12.2.13

Incluso yo quiero ser Cary Grant...



"Todos me dicen continuamente que qué vida interesante he tenido, pero a veces creo que sólo ha consistido en problemas de estómago e interpretarme a sí mismo".

Cary Grant es Hollywood como lo es Clark Gable o Errol Flynn, Henry Fonda o James Dean. Archibald Alexander Leach era un inglés de Brighton nacido a comienzos de siglo que antes de ser Cary Grant fue acróbata y actor de pantomimas. En 1.920 llegó a Nueva York. Ahí ejerció de proxeneta y probó el teatro de vaudeville sin excesiva suerte. Era demasiado alto para cualquier papel y demasiado apuesto para ser objeto de burla. Los biógrafos sitúan en esta etapa sus primeros escarceos homosexuales. Incluso yo quiero ser Cary Grant, dijo Archibald en cierta ocasión. Labró su pose de galán sin esfuerzo. Fue el actor favorito del insoportable Hitchcock y representó durante tres decados el cine en estado puro, la interpretación sofisticada, la elegancia y el objeto de deseo más erguido que ha pisado un plató de cine.  

Cary Grant fue portada de infinidad de revistas del corazón. El Hollywood glamouroso encontró en el actor carne para la máquina. Sus romances fueron innumerables. Grant no era un gay ortodoxo. Tampoco un hombre equilibrado: se ha escrito hasta el aburrimiento que un psiconalista serio se hubiese puesto las botas con su tortuosa vida. Descubrió que su madre, a la que creía muerto desde que tenía 6 años, estaba recluida en un manicomio en Inglaterra. Su figura, la ausencia tangible, le marcó al punto de que ir de un matrimonio a otro sin que ninguna alianza fuese estable ni le reportase la paz y el amor que jamás tuvo. Casado cinco veces y divorciado cuatro, nunca se sintió verdaderamente vinculado a una familia. Tampoco lo fue la de la farándula. En un sentido estricto, no fue un actor enamorado de su profesión e interesado en el cine como representación artística. Podía haber sido cualquier cosa y podía haber hecho de Cary Grant en todos esos trabajos. Daría igual que fuese maitre de un gran restaurante o embajador de Inglaterra en Zambia.

El personaje Cary Grant fue diseñado por George Cukor y por Howard Hawks. El hombre Archibald no tenía excesivos vínculos con él: no era romántico ni tenía ese encanto natural hacia la comedia sofisticada. Su humor era seco y jamás sacrificaba nada que pudiese procurarle placer (era un fumador y un bebedor empedernido, un amante de la ropa cara y un habitual de las frívolas fiestas de la high society de la ciudad) por consolidar una amistad o un amor. No tuvo nunca suerte en expresar sus sentimientos. Compartió con Randolph Scott siete gloriosos años de amistad y sexo, aunque ambos declararon que en el terreno amatorio no eran particularmente fogosos, sintiéndose más a gusto en el compartido gusto por la moda o por las variadas adicciones que rebajaban la pesadumbre de la fama.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Cary Grant fue espía para los ingleses y para el FBI y descubrió simpatizantes de la causa nazi en el Hollywood más chic. Hitchcock no hizo otra cosa que ponerle en bandeja de oro puro el papel de su vida: el espía T.R. Devlin, el que besa a Ingrid Bergman como un alucinado que no hubiese besado en la vida y le fuese la misma vida en la intensidad del beso. Devlin era Grant o era Archibald. En realidad siempre se dijo que Cary Grant no era un actor con muchos recursos y que, a diferencia de otros mitos de la época, jamás precisó estudios profundos de sus personajes. Bastaba un esfuerzo mínimo, un dejarse llevar hasta conseguir el gesto exacto y la composición dramática óptima.

El zarandeo sentimental le llevó hasta Betsy Drake. En 1.946 Grant decidió, a instancias de su nueva esposa, retirarse. Fue ella quien lo inició en el esoterismo, en la hipnosis, en el psicoanálisis y también en el uso de LSD y del ácido. El tabaco y las ingestas masivas de alcohol (daba igual cual fuese, daba igual la marca: nunca fue un bebedor sibarita) no desmontaron el mito. Cuando Hitchcock lo reclutó para Atrapa un ladrón, Grant estaba perfecto. Abandonó Palm Springs, dejó a su esposa y recuperó el porte del cabellero perfecto para engolosinar a la mujer perfecta, una Grace Kelly en la cúspide de su corta y fastuosa carrera.

 Lo que Hawks o McCarey o Cukor habían engendrado - cual monstruo de Frankenstein - fue pulido por decenas de directores, pero ninguno tan reveladoramente influyente como Hitchcock, que siempre lograba entusiasmarle y retirarle de la comedia dulce (en la que brilló como nadie) y darle papeles de una enjundia dramática menos escorada a lo liviano. George Kaplan, en Con la muerte en los talones, ejemplifica a la perfección la dualidad actor-persona que, en una suerte de prestidigitación, se convierte en la dualidad actor-actor. La cosa es que Cary Grant nunca tuvo la idea clara de quién era. Ahora sé quién soy, solía decir en los momentos bajos o en las depresiones (abundantes) derivadas de sus pasiones tóxicas.

