9.3.13

El lado bueno del lado malo


A un personaje de Borges le parece increíble que un día carente de símbolos y de premoniciones pudiera ser el día signado para su muerte. Uno querría imaginar que cuando el azar o la enfermedad nos señalen con la fatalidad, algo extraordinario anunciase ese ominoso acto. El mío, dicho sea sin que el destino tome note o piense que me tomo yo prisas en estos asuntos, podría estar enmarcado por un día de lluvia, en Venecia, en soledad, acompañado en todo caso por el rumor de algún standard de jazz que dé sustento a la coreografía de mi fuga. O tal vez un blues desgranado con morosa cadencia en el porche de una casa colonial del Nueva Orleans cinemascope que mi memoria custodia. O un cottage muy, muy inglés, frente a una ventana desde la que se contemple un bosque. Yo es que soy muy victoriano cuando me lo propongo. Se podría fijar a la evidencia golosa de un escaparate de libros o un paseo por alguna brumosa calle del Londres que he aprendido en las películas de la Ealing y que guardo en dos lugares perfectos (todavía): mi corazón y una estantería reventona de películas que preside el cuarto desde donde escribo. Pero no es la muerte lo que me preocupa (nunca lo hizo) sino la forma en que se presenta, el improvisado vértigo que causa. No existe una didáctica de la muerte. No, al menos, una eficaz en esta cultura nuestra del gozo lúbrico de vivir. Lo que hay, a espuertas, es una maravillosa literatura alrededor de su tétrica figura. Qué sería el cine negro sin la negra muerte. Qué leeríamos de noche antes de conciliar el bendito sueño. Justo anoche caí en él con unos cuentos estupendos de Patricia Highsmith. La tenía olvidada. No hay tiempo para administrar tanto placer. Solo hay que aplicarse (en serio, aplicarse con vehemencia) en los que surgen, en todas las cosas buenas que caen cerca. Nada que el amable lector no haya experimentado. Alguna vez, al menos.

3 comentarios:

Juan Pedro Vallés dijo...

Es hermosa la muerte cuando se escribe bien sobre ella. Saludos.

Aurora Gómez dijo...

La muerte es intensa y mueve el espíritu creativo de los que tenéis creatividad, fantasía, imaginación, LITERATURA. Perdonarás que no me exprese como quisiera, pero lo mío es leer textos como este, aunque hable de un asunto que me produce, por asuntos que no han ahora al caso, rechazo, tristeza, dolor muy grande. Y qué feliz me siento leyendo. Qué felicidad leer.

José Luis Martínez Clares dijo...

La didáctica de la muerte no existe en nuestra cultura. Y es paradójico, porque la muerte lo impregna todo y está presente en nuestro día a día, en aquello que vemos y en lo que leemos. Está aquí sentada, esperando. Aunque prefiramos llamarla con ese eufemismo nostálgico que protagoniza nuestros escritos: el paso del tiempo.
Abrazos