8.9.13

Boleros, libros, ciudades

Hay cosas que crees descubrir a los cuarenta y siete y que ya sabías a los quince. Una es que hay que tener buenos amigos. Incluso la certeza brutal, que irrumpe como una revelación epifánica, de que alguno de ellos te conoce mejor que ti mismo o a la altura de una madre o de una esposa. Yo no tengo la suerte de conocerme o lo hago a trozos, fascinado en ocasiones, hastiado en otras. Todo el esfuerzo que hago por entender a los demás hace que flaquee en el esfuerzo de entenderme a mí mismo. Todo a lo que me entrego se hace más rico y me deja a mí más pobre, dejó memorablemente escrito Rilke, el poeta, pero esa pobreza es admirable, en todo caso. Otra es que estás solo, como cantaba Hilario Camacho, el poeta, enmedio de tanta gente, qué solo estás. Todos los grandes poetas no han hecho otra cosa que escribir sobre lo pobres que somos y lo solos que estamos. Todos los boleros cuentan esto mismo que hoy escribo, pero endulzándolo insoportablemente. Como no los canto, les rebajo la glucosa del texto y los dejo aquí, camuflados, deconstruidos, que dicen ahora los que saben.


A las ciudades a veces las envilece el escaso aprecio que les dispensan quienes las viven. No así el turista, el accidental o el fijo, el que las pasea firmemente convencido de lo extraordinario de lo que contempla. No así, mejor formulado, cierto tipo de turistas. Hay, no obstante, algunas ciudades que no exhiben nada que asombre. Solo procuran la memoria de los rincones compartidos con los vecinos, la historia de adentro, la que no se envilece nunca porque no está expuesta en absoluto. Mi amigo K. suele repetir, en sus esporádicas vacaciones, cuando viaja, ciudades y parajes, restaurantes y calles. Busca la confirmación del hallazgo. Yo mismo he repetido, lejos de casa, la visita a ciertos monumentos que me conmovieron, pero hay tanto que ver. Anoche leí otra vez el poema de Kafavis de cuando el dios abandona a Antonio, donde cuenta lo dignos que podemos ser de una ciudad. Uno ama en la poesía esa posibilidad de convertirlo todo en algo propio, íntimo.


Tengo algunos libros de los que no guardo recuerdo alguno. Libros vacíos en donde no es posible que yo encuentro a ninguno de los posibles emilios que han ido existiendo. No creo que sean muchos, pero el hecho de haya uno, uno que esté en su balda, alojado junto a otros, quizá exigiendo un gesto de aprecio, me produce una sensación extraña. Dan ganas de quitarlo de ahí. Hay lectores esperándolo. Si tan solo dejara los libros que de verdad me siguen conmocionando, aquéllos sin los que no podría vivir, reduciría considerablemente mi biblioteca. No sé de nadie que ame todos los libros que posee. Cambian los libros y cambia también quien los compra y luego los lee. Yo he cambiado tanto que he olvidado las razones por las que leí cosas que ahora me producen sonrojo. A esta edad, sin embargo, lee uno con otra perspectiva, es más severo, aunque me gustaría volver a leer esto (ojalá) dentro de treinta años, y ver cómo hemos cambiado. Tanto, imagino.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Enmedio de tanta gente, qué solo estás... Qué tiempos....
Si tan solo...
Buen post y buen blog...
Sonrojo...

Ramón Besonías dijo...

Camaleón quizá, pero siempre Emilio.

Se nota que empieza el curso. El cuerpo y eso otro se recoge, busca refugio, acomodo y rutina. Retoma, recupera, reescribe promesas que solo cuajan en papel.

Un Emilio, muchas voces en una sola orquesta. Improvisa, Coltrane.