25.1.13

Ingrid Bergman

Texto uno
Rafael C. Roldán






Una imagen para disculparse de ser quien es. No es la rutilante estrella que pisa fuerte y vende cara su presencia, ni la mujer desafiante que irradia deseo desde unos rasgos definidos por la dura luz del foco del fotógrafo. Esa mirada cubre un fondo oscuro, secreto, que no se despeja por más que la observemos. Si llegamos a enamorarnos no será por la evidente belleza, ni por el mito que acompaña a su estampa. Será por ese más allá que se pierde en el punto de fuga de sus ojos, claros y oscuros, bellos y serenos, discretos y soñadores.
Resulta imposible apartarse de la memoria. No pensar en el celuloide de Encadenados, Casablanca o Luz de Gas. No sé hasta dónde llega la ficción y dónde comienza la verdadera historia de la mujer, pero no deja de ser la mirada de una huida, la mirada Atormentada de Stromboli.


Texto dos
Emilio Calvo de Mora




De Ingrid Bergman poseo un rostro. Luego está el enfermo de cine, que piensa en la Alicia de Encadenados o en la Ilsa de Casablanca, pero la parte en la que más disfruto es en la que contemplo su rostro. Sucede siempre y sucede de forma absolutamente satisfactoria. Tampoco importa que sea la Ingrid Bergman joven, la que reclutó Hitchcock, o la que abandonó la industria y el glamour de Hollywood, dejo a su marido y a sus hijos, para que  Rossellini le extrajera el lado menos dulce y frágil, la hiciese su compañera y le diera un hijo. No entro en la turbiedad moral de la mujer ni saco ningún placer en husmear en una biografía convulsa. A lo que me entrego con absoluta fruición es a la actriz, a la mentira registrada en fotogramas, en todas esas historias maravillosas en donde prestaba su rostro angelical y perfecto. Pienso en cómo ese rostro fue ganando con los años el aplomo secreto de la belleza y en cómo esa dulzura y esa fragilidad que desprende brindaba a sus personajes matices extraordinarios. 

Anoche escuché su voz original, no la doblada. La encontré en Luz que agoniza, el drama victoriano de George Cukor. Y esa una voz enérgica, de un temple dramático que es capaz de encabritarse y de aterciopelarse sin que en ningún momento el personaje pierda credibilidad, hondura. Cukor era un excelente director de mujeres (una especie de Almodóvar al que le han birlado la excentricidad) y supo ir más allá de la cara bonita y de la juventud ambiciosa. En la cara de Ingrid Bergman (además) está todo el cine que amé en los años novicios, cuando la 2, la gloriosa segunda cadena de antaño, programaba ciclos de directores para mí desconocidos (Hawks, Renoir, Losey) y me confiaba (restituidas en un impecable blanco y negro) la certeza de un universo a descubrir, uno con escaleras en las que un hombre pulcramente enchaquetado, severo en el gesto, marcial en el paso, sube una bandeja con un vaso de leche o cuando (en un alarde absoluto de comedimiento visual, en una elipsis genial) una botella y una llave se convierte en objetos mágicos que desencadenan una trama entera. Y mirando a Ingrid he recordado con infinita emoción pasajes que tenía alojados en la memoria y que vuelven (íntegros o a trozos, gozosamente siempre) y me confortan. El cine consuela del desvarío de la vida. Ingrid Bergman es una de esas guías que nos asisten en la travesía. En las fotografías que presiden esta entrada está la actriz madura, feliz. Observen bien su cara. Es la felicidad. Como si la llevase escrita y nos la contase.



5 comentarios:

José Luis Martínez Clares dijo...

Bergman: sin ataduras, libre y repudiada por el pueblo. Mágica e inolvidable. En una película de locos, alguien le recetó que tuviese hijos en lugar de fobias y ella se dedicó a ello. Y sus hijos fueron un asunto de política internacional y su vida fue el punto de mira de la sociedad americana. Bergman. Y el beso. Y Grant, Peck, Bogart y lo que aún queda de nosotros. Abrazos, amigos de cine

Merche Cruz dijo...

Buenas entradas las dos y buena idea la de escribir a dos manos, Emilio y Rafael. Yo la aplaudo. Elegir a Ingrid Bergman me ha parecido... excelente. Me han dado unas ganas enormes de sentarme en el brasero en poco rato y meterme entre pecho y espalda una sesión de... Casablanca!

Ramón Besonías Román dijo...

Me pasa lo que a ti, amigo Emilio, que al ver los rostros de estos iconos fílmicos de antaño creo estar observando estampas inmortales y no seres de carne y hueso. Son humo y ficción, no son reales, aunque lo fueran un día. Nos deleitamos viendo egregios fantasmas.

Belkys Pulido dijo...

La mujer debe rodearse de misterio para seducir. Logrado el objetivo cada quien se inventa su propia musa. Inimitable ella...

Ex-compi dijo...

Mi profesor de 8º EGB nos decía, esta es la mejor actriz que existe, cuando el cine, como tú muy bien dices, se veía en la 2 en blanco y negro, con sonido mono, el que te daba el TV, en mi casa nos lo hizo el vecino de al lado.

No es solo su belleza, es su puesta en escena, su composición del personaje. Hace poco volví a ver Sonata de Otoño, y me emocionó, tal vez, fuera un espejo trás el celuloide de su vida, pero verla, con esa edad, en el que las actrices dejan de hacer personajes principales y tienen que recoger las mijajas que una industria artificial impedia mostrar el paso del tiempo en sus personajesm, principalmente femeninos, como si sólo los guapos y jovenes tuvieran la potestad absoluta de mostrar historías. Allí estaba ella, como un torbellino buscando la cámara y mirandola, como pocas saben hacerlo.
Sí, ella es una de aquellas actrices, tal vez sin el método académico, pero si con la intuición de una niña que jugaba a representar historías.