18.6.13

El libro del fuego




Al principio nadie contaba nada de lo que había afuera. El que se envalentonaba y refería cómo un ancestro suyo había visto un árbol o molido la cabeza de un conejo con una piedra era invitado a comedirse con buenas palabras. Nunca nos faltaron las buenas palabras. Creo que si no fuese por ellas, habríamos perecido, nos habríamos convertido en topos, en torpes criaturas ciegas con las extremidades atrofiadas y el olfato extraordinariamente aguzado. Nos salvó un libro en el que se contaban las historias de los últimos habitantes de la luz, los que organizaron las bajadas. Ya no sabemos leer, pero no hemos perdido el afecto a los libros. En todo caso, nadie desoye lo que cuentan, nadie antepone su beneficio al de los demás, nadie decide hacer las cosas a su antojo.Vivimos en una felicidad precaria, en una alegría oscura, pero no podemos vivir de otra manera. El paisaje de la superficie no es un paisaje, si me quieren entender. El de aquí abajo sí lo es, en cierto modo. Nos manejamos con estas expresiones para que la realidad no nos aturda demasiado. Hay quien se maneja mejor que otros y quien no se maneja nada, quien se esmera en mantener las leyendas de los primeros tiempos (o de los últimos, según deseemos)  y quien no se deja engatusar por los relatos. Son estos últimos precisamente los que más preocupan. Andan sublevándose sin que ni ellos mismos lo aprecien. Se están convirtiendo en justo lo que no conviene.

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1 comentario:

María Dolores González dijo...

Hay que hacer un desplazamiento para ir a la barra, pero allá vamos...