He comprobado que el azar no es azaroso completamente. Que te guarda las cosas. Las buenas y las malas. Quizá más de unas que de otras. No sé este quebranto mío de jueves nevado en mi pueblo a qué conduce. Puede que no sea su cometido el llevarme a ningún sitio. Se está bien aquí, a pie de teclado, mientras afuera el día está norteño y la nieve ameniza la mañana, escuchando a Keith Jarrett en Colonia a un volumen muy discreto, esperando salir después a tomar una cerveza con los amigos. Es posible que en la barra del bar, pensando en todo esto, recule y me escandalice mi promiscuidad verbal. De verdad que no lo hago por molestar. Es que hay veces en que me duele la realidad y no sé cómo atajar el dolor. No tengo otra cosa a mano. La palabra. El vértigo de las palabras. Toda esa fiebre de las palabras. Y ahora me disculparán. Voy a quitarme el forro polar rojo incandescente, el pantalón gordo de estar en casa y las zapatillas de paño y me voy a vestir para la ocasión. Me calaré la gorra. Pasearé Lucena como si no la conociese. Casi nunca pasa eso. Ver las cosas como si fuesen nuevas. No pensarlas. Sentirlas. No someterlas a la inteligencia ni a la experiencia. Simplemente acunarlas dentro como una música.


La fotografía la ha volcado en su muro de Facebook Guadalupe Doblas.

27.2.13

En lo que creo / Limpieza / Redux

Creo en la intimidad de los relojes.
En el prevención del dolor.
En la ebriedad de los abrazos.
En el tacto de la arena.
En el blanco de una hoja antes del poema.
En el efecto curativo del amor.
En las manos de Bill Evans.
En los ojos de Bette Davis.
En los patios de recreo en las escuelas.
En los domingos cuando llueve al borde de una novela de intriga.
En la cruzada contra todos los tercos del mundo.
En los sonetos de Góngora.
En el bourbon amable de las noches.
En la lluvia ofrecida como un regalo.
En las palabras de los niños.
En el verbo promiscuo del sexo.
En la longevidad de la luz.
En la historia del Minotauro contada por Borges.
En los sueños y en lo que traemos luego cuando despertamos.
En los hoteles a pie de playa.
En las road movies.
En los riffs de los setenta.
En el choco de Punta Umbría.
En el olor de los libros.
En la soledad presentida en las calles.
En los músicos de jazz que te hablan al oído.
En George Bailey.
En los diálogos de Tarantino.
En lo frágil.
En las minutos que preceden al sueño.
En la luz del flexo.
En el poder liberador de las metáforas.
En la independencia moral del hombre frente a la religión.
En el trabajo terco que sirve a los demás.
En los versos de Walt Whitman.
En el cine negro.
En los cuentos breves.
En los viernes por la noche.
En las calles de mi infancia.
En los viajes de fin de curso cuando tienes doce años.
En la certeza de que un mundo mejor siempre es posible, aunque sea mentira.
En la luna en la calle Bourbon.
En el agua en un aljibe.
En los amores imposibles que terminan en tragedia.
En la dulce pereza de las siesta.
En el desaliño que precede al orden.
En la imperfección.
En el león de la Metro.
En las nubes arriba en el cielo.
En la oscuridad de una sala de cine.
En el desprecintado de un buen disco recién comprado.
En la bondad de la gente a pesar de que sea escasa y dure poco.
En el silencio cuando se precisa.
En los diálogos de Woody Allen.
En los paseos marítimos.
En las barras de los bares.
En los escaparates reventones de libros.
En las ninfas de los ríos.
En las brújulas del alma.
En John Ford.
En el instinto.
En la firmeza.
En la duda.
En los prodigios del azar.
En el azar mismo.
En la espuma de la cerveza.
En la noche casi por encima de todo.
En el alto y luminoso idioma inglés de Shakespeare.
En Leonard Cohen adaptando a Lorca.
En Russ Meyer.
En el saxo catedralicio de Coleman Hawkins.
En las tribulaciones de Nabokov al inventar a Lolita.
En Gil de Biedma en las Filipinas.
En mi mujer y en mis hijos.
En el coro operístico de la rapsodia bohemia.
En mi ipod cuando va pletórico de blues.
En los muertos de Allan Poe.
En las bestias míticas de Lovecraft.
En la panza barroca de Lezama Lima.
En las calles del barrio de la Villa en Priego de Córdoba.
En la vuelta a casa por el judería en los ochenta.
En las vueltas del aire.
En la nieve limpia que cubre los coches en mi calle.
En la ciencia por encima de los salmos.
En el bendito gozo de abrazar otro cuerpo.
En las calles de Londres, donde nunca he estado.
En las piscinas del verano.
En la melancolía.
En Peter Pan.
En Billy Wilder.
En las ecuaciones de segundo grado.
En el rumor del invierno en la ventana.
En los sultanes del swing.
En el vals para Debbie.
En Billie Holiday.
En el insomnio de la sangre.
En la belleza de las heridas.
En la obediencia de los días.
En lo mágico cotidiano.
En el novicio temblor de sentirse amado.
En los excesos.
En el asombro.
En la modestia.
En los tigres.
En los laberintos y en los espejos.
En el vértigo.
En los abismos.
En la profanación de los altares.
En el diario minucioso del alma.
En lo inasible.
En la disidencia.
En esa leve comezón que anuncia el júbilo.
En la felicidad sencilla de un solo de trompeta.
En el pudor.
En todas las vidas improbables que no tengo.
En Thunder road.
En el río de Heráclito.
En los himnos sin letra.
En las resacas.
En los poetas.
En la ternura.
En las posadas a mitad de la noche.
En los regalos.
En el vuelo de la carne alegre.
En el frío.
En las rosas.
En las lagartijas en los muros.
En los trampolínes.
En las turbaciones.
En los preliminares.
En el oleaje.
En los jadeos.
En las distancias.
En los domingos vibrando en un kiosko.
En las fugas.
En el despilfarro.
En la pureza.
En la impureza.
En las imprecisiones.
En los jinetes, vastos y nocturnos.
En las palabras que arden en los diccionarios.
En los nombres.
En los goles del Madrid anoche.
En la gloria de saberse póstumo.
En los íntimos avatares de la felicidad.
En la manga del tahúr.
En la blonda de la novia.
En las libaciones de la razón.
En las alucinaciones.
En la épica de los perdedores.
En remotos pájaros improvisados.
En las tramas de Hitchcock.
En los fuegos artificiales.
En el néctar libado a conciencia.
En Summertime.
En el confort de los trenes.
En los patios de Córdoba.
En Kafka.
En las biografías de los héroes.
En el Renacimiento.
En la cubierta del Potémkin.
En la anuencia del cuerpo.
En Grecia.
En los palacios abandonados.
En el orden secreto de las cosas.
En el invisible andamiaje de las horas.
En caballos desbocados en un sueño.
En las sílabas del tiempo.
En la cordura.
En el cansancio.
En la mécanica celeste.
En las fuentes en el campo.
En la obscenidad.
En lo frívolo.
En la sangre.
En el cine de espías.
En las novelas de viajes en el tiempo.
En Yesterday.
En las trincheras contra el fanatismo.
En los superhéroes de la Marvel.
En el escenario de un teatro.
En los asedios galantes.
En la pompa y en la circunstancia.
En el pólen.
En las gacelas en un cuadro.
En El Circo del Sol.
En el discreto oficio de irse uno viviendo.
En Humphrey y en Sam.
En los secretos.
En algunos palimpsestos.
En la caligrafía del deseo.
En el ayer.
En los sábados de lluvia en la Avenida de España, en Ubrique.
En el mañana.
En los misterios.
En Stan Getz filtrando bossa nova.
En Jimi Hendrix ensayando Little wing.
En el cinemascope.
En Sunset Boulevard.
En el sur.
En los vicios.
En Oliver Twist.
En los cromos del Atleti.
En el corazón tan blando.
En el alambique formidable de los sueños.
En la pólvora.
En el fuego.
En el festín de los ojos.
En los malabarismos de Burt Lancaster.
En la zozobra.
En las walkirias.
En Coppola sobre el Mékong.
En John Coltrane en el Village Vanguard.
En las volutas barrocas de Bach.
En un tren de algodón que anoche descarriló en mis sueños.
En la noche en las afueras.
En el libro que ahora estoy leyendo.
En el día de mañana.
En esta noche en casa con los míos.
En mi hija traduciendo alemán.
En la farándula.
En la lucidez.
En el azul.
En la inteligencia.
En las alfombras.
En mi niña sioux.
En un Chesterfield de cuando en cuando.
En las imprudencias.
En las algas.
En las hélices.
En Robert Louis Stevenson.
En las hadas.
En lo inasible.
En las fábricas del vértigo.
En los videoclubs.
En la pedagogía.
En los campos de fresas para siempre.
En todos los mcguffins del mundo.
En las sesiones de fotos de Roberta Pedon.
En los círculos de bellas artes.
En los cubitos de hielo tintineando en el fondo del vaso.
En los fondos de todos los vasos.
En San Juan de la Cruz.
En los candores del padre Brown.
En las iglesias vacías.
En las catedrales vacías.
En los campanarios.
En los paseos por la periferia.
En el café de las terrazas.
En los trenes que van al norte.
En la absoluta vigencia de la palabra.
En el wifi de los bares.
En mis Bowers and Wilkins.
En los abrigos del invierno.
En la carne asada.
En la espuma de los días.
En el fragor de las noches.
En los endecasílabos.
En la novela que nunca arranco a escribir.
En el spleen de París.
En el blanco y negro de la Healing.
En los blues del delta.
En mi hijo tocando Forbidden colors.
En los padres que me tutelaron.
En el hogar de una biblioteca.
En mi colección de discos.
En las baldas en donde reposan los libros.
En las fotos en blanco y negro de las ciudades que ya no exixten.
En la honestidad.
En las cábalas.
En todo lo que el azar te procura.


