4.6.13

Many times / Juan Muñoz / La soledad multiplicada





                                                  Many times, Juan Muñoz, 1999

Primera intención
Soy un ciudadano medio con una cultura media, por no decir abiertamente pobre, en asuntos de la hondura artística de los que ahora (ah osado de mí, ah gran voyeur) pienso ocuparme. Entiendo que la opinión que exprese será, a causa de mi falta de formación en instalaciones o mi absoluta ignorancia en un arte como la escultura moderna, útil para quien sostenga las mismas limitaciones que yo. A lo cual me hago yo mismo una interpelación y me obligo a considerar la naturaleza obviable del mismo texto que está a punto de verterse. La contesto rápidamente: escribo por necesidad, opino de todo lo que activa mi asombro, no hay nada de lo que en principio deba apartarme, incluyendo en esa lista  de empresas asombrosas la que propuso Juan Muñoz, artista ya fallecido que hoy, ya ven qué tarde, ha llegado a mi conocimiento.

La ideología
En Many times hay una ideología, un modo de ofrecer una visión del mundo. En este caso, el mundo ofrecido es uno infame, es gris, es de una monotonía que no hace daño. Los personajes que lo pueblan están ciegos, no tienen pies, visten uniformados y sonríen como si la vida, a su paso, los regara de dones y de dádivas. El mundo que no ofrece Muñoz, el real, el que nos rodea, no difiere en exceso de éste aquí representado. Su calidad de infame proviene en parte por el hecho de que lo pueblen criaturas demasiado parecidas a las del espacio de Many times. Percibimos el espacio escénico como un émulo de algo. Esta idea bulle al momento de concentrar la atención. Da igual dónde mires. Imagino que la sensación de vértigo, de estar moviéndote por un trayecto ya conocido, abruma de un modo más vigoroso si visitas la exposición en lugar de contemplar (como aquí) instantáneas o vídeos. No hay ficción: lo que ocupa todo es una duplicación de lo real. El objeto artístico, sin expresarlo de un modo fiable, nos llama, requiere una mirada. El problema en esto del arte siempre ha sido la falta de educación de la mirada. No sabemos ver un cuadro igual que tampoco sabemos ver una película o leer un libro a pesar de que mucho de lo que hacemos, incluso no sabiendo, nos conforte e incluso nos restituya un placer inmediato. Muñoz no da placer en ese sentido: el tipo de jùbilo que proporciona Many times es de otra índole, creo. Lo que da sin pudor es una teatralidad, un discurso narrativo en donde los personajes establecen un diálogo que debe ser escuchado. Y es precisamente el diálogo, lo que no escuchamos por los sentidos, lo que subyace y provee a la representación plástica de un corpus narrativo que privilegia cierta sensibilidad extrema, una sin la cual no es posible indagar, ahondar, aprovisionarse de todos los significados ocultos en la obra. Supongo que nada diferente a lo que sucede cuando un observador (curtido o no) se planta delante de un cuadro de Francis Bacon, de una película de Ingmar Bergman o escucha una pieza de John Coltrane.

La soledad
Las cien figuras de Many times podrían ser dos y el efecto no diferiría en demasía. Expresan la misma contundente soledad dos personas que se cruzan y ríen como lo hacen éstos que un universo poblado por millones de seres que se cruzan y ríen así. Los objetos de Muñoz son mercancías, productos exhibidos como maniquíes sofisticados. En esa perplejidad en la que se embosca la instalación de Muñoz es en donde Many times adquiere el rango de obra de arte. No hay un solo modo de abordarla. De anoche a hoy he mudado algunas veces de opinión. Ayer, cuando la descubrí, sentí un cómoda sensación de integración. Ahora, por la tarde, mientras escribo esto, aprecio una descolocación, un extrañamiento, cierto desplazamiento en el interés que me produce. Estoy más aturdido, podríamos decir. Y en ese aturdmiento en donde de verdad encuentro más significados. Perturbado, en arte, en la vida en general, se vivie mejor. Muñoz es un perturbador absoluto. Crea una realidad misteriosa, una en la que se entra con pasmosa facilidad pero de la que no es tan fácil salir. En este aspecto, en sus texturas, obligado a manifestar su creatividad en el espacio escénico de la escultura, de las instalaciones complejas o sencillas que ocupan las galerías y los museos, Muñoz es un narrador, uno leíble. Su materia narrativa no es semántica, pero ofrece un texto. El de Many times es ahora uno apocalíptico. Lo que yo ahora entiendo es que estas criaturas, vaciadas de sentido, sonriendo estúpidamente, absurdamente multiplicadas, iguales en todo, que deambulan sin propósito, están a punto de desaparecer, de ser aniquiladas por alguna devastación global, una de la que no se salve ni el propio espectador. Quizá se ríen de eso. Admito que es una lectura excesiva. Nada que no esté ahí alojado, embutido en las ropas grises, confiscado a la realidad y encofrado en esos ojos que no ven, en esas risas mudas, en toda la belleza convulsa que ofrece.

3 comentarios:

Pedro Laguna dijo...

Inquietante. Solo eso se me ocurre. El texto y las imágenes, las dos cosas. Un saludo.

Carmen García dijo...

Somos observadores, Emilio querido, a veces con ser observadores y disfrutar de lo observado, basta. Siempre tan preciso, tan rico en lo que expones.

Isabel Huete dijo...

Pude moverme entre ese personaje multiplicado por 100 en el Guggeheim de Bilbao y la verdad es que mis sentimientos fueron muy parecidos a los que describes. Me pareció estar en un mundo clonado, tan parecido al real que asustaba, como una fotografía realizada por una cámara maldita. De hecho la soledad que se siente tiene que ver más con la mirada como espectadora que con la instalación en sí. No sé si Juan Muñoz pretende crear tales sentimientos, o sensaciones, pero notas opresión en la garganta, desazón, tristeza, impotencia, incluso ganas de acercarte a uno de esos grupos que parecen conversar y decir algo para ver si se rompe el maleficio, si vuelve el color, la diversidad, la vida. Es tan hermoso verla como desasosegante. También tienes la sensación de estar viendo algo único, fantástico. Me gustó mucho.