21.12.13

Soy también de Stan Lee




Crecí con Peter Parker. Me alisté a la Marvel, me deslumbró su ejército de héroes y de villlanos, de equiulibrios que están a punto de romperse o de batallas que se libran sin que nadie deje este mundo cuando concluyen. Soy de la Marvel todavía. Quienes lo son, todos los que entienden a qué me refiero, saben que ser de la Marvel no requiere estar al día en las novedades del kiosko. De hecho no tengo ni idea si la empresa, aparte del boyante negocio de las películas, con sus franquicias y su merchandising festivo, continúa facturando cómics como antaño. Me conforta acudir a los que existan. Incluso soy capaz de contentar mi marvelfilia ojeando imágenes en el buscador del google. Por ahí desfilan todos los personajes con los que compartí mi infancia, mi adolescencia y buena parte de mi edad adulta. Suelo volver a ellos cuando el cine renueva la confianza en su facultad enorme de hacer caja. La hacen sin problema. Parte de que la industria del cine no esté más moribunda de lo que está proviene de la factoría Marvel. Sucede con ese tipo de cine algo curioso: no se le aprecia como se debiera, se le ningunea en las grandes conferencias sobre la salud artística del séptimo arte, se le aparta sistemáticamente en las entregas de premios, pero sin embargo es ese tipo de cine, el que factura la Marvel, el que permite que todo el negocio siga funcionando. Supongo que, en otro hilo de las cosas, pasa con los discos de Alejandro Sanz o los de Pablo Alborán: no son santos de ninguna de mis muchas devociones pero permiten que otros músicos más de mi onda sigan sacando discos. Roberto Downey Jr. explicó esto, a su manera, en una reciente ceremonia de los Oscars. Le parecía que Iron Man no había sido lo suficientemente galardonada (no lo fue en absoluto) considerando que era la película más taquillera de ese año. Pasó entonces y pasará en adelante. Si no hubiese crecido con la Marvel probablemene no estaría escribiendo esto. No depositaría el afecto que le profeso a la factoría de cómics por lo que hizo de mi vida cuando mis asideros espirituales no abundaban y precisaba de un canon al que aferrarme. El mío fue Stan Lee. No creo que nunca haya pensado esto lo bastante. Supongo que J.K. Rowling forjará la edad adulta de muchos adolescentes de ahora. Me parece estupendo que esa señora, a la que admiro por lo mismo que admiro a Alejandro Sanz o al modoso Alborán, haya izado el maltrecho (moribundo también) mercado de los libros. Hace falta que gente como Lee o Rowling muestren un camino. Luego vendrán los insectos de Kafka o los balnearios de Mann, pero hay edades en que la ficción suple a la realidad y hace que la vida sea más enteramente feliz. Yo le debo al señor Lee muchísimo. Subscriban aquí los lectores cómplices su deuda. No se cohíban. Está muy bien decir que uno proviene de lecturas enjundiosas o que el cine de culto le ha conformado con la persona culta y espiritual que lo es, pero hay un cuarto trasero, una sala B en la que son otros los intereses. Que quede claro.

1 comentario:

Alberto dijo...

En deuda, en pago.