6.3.13

Lo que uno declina y a lo que se aferra



     

Ego in snow
No sabe uno nunca cómo lo miran los demás. Cree tener una idea aproximada, maneja cierta información más o menos fiable, pero no hay forma de salir afuera y contemplarse desde esa distancia clarificadora. Se vive en esa soledad imprecisa.  De pronto reparo en la inconsistencia de lo que uno toma por cierto. Lo bueno (quizá) es no estar a salvo, no aliviarnos con la idea de que tenemos un refugio en el que cobijarnos. Se vive mejor en la intemperie. Hay más con lo que divertirnos en la incertidumbre. Hoy mismo pensé en lo fabuloso que es saber tan poco como sé. Lo que he ido atesorando (la cultura es un objeto valioso en estos tiempos de oscurantismo y precariedad) solo me sirve para provisionar más tesoros. Somos insaciables en ese asunto. Se me levanta el corazón al pensar en todos los libros que no he leído. Se queda ahí, enhiesto y febril, con toda la maravillosa virilidad de la sangre, desafiante, un poco chulo. El corazón es una criatura que delinque a su antojo. Comete a diario los delitos que la cabeza no consiente. Por eso no hay que pensar en demasía. No tener una idea certera de las cosas grandes o de las pequeñas. Sobre todo, de lo que rehuyo es de la trascendencia, pero se está bien dentro de esa casa llena de espíritus. Yo, al menos yo, la disfruto a poco que me invitan a visitarla. Me doy un garbeo por las nubes, flipo con la metafísica, me arrebata la belleza inmarcesible de las grandes palabras. Luego las declino. Las grandes palabras, digo. Desestimo la posibilidad de organizar mi vida en base a ellas. A lo que no renuncio es a amenizar mi ocio con ellas. 

Borgiana
De las cosas evangélicas me atrae la fastuosa inverosimilitud con la que se forjan. Sostengo, como el buen Borges, que los textos sagrados son en realidad una rama (la más distinguida tal vez) de la literatura fantástica. Opino como algunos de mis alumnos más aventajados: quieren que les cuentes historias. No se conforman con aprender el relieve de España. Prefieren que aliñes la instrucción con narraciones extraordinarias. Somos lo que escuchamos. Incluso somos lo que no escuchamos, y sabemos que nos aguarda. De todo lo visible y lo invisible, me quedo con todo lo que me haga ser feliz, acuda de donde acuda, sea lo que sea. No soy particularmente delicado en la forma en que me alimento. Aprecio las viandas exquisitas, paladeo los sabores más delicados, me deshago en alegrías cuando advierto que tengo a mano el placer y que no hay forma de que se desvanezca. Nada que no sienta otro con idéntica o mayor enjundia que la mía. Nada a lo que no sepa renunciar cuando las cosas vengan en contra. Vendrán. Hay quien se obstina en arruinarte toda esta bendita fiesta de los sentidos. Quien, al menor descuido que ofrezcamos, nos convida al miedo.

I prefer not to
En conciencia, a cuenta de lo visto, es preferible arrimarse a la máxima de Bartleby, ese preferir no hacerlo. No por pereza ni movido por ningún ascua de ignorancia. Bartleby, un hombre de cierta edad, de los del gremio de los amanuenses o escribas judiciales.  Los hombres benévolos y las almas sentimentales sobre las que el narrador deposita su relato no son muy distintas a las del penoso ahora. Ninguna de las cosas que puedan contarse escandalizarían al lector actual. La literatura no se ha privado de personajes como el de Melville. Y uno, en el esmero de contarlo todo con primor, reclama ese sentido primario de las cosas. La fórmula, amplificada, ramificada, evidencia la desolación del ser humano, su absoluto estupor ante la existencia. ¿Y quién no está abrasado por lo real? ¿Quién, a pleno pulmón, consciente de su interior, no preferiría no hacerlo, no involucrarse, dejarse llevar, agotado y limpio, legítimamente habilitado para ese abandono? ¿Quién, cayendo lo que cae, no optaría por el refugio de la dulce apatía, no se siente cómodo en esa indiscernabilidad, sobrevenida y pura, inasequible a ser diseccionada sin robarle su extremo grado de pureza? Cuando Bartleby se decanta por rehusar hacer copias o registrar documentos lo que está haciendo es invalidar al lenguaje mismo. No es que no quiera hacerlo. No es una negativa. No hay una voluntad hostil. Lo que hay (y lo que yo aprecio) es una deliberada (y mágica) suspensión de la realidad. Querría yo suspender en ocasiones la mía. Encontrar entre todas las fórmulas del protocolo una que manumitiese la voluntad ajena e hiciese que ganase, sin atropellos, con mansedumbre, la propia. Bartley, el destructor.El que ofrece un sistemático plan de demolición, el que (en otro orden de cosas) podría valernos para soportar el rigor de lo real, como quería el poeta. Porque los tiempos están verdaderamente envenenados y es posible encontrar un antídoto en las palabras. De verdad que es en el lenguaje en donde está la salvación. El pobre papel del abogado de Melville, obligado a entender a Bartleby, es el que falta en la escenificación de esta pequeña trama. Porque es una trama pequeña. Es irrelevante traer a Bartleby hoy a esta casa. No sé si hace uno bien en enredarse en estas frivolidades del ocio vespertino. Mi amigo Antonio me pidió ayer que no hiciese el vago más tiempo y le dedicase un rato a mis letras. No pude preferir no hacerlo.


2 comentarios:

Miguel Cobo dijo...

Iba a escribir un comentario, pero prefiero no hacerlo.

Mon ami.

ginecomastia dijo...

excelentes reflexiones me ha encantado
saludos