26.8.13

Pizarnik al sol




Hay consignas invisibles, maneras de conducirnos sin que se aprecie que nos conducen. Basta percatarse una vez para que estemos después permanentemente alerta. Es lo que yo llamo la vigilia de la desconfianza. En cuanto nos dormimos, bajamos la guardia, dejamos que nos lleven y nos traigan por ese territorio huidizo. Los sueños son probablemente el lugar en donde somos verdaderamente nosotros mismos, donde se nos encuentra más fiablemente. En la vida real, en las horas en que no estamos durmiendo, no conviene perder de vista esa desconfianza, la misma que uso en estos días de verano en que uno no está en casa y busco afuera el alivio de lo nuevo, esa sensación de extrañeza que en ocasiones proporcionan los viajes, las camas nuevas, las habitaciones en donde depositamos las maletas y en donde concebimos un universo transitorio de equilibrio dentro del caos. Porque hay que amar el caos, hay que buscarlo incluso sabiendo que puede malograrnos, atropellar la parte de armonía a la que nos inclinamos a diario, en la creencia de que es buena y que nos va a hacer más felices. La felicidad está también en las afueras, en la periferia, en el espacio que no se conoce, observando las peripecias de los demas para encontrar esa felicidad, dejando que todo lo que uno ve penetre, se encastre adentro, permita que el alma (esté donde esté) salga de su estancia lirica, vuele un poco, adquiera altura y nos permita contemplar el paisaje sin la contaminación de lo pedestre. Todo esto se me ocurre hoy, a pie de playa, mirando ahora mismo gente zambulléndose en una piscina, charloteando cosas que llegan desde lo lejos, fragmentos de otras vidas, asuntos que también acuden aquí, mezclándose con los míos, modificando en una parte su singularidad, como si en la trama de esta pequeña representación teatral hubiese un narrador fabuloso que trenzase de aquí y de allá los hilos con los que todos nos vamos moviendo. Las consignas son ahora visibles: cojan un poco de bronce en la piel, tiéndanse en la toalla, abran un libro (estos días la alta poesía de Pizarnik, otra vez) y miren las nubes, allá arriba, contribuyendo de forma espléndida a la riqueza del atrezzo.

2 comentarios:

Juan Herrezuelo dijo...

En mi caso, no cabe duda de que soy más inequívocamente yo en mis sueños que en la realidad, y más aún, mucho más, en los no cumplidos. Los viajes, sobre todo si es a espacios desconocidos, crean durante unos días la sensación de que el tiempo discurre de otra manera, menos previsible, y sólo por eso ya merece la pena emprenderlos. Y es cierto que el verano es época propicia para echarle una mirada más detenida a la vida de los demás, por ejemplo desde un banco de la estación de Atocha, y dejarse invadir por la consciencia de tantas y tantas historias de las que no sabemos absolutamente nada y son tan reales como la nuestra. (Tengo ese volumen de poesía de Pizarnik: llegué a él después de leer sus Diarios, libro que sigo prefiriendo). Abrazos.

Isabel Huete dijo...

A mí es que en verano me invade una cierta misantropía... Debe ser el calor. :)