18.1.13

Salmo libresco


Los libros son mapas tangibles de la felicidad. Mapas fiables de cómo funciona el mundo. Guías para no perderse. Cabe incluso la posibildad de que los libros sean los mapas del desconcierto. Guías que no cumplen la función que les encomendaron. Porque ese mundo que registran en sus páginas no es una materia fácilmente estabulable, de manejo dúctil. No creo que haya otro objeto más venerable que el libro. Lo que tutela (esa forma encriptada de belleza y de inteligencia) hace que seamos lo que somos. Para malo o para bueno. Somos lo que los libros nos cuentan. También lo que no cuentan. No hay nada que no esté en los libros. La bondad y la maldad están dentro de su reino. Pero los libros que más me fascinan son los que no están enteramente a mano. Los que no se exhiben con la majestuosidad de las grandes bibliotecas o las baldas de las buenas librerías. Ni siquiera ésos bien amados con los que uno ha ido haciéndose. Hablo de los libros inesperados. Surgidos de improviso, ofrecidos en un capricho del azar, rendidos a nuestros sentidos cuando nada invita a que aparezcan. No sé en dónde está la calle de la fotografía. Sé que al fondo, a la derecha, hay libros. Que no estén a la vista, que se escondan, los hacen más valiosos. Imagino uno que quien los colocó allí no deseaba desprenderse de ellos del todo. Y ahí he pensado en el maravilloso oficio del librero. En el incontestable hecho de que lo vende es felicidad. Mapas fiables, guías. Conozco un par de ellos muy bien. Aprecio el placer absoluto de manejarse entre libros, el confort óptico, la certeza de que el mundo entero está en las estanterías, en las mesas en donde se apilan los volúmenes. No es la primera vez que escribo sobre libros y estoy seguro de que no va a ser la última. Creo que no hay nada de lo que escriba más a gusto. Casi nada que me conforte más. Son criaturas dóciles, argamasa sublime con la que levantar un templo en el que refugiarse y al que invitar a la feligresía cómplice. Hay dioses en las letras. A falta de otro rezos, elevo a diario mi plegaria con éstos.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Llevan toda la vida conmigo. No sabría vivir sin leer o sin tener libros cerca, y yo soy de las que rezan y creen en Dios. Qué bien escribes, gachón. Sabes ya quien soy

JazzC dijo...

Los libros..., no se si son una pasión o un vicio, lo único que se, es que son un placer.

Joselu dijo...

Esos libros que han conformado nuestras vidas, que nos han hecho ser diferentes, tal vez anómalos, extraños … Y que forman parte de nuestra entraña íntima aunque en alguna ocasión haya renunciado a ellos … Pero no, vuelven a mí poderosamente y me reencuentro con la literatura en estado elemental y puro.

Siento que las nuevas generaciones tienen a los libros por enemigos, y no sienten ninguna atracción por su mundo … El profesor se muestra impotente para promover la lectura … Hubo un tiempo en que los libros servían como instrumento de rebeldía y de autoafirmación de los adolescentes. Me temo que ya no es así en ningún caso.

Un hermoso exordio sobre los libros.

Anónimo dijo...

Para mí, su lectura, es uno de los mejores momentos del día.