25.4.13

De unos muebles, un árbol




I
Narrar es hacer un palimpsesto absoluto. El texto está debajo y solo hay que sacarlo. Narrar es transgredir también, violentar a quien lee o a quien escucha, agredir a quien se presta a modificar su estado en el mundo. El que escribe también está violentándose, modificando un ánimo para conducirlo a otro. Leer es siempre un riesgo porque no se tiene la certidumbre de que se vaya a salir con el mismo apero sentimental o intelectual con el que se entró. Leer es hacer un palimpsesto inverso. Leer es ser transgredido, aceptar ser violentado, pedir esa dulce agresión que consiste en empezar una travesía siendo uno y saliendo siendo otro. Salir al día, mirar por la mañana el sol y pisar la acera es, a su modo, un ejercicio literario. El escritor es alguien que de unos muebles hace un árbol, dejó escrito Anne Sexton. Por ahí va la cosa. Por hacer árboles. Por ser dioses. Dioses inversos. Metafísica pura.

II
Hablaba hace unos días con un amigo sobre la importancia de educar en el hipertexto, en fin, mis amigos y yo somos así, y caí en la cuenta de que la realidad funciona con idéntico chasis contextual que la red. Que vamos libando de aquí y de allá, abasteciéndonos de códigos, descerrajando lo real y habilitando un espacio nuevo, necesariamente hostil, en el que depositar el deseo de ir más allá. Porque, al fin y al cabo, todo se resume a esto: a querer saber más, a indagar, a compartir, a fundar un territorio en el que podamos reconocernos actores de una trama común. Narrar, en los tiempos en los que estamos, es proyectarse al mundo y sentir que esa proyección afecta de alguna forma toda proyección vecina. La otredad, la cercanía del prójimo: ése es el verdadero sentido de las cosas.

III
El blog, cualquier blog, este blog en concreto, es un instrumento, un modo fiable de representación en el escenario recién creado. Hay que repensar lo clásico y renunciar a hacer literaturas comparadas: leí anoche (nuevamente) a Góngora y me dormí en ese limbo perfecto de palabras que se engarzan y se abrazan y se pierden y vuelven luego a encontrarse para producirnos el asombro que quería Aleixandre. Bien: toda esa fascinación metalingüística, de orfebre infatigable del verbo, no es posible ahora. Pienso en la escritura actual y en cómo esquiva esas poéticas trascendentes, de altísimo voltaje semántico. Prima la experiencia, el lenguaje que se deriva de lo vivido, el sencillo discurrir de los acontecimientos poetizables, la cáscara liviana, el peso de lo light frente a la contundencia metafórica/cognitiva de esa otra poética ya condenada. Hoy tengo a Peo en la mesita de noche. Poe es un refugio. Poe es un refugio.


IV
Lo que ahora estamos viviendo es una revolución absoluta. Lecturas muy triviales de los acontecimientos recientes, todos alojados en el paradójico, democrático e invisible panel de las nuevas tecnologías, podrían desvirtuar el verdadero sentido de esta nueva cruzada post-teológica. A lo mejor el terror a lo nuevo viene de esa renuncia tácita a ver a Dios debajo de los hilos de la Red. La literatura cyberpunk abastece de suficientes argumentos como para tomar muy en serio esta trivialización de la religión como ortodoxia y el abrazo a eso que algunos han denominado new age y que consiste, muy sesgadamente escrito, en la creación de un nuevo depósito de esperanza mística o metafísica o transterrenal que no se base en metáforas ancestrales, en creaciones de otros que ya no están y sí, muy al contrario, en contenidos contemporáneos, nacidos hoy, contextualizables, convertibles (a poco que se piense) en un nuevo folclor digital, material de muy escaso volumen ideológico, que no precisa inmersión cultural sino algunas señas meramente mediáticas, los restos de la cultura fragmentada a la que no queremos apegarnos porque implica un gasto que no estamos dispuestos a hacer. Engolfa más el apetito sensible la caterva infame de golosinas pestilentes que adornan el escenario interesado del negocio: engolfa más Telecinco, engolfa más la tertulia rosa de avatares irrelevantes de gente aburrida que se cuenta y se recuenta las cicatrices de la vida, las inventadas, las ciertas, y va y las cuenta para que el espectador, el usuario doméstico arrebujadito en su butacón aséptico, contemple el sexo de la simplicidad. Engolfa la carne mostrada como mercancía, derramada y blasfema, sin vocación de trascendencia, pero he aquí, oh sonido de las monedas en el bolsillo, oh trasunto bursátil, que el negocio se nutre con estas sutilezas de lo precario.

V
Mañana, en unas horas realmente, voy a un instituto de mi localidad a hablarles a los alumnos de 4º de ESO sobre libros y sobre escritores. He ido preparando unas cosas muy a tientas, sin saber con certeza el modo en que contarlas. Si confiar en la improvisación y dejarme llevar o si, bien al contrario, depositar todo en la buena lectura, reposada, interpretada. No lo tengo claro y está bien no tenerlo claro. En todo caso, hablaré con entusiasmo. El entusiasmo saldrá solo. Con eso cuento. Es lo que tiene hablar sobre lo que le gusta a uno. Que sabe que el éxito de la tertulia está asegurado porque el material con el que se trabaja (la literatura, el amor a los libros, el deseo de escribir) es bueno. No es que yo vaya a hacerlo bien, quién sabe, qué importa: es que voy a hablar con material muy bueno. De última generación. Un pepinazo de material.

1 comentario:

Inma Cuadra dijo...

Fue bien la lectura en el instituto? Imagino que sí. Los niños de esa edad todavía son porosos. Lo fueron?
Un saludo.