31.10.13

Literaturas

A mi amigo Luis Sánchez Corral, que no está entre nosotros para llevarme la contraria.


I

A la literatura hay que ponerle obstáculos, zancadillas sintácticas, traiciones semánticas. La literatura merece el menor de los respetos. Caso de mirarla con la devoción y la obediencia debida, le hacemos un mal irreparable. La letra, herida, fluye mejor. La palabra, cuando enferma, explica mejor el mundo. La paradoja consiste en el hecho mismo de su fragilidad. No le conviene un status excesivamente firme, sólido, convincente. Le agradan los cambios, las mentiras, el pensamiento salvaje. Escribir es una patología, un tumor dulce, una entrada para asistir al espectáculo del mundo desde el balcón más privilegiado.

II

La literatura progresa en la misma medida en que desaparece. No avanza linealmente. El suyo es un territorio muy poco traducible a la lógica del espacio. En cierto sentido (lo pienso todo ahora) las palabras adquieren trascendencia (vigor, pulso, futuro) cuando desoyen (desairan, incumplen) las reglas del juego y formulan códigos nuevos. Las mejores novelas son las que hacen peligrar la estabilidad mental de quien las lee. Las que malogran las previsiones. Las que duelen nada más abrirlas. El escritor es un francotirador amable, uno que no se para a pensar en el daño que hace sino en la felicidad que produce al disparar, al envenenar el aire con su metralla semántica, en los que se dejan abatir un rato.

III

La literatura no goza de prestigio porque es cada día más inepta en su función de responder a las preguntas del mundo. La novela decimonónica tenía al narrador omnisciente, ese demiurgo mentiroso, falaz e interesado: el dios rudimentario que hocicaba su dedo total debajo de las faldas de las damas. La novela clásica (que llega hasta el siglo XXI) triunfaba (lo hace, de hecho, todavía) porque ofrecía respuestas. La eficacia de Galdós o de Balzac o de Proust estriba en el escrutinio matemático, racional y lógico (todo mecido en la misma materia gris) de la realidad para subvertirla y ofrecerla, sin pérdida, al lector, que confirmaba sospechas, identificaba roles, hacía crecer su identidad social y salía victorioso y ufano del desigual combate.

IV

La literatura es ahora un campo minado. Tal vez sólo sea posible salir herido. Irónicamente, sólo en la pérdida es posible el hallazgo. Este repensar el acto literario abre senderos que antes estaban cegados o ninguneados por los mecanismos del corsé de la ortodoxia: las nuevas narrativas precisan del concurso de campos creativos extralingüísticos. El cine se abastece de literatura, pero la novela obvia lo lineal -su sensatez en lo temporal, su corrección formal - y acude cada vez con mayor interés y más profesionalidad a la oferta generada por las nuevas tecnologías.

V

Los responsables serán necesariamente turbulentos. No será posible descendencia limpia. El fruto bastardo y apasionado engloba campos de trabajo dispersos y, hasta ahora, escasamente afínes. Videojuegos, publicidad, cómics, cine, escultura, baile, perfomances, música, teatro, pintura y, por supuesto, y no encabezando la lista, la literatura, que se ha dejado contaminar de esta dimensión digital del Arte y de la producción artística y ha renunciado a poner trabas a la injerencia de otras herramientas de trabajo (legítimas, indispensables a lo visto) infiltradas como espías consentidos, asociadas a la realidad virtual, despojadas de toda etiqueta que evidencie alguna rémora del pasado. La novela será convulsa o no será. El Arte es un virus, pero no puede ser otra cosa.

VI

El futuro es el link. La obra artística será digital o no será, parafraseo otra vez a André Breton. El artista podrá limar toda implicación con lo digital, renunciar a su influencia, negar lo evidente, pero el consumidor (que ya no es únicamente lector o espectador) demanda un espacio electrónico, una interfaz válida, atractiva, que aglutine todo lo que requiere su ocio moderno, un terreno apantallado, con hipervínculos y capas de información imbricados hasta lo inextricable. Éstas son las metáforas de la modernidad. Interfaz pura. Anoche alguien en la radio, en un programa de difusión de libros, dijo que el escritor del siglo XXI debe huír de la escritura decimonónica. Que no deben salir nuevos Dickens. Ojalá (en todo caso) nazca hoy mismo alguno y construya una cosmogonia ajena al runrún de los cachivaches modernos. Aunque la leamos en un Ipad 2 o la descarguemos por megaupload. Hay mercado para todo tipo de autor. O debe haberlo.