...

26.2.13

El alma está sola y desnuda



El azar no me obsequió con la fe y a estas alturas no reconozco entre mis desvelos intelectuales o sentimentales o morales que esa iluminación del espíritu escolte mi entrada en ningún reino de los cielos. Como a Borges, me fascina la teología como una disciplina más de la literatura fantástica y admito que la parte mundana de la Santa Iglesia Católica me procura alimento narrativo para entretener los días y satisface casi toda mi inquietud en materia metafísica sin que ese interés me prive de comprender qué pierdo y qué gano al no comulgar con su ideario. He sido convenientemente concernido en la bondad de ese magisterio. Se me ha ilustrado con absoluto rigor sobre los ricos oropeles del espíritu. He sido invitado a la casa del Señor y me han ofrecido una silla preferente desde la que asistir al festín de la palabra. Ojalá me hubiese conmovido lo que percibí. No hubo conmoción alguna. He sido despojado de toda posibilidad de fe. Creo en asuntos que no prometen vidas eternas. Creo con firmeza en la autonomía moral de mi descreimiento. De todo este pensar en Dios y en la Iglesia que lo representa en la tierra he sacado algunas conclusiones de índole absolutamente fantástica. La religión es un generoso territorio para la especulación metafísica. Y a mí especular me encanta. Metafísicos, ya lo dijo alguien, lo somos todos sin saberlo. Sin que se nos atropellen las palabras altas y las palabras nobles en la punta nerviosa de la lengua.

Y ahí está la fotografía, en mitad de mi periplo cibernético, ofreciendo una visión íntima de los asuntos del alma, a los que nunca ha de negarse concurso en las reflexiones del día: están los cardenales, cabizbajos, como apesadumbrados, como si un quebranto les lacerase inextricablemente el alma y sólo pudieran encomendarse a la providencia (sea esto lo que tenga que ser) para recuperar el júbilo aparentemente fugado y poder mirar a cámara o al imponente atrezzo vaticano con un rostro más sereno. Están los cardenales en lo que parece un rezo y hasta uno ha roto a sudar a lo visto en la instantánea, pero también está la paloma, que grácilmente surca el aire purísimo. Está la paloma antológica, la paloma bíblica, la paloma simbólica que trae la luz y da sentido al mundo a través de la fe. Y es entonces cuando uno cae en la cuenta de la sobrecogedora red de casualidades que pueblan el siempre asombroso universo. Como si entre la realidad y la ficción se abrieran grietas y por ellas se filtraran las metáforas y los recitativos, el palimpsesto orgiástico de la vida convertido en un símbolo, en paloma catecumenal, en paloma perfecta. O todo es un truco de photoshop. Nunca se sabe con estas cosas. Está uno afortunadamente negado en la deconstrucción de estas exquisitices del espíritu. Me manejo bien, no obstante, en otras de esas exquisitices. Sin palomas. Sin el vuelo arcangélico de la palabra. Sin toda ese atrezzo indecente con el que visten la inclemencia del espíritu. Creo que no va a ser, en estos días por venir, el único post en el que airee mis reflexiones teológicas. Espero que el amable lector comprenda la rica perplejidad de mis vicios. Que me cuento todo esto para sentir más de cerca lo que no comprendo. Que todo es, en el fondo, un deleite profundo.

25.2.13

Epifanía y renuncia

1
Todo sigue felizmente en desorden. El primer impulso es coger unas cajas y meter los libros que ya no leemos y coger más cajas y meter los discos que ya no escuchamos. Una vez que hemos llenado montones de cajas y hemos aliviado el desorden se procede a inventariar meticulosamente el material sobreviviente. Entonces advertimos que la habitación sigue reventando por todas las paredes y ya no tenemos cajas en las que meter más libros ni más discos. El siguiente impulso es cerrar el cuarto con llave y abrir otro cuarto donde comenzar una nueva vida de libros y de discos. Encerrar a Cortázar con Kundera. A Shostakovich con Robert Johnson. A Gloria Fuertes con José Ángel Valente. No volver al Nostromo ni perderse en el jardín de senderos que se bifurcan. Tampoco fugarse en un solo de Chet Baker, convenientemente a recaudo, ni sentir la primavera dinamitándonos el pecho al escuchar la voz lisérgica de Janis Joplin. Cuando la necesidad apremie y uno sienta que debe iniciar el regreso, nada más sencillo que buscar la llave y abrir la pandora de los recuerdos, pero a cierta edad conviene abrir un cuarto nuevo e ir administrándolo (esta vez) con cierto rigor. Salir una mañana y comprar el primer libro. Colocar en un anaquel espacioso, que no esté combado, y mirar el lomo y la pasta, que puede ser dura o blanda. Abrir sus páginas mientras haces tiempo para salir al trabajo y visitar el episodio en el que Quinn o William Wilson busca a Stillman, que ha renunciado a la vida o que parece que ha renunciado a la vida en el fondo. Los años repiten gestos y la memoria se parece sospechosamente a la habitación que estamos engordando. Al final no es posible desmantelar la memoria y empezar de cero y no saber quién es Humbert Humbert ni cómo se dejó atravesar por aquella dulcísima maraña de espinas.

2
Con los años (este es la addenda que me permito) uno cree haber encontrado los paliativos del dolor adecuados, pero nunca son eficientes del todo, siempre exhiben un roto, una costura mal hilvanada, el hecho sencillo de que vivir es un oficio admirable, pero de una dificultad asombrosa. Hoy mismo, preparándome para ir al trabajo, releyendo un poco con prisa, un texto que me acaba de recordar un amigo, he advertido similitudes increíbles entre quien lo escribió (hace unos años) y el que ahora lo relee. Como si fuese nuevo del todo. Hay textos que se salvan. No porque estén bien escritos. De lo que hablo es del conmoción que siguen causando. Lo leo como si acabara de volverlo a escribirlo. Como si dentro de mi cabeza estuviesen ordenadas las palabras que vertí y saliesen en el mismo orden cuando las llamo. Somos gente de costumbres. Más de lo que pensamos. No se deja nada al azar. Todo lo registramos y tutelamos. Se improvisa lo que se conoce. Al correr de los años, al cabo de lo que hieren, uno se abastece de placebos. La cultura entera es un placebo. Los libros. Los discos. Las películas. Todas esas conversaciones con las que distraemos el rigor de lo real y abrazamos (ebrios) la ficción. Me preguntó K. si sería capaz de vivir al margen de las personas, embebecido de libros, enfebrecido de historias que otros han reseñado para que yo las tenga. No es posible, le contesto siempre. La cultura es la periferia. De un modo vigoroso y también secreto, no somos nada sin lo que nos enseñan, pero somos menos todavía sin la necesidad de sigan enseñándonos.

24.2.13

Amor / Morir es una inconveniencia



De Amor, la última película de Michael Haneke, nadie sale indemne. De hecho, cabe la posibilidad de que no haya posibilidad de escapatoria. Que el espectador, después de abandonar la sala de proyección o la cómoda butaca de su salón, prosiga contemplando la película, extrayendo trozos a conveniencia, fijándose en detalles que se le habían pasado por alto o que, en la primera ocasión, no concedió excesiva importancia. El de Amor es un cine incómodo, que practica una violencia doméstica, desparejada de su lastre físico, enmarcada en la rutina de una pareja de ancianos que ven convulsionada su vida cuando uno de ellos empieza a demostrar inaplazables signos de decrepitud. El discurso de Amor no es en sí mismo el amor que evidencia esa pareja, el que ha hecho que amasan una biblioteca gigantesca y vivan un retiro dorado, con un gran piano presidiendo el salón y amables conversaciones sobre la travesía de los años compartidos mientras desayunan en la cocina. Es la muerte, la inasible, la indeclinable, la que impregna toda la trama. 

