30.8.13

Vancouver, 1966


Uno a veces se reconoce en calles que nunca ha pisado. Aprecia incluso la cálida sensación de lo vivido, toda esa costura sentimental de lo que verdaderamente nos forja. Tampoco se sabe bien qué diferencia hay entre la ficción (lo aprehendido en los libros, en el cine) y la realidad, dónde acaba una y empieza la otra. De esta calle de Vancouver, registrada por un fotógrafo del que no sé nada en 1966, el año en que yo nací, tengo un par de historias que contar. Probablemente mezcle, en su relato, trozos de películas que he visto, párrafos enteros de cuentos o de novelas que he leído. Mi cultura ha crecido en Vancouver de un modo inargumentable. Le debo más a Carver que a Baroja. Creo que me movería mejor por las calles de Manhattan que por las de Teruel. No habiendo estado en ninguno de esos lugares, sin haberme dejado llevar por el vértigo de sus calles, estoy más inclinado a pensar que disfrutaría más en las afueras, en lo que no conozco sensiblemente, pero sí de un modo interpuesto, dulcemente aprisionado en mi memoria, elevado al rango de mítico. Poseo al menos un par de buenos amigos que pasearían conmigo por Vancouver. Quizá no el Vancouver actual, ya digo, sino el de 1966, creyendo que hemos ingresado en una película en blanco y negro y que Lee Marvin está en un bar, bebiendo un whisky, esperando a que le llamen para cerrar un trabajo. Yo soy muy de Lee Marvin, ahora que lo pienso. Muy de serie B a lo Samuel Fuller o Don Siegel. A la vida se le encomiendan en ocasiones cometidos que no puede cumplir. No podemos convertirnos en personajes de las invenciones de los otros ni tampoco que esos personajes salgan de la pantalla y circulen con nosotros por las calles, nos escuchen y consideren la posibilidad de que seamos nosotros los que hacemos el viaje inverso y paseemos Manhattan o Vancouver en 1966. Woody Allen nos dejó a Cecilia, la camarera de La rosa púrpura de El Cairo, esa película romántica en donde aceptamos cosas inverosímiles, fantásticas, mentiras que nos hacen más felices. Definitivamente uno, siendo muchas cosas, se queda con las que han dejado un poso más durable adentro. Como ya tenemos la realidad (a veces la constatamos de un modo brutal) pedimos un extra de ficción. Ah amable lector que me comprende, quedemos para tomar un café. 1966 es un buen año. Vancouver, un buen sitio.

2 comentarios:

Juan Francisco Alegre dijo...

No dejes a Baroja de lado. Aprenderás mucho. A Carver, mira tú por donde, habiéndolo leído, le tengo yo menos aprecio, dándoselo, eh, dándoselo. No he estado en Teruel ni en Vancouver ni en Manhattan, pero los libros te hacen viajar, o el cine, como dices. Me gusta escribir también, mucho, haciéndolo peor que leer. No me jacto de lo que leo sino de lo que escribo, decía Borges, que creo que te gusta mucho. En cuanto a la fotografía, magnífica. También hago fotografías. Malas, como mi escritura. Se ve que somos imperfectos. Volveré a tu cuidada y bien escrita bitácora.

Juan Francisco Alegre dijo...

Ah, me dice Ana que te diga que es ella la que me ha mandado a tu bitácora. Que luego viene, lee y se enfada conmigo.