VII

Esta nueva visión de la actualidad literaria (o pancultural) regala una posición de vigía excepcional de estos tiempos. La privilegiada atalaya permite reescribir las reglas del juego y adaptarlas con precisión al vértigo semiótico (no es otra cosa) que empapa cualquier manifestación de interés sociológico o cultural. La experimentación genética o la nanotecnología son oriflamas de este nuevo escenario de conflicto. El ciberespacio es ese novedoso tapiz: fuera de la red, el mundo se desgaja, se fragmenta, adquiere una dimensión que va de lo obsoleto a lo irrelevante. No se trata de que esté muriendo el libro como soporte de la cultura: se trata de que hay formatos revolucionarios que lo están cuestionando. De ese forcejeo debe salir un modelo consensuado que conquiste el mercado del mismo modo que lo hizo el invento de Gütemberg.

VIII

Blade Runner es, por muchísimas causas, la película-símbolo. Será un clásico en algún futuro al modo en que ahora es idolatrado el ingenio y la precognición de Julio Verne. La ciencia-ficción no es un género literario: es más bien un inventario de especulaciones sobre las que la ciencia edifica su plan de trabajo y sobre la que construye ya triunfalmente su utópía. En todo científico vive un escritor de fabulaciones. En todo fabulador de lo real, en todo exégeta de lo fantástico, vive un científico.

IX

Las escuelas no pueden mantenerse al márgen de este caos inteligente. Al tiempo que fomentar la lectura (actividad nunca lo suficientemente recompensada) se deben suscitar debates sobre la vigencia de los formatos clásicos y la irrupción de los nuevos: cómo unos y otros se solapan, se complementan y subsisten en un mercado lo bastante amplio y poroso como para permitirlos a todos sin que se anulen ni ocupen los mismos espacios de actuación. Ahora más que nunca se precisa explicar qué es y en dónde actúa lo audiovisual porque nada hay que no se postre ante su incuestionable dominio de los medios de comunicación. La representación de lo real ha abierto como nunca su paleta de instrumentos: por eso la literatura, en cierto modo, ha muerto. Y tras su defunción renace con el vasallaje previsto, plegada a los intereses de la cibercultura. Es cierto que el video mató a la estrella de la radio (Buggles) pero ahora la banda ancha ha humillado a la imprenta. El google de los cojones hiere (no de muerte, una herida profunda, dolorosa, pero no letal) al libro.

X

Los blogs son episodios de esta nueva forma de narrar lo real. Son una celebración absoluta de la comunicación. Da igual que su mensaje sea exclusivamente literario o que se adscriba a lo iconográfico. El autor pasa de lo individual a lo colectivo y la obra abandona su respetabilidad, su condición de manifestación del talento se transforma en evidencia de la complicidad de varios talentos. Nace una autoría compartida, una especie de hiperficción o de texto desmontable. El blog es una criatura digital incómoda: una vez se ha liberado puede acometer a dentelladas contra su sujeto creador como un replicante que de pronto (volvemos a Dick) comprendiese la naturaleza fortuita de su existencia y precisara un acto de tú a tú con la inteligencia que lo hizo ingresar en la barbarie de la vida ("Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos "C" brillar en la oscuridad cerca de la puerta de "Tanhauser". Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.... es hora de morir." ). El compromiso tecnològico que genera estas nuevas narrativas posibilita la existencia de un Creador suficiente, valedor de sus propias opiniones, editor de su causa, motor suficiente de la cruzada a la que juramente su tiempo. Con Marx, el poder emana de la economía. Tyrell, el replicante, hubiese aceptado sin esfuerzo que el poder emana del lenguaje. La palabra abre y cierra la realidad.

XI

Estamos ante una etapa primaria de la alfabetización digital. La literatura es una de las primeras bajas de la contienda, pero subsiste con otro nombre, tutelada por intereses distintos. El individuo ha sido rescatado del precipicio: se le ha entregado la nueva cartografía del conocimiento o de la belleza o del asombro. Sólo se trata ahora de navegar. La lectura tradicional no precisaba que hurgáramos en su naturaleza: el lector moderno no sólo hurga sino que se siente capacitado para modificar lo que lee y condicionar la creación misma. Nada que no pueda hacer desde que se facturó a mucho bombo y pomposo platillo el consumidor interactivo, captado por la industria para ofrecerle golosinas digitales. Me parece irrelevante que se discuta la relevancia del formato. Lo que verdaderamente importa es que se lea. Es en el contenido en donde está la salvación de la literatura. Hablar de que el libro está en peligro es legítimo, pero será una conversación superada. En algunos años, no habrá discusión posible.

Coda

Y pido al azar o a la suma de sus causas que no perdamos el amor al libro, que la literatura no muera del todo, aunque consintamos que estos tiempos de conflictos mediáticos la hayan herido en la superficie y vaya a la rastra, dejando un reguero de letras heridas, de metáforas abiertas, a la espera de algún lector no lo suficientemente tentado por la imponente maquinaria de la tecnología, que todo lo succiona y todo lo transforma en link. Esto, de hecho, es un hilo de bits en el limbo de las líneas telefónicas. Suenan The Smashing Pumpkins en mis B&W. Voy a prepararme un café. Otro más. Tendré que pensar cómo racionarlos. Recogeré un poco el desorden. No sé si el desorden admite esto de recogerlo. Una vez instaurado el orden, recuperada esa sobriedad óptica que produce, empezaremos a revolverlo de nuevo todo. Qué voz de lija tiene el calvo Billy Corgan.