El búnker de amor de Georges y de Anna se desmorona cuando lo visita la enfermedad. Se le empiezan a abrir las costuras, entra el frío. Lo que el deterioro de Anna produce es la constatación brutal de que lo peor de que la muerte te robe un ser amado es que no tenga un finiquito noble, acorde a la belleza de la vida que está sacrificando. Y Haneke desmonta el idilio amoroso, el mantenido durante decenas de años, filmando las piezas más sencillas de ese derrumbamiento. Georges lee la prensa a Anna en la cama. Georges la incorpora después de que haya usado el inodoro. Probablemente el amor consiste también en la ejecución de una serie de obras menores, irrelevantes a los ojos de la belleza, intrascendentes, que únicamente ocupan un lugar en el mecano silencioso de las horas. Ninguna de las cosas que el marido hace por la esposa le distraen del hecho fundamental: el hecho de que son testamentarias, últimas. Lo que el marido no acepta, contra lo que batalla inútilmente, es la mediocridad de la enfermedad. No admite que Anna, a la que ama, se vaya perdiendo y no sea capaz de valerse por sí misma ni sea capaz, ya al final de la vida encamada que padece, de expresar lo que siente, de articular una palabra inteligible, de rememorar con él los paseos en los parques, la crianza de la hija o la didáctica de la música a la que no renuncian. Jamás he visto, por otra parte, unos actores tan involucrados en un papel. No parecen en absoluto figurantes que recrean un guión. Te los crees como jamás has creído a nadie que te haya engañado en una pantalla de cine. Fomirdables (es poco eso de formidables) Jean-Louis Trintignam y Emmanuelle Riva.

Amor es en realidad un film sobre la honorabilidad de la muerte. Decía que no es posible salir indemne de esta obra. Cuanto esboza o cuanto fija de un modo indeleble concierne incluso al más alejado del espectador a quien se supone que va dirigida. No hay film de Haneke que, visto en esta perspectiva, no consiga conmocionar, apelar a cosas que llevamos dentro y que afloran visible y certeramente. Haneke tiene la virtud de hurgarnos como a veces no creemos que pueda hacerse. Nos violenta, nos enfrenta al extrañamiento del mundo, a su vértigo y a su fiebre, a lo que nos aguarda y a lo que tememos. Haneke es un cronista del extravío de vivir. Por eso ha fijado su mirada en la conclusión de ese extravío, en la muerte no contemplada como un arrebatamiento sino como una impertinencia. Deja claro, a poco que sintamos el dolor de Georges como nuestro, que morir es un acto infame, uno que deshace a brochazos una pintura formidable en la que hemos estado ocupados y a la que hemos dedicado la más feliz y obstinada de las convicciones. No sé si he visto alguna otra película (o leído algún libro) en el que la vejez sea registrada de una manera tan lírica. No hay un discurso abrupto. No está el Haneke áspero, de discurso hostil, que perturba (La cinta blanca, las dos Funny games) sino uno nuevo, delicadísimo, de una contención absoluta en el modo en que cuenta una historia muy, muy incómoda, que nos afecta más de lo que podríamos permitir en la limpia oscuridad de una sala de cine, que traspasa la placenta idílica de la ficción, taladrando las defensas que creamos para evitar el caos y el miedo, accediendo a un lugar al que solo en ocasiones puede llegar la sensibilidad de un extraño cuando nos cuenta al oído una historia de amor.

22.2.13

Los mundos sutiles, los ingrávidos y los gentiles





En el oficio de escribir, en esto a lo que uno se encomienda para entender el mundo, hay peajes inevitables. A veces pienso que no me habría inclinado a escribir poesía si no hubiese leído a Machado. Es a Borges a quien siempre acudo para contar cómo empecé a sentirme escritor, pero no he encontrado en nadie el refugio que me ha proporcionado Don Antonio. Lo que lamento hoy es que no esté de moda al modo en que lo está la autora de Cincuenta Sombras de su Caliente Madre. Se me podrá interponer el argumento del negocio de la literatura. De cómo el mercado editorial subsiste (penosamente incluso) por estas acometidas bastardas. De cómo son esos los libros que se colocan en los grandes almacenes, en la línea de cajas, junto al stand de las pilas o del chocolate en tabletas. Ya saben, todo lo que se va dejando y no se echa en el carro de la compra. La alta literatura (Machado, Borges, Auster, Stendhal, Lovecraft, Chesterton, Dickens, Poe) no vende casi nunca. Es la que, en el fondo, se aprovecha de la atracción que ejerce la hermana frívola, la que se contonea en las estanterías del Carrefour. Tranquiliza que existan estos conminativos comerciales. Hacen que algunas buenas editoriales de ahora (Impedimenta, Asteroide, Nórdica, Belvedere,  Libros del Acantilado Alpha Decay) ofrezcan en su catálogo obras de Jane Austen, de Henry James o de Luis Cernuda, que no venden lo que venden Las sombras, pero se mantienen en las baldas de las librerías más tiempo, dándoles un apresto de hondura, de inteligencia y también de belleza. Libros que irradian cultura en sí mismos. No estamos contando nada nuevo. Se puede extrapolar esta reflexión libresca al papel de las películas de serie B o las más abiertamente comerciales en la supervivencia de las que recaudan menos o álbumes superventas que salvan el mercado discográfico y permiten que todavía haya músicas minoritarias, impecablemente editadas, destinadas a alimentar espíritus muy sensibles. El mundo verdadero es sutil, ingrávido y gentil. Los otros mundos, los hostiles, los bárbaros, solo hacen que gire. No basta conque el mundo gire. Lo dijo Machado. Se tiró toda la vida explorando las partes frágiles. Las que importan.


addenda: debo este post machadiano a mis amigos Rigoletto y Cobo. Ellos han estado hoy en los mundos sutiles, en los ingrávidos y en los gentiles, y me han obligado a releer Campos de Castilla (qué buena tarde he pasado) y a traer a este casa mía a Don Antonio, tan severo en esta fotografía, tan formal y adusto)

21.2.13

El discurso del lobo

 
 
 
“En el mundo de hoy, sujeto a grandes transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio es necesario también el vigor, tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí”


No tener preocupación alguna sobre quién se siente en la Silla de Pedro hace que uno mire todos estos asuntos vaticanos con una lejanía enriquecedora. Incluso cae en la cuenta de que ese distanciamiento es el mismo con el que se encara la ficción. A esa visión hedonista de las cosas, crecida al modo en que crecen los vicios que se alimentan y se cuidan, contribuye el hecho de que los protagonistas de la trama son asombrosos--- sigue en Barra Libre.

18.2.13

Un país a lo bonzo


 
A lo que conduce esta riada de chorizos que entretienen los telediarios es a que los sintamos como algo de la familia. Están de un modo tan cercano y están en tantas ocasiones que no sabríamos almorzar sin una brizna de Nóos o un sobre más de Bárcenas. Se nos está vendiendo, en fascículos coleccionables, la historia universal de la infamia, pero no la de Borges, la culta que privilegia la metáfora y la hondura intelectual, sino la tosca, la bastarda, la infamia sin adorno posible. De anoche, en la ceremonia de los Goya, aparte del entristecido cine patrio, extrae uno la idea de que somos, en el fondo, un pueblo carnavalero, que hace humor negro como pocos. Humor chusco, en ocasiones, pero también fino e hiriente como un estilete en la base sensible del ojo. A Blancanieves, la ganadora de la gala, le ha birlado la fama merecida. Hoy se habla de Candela Peña y el frío y su padre muriéndose en un hospital. O se habla de Bardem, que le pusieron a huevo poner en prime-time un asunto del que apenas sabemos nada o del que no queremos saber nada incluso, el Sahara, ese pueblo al que no le afectan los recortes (Javier dixit) porque no hay nada que recortar.

