29.9.12

Todo lo que no he leído todavía

 


Existe la creencia de que los libros que aborrecemos en la adolescencia son libros que amamos en la edad adulta. No ha sido así en mi caso. Lamento que La tía Tula, Ana Karerina o La regenta no engrandezcan con su noble literatura mi estatura como lector. Deshice mis reticencias y probé a descubrir el placer que manuales y profesores me vendían como si fuese oro. Sí que disfruté leyendo Moby Dick, la novela monumental de Herman Melville. Nadie me la recomendó. Llegué a ella gracias a Gregory Peck y a la película de John Huston. Fue una de esas noches épicas de la 2 en la que uno podía vencer al tiempo con sus mismas armas y salir de la batalla ennoblecido, jubilosamente triunfal y hasta mejor persona. Nadie me vendió Moby Dick, aunque recuerde todavía el instante preciso de la compra en una librería de Córdoba que ahora (signo de los tiempos) está ocupada por una enorme tienda de zapatos.
Bastó John Huston para enviarme al libro y quedé varado en la zozobra del agua encrespada por las acometidas furiosas de la gran ballena blanca que perturbó ya para siempre el alma del capitán Ahab. No siempre fue el bendito cine el que me transportó a los libros en esa edad delicada en la que uno no conoce todavía los placeres de las letras ni se esfuerza en allanar ese obstáculo. Me encantaría recordar cómo fue la primera vez que reconocí la voz de Jim Hawkins y de Long John Silver, esa primera y asombrosa ocasión en la que Robinson Crusoe medita sobre la fugacidad de la vida y sobre el abandono de todas las militancias y servidumbres que esa vida exige o cómo el Capitán Nemo negaba al hombre y se negaba a sí mismo con su Nautilus por las procelosas soledades del mar. La lista es inabarcable: Peter Pan, Dick Turpin, Willy Fogg, Ricardo Corazón de León, Hércules Poirot, Frodo, Sherlock Holmes. Temo, en cierto modo, volver a abrir La vuelta al mundo en 80 días o, mejor, dentro del maestro Verne, Viaje al centro de la Tierra (mi favorito entre los favoritos). Cada libro es otro libro cada vez que lo leemos. Cada lector es otro lector en cada lectura. Nadie vuelve dos veces a las aguas del mismo río. Ni el río ni uno mismo somos los mismos.
Lo sabía Heráclito. Y Borges, claro. No me imagino mi yo lector sin el concurso de Borges y La casa de Asterión o el poema del ajedrez o Las ruinas circulares, y agradezco que el azar o la desgracia hubiesen puesto sobre mi mesita de noche alguno de esos monumentos de la palabra como parte indisoluble de alguna nota en alguna asignatura. Algo falla en el sistema educativo y en el fomento de la lectura en el alumno. En mí el edificio de la motivación se vino abajo con estrépito y me dejó afectado hasta que el rumor de algunos nombres ya dichos (Stevenson, Lovecraft, Poe, Cortázar, Melville, Verne, Nabokov, García Márquez, Faulkner) me empujó a un laberinto en el que todavía, pasmado, asombrado, sobrecogido, iluminado, deambulo.
Quiero proteger el recuerdo de Jasón y los argonautas, que me hizo amar el cine. Temo perder la fascinación del primer western, pero ya he perdido irremisiblemente las caras, la aventura, la épica de aquella novicia película de indios y de vaqueros que amenizó (y cómo) tardes gigantescas de mesa camilla y brasero en casa de mis padres. Tenía tal vez diez años. Algo más tal vez. El blanco y negro puro de una televisión Telefunken (me acuerdo de su chasis, de sus botones grandes y robustos) me regaló un ciclo de Buñuel mejicano en la 2, un repaso al melodrama de Douglas Sirk y Mis Terrores Favoritos, una serie antológica, magistral del ínclito Narciso Ibáñez Serrador. Es cosa de ir a hemeroteca (google puro) y ver cuándo fueron programadas esas sesiones de alegría en forma de cine.
La memoria tutela esos recuerdos y los aleja del ingrato vértigo de los años. Mi infancia fue una suerte de viaje fantástico que me liberó del aburrimiento. Como carezco de hermanos, mi ocio requería de estas precisas compensaciones. Recuerdo fines de semana batallando con los tigres de Mompracén o contemplando las excursiones a tierras infieles del Capitán Trueno o de mi adorado Jabato. Esa labor callada de la fantasía quizá modeló al inquieto lector de ahora. Por eso no es recomendable, aunque sí posible, lamentablemente posible, vender la isla del tesoro a quien no necesita comprarla. Ya la buscará. Lo único ciertamente triste es que la encuentre tarde y no sepa cómo latía el corazón de Jim cuando se escondía en el tonel de manzanas.
Hay gente que no ha pisado esa senda en su vida. Ninguna buena historia les atrapó cuando tenían diez años y el mundo era todavía una isla con un tesoro dentro. El lado contrario a la imaginación es la ciencia, esa búsqueda metódica de la verdad y de los mecanismos que sustancian el modo en que la verdad o la certeza ordena el universo y gestiona el natural periplo de sus criaturas.La ciencia no indaga para engrosar el capítulo de preguntas que nos hacemos de continuo: indaga para formular respuestas a unas pocas. La fantasía fatiga ese mismo camino, pero desoye la razón y la cordura y prefiere la incertidumbre, el asombro puro.
Lo que está muy visto no asombra. El cuento mágico da una dimensión laica del mundo. Blasfema. El cuento de naturaleza mágica informa de la tragedia de la vida con artimañas hermosas. Sabemos que la princesa muere o descubrimos la traición del héroe, pero ninguna de esos avatares escandalosos para nuestra mente inocente nos traumatiza. Advertimos dentro de la trama las razones de la barbarie y terminamos creyendo en ella y admitiendo su concurso en el devenir de la historia. No ocurre así con la vida, a la que no perdonamos que tenga caducidad y que aleje de nosotros a quienes queremos.
La literatura o el cine o la música, disciplinas de la misma categoría (¿La belleza, tal vez ?), contribuyen a normalizar nuestra orfandad espiritual. Quienes encuentran respuestas lo que de verdad van buscando son enigmas. La belleza es un añadido no necesariamente relevante. El creador es un demiurgo, un dios pequeñito y caprichoso, rudimentario y juguetón. La religión no deja de ser literatura. La religión es otro formulario fantástico de asideros espirituales para sobrellevar el absurdo de la muerte. A ese absurdo la religión le coloca la chapita de la salvación y nos hace firmar un contrato tácito con la esperanza, con la fe y con toda la maquinaria fabulosa de la palabrería celestial, que acaba negando los horrores de la vida y levantando un mullido edificio de mentiras o, al menos, de verdades insostenibles. Las religiones reclutan su ejército fiel de novelistas, que vienen a ser los prosistas del credo. Estos apóstoles no hacen otra cosa distinta a la que hizo Julio Verne o Robert Louis Stevenson o William Shakespeare: forjar héroes, inventar mundos, contar gestas, izar la divisa de la palabra como único instrumento de la verdad. Quien domestica el verbo, gobierna el mundo. Eso lo sabían todos los profetas y apresuraron su paso por los caminos para que todos escucharan la Voz y a ella entregasen su alma. Siendo muy reduccionista, acudiendo a un pensamiento muy primario, se me ocurre que a lo mejor debiéramos crear en los alumnos la necesidad del mito, esa vocación insobornable por querer saber más y conocer más historias al modo del peligroso sultán de Las mil y una noches y su imaginativa Sherezade. Y puede ser que si cubrimos esa necesidad el mundo sea mejor, gire mejor y termine siendo un lugar más agradable y la vida en sus dominios una actividad menos fanática, pero esto lo digo a pie de teclado, consciente de que soy, en el fondo, crédulo, bobo y un punto nostálgico y que me queda todo por leer todavía.