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2 comentarios:

Joselu dijo...

Interesantes reflexiones sobre el hecho literario que plantean la virtualidad de la literatura en un tiempo como el nuestro.

Sin embargo, tras todas estas reflexiones y dejando de lado los formatos en que se leen los libros (soporte físico o digital) me sorprende que los libros que ahora triunfan son sensiblemente más tradicionales que la literatura que triunfaba en los años sesenta o setenta en que había una pretensión de experimentación y desafío a las mismas costuras de la literatura. Y ahora es precisamente cuando tiene éxito novelas como "El tiempo entre costuras" o novelas históricas totalmente convencionales.

En mi vida como profesor he sido testigo de la recepción de la literatura por parte de los adolescentes. Puede que sea por el nivel social al que imparto clases, pero cada vez los modelos narrativos son más planos, más unidimensionales, más esquemáticos, mas simple llegando a la llana caricatura de la literatura. Puedo decir que lo que se leía por parte de un alumno de dieciséis años hace veinticinco años era enormemente más complejo que lo que se lee (o no lee) actualmente. O sea que la crisis de la literatura ha empujado en general a modelos menos problemáticos del hecho literario, más elementales, más decimonónicos, a pesar de que puedan aparecer en formatos digitales links que deriven la narración a otros niveles.

No sé si el futuro de la narrativa será el de un formato digital lleno de links y saltos hipertextuales a imágenes o vídeos. Ya de hecho estamos en ello.

Sin embargo, toda esa sofisticación tecnológica no supone un mayor atractivo para los neolectores, al menos los que yo conozco. Sí que si dejas a un adolescente con un ordenador y libertad para navegar, raramente va a seguir una historia por muchos saltos hipertextuales o links que tenga. No les interesa la continuidad narrativa, ni la coherencia literaria, y sí la suma de banalidades que se puedan acumular en un ejercicio, eso sí, de salto sobre salto a juegos y virtualidades digitales.

El lector ávido de literatura (algunos quedan) necesitará de sustancia narrativa. No sé si el nuevo lector del siglo XXI se hará en base a saltos narrativos e hipervínculos. Creo que el buen lector de literatura sabrá disfrutar de la complejidad estructural de una buena novela, con sus elipsis narrativas, y no será seducido necesariamente por toda esta abrumadora tecnología sobre la que soy, aunque usuario, muy escéptico.

Ayer iba en el metro y observé que más del cincuenta por ciento de los usuarios del mismo estaban embebidos en su teléfono móvil, especialmente los que iban sentados. ¿Esta es la literatura del futuro? ¿En esto reside la virtualidad de la literatura del siglo XXI? Dudo que ninguno de los que estaban metidos en su mundo digital estuviera leyendo literatura, y sí jugando, wasapeando, mirando contactos, páginas web… No, no creo que salga de aquí la literatura del futuro.

El lector de literatura será siempre (el bueno) alguien anómalo, fuera de su tiempo, desplazado hacia un mundo complejo y literario.

Por cierto, tras mi crisis lectora de hace unos años, llevo tres años devorando literatura, el noventa por ciento en formato digital en mi iPad 1. Y comprando en Amazon los libros, no pirateándolos.

No creo que los nuevos formatos creen un nuevo lector de literatura. A Shakespeare siempre habrá que leerlo, o a Dostoievski, o a Sánchez Ferlossio. Y ellos nos abren a mundos enormemente complejos, mucho más que cualquier soporte lleno de hipertexto o hipervínculos.

No creo en ese nuevo lector si ello supone la desaparición de la literatura como género problemático.

Juan Herrezuelo dijo...

Dejé de leer “La sombra del viento” al llegar a la frase “Llevaba en el vientre el hijo de otro hombre”. ¿Huir de la literatura decimonónica? Dickens o Melville son vanguardistas comparados con los autores más leídos hoy, las costuras, las catedrales, todo eso. En este torbellino digital la primera víctima fue la música –los músicos- y la literatura lleva el mismo camino. El nombre con el que llegue a subsistir designará otra cosa distinta y quienes tutelen el negocio serán mercaderes muy alejados de algo tan volátil como la imaginación, los cuentos, todo eso, también. Yo soy un tipo encuadernado a la antigua, un tipo en rústica que a veces se viste de unas elegantes tapas duras, un tipo que cree que todo es posible a volver la página. Saludos.