Politizar el cine no es una mala opción. Costa-Gavras, que anoche citó Maribel Verdú (la boca más grande de España ganando un premio en un papel en que no emitía un solo sonido) habría disfrutado de la cosa de anoche. Se habría sentado a verlas caer. Seguro que tiene para una película nueva. La realidad es obscena y es terca: da a tutiplén tramas para que el ingenio narrativo no precise de dopaje. Somos un pueblo al que se le da bien lo marrullero, que es la evolución analfabeta del pícaro del siglo de Oro. Luego, a corta distancia de los marrulleros, están los indiscutiblemente honrados, los que salen a la calle o los que, cuando les dejan, en donde sea, sueltan por su boca lo que andan callando. Anoche media España estaba viendo la cacerolada lingüística. Hubiese sido cinematográfico cien por cien que un escuadrón de agentes de la ley dispersara a los insurgentes. Seguro que algún despistado, en el fragor del show, no habría caido en la cuenta de la verosimilitud absoluta de la carga. Creería, a fuerza de haber mamado mucho cine americano, que era un número integrado en la gala. En ese estado aséptico estamos. Narcotizados. Paulatinamente reconvertidos en clientes de un mercado. Antes, en los tiempos en los que las cosas iban algo mejor, en fin, todo esto es muy discutible, éramos ciudadanos. Ahora nos dan una visa, nos pegan una patada en el culo y nos invitan con trompetería y alfombra a juego con las luces de colores a que gastemos. Y da igual si no hay para gastar. Nos venden la ilusión de que compramos. Nos dan el humor que sustituye a las hostias.

Luego está lo olvidadizos que somos. Lo pronto que se nos contenta. La bendita suerte de tener un apresto natural para lo hedonista. Será el carácter mediterráneo o la ingesta histórica de castas y de tronos, toda esa locura teológica que nos ha forrado contra los males terrenos. Valdría más, en términos de resolución de problemas, que no confiasemos en la bondad del más allá, en la injerencia del tiempo, que todo lo soluciona o todo lo enfanga. Cuando la bonanza llegue, si llega y nos pilla en pie y con las extremidades firmes y el cerebro sin embotar demasiado, recordaremos estas escaramuzas nobles de gente indignada que, de pronto, por el vértigo del show business, se ven abalconados a un micrófono, colocados en el centro exacto de una gran pantalla, en alta definición, no cabe otra cosa, que está observando medio país. El otro medio está para poca fiesta de la cultura. No saben qué es eso. Les va importando cada vez menos. Conque coman y conque duerman. Que forniquen cuando puedan y salgan a las terrazas y llenen los bares de vasos vacíos. El que mueve los hilos está feliz con este desordenado mobiliario. Hoy ha habido otro inmolado en un banco. A lo bonzo. No hace falta ni saber qué eso de lo bonzo. España está en plan bonzo total. 

15.2.13

Submarine / El diario del primer amor



Todas las veces en que he comenzado un diario, en la edad en que uno confía a un diario el vértigo de vivir y todas esas zumbadas cosas, lo he abandonado con idéntico entusiasmo al que tuve al iniciarlo. No recuerdo si lo impregné de tristeza enteramente o entre las ruinas de mi desencanto (la edad de los diarios propende al gris, se hermana con todas las orfandades del mundo y finalmente se convierte en un alegato contra uno mismo) se apreciaba (izándose, viril) un punto de febril lirismo, de alegre coyunda con las palabras. Submarine es, más que otra cosa, una revelación de uno de esos amasijo de papeles reveladores. Lo escribe a beneficio óptico nuestro un muy peculiar adolescente inglés, sumergido en un mundo que lo aparta, uno que entiende a trozos, del que no acepta ciertas reglas (nada nuevo, por otra parte) y al que se ha propuesto vencer a base de convicciones sentimentales muy fuertes. De esas convicciones trata la primera cinta de Richard Ayoade, cómico, director de videoclips (Yeah Yeah Yeahs, Arctic Monkeys o Vampire Weeekend) o creador de la serie Los informáticos

Submarine es también la epifanía de un héroe. Se comprende que su ingreso en el mundo adulto es una batalla dura como la de cualquiera, solo la que la suya, caligrafiada con maravilloso esmero por Ayoade, seduce por lo frágil y por lo poético. Hay poesía de andar por casa, subrayada por unas imágenes de un lirismo de una sencillez prodigiosa (paisajes fotografiados cálidamente, paseos fondeados en el romanticismo más naïf que pueda uno imaginar) y hay también un comprensible banco de referentes cinéfilos, desde la Nouvelle Vague de Los 400 golpes (son historias de un mismo aliento iniciático) a todo el Free Cinema inglés, que era un cine de lo real, de la clase media, mirando la vida con una mirada radicalmente distinta a la de Hollywood. A Ayoade no le interesa el aire desabrido, la ira. La perfección no es un objetivo. A lo que se afana es al privilegio, un poco voyeurista, de contarnos las pulsiones morales, sentimentales o sexuales de un personaje absolutamente brillante, Oliver Tate, protagonizado con moroso ardor por un hipnótico Craig Roberts, que transmite con absoluto rigor el desvalimiento del adolescente, su fe en sí mismo y cómo esa confianza lo salva del caos, le encuentra una novia (una fantástica Yasmin Paige) y hasta le encomienda la salvación del matrimonio de sus (extraños, cuanto menos) padres.

De la felicidad es de lo que trata Submarine. La de un joven que vive en su cabeza al modo en que muchos lo hacen, en esa edad, en las feroces siguientes, aunque la forma en que Oliver se protege es la que arma enteramente el film: esa moderada voz en off, que no distrae del discurso de las imágenes, informa de lo que no se ve, pero omite redundar lo evidente, toda esa portentosa (insisto en la untuosa calidez de los fotogramas, en el cuidadísimo modo en que se ha fotografiado Gales, la gris Gales) galería de postales, de retratos canjeables por los que cualquier espectador pueda tener. Yo he sido Oliver en algún momento de mi vida. He sentido lo que Oliver ha sentido y he crecido (por dentro se tarda mucho en crecer) como él lo hace en este trozo de su biografía. Delicadadamente, sin el estrago que por debajo parece anunciarse a cada momento, Ayoade mira al final del film al mar y concentra en él toda la fragilidad de sus criaturas. Son adorables. Son tristes. Están abocadas a que la realidad se las trague. Ya saben, el futuro es así de cabrón. Todas las historias de amor que lo cruzan no se pueden comparar jamás a la primera. Podrán adquirir una trascendencia mayor, pero no agitan el pecho como lo hizo la primera. Ninguna que se le parezca. De eso, de filmar el amor (o la felicidad o lo que al amable lector se le ocurra) trata esta extraña (y delicada y deliciosa) cinta. Un placer.

14.2.13

El día de los columpios II





"El enamoramiento es un estado de estupidez transitoria."
Ortega y Gasset

"Cuesta mucho romper cuando ya no se ama."
Lichtenberg

"Amor es despertar a una mujer y que no se indigne."
Gómez de la Serna

"La victoria pertenece a aquél de dos amantes que sostiene mejor su mentira."
René Girald

"Hay matrimonios que se dan la espalda mientras duermen para que el uno no le robe al otro los sueños ideales."
Gómez de la Serna

"Lo único malo del matrimonio es la convivencia."
Rafael Azcona

"Es peligroso dejar que nuestro afecto se centre demasiado en una persona."
Bertrand Rusell

"Amor,amor,catástrofe del mundo."
La Rochefoucauld

"Solo hay un amor verdadero y es el amor no correspondido."
Woody Allen

"Estuvo casado y ha olvidado qué lo condujo al matrimonio, se divorció y ahora no quiere ni acordarse de los motivos por los que se separó."
Gilles Lipovetsky

"De nuevo estaba enamorado.Estaba en problemas..."
Charles Bukowski

 
"Para que nada nos separe que nada nos una."
Pablo Neruda

"Los amores vulgares se vuelven dorados cuando lo has perdido."
Manuel Vicent

Tanta gente no puede estar equivocada, sentencia mi amigo Machuca. Luego me manda como posdata unos abrazos.

El amable lector puede engrosar el inventario. Se admite la visión lírica, la hedonista, la que hace (como quería Dante) que se muevan el sol y las estrellas.

El día de los columpios





Leo en un libro de poesía (Las afueras, Pablo García Casado, DVD Ediciones) una cita de Jardiel Poncela.:"El amor es como los columpios: casi siempre empieza siendo una diversión y casi siempre acaba dando naúseas". Termino el miércoles con Chet Baker. Es el contrapunto perfecto en este preámbulo del gran día. Sí. Mañana (hoy ya) es el día de los enamorados. Todo el día. Festín de mercaderes. Alegría de columpios. Añado yo otra cita a propósito del noble y humano amor: Sí, ya sé: una historia de amor a primera vista. Es algo que suele ocurrir en los lugares muy mal iluminados” (Eduardo Jordá) Chumy Chúmez, tan grande a veces, dejó dicho que muere más gente de enfermedades venéreas que de amor. 

12.2.13

Incluso yo quiero ser Cary Grant...



