17.11.13

Tengo a Peterson y a Carver

Solo me fío de mis vicios. Los mimo, me confortan, nos entendemos. Estamos en esa extraña sintonía que en ocasiones justifican la existencia misma. A poco que pienso en ellos, en cuanto los razono, comprendo que no podría vivir sin su presencia. Por vicio entiendo esos pequeños o grandes asuntos sobre los que deposito una parte considerable de mi felicidad. No preciso mucho, la verdad, pero no entra en mis cálculos que escaseen o que, más dolorosamente, falten. No hay en ninguna de estas consideraciones mías un indicio de originalidad. Soy un vicioso medioburgués, soy un adicto a mí mismo o a lo que he ido encontrando aquí y allá y ha modelado mi persona. No difiero de otros que, en alguna otra esquina del mundo, estén ahora mismo escuchando a Oscar Peterson o que anoche, antes de conciliar el sueño, leyeran a Raymond Carver o vieran un capítulo de la segunda temporada de Breaking bad. Por eso no poseo una especial fascinación por lo que hago. A diferencia de los niños, que poseen una confianza absoluta en su talento, dudo a cada texto que añado a los miles de textos que ya he escrito. Con todo, no decae la voluntad de seguir creando. Quien crea, el que hace de unos muebles un árbol, como pensaba Anne Sexton, posee un gobierno de la realidad de la que carece quien solo asiste al teatro de los otros, sin alumbrar nada, en esa estéril posición, envidiable, en cierto modo, en la que solo observamos, en donde únicamente procesamos la belleza, admirándola, pero sin producirla. Y no está en mi mano opinar sobre esa dulce maniobra lúdica. No me incumbe ni la ansío. Para eso tengo la masiva producción ajena. Tengo a Peterson y a Carver, a Bacon y a Lubitsch. Tengo la cultura. De ella, de su fastuoso escaparate, extraigo lo que me complace, todo a lo que sucumbe mi asombro. En crear, en ese campo grande y goloso, no solo entra la literatura o la música o la fotografía. Uno crea en la cocina, en la conversación, en cómo va adaptándose a las circunstancias, en la manera en que resuelve los conflictos que lo cercan.Y yo tengo a Peterson y a Carver. Quizá con eso no tenga mucho sentido ese deseo de crear. Que creen los otros. Es (además) la única manera de que la industria del entretenimiento (es decir, la cultura, la belleza, la inteligencia, pero vendidas como un juguete) prospere. No sé si por ahí, por la cultura, está la salida al caos. Es posible.

1 comentario:

Martin Hervás dijo...

Carver es, sin duda, mi favorito; y en parte mucho tiene que ver con lo que trataste en estas líneas. Me explico: El ruido de lo espectacular acalla muchas voces. Voces que bien podrían permanecer en silencio sin que nadie las heche en falta; voces que deberían ser escuchadas pero que no lo son por el ruido general de la cultura. Por eso me gusta Carver, porque en medio de todo el tumulto, de todo el maquillaje y la parafernalia, se erige como una voz, que es casi un susurro en medio de tantos disparos y fantasía y que me hace aterrizar a pensar, a escuchar, y, ¡por qué no!, a escribir, a comunicar, y a sumarme al desorden general, a formar parte de un ruido en el que alguien, obviamente si me lo ganotarde o temprano, reconocerá una voz verdadera, como yo reconozco en la tuya.
Un interesante texto Emilio, y eso que no me he metido a pensar en los vicios, jeje. Me ha hecho reflexionar muchas cosas.
Un saludo desde el otro lado del charco, en donde hace un par de semanas me terminè de ver Breaking Bad :)
C.