26.11.13

Contento conmigo


En realidad no sabe uno nunca lo que de verdad necesita. Cree estar abastecido de jazz de la Verve o de cine negro de la RKO, pero siempre está al tanto de las novedades que asaltan los escaparates o rebusca en las interminables listas de género que las páginas especializadas publican de tiempo en tiempo, avanzando novedades o insistiendo en la condición de clásicos que tienen algunas de esas obras. Cree que no va a volver a ver jamás cierta película o a escuchar tal o cual disco, pero no permite que el espacio que ocupan en las estanterías sea desocupado. Hay una parte interior que desea firmemente meter todo en cajas y subirlo al trastero (que está empezando a tener vida propia e imagino que de noche, cuando no lo percibo, vibra y hasta se lamenta amargamente de que no le ponga orden ni le ofrezca un gobierno) y hay otra que se envalentona ahí adentro cuando entra en la habitación y ve las estanterías reventonas de libros y los cedés expuestos y los libros invitando a que se les abre y consulte el estado del mundo y la fiebre que padece. Y no hay asidero fiable, no existe conclusión sobre la que depositar alguna confianza. Por eso ve uno con ojos golosos los discos duros, todas esas cajitas en apariencia irrelevantes y que pueden, a poco que se las fuerza, tutelar tesoros formidables. Lo que duele es que no haya un objeto al que acariciar, una portada de libro en la que embelesarse o una portada de disco que disfrutar antes de extraerlo y colocarle con muchísimo mimo (con temor a que una sola contrariedad malogre el prodigio) en la bandeja del reproductor de CDs. El mío, mi Marantz, está que no entiende a qué vino a esta casa. Mira con electrónica envidia a los variados discos de almacenamiento masivo en los que alojo lo que antes (ah pasado, qué dulce fuiste) era algo tangible, expuesto al desgaste, comido por el polvo, exigiendo su lugar en el mundo. De verdad que no cabe más en casa. Ni un libro. Ni un disco. Ni una pobre edición en bluray del último concierto de Led Zeppelin en Londres.

Mi amigo Rafa Roldán sabe muy bien de qué hablo. Él, como pocos o como nadie, entiende qué siento cuando no puedo (por rigurosas exigencias del vicio que nos corroe) tener un piso entero en el que ir guardando las cosas que se van comprando. Ahí todos los libros, ahí los discos, ahí la legión insobornable de DVDs. Un piso franco, a salvo de otras menudencias de la realidad. De verdad que me acabo de convencer de que es una idea estupenda. Imagino que gente con muchos posibles tienen uno en el que arrumban, es un decir eso del arrumbe, todas las cosas, las que aman y las que van amando menos, pero de las que no consienten desprenderse. Viene a ser como una especie de piso mantenido, de ésos que a veces se ven en las películas y en donde residen amantes jóvenes que contentan la líbido destrozada de señores (o señoras, qué voy a opinar yo en esto) con matrimonios muy maltrechos. Un piso alicatado de libros, un santuario de los vicios clasificables, que no todos lo son. Yo sé que me voy a morir (por descontado) sin que ese volunto mío ocurra. Sé que mi relativa salubridad económica (todas las medidas en este asunto cierran a la baja) no puede permitirse dispendio semejante, pero me hubiese encantado ser rico para cosas como ésta que digo. La del piso en las afueras (no tiene que ser en el centro urbano) que cobije todas las cosas maravillosas que no caben en las baldas de casa. Un piso lleno de baldas, con un gran televisor en el salón, al que acoplaría un home-cinema decente. No iría a diario, pero procuraría no estar mucho tiempo sin visitarlo. Tampoco tendría que dormir en él. Me bastaría con saber que existe. Que guarda una parte de mí, tal vez la que más aprecio. Una, en todo caso, sin la que no sabría, en modo alguno, irme llevando como aspiro. Contento conmigo. Pero ya veo que solo estoy hablando de mis vicios. Llevo unos días en los que no dejo de pensar en ellos. Un vicioso consciente del mal que lo queja. Eso contando conque el vicio, así en plan brutal e hiperbólico, sea un mal.

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