"Todos me dicen continuamente que qué vida interesante he tenido, pero a veces creo que sólo ha consistido en problemas de estómago e interpretarme a sí mismo".

Cary Grant es Hollywood como lo es Clark Gable o Errol Flynn, Henry Fonda o James Dean. Archibald Alexander Leach era un inglés de Brighton nacido a comienzos de siglo que antes de ser Cary Grant fue acróbata y actor de pantomimas. En 1.920 llegó a Nueva York. Ahí ejerció de proxeneta y probó el teatro de vaudeville sin excesiva suerte. Era demasiado alto para cualquier papel y demasiado apuesto para ser objeto de burla. Los biógrafos sitúan en esta etapa sus primeros escarceos homosexuales. Incluso yo quiero ser Cary Grant, dijo Archibald en cierta ocasión. Labró su pose de galán sin esfuerzo. Fue el actor favorito del insoportable Hitchcock y representó durante tres decados el cine en estado puro, la interpretación sofisticada, la elegancia y el objeto de deseo más erguido que ha pisado un plató de cine.  

Cary Grant fue portada de infinidad de revistas del corazón. El Hollywood glamouroso encontró en el actor carne para la máquina. Sus romances fueron innumerables. Grant no era un gay ortodoxo. Tampoco un hombre equilibrado: se ha escrito hasta el aburrimiento que un psiconalista serio se hubiese puesto las botas con su tortuosa vida. Descubrió que su madre, a la que creía muerto desde que tenía 6 años, estaba recluida en un manicomio en Inglaterra. Su figura, la ausencia tangible, le marcó al punto de que ir de un matrimonio a otro sin que ninguna alianza fuese estable ni le reportase la paz y el amor que jamás tuvo. Casado cinco veces y divorciado cuatro, nunca se sintió verdaderamente vinculado a una familia. Tampoco lo fue la de la farándula. En un sentido estricto, no fue un actor enamorado de su profesión e interesado en el cine como representación artística. Podía haber sido cualquier cosa y podía haber hecho de Cary Grant en todos esos trabajos. Daría igual que fuese maitre de un gran restaurante o embajador de Inglaterra en Zambia.

El personaje Cary Grant fue diseñado por George Cukor y por Howard Hawks. El hombre Archibald no tenía excesivos vínculos con él: no era romántico ni tenía ese encanto natural hacia la comedia sofisticada. Su humor era seco y jamás sacrificaba nada que pudiese procurarle placer (era un fumador y un bebedor empedernido, un amante de la ropa cara y un habitual de las frívolas fiestas de la high society de la ciudad) por consolidar una amistad o un amor. No tuvo nunca suerte en expresar sus sentimientos. Compartió con Randolph Scott siete gloriosos años de amistad y sexo, aunque ambos declararon que en el terreno amatorio no eran particularmente fogosos, sintiéndose más a gusto en el compartido gusto por la moda o por las variadas adicciones que rebajaban la pesadumbre de la fama.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Cary Grant fue espía para los ingleses y para el FBI y descubrió simpatizantes de la causa nazi en el Hollywood más chic. Hitchcock no hizo otra cosa que ponerle en bandeja de oro puro el papel de su vida: el espía T.R. Devlin, el que besa a Ingrid Bergman como un alucinado que no hubiese besado en la vida y le fuese la misma vida en la intensidad del beso. Devlin era Grant o era Archibald. En realidad siempre se dijo que Cary Grant no era un actor con muchos recursos y que, a diferencia de otros mitos de la época, jamás precisó estudios profundos de sus personajes. Bastaba un esfuerzo mínimo, un dejarse llevar hasta conseguir el gesto exacto y la composición dramática óptima.

El zarandeo sentimental le llevó hasta Betsy Drake. En 1.946 Grant decidió, a instancias de su nueva esposa, retirarse. Fue ella quien lo inició en el esoterismo, en la hipnosis, en el psicoanálisis y también en el uso de LSD y del ácido. El tabaco y las ingestas masivas de alcohol (daba igual cual fuese, daba igual la marca: nunca fue un bebedor sibarita) no desmontaron el mito. Cuando Hitchcock lo reclutó para Atrapa un ladrón, Grant estaba perfecto. Abandonó Palm Springs, dejó a su esposa y recuperó el porte del cabellero perfecto para engolosinar a la mujer perfecta, una Grace Kelly en la cúspide de su corta y fastuosa carrera.

 Lo que Hawks o McCarey o Cukor habían engendrado - cual monstruo de Frankenstein - fue pulido por decenas de directores, pero ninguno tan reveladoramente influyente como Hitchcock, que siempre lograba entusiasmarle y retirarle de la comedia dulce (en la que brilló como nadie) y darle papeles de una enjundia dramática menos escorada a lo liviano. George Kaplan, en Con la muerte en los talones, ejemplifica a la perfección la dualidad actor-persona que, en una suerte de prestidigitación, se convierte en la dualidad actor-actor. La cosa es que Cary Grant nunca tuvo la idea clara de quién era. Ahora sé quién soy, solía decir en los momentos bajos o en las depresiones (abundantes) derivadas de sus pasiones tóxicas.

Sus no disimuladas inclinaciones levógiras en materia política le granjeó la antipatía de los jerifaltes de la Academía de las Artes Cinematográficas y se le ninguneó sistemáticamente en cuanto trabajo meritorio hacía. Ganó una estatuílla por su trabajo en Serenata nostálgica, en 1.941. Sólo al final de su vida recibió un Óscar honorífico (en 1.972) que poco hizo para compensar los errores históricos cometidos en su persona. Los hagiógrafos grantianos sostienen que Cary nunca ganó un gran Óscar o varios (méritos hubo) porque a la Academia le encantan los papeles de tullido o de psicópata o de homosexual y él no estaba dispuesto a interpretar ninguna de esos roles, patéticos todos.

Billy Wilder, el maestro de tantas cosas, el director investido con los atributos de Dios (Trueba dixit), nunca trabajó, por más que quiso, con Cary Grant. Sí le dio a Tony Curtis un papel goloso que, a su manera, le rendía tributo en Con faldas y a lo loco. Años después el propio Grant, al coincidir con Curtis en Operación Pacífico, le confió su admiración: "Tony Curtis es capaz de imitar a Cary Grant mejor que yo". Era mentira: nadie era Cary Grant salvo el escondido y neurótico inglés que llegó a Nueva York con la sonrisa perfecta y el porte de un cabellero curtido en los mejores salones de la aristocracia británica.

A diferencia de James Stewart, el otro actor fetiche del Hitchcock, Grant nunca hizo un western. En cierto modo no es posible que lo hiciera: sus ademanes, su estilo, excluían el perfil rudo y escasamente elegante del pistolero que masca polvo y se baja del caballo de un ágil salto. Fue un hombre viril al que no se le exigía demostrarlo. A gentleman can walk, but never run...


Para este cronista de sus vicios Cary Grant es la imagen más indeleble del cine. Una de ellas, en todo caso. Y en ocasiones tiro de DVD y me quedo enganchado a su metro noventa de elegancia y perfecto estar, signifique esto último lo que signifique. Anoche reví (qué verbo más antifónico) Charada, un Grant ya talludito, pletórico, hipnótico. Murió a los 83 años de una apoplejía. Yo creo que ni se agachó. Murió de pie y no arrugó el traje con el óbito. 
Ahora lo veo subiendo las escaleras con una bandeja que porta un vaso de leche. Arriba espera una mujer muy enferma. La están envenenando. En el sótano, en unas botellas está el mcguffin de siempre. Hitchcock era un maestro. Al final no sé si el homenaje sentido es a Cary o a Alfred. Va por los dos, en todo caso.


11.2.13

Carver, ayúdame



Entra en lo posible que uno mire la realidad cinematográficamente cuando casi nunca miramos el cine desde la óptica de la realidad. En esto siempre acudimos a la antigua conversación sobre los dominios de la ficción y siempre confirmamos la injerencia de lo fabulado sobre lo real sin que ninguna de esas dos entidades posea privilegios de los que la otra carezca. El motel de carretera de la fotografía, al parecer sito en Carolina del Norte, es el mismo motel de carretera de cientos de películas y probablemente engrose unos pocos más de cientos en la historia. Pienso en Carver y en Hopper y en James Cagney y no tengo argumentos fiables para justificar estos tres prebostes de la cultura yankee. Sé, no obstante, que ejerce un hechizo difícilmente sobornable. A diferencia de los cuadros de Hopper que me gustan, aquí no hay personajes vacíos, infatigablemente solos, bebiendo, perdidos en alguna ensoñación, especulando sobre qué giro debiera dar el destino que les salve del caos al que han arrojado sus vidas. Todo eso está en los cuadros de Hopper y de alguna forma, solapadamente, está también en esta fotografía inflamada de tópicos, pero poética (a mi modo de ver la poesía) al modo en que hay lirismo en un cuadro de Sorolla o en excursión a pie por la montaña. Soy un depredador de imágenes y son éstas las que devoro con mayor fruición: me conducen a la ficción pura, me incitan a fabular, me convierten en un demiurgo de mis vicios, me facultan (para bien o para mal) en el antiguo oficio de inventar o de mentir.

