13.2.13

Un viaje


Cuento entre mis aficiones la de no permitirme perder ninguna.  Una de las más queridas es la de las palabras.  Prueba uno el sabor de la palabras y ya no desea ningún otro sabor. No hay otro que se le parezca. Estrujen un adjetivo y verán cómo sale otro igual que de la panza de John Hurt salía un alien. El lenguaje tiene estas cosas: cree uno que lo tiene dominado y de pronto un adjetivo se resiste o sale díscolo o se pone a roznar como un asno o a balar como una oveja y entonces no tenemos esa certidumbre de saber con qué andamos trabajando. Las palabras son, en este caso, piezas sensibles que no se dejan manosear por cualquiera, ingredientes de un plato delicioso o de un brebaje tóxico.

Una de esas aficiones que me gusta mantener es la de la curiosidad semántica. No hay mejor libro que un diccionario. Puestos a dejar que se nos desboque la imaginación, podemos asegurar que dentro de un diccionario, ni siquiera del mejor ni del más premiado, están todos los demás libros. Está Lolita, Lo-li-ta, la pieza maestra de Vladimir Nabokov. Están las obras completas de William Blake, que era un visionario metido en letrista de copla de la época. Está mi Borges, los laberintos, la rosa de Milton, los tigres en la noche. Dentro de los diccionarios, en su alambique de placeres, están todas esas cosas, las que sabemos, las que nos esperan.

Anoche, en lugar de continuar con la lectura del libro en el que ando emboscado (22/11/63, Stephen King) cogí uno de los diccionarios más voluminosos que hay en casa. Manejado con dificultad (amo los libros electrónicos, perdóneseme la blasfemia) me perdí en la maraña de significados, acepciones y etimologías. Hice lo que mis alumnos, en ocasiones, realizan cuando buscan una palabra nueva (hoy, uno de ellos ha descubierto el ósculo): amplían el radio de acción, visitan la periferia, recorren caminos largos, con paradas innecesarias, pero fascinantes, en paisajes imprevistos, en lugares donde nunca antes habían estado. Como si fuese un viaje. De eso, al cabo, se trata.

4 comentarios:

Juan Pedro Vallés dijo...

Comparto el oficio con usted y extraigo la misma feliz conclusión a la que usted llega: los diccionarios, en clase, en la vida, son puertas a mundos, la llave que abre la vida intelingente, el arsenal de recursos de belleza y de sensibilidad con el que nos movemos para vivir, para vivir...

Lo hermoso es que estén, que cambien, que se dejen influenciar por los tiempos, por las modas...

Aprecio la buena literatura porque me dan mundos que conozco; parecido caso al cine, por ejemplo, en medida menor. A lo que no renuncio, a pesar de mis años y de mi amor por todo lo que tenga que ver con la cultura, es a saberme pobre y a querer aprender más a más y no parar en ingún instante...

Solo así se puede alcanzar la felicidad.

Grandísima manera de abordar esto que tan hondo me llega...
Diferimos... en Stephen King.
Siento no coincidir con usted. No es santo de mis pasiones.

Francisco Machuca dijo...

Yo también he leído 22/11/63 del viejo King.A diferencia de muchos,siento por él algo de estima.Joder ha escrito historias magníficas.La literatura no es solo trascendendia,que uno no está en este perro mundo solo para eso.
Respecto al libro electrónico todavía ando con mis viejos libros manoseados con ese olor tan noble que dan también las librerías de viejo.Que si se va la luz,no hay problemas,pongo una vela y continuo,y,la pila o la batería está en las emociones lectoras.Y hablando de Lolita,fíjate tú,obra en la que los críticos han rastreado dispares influencias,desde Balzac hasta Scott,desde Aristófanes y Dickens hasta Freud,Joyce y Proust y el viejo Humbert Humbert escribiendo en su diario para su perdición,tanto,como su pasión por la poesía de Poe.

Abrazos,amigo.

Isabel Huete dijo...

Yo no sé si es de tanto usarlas que llevo un tiempo que dudo demasiado del significado de las palabras y tengo que recurrir más que nunca al diccionario. Siempre fue un amigo inseparable pero ahora se ha convertido en una necesidad imperiosa y no sé si eso me gusta.

Juan Herrezuelo dijo...

Ay, esos juegos en el cementerio propuestos por Cortázar, que yo practico con mi hija; tomar una definición, una de esas asombrosamente bellas definiciones de una planta o un insecto, (…planta de la familia de las geraniáceas, con tallos herbáceos de dos a cuatro decímetros de altura y ramosos, hojas opuestas, pecioladas y de borde ondeado, flores en umbela apretada, y frutos capsulares, alargados, unidos de cinco en cinco, cada uno con su semilla…) y plantearla como un enigma a resolver.
Sin embargo, hay veces en que, escribiendo, un adjetivo se empeña en adquirir la resbalosa cualidad de una pastilla de jabón, que cuanto más se aprieta más huye…