28.11.13

556




Uno nunca sabe si se está mejor dentro o fuera, si el silencio es hermoso o es en el ruido en donde la vida se expresa con más vehemencia. No saber es un estado maravilloso, en cierto modo. La ignorancia es un punto de partida, un asidero firme desde el que avanzar. Quizá lo que importe sea el riesgo. Si es cosa de arriesgarse, acepto el reto estético (o intelectual o moral, no sé) que plantea John Cage. Acepto que estos cuatro minutos y treinta tres segundos sean trascendentes en mi vida al modo en que lo siguen siendo los valses de Strauss (padre o hijo me valen igual) o un adagio de Bach. No entra en ninguno de mis muchos cálculos (de verdad que soy muy curioso y me he dejado engolosinar por propuestas literarias o musicales o cinematográficas muy arriesgadas) buscar lo que mis sentidos (todos alerta, conjurados a encontrar una brizna de asombro con la que satisfacerse) niegan. Rechazan lo que no entienden, pero hay tantas cosas que no entiendo y con las que disfruto que me planteo si me estoy volviendo uno de esas criaturas exigentes, exigentes en demasía, tal vez, que a todo le ponen obstáculos y no se sienten cómodos con casi nada. De verdad que yo soy un alma sencilla, quizá no cándida, a mis años, pero sencilla de un modo precario y elemental y hasta inocente. Y si unos cuantos exégetas del arte contemporáneo o de la música entendida como una de las más altas y nobles pasiones me intentan convencer de que estoy ante una obra maestra, pues yo me esfuerzo en darle una oportunidad a John Cage. Y se la doy porque hoy estoy de buen humor. Será que mañana es viernes o será que me acabo de levantar de la mesa camilla y vengo contento de brasero y de felicidad doméstica. Estoy por borrar la entrada, por dejar el concierto, los cuatro minutos y treinta y tres segundos de intriga sonora, sin que un texto lo acompañe. Que sea el silencio el que explique el silencio. Un bucle sin decibelios. Un agujero en el continuo espacio-tiempo. Tengo que ponerme al día, tengo que aguzar el oído para que deje de tener relevancia el silencio de los ejecutantes (que no ejecutan, entiéndanme) y la tenga el carraspeo de los espectadores o el murmullo inherente al hecho mismo de que se está asistiendo (no puedo negar esa evidencia) a un hecho artístico controvertido. Pero no es artístico. O lo es de una manera extraña para mí. Como lo sería un libro (una novela, un poemario) en el que no hubiese palabra alguna. Un libro bien editado, que tuviese título incluso. 556, por ejemplo. Serían las páginas tangibles, las que se cosieron y le dieron la consistencia física con la que ocupa un espacio en una balda de mi casa. Ah qué gusto abrirlo al azar, perderse en el silencio del texto. 556 sería un libro al que no se le podría poner objeción formal alguna. Las otras objeciones, las verdaderamente interesantes, serian las que levantaran las polémicas habituales. Yo creo que hasta sería un best-seller. Lo que me intriga es qué portada la convendría. Ni una en blanco sería aceptable. El blanco podría distraer y ofrecer una información que pudiera incomodar al autor.

1 comentario:

Anónimo dijo...

En mi tierra, que es la tuya, esto es una tomadura de pelo, y tú y yo estamos ya un poquito cortos de esa parte. Ya nos vemos, compañeeeero.