Hay mucho que inventar viendo esta fotografía: en una de esas habitaciones se estará cometiendo un crimen, un rufián sacrificable estará contando el botín de algún asalto menor o una pelandusca con ínfulas de actriz será la felatriz incansable del típico viajante. El cine abastece de recursos narrativos y la imaginación completa el discurrir mental de todos esos fotogramas falsos. La realidad es también un fotograma hilvanado a otro y así hasta construir un rollo continuo. La vida es cine negro de muy alta calidad. Como el metraje es tan largo, el guionista intercala melodrama, pasajes románticos, escenas lúbricas, trozos de musical y hasta comedia barata. Hay quien vivie en serie B y quien conduce sus días y sus noches en clave Bergman, en modo adusto y estricto. Hay quien se enfanga en tramas tarantinianas y termina en un callejón con un par de cuchilladas en el estómago y quien se muere sin sobresaltos como si fuese un personaje de una película del Ivory más victoriano. Quien espera que llegue el amor y confía en que alguien asome antes de que los títulos de crédito inunden la pantalla. Quien confía en que Dios le restituya en las alturas la grandeza sacrificada aquí abajo. Y la fotografía del motel en Carolina del Norte, en la América más o menos profunda que nos venden y que compramos, exhibe su querencia al desatino narrativo, al festín de las palabras. Está pidiendo a gritos que alguien le escriba un cuento. Carver, ayúdame. Yo creo en ti.

8.2.13

Blancanieves / La hermosa osadía


Una de las consideraciones primordiales sobre las que entablar un diálogo sobre cine es si de verdad conmueve, si accede a donde no suele haber acceso alguno, si raspa allá donde no hay, por lo común, roce. Otra consideración es la de si debe inclinarse a la parte de negocio o atender, en la medida de lo posible, al arte y trascender al modo en que lo hacen, en otras disciplinas de la belleza, otras creaciones. Si es el mercader o el artista el que debe dar cuentas de los éxitos o de los fracasos de ese empeño. Entiende uno que habrá quien se deje guiar por una u otra vía, sin que se penalice ninguna por el hecho de adoptar la contraria. Valen todas las opciones siempre que haya un intercambio enriquecedor. La obviedad teórica, sabida, aparece con frecuencia en los medios a propósito de Blancanieves, la insólita (y a mi entender hermosa) película de Pablo Berges. Se discute más la pertinencia de su producción, la coincidencia con The Artist, con la que comparte menos cosas de las que se piensa, que la calidad que atesora, y es mucha. 

Berges salió dañado cuando la maquinaria hollywoodiense puso en órbita The Artist, la obra de Michel Hazanavicius  Más aún cuando la premiaron como lo hicieron. Perdió una apreciable cantidad de público a la que le aturdiría que dos obras de parecido rango artístico ocupasen su atención en tan breve periodo de tiempo. A los no aturdidos, los que lograron sobreponerse al impacto mediático, se les regaló una obra mayor, un compendio inteligente de los recursos que hicieron del expresionismo alemán uno de los más creativos en la historia del cine, un tributo sensible y compensado al cine como contador de historias. La de Berges es la clásica, la inmarchitable, la que de pequeños escuchábamos embelesados y que después únicamente reconocemos en el ocio infantil y a la que prestamos poca atención o ninguna. No es rebuscada, a pesar de sacarla de su envoltorio habitual. Tampoco moderna. Insisto en que su estado natural es la revelación de la belleza. Blancanieves es, ante todo, por encima de sus muchos méritos técnicos o conceptuales, un película de una hermosura irreprochable. Su revisión de muchos de los tópicos nacionales, mirados a través del cuento inmortal, hace que parezcan universales. He ahí, a fin de cuentas, el cometido del arte. 

Murnau, Dreyer, Griffith, Stroheim, Eisenstein, Pabst: he ahí la voz en la que Berges quiere contarnos la historia de Carmen, la Blancanieves andaluza, pero no abusa de los clásicos: lo que ofrece es un espectáculo grandilocuente, sensible, cruel al modo en que los cuentos infantiles lo son siempre, inclinando la mirada hacia el débil, registrando la España de una época que no siempre nos vendieron con la fidelidad que merecía, toda vez que fueron los servicios de propaganda del régimen los que la filmaron, borrando lo que no procedía, amplificando lo festivo. No se precisa un adiestramiento cultural para ver Blancanieves sin caer en el sopor que alguien me confesó haber tenido. Se ve con absoluta fluidez, no se embarra en filigranas cinéfilas y tiene una banda sonora que apuntala lo que la palabra hablada no dice.

No sabe uno si se ha abierto una veda de mudo en la máquina del cine. El formato requiere un mimo que otros no precisan. Tampoco creo que haga falta abusar de una manera de hacer las cosas que pueda parecer artificiosa, pero que estimula al cinéfilo aburrido, el que disfruta con el expresionismo alemán en la negritud del salón doméstico, convertido mágicamente en un artefacto digno de Wells, que viaja en el tiempo y regresa después a casa. Al día siguiente de ver Blancanieves, programé una noche muda y en blanco y negro. Vi (muy gozosamente) el Nosferatu de Murnau. Me provocó la misma bendita zozobra que cuando la vi por primera vez, en una sala de esas de arte y ensayo, cuando uno iba al cine a aprender más que a disfrutar. Torpe y hambriento que era uno.

7.2.13

Hitchcock / Una oportunidad perdida





En primer lugar, una confesión: descreo de las biografías. Se me hacen menos creíbles que la ficción de la que parecen desviarse. No he leído ninguna que me haya satisfecho enteramente. Tampoco ninguna a la que le haya tomado cierto afecto. Entiendo que las mías son razones que en nada compartirán quienes disfrutan las vidas contadas de los demás, la constatación de un comportamiento que, en una u otra medida, explica con más hondura la obra del biografiado.

Hitchcock no es un biopic al uso. Prescinde del material previsible, de todo lo que podría esperarse. Maneja con sencilla desenvoltura la construcción de un personaje, pero no ahonda, quedándose solo en los tópicos, en el aplomo dramático de Anthony Hopkins y de Helen Mirren, los únicos verdaderamente involucrados en sus papeles, estando los demás planos y huecos, por no decir desinteresados. Gervasi, el director, y McLaughlin (no confundir con el genio de la guitarra), el guionista, se fijan en lo que rodea la filmación de Psicosis, dan unas pinceladitas sobre la tramoya del cine, dibujan al orondo Hitch como un bebedor, un voyeur y un tragaldabas y desaprovechan (ay) esos primorosos vicios, sin los cuales (presumimos) no habría hurgado como hizo en la tormentoso corazón humano, en toda esa delincuente inclinación que lo barniza, con toda esa mórbida fascinación hacia el mal puro. Lo que uno querría, puestos a ver una biografía del gordo, es que le retrataran de verdad. Que le abrieran en canal. Que viésemos la tortura del pornógrafo tímido. Que nos brindasen la oportunidad, largamente acariciada, de asistir a la intimidad del genio. Nada de eso hay en esta pequeña comedia de situación, malamente adornada con un par de apreciables gags, llevada sin esmero hacia la corrección. Porque es correcta hasta el cansancio esta rendición de un fragmento de la vida de Hitchcock. Pensé en El discurso del rey, del afamado Hopper. Me causé una zozobra parecida. Hecha con un desparpajo frío, montada sin entusiasmo, pensada para amenizar tardes en casa, cuando la programen en televisión, pudiendo hasta confundirla con un vulgar telefilm. 

Entonces: ¿es una mala película? No importa que lo sea o no. Aun confiando en que a alguien le haya gustado, no podrá evitar un ramalazo de indiferencia cuando piense en todas las cosas que podrían haber sido dichas (o insinuadas, ay qué hermosa la insinuación y qué poco frecuente hoy en día) y que le han escamoteado. Es que es Hitchcock, el rey del suspense, el emperador del corazón encogido, el gobernador de la isla de lo perverso. Con todo eso podríamos haber vivido una experiencia completa y no, como entenderán, una vivencia pequeña. El ególatra y majestuoso Hitchcock queda, en manos de estos mercaderes, en un personaje ligeramente agradable, al que se le perdona la mala leche (la que se ve de fondo, la que se intuye) por habernos regalado tantas horas de supremo placer. 