Sus no disimuladas inclinaciones levógiras en materia política le granjeó la antipatía de los jerifaltes de la Academía de las Artes Cinematográficas y se le ninguneó sistemáticamente en cuanto trabajo meritorio hacía. Ganó una estatuílla por su trabajo en Serenata nostálgica, en 1.941. Sólo al final de su vida recibió un Óscar honorífico (en 1.972) que poco hizo para compensar los errores históricos cometidos en su persona. Los hagiógrafos grantianos sostienen que Cary nunca ganó un gran Óscar o varios (méritos hubo) porque a la Academia le encantan los papeles de tullido o de psicópata o de homosexual y él no estaba dispuesto a interpretar ninguna de esos roles, patéticos todos.

Billy Wilder, el maestro de tantas cosas, el director investido con los atributos de Dios (Trueba dixit), nunca trabajó, por más que quiso, con Cary Grant. Sí le dio a Tony Curtis un papel goloso que, a su manera, le rendía tributo en Con faldas y a lo loco. Años después el propio Grant, al coincidir con Curtis en Operación Pacífico, le confió su admiración: "Tony Curtis es capaz de imitar a Cary Grant mejor que yo". Era mentira: nadie era Cary Grant salvo el escondido y neurótico inglés que llegó a Nueva York con la sonrisa perfecta y el porte de un cabellero curtido en los mejores salones de la aristocracia británica.

A diferencia de James Stewart, el otro actor fetiche del Hitchcock, Grant nunca hizo un western. En cierto modo no es posible que lo hiciera: sus ademanes, su estilo, excluían el perfil rudo y escasamente elegante del pistolero que masca polvo y se baja del caballo de un ágil salto. Fue un hombre viril al que no se le exigía demostrarlo. A gentleman can walk, but never run...


Para este cronista de sus vicios Cary Grant es la imagen más indeleble del cine. Una de ellas, en todo caso. Y en ocasiones tiro de DVD y me quedo enganchado a su metro noventa de elegancia y perfecto estar, signifique esto último lo que signifique. Anoche reví (qué verbo más antifónico) Charada, un Grant ya talludito, pletórico, hipnótico. Murió a los 83 años de una apoplejía. Yo creo que ni se agachó. Murió de pie y no arrugó el traje con el óbito. 
Ahora lo veo subiendo las escaleras con una bandeja que porta un vaso de leche. Arriba espera una mujer muy enferma. La están envenenando. En el sótano, en unas botellas está el mcguffin de siempre. Hitchcock era un maestro. Al final no sé si el homenaje sentido es a Cary o a Alfred. Va por los dos, en todo caso.


8 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

El vigor y la fuerza de Cary Grant como actor de cine consiste en su capacidad para transmitirnos la sensación de duda y desconcierto que se oculta bajo su sólido y seguro aspecto. La postura no libra a un hombre de tener que elegir entre el bien y sus otras alternativas. Esa es la razón de que parezca sonreir con una cierta sabiduría interna, y de que de cuando en cuando resulte amargo y maligno.

Aquí me has tocao de nuevo,amigo.

Fuerte abrazo.

Isabel Huete dijo...

Los cinéfilos amáis a Gary Grant y supongo que razones tenéis de sobra para ello, sin embargo a mí nunca me ha gustado aun reconociendo su porte "estiloso". Ni físicamente me ha atraído nada como me han podido atraer otros mucho menos atractivos, ni sus personajes he acabado de creérmelos, quizá por eso de que lo que hacía era interpretarse a sí mismo. Demasiado atildado, demasiado impoluto y bastante frívolo a la hora de actuar. Creo que las grandísimas películas que hizo, la mayoría, no se las merecía. :(

Laura dijo...

Un actor como la copa de un pino. No suelo tener interés en la vida de la gente que admiro, pero me ha llamado mucho la tención la de mi querido Cary. Un blog fantástico.

José Luis Martínez Clares dijo...

Mi actor de referencia, al que regreso frecuentemente con devociones renovadas. Abrazos

Molina de Tirso dijo...

Hace unos días yo tambén confesé tenerlo por fetiche en un post titulado "La vida sin Cary Grant". ¡Qué casualidad! Pensaba que solo yo me acordaba de él.

¡Viva la telepatía!

Molina de Tirso dijo...

Hace unos días yo tambén confesé tenerlo por fetiche en un post titulado "La vida sin Cary Grant". ¡Qué casualidad! Pensaba que solo yo me acordaba de él.

¡Viva la telepatía!

Molina De Tirso dijo...

(también)

Molina De Tirso dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.