30.11.13

Escribir


                                                                                                               Para Mycroft, él sabe

A escribir se aprende leyendo o se aprende observando, pero hay gente que lee mucho y observa mucho y no alcanza el rango de escritor, aunque se obstine y formule su tentativa en poemas, en cuentos, en un novela o en un blog en donde sentencia de qué está hecho el mundo o registra los porqués más escondidos de las cosas. Si uno lee con cierto entusiasmo, si al tiempo que lee inclina su talento natural a husmear en las maneras en que los otros escriben, está recorrido un trecho grande del camino. Viene bien contar con jueces severos, gente cercana o que venga de lejos y expongan sin adorno, rebajando o anulando la amistad sobrevenida, que emitan valoraciones fiables. A escribir no se aprende forzando nada de lo que se lleva adentro. Hay quien lo hace, escribir bien, digo, con mansedumbre admirable y quien exhibe rudeza y hasta precisa de esa rudeza para que su escritura salga y se instale en el mundo. Tengo la idea de que el escritor, el que lo hace a diario y se toma en serio el oficio, es alguien que vive una vida más que el resto. También viven más o viven en ese gozoso desdoble quienes leen y adoptan el punto de vista del escritor e incluso se transforman en él. También hay un lector, uno fiero y estricto, en el escritor. Conforme las palabras van saliendo y se van ensamblando unas con otras, el escritor las va gobernando, desecha las que no convienen, consiente las prudentes, mima las maravillosas. Yo mismo, en este rato de sábado, mientras hago tiempo para acometer el desempeño de otros asuntos de más fuste doméstico, administro esa voluntad demiúrgica, de dios pequeño y rudimentario, caprichoso hasta el hartazgo, que ensucia y limpia continuamente el texto, poniendo y quitando aquí y allá, como si estuviese de fondo (escondida, alerta por si nos escoramos en demasía) la belleza o la inteligencia y temiese que las traicionásemos y alumbremos un texto mediocre o uno declaradamente baldío. Hay un secreto y el escritor lo divulga, pero no lo cuenta todo, se reserva una condición valiosa del secreto y solo muestra las evidencias con las que el lector lo desvelará. La literatura entera es un gran secreto. Uno quizá fragmentado en millones de piezas. Lo que anoche leí cuando me fui a la cama (unos cuentos de Saki, nuevamente leídos y disfrutados) me hizo pensar en ese secreto que uno, como lector profesional, en cierto sentido, va descubriendo. La vida es también literatura. A veces literatura de la buena y también alberga secretos y tiene criaturas que escriben (las que marcan los guiones, las que diseñan la trama) y criaturas que solo observan los acontecimientos, participando mínimamente, sintiéndose una parte aceptadamente secundaria. Yo no sé qué tipo de criatura soy. Sé, sin embargo, que escribo y que leo y que me siento muy feliz ejerciendo esas dos empresas a diario. Vivo en esa satisfacción. No sé si durará siempre. Tampoco sé qué hay que dure para siempre. Ya está el cuarto de baño libre.

5 comentarios:

Roberto Arroyo A. dijo...

Estimado Emilio
No nos conocemos, pero soy un lector que siempre vuelve a tu blog y recuerda las razones por las que siempre vuelve.
Existe alguna hermandad invisible entre los esclavos de estos dos vicios: la escritura y la lectura.
Yo tambíen creo que los que leen y escriben viven una vida más.
Con un afecto de hermandad extraña.
Saludos desde Ecuador

Roberto Arroyo

Rodius dijo...

Una idea con la que no me llevo bien es la de querer escribir y que no me salga nada de lo que me sienta orgulloso, y sucede muchas veces. Esta es la razón principal para que yo no escriba y lo deje a la gente que sabe. Nos limitamos algunos a leer y a disfrutar leyendo, como con tu escritura, que me pasma, me pasma mucho, porque es limpia y fluye, fluye y hace que leer sea un placer, escribas lo que escribas.

Juan Fernando Varo dijo...

Somos una especie en alza. Y paradójicamente son los lectores los que van a la baja. Yo he venido a hablar de mi libro, no del tuyo. Y así va el país.

Joselu dijo...

Tengo un libro de Saki hace un tiempo: Cuentos de humor y de horror. Lo tenía abandonado.

Leer y escribir, mis dos pasiones ocultas. Y sé que ninguna la hago bien.

Devoro libros, uno tras otro, tras años de sequía lectora.

Escribo con un estilo desmañado y rudimentario. Carente de arte.

Pero me gusta leer y escribir.

Mycroft dijo...

El ojo exterior, la voz amiga pero severa, nos ayuda a orientarnos en un bosque en el que somos a la vez explorador y árbol. Pero nunca podré no ser barroco. En mi naturaleza, el mundo lacónico es un mundo callado. Un universo gris. Las frases cortas y certeras no me interesan, porque las certezas son engaños apoyados por la estadística. Los ojos hacen algo más que ver (título robado a Asimov). La realidad es sólo otro genero de ficción, como tal vez explica la película Rashomon. No puedo menos que tratar de contarlo todo porque mi todo es sólo una infinitesimal parte de un universo inmenso que colapsa y se devora. çel secreto nos impusa a leer la siguiente página, pero el secreto puede ser no el acto de un dios Unamuniano que nos regala la intriga, sino la carta marcada del tahur que juega al despiste. El verbo ha de ser una supernova que se agiganta antes de estallar. Un libro que no nos golpea en la cabeza no es un libro. Un libro tiene que ser un hacha que rompa el mar de hielo que llevamos dentro, dijo Kafka. A los libros me remito, claro, pero a los libros triturados y molidos de lo contrario, una voz no es voz sino eco. Yo amputo las palabras que vomito, las corto en rodajas, las sirvo de forma cruda. Y luego las vuelvo a amputar. Y todo esto para explicar que la muy necesaria mirada, a la que necesitamos asirnos para no caer en el solipsismo, a la que debemos agradecer la molestia de señalar la incoherencia de nuestras palabras, incoherencia no exenta a la vida en general, no puede tampoco hacernos despegar las palabras del corazón. Gracias por tus consejos, y aunque la marea ha estado baja, remaré para alcanzar una costa más adecuada, con la ayuda de mis faros.