Insisto en mi poca querencia hacia las biografías, en mi voluntad de enmarañarme en la ficción antes que en la cuenta de un estado fiable de las cosas, pero si me dejo querer y me siento en la butaca pido, por lo menos, que me emocionen. No hay en Hitchcock emoción. Poco de lo que realmente atrae (la ira de Hitch en la escena de la piscina, su humor en las sesiones del censor) se explota con verdadero talento. La sensación generalizada es la del desaprovechamiento de un material prodigioso. Querría uno que la película se hubiese titulado Alma y que su glotón marido saliese de secundario. En algún momento del metraje, cae uno en la cuenta de que al guionista le ha gustado de repente el papel de la inteligente y sumisa esposa del director, pero que ese giro absoluto en la trama no hubiese hecho caja. Tampoco (a lo visto) lo habrá hecho ésta.






6.2.13

La vida no vale nada

Algo sucede
José Agustín Goytisolo, 1966

No llevamos redactando pasquines hasta el alba. Tampoco nos reunimos en extraños cafés, en tu casa, en la mía, durmiendo mal y tomando pastillitas. Hace muchos años que abandonamos la lucha, pero dentro, en lo oscuro, debe andar todavía el que espera la oportunidad y mide con afecto y con devoción sus armas, las que luego terminan en palabras, en papeles confiados al amigo, a la espera de que algún día cuajen y la vida se haga paso y hayamos hecho que el mundo gire sin pegar un tiro.
 
Sigue leyendo en Barra Libre

5.2.13

...con el rabo mata moscas

                                                  
"O bien Dios quiere quitar los males y es incapaz de hacerlo, o puede hacerlo pero no quiere; quizás ni quiere ni puede, o tal vez quiere y puede. Si quiere pero no puede, es débil, lo cual no concuerda con su carácter; si puede pero no quiere, es envidioso, algo que también está en desacuerdo con él; si no quiere ni puede, es tanto débil como envidioso, y por lo tanto no es Dios, pero si quiere y puede, que es lo único que resulta apropiado para Él, ¿de dónde vienen entonces los males?, o ¿por qué no los quita?" 

Epicuro de Samos, siglo III a.C.


Lo hermoso de las paradojas, la de Epicuro es una fascinante, es que distraen de asuntos de mayor importancia. Conozco cientos de argumentos irrelevantes que conmueven mi alma sensible con más fortuna que los altos, hondos y nobles, relevantes todos, que ocupan páginas trascendentes. Me encantan todas las dulces peripecias del espíritu y declino cortesmente las insinuaciones espesas de la cultura, toda esa argamasa fungible con la que se han ido construyendo las civilizaciones. Comprendo, al cabo de los años, que el mundo va a seguir girando sin mi contribución. Que mi trabajo en la tierra es insignificante. En términos muy parcos, he aceptado que no doy más de mí y que todo lo que más placenteramente me entra proviene de la industria de las amenidades, excluyendo de esa nómina las cosas serias, las que arrugan el ceño y predisponen al ánimo al decaimiento. No crean que esa conclusión (no dar más de mí) me ha alegrado las pajarillas. Bien al contrario, he sentido una punzada en el corazón, un quebranto en el cerebro y una aspereza en los labios cuando le he confesado a mi buen amigo K. mi renuncia a entender el mundo, mi alegre matrimonio con los placeres frívolos, mi completa adicción a lo pasajero. 

K. no me ha fallado: me ha mandado a tomar por el culo graciosamente y me ha dicho que mañana, pasado a lo más lejos, vuelvo a los placeres intelectuales, los que adiestran el alma contra los rigores del tiempo, los que te curten por dentro. No haces mal a nadie, Emilio, pero al final el que sale perdiendo eres tú, ha sentenciado hace bien poco, minutos antes de largar esta manifestación bastarda de mis vicios. Inocente se vive mejor, le he contestado. Ensimismado. Embebecido. Fija la mirada en un punto distante, dilucidando la naturaleza de la luz, calculando la gravedad de la fuga. A lo que concluyo con la peregrina idea de que o bien Dios quiere que sea un ser elemental y me inspira para que me esmere en ese propósito o quiere que afine mis sentidos y les encomiende la misión de entender el mundo. No entra en ninguna de esos cálculos que nadie se percate de que haga una cosa u otra. O bien: he aquí el barrunto final de mis cuitas, no hay Dios y nadie vigila mis destemplazas. Nada se puede afirmar con rotundidad sobre nada de lo que hoy he dejado escrito. Ni sobre la certeza de lo que expongo ni sobre el intrascendente (para mí) hecho de que existe o no un Ser que tutela mis desvaríos, vigila mis pasos y me espera allá en lo alto, vivífica y extemporalmente. Dicho lo cual queda en el aire viciado de los bits, amable lector, si en el fondo no estaré ya decantándome por uno de los dos criaturas que me pujan dentro. Seguro que en algún recodo del camino lo he dejado claro.

Cuando el demonio no tiene nada que hacer....

4.2.13

Argo / Mentiras de la política, verdades del cine




Lo mejor de Argo es su fascinante vocación de mecano. Su mayor virtud es la de hacer que todas las piezas ensamblen de una manera prodigiosa. Que su metraje (dos horas) pase en un suspiro. Que en la butaca se nos olvide la realidad que nos circunda. Uno de los oficios de la ficción es precisamente éste, la supresión de la realidad, la maravillosa sensación de haber salido de este mundo y haber entrado en otro. La bufonada de su argumento (la puesta en escena de una película falsa para rescatar del Irán de Jomeini a unos norteamericanos retenidos en una embajada) podría haber desembocado en una comedia, pero Ben Affleck (más que inspirado) la bordea y se centra en el suspense, en el vértigo de una trama muy hitchcockniana, pero también muy del gusto del mejor Alan J. Pakula. Tampoco renuncia al humor, un humor cínico, que hurga en las tripas del cine como objeto de negocio. Delirante a ratos, cruda en otras, Argo sostiene firmemente la idea de que se puede hacer cine de entretenimiento masivo sin renunciar a unas altas cotas de calidad artística. Lo mejor de Argo es que la sabemos insólita. No se hacen películas como Argo. Toda la artesanía del Hollywood de los setenta y primeros ochenta (De Palma, Scorsese, Spielberg, Lumet, el propio Pakula, Pollack) está primorosamente recuperada en la obra de Affleck. No solo recrea muy fidedignamente el atrezzo de la época o su vestir hortera a nuestros ojos sino que filma como si no hubiesen pasado treinta años. Podría haber sido una cinta producida a poco de estallar el conflicto iraní.

Lejos de ser una función perfecta, Argo se reblandece en su tramo final, cuando el director privilegia un suspenso chusco, como de erotismo barato, oportunista como pocos. Sobran los subrayados políticos (en ocasiones muy tímidos) y brillan los estrictamente cinematográficos: geniales los personajes de John Goodman y Alan Arkin. De lo que dicen y de cómo se comportan se podría sacar material para otro film, no lo duden, pero hay un aroma clásico que rezuma amor por el cine clásico, liberado de texturas modernas, esforzado en ofrecer un espectáculo completo. Affleck, discreto como actor, brilla en los tres films que ha dirigido. Ninguna de sus tentativas frente a las cámaras (salvo Hollywoodland, que le valió el aprecio de la crítica) rivaliza con su oficio detrás de ellas (Adiós, pequeña, adiós y The town, ciudad de ladrones, impecables muestras de cine policiaco con idéntico sesgo clásico).

Contemplada como una lección de Historia, Argo es un artículo enciclopédico malo en el que el autor suprime los datos de interés y revisa únicamente los tópicos, los trazos más evidentes, los que se recitan en un juego de mesa. Ben Affleck prescinde de la política y se deja querer por el material narrativo, que es excelente. Contemplada solo como un producto de ficción (aunque narre unos hechos reales y se impregne, sobre todo al principio, de un maravilloso tono documental) Argo es una lección de cine. Impagable, por fijar en la pantalla durante buena parte del metraje, la querencia de Affleck (y de su excelente guionista Chris Terrio) por la bendita iconografía de la ciencia-ficción de esos años. Se te saltan las lágrimas con el merchandising galáctico que adorna el dormitorio del hijo de Méndez, el personaje de Affleck. Literalmente.


