16.3.13

Palabras cosidas unas a otras




Leer no garantiza que seamos más felices. Ni siquiera que la felicidad nos visite mientres leemos. Es incluso posible que la lecture nos procure un paraíso inverso, un desorden emocional que no posee quien no ha abierto libro alguno. El habito de la lectura no crea mejores personas. Muchas de las barbaries cometidas por el hombre han nacido en los libros. Las propias religiones han mantenido un enconado y sospechoso recelo hacia los libros. Los jerifaltes de la Iglesia Católica, a lo largo de sus muchos siglos de imperialismo moral, elogian la ignorancia. La ajena, claro. El que no lee vive en la oscuridad. En la oscuridad, el pueblo es más fácilmente manipulable. El pueblo, una vez manipulado, se deja gobernar con pasmosa mansedumbre y se aviene al credo de quien custodia la palabra, el libro.

Los monasterios, las abadías y todo edificio de inspiración cristiana alberga, tutela y, por último, oculta montañas de libros, aunque ya amengua esa tesorería fantástica y el libro, por fortuna, por el signo de la modernidad, se ha democratizado. De eso, del libro como hechizo o del libro como arma del demonio habla Umberto Eco en su fabuloso El nombre de la rosa: de la ocultación del conocimiento, del libro como revelación y como instrumento diabólico. (Aristóteles, la risa). El diablo, ya se sabe, se embosca en las palabras, y las maneja a su antojo para profanar la dura coraza de la fe y pervertir al pobre que se atreve a leer. Y ahí hemos andado dos milenios. Se tardará en salir. No confía uno en que de verdad la luz vence a las sombras.

Leer es una actividad de riesgo. Como escribir. El escritor es un agitador social y el lector es el incauto que ha perpetrado el pecado terrible de buscar, ajeno a tutor o guía alguno, la verdad o el conocimiento o la belleza. En las guerras, lo primero que hacen los soldados es quemar las bibliotecas. Piras funerarias de historias. Caligrafía quemada. Letras que arden. Los libros arden mal, escribió Manuel Rivas.

Me cuesta cada vez más concentrarme en lo que leo. Me distrae lo que he leído. Pienso en las cosas que no debería y la línea por la que discurre el relato se expande, adquiere proporciones fantásticas, incluso llega un momento en que ni la reconozco siquiera. Esa línea es la que hace que uno decida escribir. Leer no solo es una actividad de riesgo. También es una actividad tóxica. Hay una cantidad enorme de veneno en las palabras. Las hay inofensivas, las hay tiernas, las hay amorosamente cándidas, pero en cuanto se encuentran y se entabla entre ellas el diálogo son de verdad temibles. En lo que uno lee, en las palabras cosidas unas a otras, está también todo lo que no ha leído. Las historias tienen su envés. Unas historias te llevan a otras historias. Yo, al leer a Lovecraft, no puedo evitar que se me aparezca Poe. O era al reves. Primero Poe, luego Lovecraft. Y cuando están ahí los dos, observándome, no puedo evitar pensar en la escritura. En eso consiste leer: en querer escribir. Voy a escribirlo otra vez, matizado, personalizado: cuando yo leo, casi siempre termino escribiendo. No suele pasar al revés. Que escribir me incite a leer. Es cosa de razonarlo todo esto con calma. Mañana lo hago. Es tarde. Buenas noches.

4 comentarios:

Isabel Huete dijo...

A mí me pasa igual, la lectura me invita a la escritura pero no a la inversa. Me enamoran las palabras, lo malo es que no soy correspondida. Tú tienes una profunda ligazón con ellas, y te responden. Te envidio sanamente. :)

Alberto Castilla dijo...

Digo yo como la compañera Isabel, que no tengo yo el arte de la escritura, pero aprecio, y envidio a medias, que otros sí la tengan. Si no hubiera escritores, qué íbamos a leer. No sé si los escritores leen mucho o leen mas que los que no escriben, no me he parado a pensar todo eso. Nunca es tarde de hacer reflexiones tan "profundas". Me quedo, Emilio, con las palabras cosidas unas con otras. Las tuyas, un traje estupendo.

Joselu dijo...

Sin duda hay mucho de sentimiento romántico en tu percepción de la lectura y la escritura. Hay miles de miles de libros, millones tal vez que son pasmosamente inanes, y puede que sean los más leídos, los más populares… los que más lectores seducen. ¿Qué tipo de experiencia personal producen estos libros? No lo sé. Yo no puedo entrar en el interior sagrado de las personas. Sé que hay libros que acogen el veneno de la literatura y de la vida, seguro que son los que a ti te cautivan y te llevan a estas circunvoluciones escriturales. Sin embargo, reitero, buena parte de la producción de libros, llamados genéricamente "literatura" son pastiches, son remedos, son relatos trufados de lugares comunes, de descubrimiento de mediterráneos, son fórmulas pragmáticas de creación narrativa, son estereotipos sin ninguna dimensión ni profundidad aunque la simulen. Acceder, ser capaz de acceder, a la verdadera literatura requiere de una tarea de por vida, de una especialización personal de la sensibilidad, de afinamiento de las propias percepciones, de búsqueda, de accesis espiritual… Y esto no es lo más común. Yo distingo en tus palabras dicha enfebrecida búsqueda. Hay dimensión, hay algo de lenguaje profético en la cotidianidad de tus textos, y eso, solo puede ser fruto de ese encuentro desde hace años con la literatura, ese tesoro difícilmente accesible a los gustos de la mayoría y más en los tiempos que corren. Un íntimo malestar me recorre cuando tantas personas te recomiendan libros que son pastiches, que a la primera lectura revelan su inconsistencia, su banalidad, su carencia de estilo, su petulancia. Hay que saber muy bien quién te recomienda y qué te recomienda. Hay quien dice que lo importante es que se lea, que da igual qué se lea, que lo importante es leer para no perder ese mecanismo de la atención y de la mente de decodificación de los signos escritos. En esas estamos, que es indiferente el objeto de nuestras lecturas… Mis alumnos son incapaces de distinguir una hamburguesa con ketchup requemada y maloliente de un plato exquisito y refinado ofrecido por el más delicado chef del mundo. Según ellos, todo es cuestión de gustos. Hay a quienes les gusta tirarse pedos y hay a quienes les atrae comerse la mente leyendo ladrillos llamados literatura. Atrae lo fácil, lo cómodo, lo que no ofrece dificultad, lo brutalmente vulgar y estereotipado, lo preñado de sentimentalismo manipulador… Esos son los libros que triunfan en general.

caty luz garcia romero dijo...

Emulio cuanto te envidio bien!normal si con 18 años ya escribias y encima bien!
A mí me gusta pasar mis horas con Paul Auster,Pio Baroja o con nuestro compañero Fernando Molero por poner algún ejemplo.No infravaloro a l@s que lo hacen con Ken Follet,el dichoso Codigo da Vinci o la mismísma Corin Tellado.