11.6.13

El conde Vronski y el billete dorado




Hay algo a lo que no pienso renunciar en literatura: al asombro. No creo que exista otra adicción mayor que ésa en las páginas de un libro o en las horas de un día. En eso, las novelas son fragmentos del tiempo, trozos extraídos de una trama de la ficción que se incrustan en la malla durísima de los días. Por eso amamos la ficción; porque nos permite abandonar el rigor de lo real y deambular sin pudor por la periferia, hocicando en lo que no nos incumbe, alambicando néctares al ras mismo de la palabra. De las novelas amo precisamente esa sensación de pérdida que producen. Perdido, en ese limbo perfecto, comp,rendo asuntos que, contados de otra manera, se me escapan, huyen de toda posibilidad de que me pertenezcan. Leyendo Anna Karerina (que un hermoso texto de Andrés Neuman me ha recordado hoy) entendí que la familia, a su manera, es un veneno, uno grato, al cabo, administrado con morosa delectación, carcomiendo sin entusiasmo (aunque inapelablemente) la felicidad pura que se trae en el momento de venir al mundo. Algo parecido puso Roald Dahl a su Willy Wonka en la maravillosa fábrica de chocolate: la familia es un entorno difícil para ser creativo. Y no hay ocasión en que un quebranto en su peculiar ecosistema no me haga pensar en el dolor que producen los seres que amamos y en  el conde Vronski, tan mediocre y tan perturbador al tiempo, capaz de hacer enloquecer sin que en ningún momento se atisbe, en su comportamiento, mérito para que esa locura ajena prospere y conduzca a Anna al final que conoce incluso quien no ha leído la novela de Tólstoi.. Y es que hay venenos gratos, pócimas que se ingieren a sabiendas del daño que producen. Conozco varias y no entra en ningunas de mis planes de vida racionarlas. Me las administro con absoluta fruición y aprecio, a cada pequeño chute, las hermosas heridas que producen. La herida más dulce es el asombro. No creo que exista otra que me atraiga más. Por eso amamos la ficción: por la imprevisibilidad que promete, por toda la promiscuidad que tan alegremente nos vende. Como billetes dorados escondidos entre las páginas. Como momentos de felicidad alojados en la costura siniestra de las horas.

5 comentarios:

Isabel Huete dijo...

Ah, la familia, ese dulce tormento! Es una forma de disfrutarla, sí, aunque yo nunca haya sabido exactamente qué es.

Anónimo dijo...

Pellezuelo:
La familia. Opino como Isabel. Igual. No quito nada.

Fernando Campo dijo...

Fantástico. Dan ganas de leer más. Un saludo.

María Dolores González dijo...

¿Lo creerás? Anoche le recomendé a mi hijo, quince años, que leyese Charlie y la fábrica de chocolate, que había visto la película de Tim Burton, pero no es lo mismo, y luego, nada más hacer eso, entro en internet, escribo Roal Dahl y me sale tu escrito después deuna pequeña búsqueda. Me alegro de la recomendación de mi hijo que ha dado con el descubrimiento de tu blog, que me está encantando, de verdad.

José Luis Martínez Clares dijo...

Me sigues asombrando porque nos describes, nos explicas, nos motivas. Un abrazo, amigo.