3.2.13

San George Kaplan



Llevo años obsesionado con este fotograma (o con los que le preceden y los que le siguen) de la película Con la muerte en los talones de Alfred Hitchcock. Lo de las obsesiones es un asunto delicado, a poco que se piensan en detalle. La mía (como la de tantos) carece de un razonamiento que la justifique ante los demás. Ni siquiera yo mismo, puesto a contármela, concentrado en el asunto, interesado en conocer las causas de ese vicio, comprendo la devoción que le tengo. Cumple sobradamente lo que se le exige a una devoción para que lo sea salvo la acotación religiosa, aplicada a santos, mártires y otros prebostes de la mística. Obsesivo con mis cosas, distraigo la atención de las otras. Una a la que no he rebajado afectos es la de George Kaplan aka Roger O. Thornhill. Invariablemente acudo a él en momentos de zozobra. Pienso en su lúcida entereza ante la adversidad, en su buen humor, en su épica sencilla de hombre al que las circunstancias acorralan. Otros tendrán otros iconos en donde postrarse. Yo, a mi manera, pienso en Kaplan. Hoy mismo, volviendo a casa, observando desde el coche el campo de noche, he pensado en Kaplan. De verdad que me ha producido un alivio enorme recordar cómo se zafó del avión y burló a los malvados en el monte Rushmore. No sé si alguien me entiende. Ya digo que en este asunto de las obsesiones ( o de las devociones o de los vicios, en fin, en ese plan adictivo) no entro a razonar. En lo que no se razone se vive mejor.


2.2.13

La realidad / Correcciones

Una herida en la región parietotemporal izquierda del cerebro puede hacer que no comprendas al mundo ni te comprendas a ti mismo, pero hay cerebros limpios y presentables, fiables en salud y en irrigación sanguínea, que exhiben la misma incapacidad sensorial. Hay gente con un expediente clínico sobresaliente a los que el azar o la conjunción de muchos azares les privó de la facultad de reconocer el mundo y de reconocerse a sí mismos. Algunos entendidos en estas materias llaman a esa privación del intelecto sensitivo afasia. Yo mismo, modalidad impoluta del ser humano sin quebrantos cerebrales visibles, soy un afásico a poco que miro la realidad de cerca y comienzo a razonar cómo está hecha. No hay quien la abarque sin sufrir un temblor en lo más íntimo. No hay quien decida examinarla a fondo sin salir tocado en el alma. Debo ser un caso de anomalía de lo más normal. He visto gente como yo a las que la realidad también les ha aturdido a conciencia. Afásicos sin solución química posible. Los fármacos pueden curar las heridas parietotemporales del lado derecho o del izquierdo pero no hay fármaco en los dispensarios públicos ni en los laboratorios secretos que detenga, merme o palie el mal que padezco. Vivo en las ruinas de mi inteligencia, que dijo un poeta. Padezco el mal de mi sensibilidad. Me enferman las injusticias. Flaqueo a poco que hurgo en la trama de lo real y encuentro los rotos y los zurcidos mal pespuntados. No soy el único. Ojalá lo fuese. El gremio de los sensibles crece y se hace fuerte, pero nos falta (en mi débil entender) cohesión para dialogar de tú a tú con los poderosos y plantarles cara y decirles de la forma que mejor puedan entender lo irreperable de sus acciones. Los afásicos somos los parias del mundo.

Soy un vagabundo digital. Soy un nostálgico analógico. Un nómada virtual. Ni estoy en este mundo que no comprendo ni he hecho residencia en la nube, en la red, en ese limbo perfecto en el que puedes ser feliz a golpe de clic. Tanteo los programas, me obligo a estar al día, pero no hay ninguno en el que no me sienta desamparado, sin norte, navegando mares que no conozco, como un Ulises con amnesia. Mi felicidad a estas alturas de la travesía está a expensas del cambio climático y del índice de precios al consumo. Estoy atrapado en las páginas bursátiles. Lampo por matrimoniar vida y razón y únicamente hago fornicios ocasionales con las horas, magreos de minuto, invasiones lúbricas con fragmentos muy reducidos de tiempo. No hay nada perdurable en lo que hago. Ni siquiera dejaré una descendencia a salvo de los rigores que yo mismo sufro. Los que sembrarán mi apellido por el mundo encontrarán los mismos dolores en las mismas vísceras. Mi descontento es de una sencillez asombrosa. No es a mi pesar un descontento complejo de ésos que requieren psiquiatra argentino, diván y horas de abrirse el alma a golpe de visa. Es un mal cercano. Compartible. Las salas de espera de los ambulatorios están llenas de gente como yo. Los veo aterrarse con los mismos terrores, padecer los mismos padecimientos, llorar con las mismas lágrimas. Estamos hechos de una materia especial. No sé si son sueños, como el bueno de Sam Spade quería. Vamos a consignar hoy la palabra pesadilla. A falta de un día mejor, pongamos pesadilla.


De resultas de todo este magreo frívolo con las ideas he decidido, a día de hoy, dos de febrero de dos mil trece, en la villa de Lucena, Córdoba, renunciar a entender el mundo e incluso de entenderme a mí mismo. Me pido la butaca de espectador. Quiero caña visual en una pantalla de alta definición y espero que a ningún cerebrito de Hollywood se le ocurra meter en el metraje metafísica, hondura de personajes y un final de pensar mucho. Hace tiempo que dejé de adorar el cine serio. Me dio muchos placeres, me abasteció de montones de argumentos con los que decorar las horas en los pubs, contento de ron y de nicotina, de amigos y de blues del delta, pero ahora soy más de palomitas. La realidad, ya lo he dicho, me está matando. Me muero de veras. En unos pocos de años seré un cadáver inculto como tantos. Nadie dirá de mí que hice algo por el progreso intelectual de la raza humana. A lo sumo, los míos, la gente que me quiere o que me tiene algo de afecto, dirán que algunas veces era ocurrente y que jamás escamoteaba una invitación a cañas en los bares. Espero que mi epitafio sea sencillo y no contenga palabrejas complicadas. Hoy he visto las cosas claras. Me quiero ir de este mundo feliz y bruto, alegre e ignorante. Todo lo demás, es decir, el cabrón de Kafka, la puta madre de Kierkegaard y la prosa retorcida de Baudrillard se las regalo a los veinteañeros ávidos de grumos intelectuales. De ellos es el futuro, no mío. Ya se darán cuenta de que lo mejor del mundo es dormir la siesta y despertarse con una sonrisa en los labios, tener la panza bien llena y la cuenta de ahorros sin agujeros considerables. Todo lo demás no es literatura, es el prospecto de un fármaco.  


1.2.13

De la consolación por la poesía


No sé cuando fue la última vez que pensé en la bondad de la política. Esta desmemoria mía me inmuniza. Soy capaz de leer un periódico entero y no salir de la idea de que es una ficción. Me descabalga de ese vicio la factura de la luz y el paro de algunos de los míos. Cambio lágrimas por letras. Escribo para no llorar. He renunciado a entender el mundo. A lo sumo me esfuerzo en comprender las razones de la trama, pero me desangelan los actores y me irrita muchísimo la mediocridad del argumento. Están enfangándolo todo. Lo estamos enturbiando todo. Manda el gris. Solo está el refugio del arte. Voy a ser más preciso: solo queda la belleza. Buscarla, afanarse en su hallazgo, es la tarea fundamental de nuestro tiempo. Solo a través de la belleza saldremos. Será la poesía la que salve al mundo. Ha pasado el tiempo en que uno confiaba en la inteligencia. La usan a destajo los que nos han postrado. Todos son gente de carrera, gente de másters. Algunos escalafonan y se hacen políticos. Otros, banqueros. Los menos, poetas. No conozco ni un solo poeta al que se le pueda atribuir una mínima parte de este descalabro. Está la poesía en armas contra la administración de lo público. Lo que no sabemos es si está a salvo. Si pronto habrá un espabilado que la mire de frente y se dé cuenta del peligro verdadero de los poetas. Los pondrán boca abajo. Los colocarán en un paredón. Los rociarán de infamia antes de descerrajarles seis tiros. El primero al corazón. No hace falta corazón para vivir en estos tiempos. Basta un cerebro bien dotado. Del alma no hablamos. No sabemos en dónde se ocultó. Si la despiezaron y la repartieron entre los pobres. Ojalá la tengan los pobres. Los ricos del mundo están preparando una guerra. No una guerra al uso, una guerra tradicional. Ningún ejército librará batallas en el frente. No habrá frente. Han escogido otros escenarios: la letra pequeña de los contratos, los cajeros automáticos, las papeletas del voto, las tribunas de los grandes oradores, los titulares de la prensa tóxica, los papeles secretos de los tesoreros de los partidos, los informes bajo cuerda, el veneno en preciosas tazas de porcelana china. Pero no sé mucho más. Tampoco lo pretendo. Escribir tan solo. Vaciarme. Constatar el roto. Enseñar lo invisible. Dejar aquí la evidencia de mi cansancio. Más cosas que ahora no alcanzo.