26.9.12

Pequeño poema de amor



Qué importa ahora
Entregarnos tan lúcida y meticulosamente
al delincuente júbilo de estos desatinos
Si la edad nunca está de nuestra parte
Y el tiempo, esa puta provecta, niega
El festín más carnoso de los días.

Qué importa
El pecho acribillado a horas,
La palabra
Postiza en el disparo,
Los viejos sentimientos
Que nos dispensan del frío.

23.9.12

Darth Vader Reboot



"Es usted un irreverente haciendo lo que hace"
Lo ucrónico consiste en considerar acontecimientos fabulados como ciertos y fijarlos en una determinada línea del tiempo. Abraham Lincoln caza vampiros, Hitler vive en un pueblo de la Bolivia profunda, Darth Vader, un personaje enteramente falso, es un elegante caballero del club Picwick, un atrezzo narrativo completamente inventado. De esa ficción alternativa a la ficción predecible surge un género fascinante, una franquicia de género, uno de esos inventos de la mente ociosa que hace caja en tiempos de crisis o que espolean la pereza creativa de una generación. La nuestra es una absolutamente prendada por el glorioso legado de sus ancestros y carece de pudor para copiar y pegar ideas, reciclar iconos y presumir de que lo importante no es la novedad, ese romántica idea que consiste en ser original y estar orgulloso por ello, sino la sutura, ese otro ejercicio que consiste en hurgar en las cosas y ver cómo casan juntas. A eso se le llama mash up, en limpio inglés. Batiburrillo, en cristalino castellano. La perplejidad que produce penetrar en un mundo victoriano lleno de zombis ( Orgullo y prejuicio y zombis, Seth Grahame-Smith, Umbriel, 2.010) es el reclamo con el que los editores lanzan sus nuevas criaturas. Parodia consagrada solo a lo risible o género honrado, esta moda hará algo seguro: hacer caja.

Las guerras clon victorianas
Miel sobre hojuelas virales: estos son los tiempos de lo informe,de lo impreciso,de aquéllo que precisa de varias texturas para que una de entre ésas triunfe. Éstos son los maravillosos tiempos en los que Darth Vader puede ser trending topic solo porque un creativo (no podemos decir un autor en un sentido estricto) lo ha vestido de impecable caballero victoriano, un poco steampunk, o lo ha puesto a luchar contra un alien en la casa de Freddy Krueger. No queda lejos para el lector o el espectador avisado de que al cyborg Darth Vader, al fin y al cabo, le sientan de maravilla esos ropajes decimonónicos: su propia historia lo es, la ocultación de la paternidad, la lucha entre el bien y el mal, la venganza y todo el aroma a culebrón (aunque sea galáctico) que rezuma la saga entera. Todo lo demás, los dibujos creados por Greg Peltz, son la excitante golosina óptica para los fans de la serie. Seguro que entra en los cálculos de alguna productora hacer una versión pedestre, sin naves ni espacios insondables, de la historia de George Lucas. Ya saben, un Darth Vader entre gótico y victoriano, fatigando Whitechapel, sable láser bajo la levita, maestro del lado oscuro, perseguidor de jedis. No me imagino cómo tomaría el té sin extraer la pesada máscara y rebelar su naturaleza atrofiada y dolida. Después del blockbuster veraniego de los vampiros sudistas, propongo una versión menos heroica de Stars Wars en la que Moriarty sea un esbirro de Darth Palpatine o en donde Sherlock Holmes, convenientemente ungido por La Fuerza, dé caza a Jack el Destripador bajo la niebla y el caos. En cualquier caso, este escribiente de sus vicios se frota las manos por estas osadías.

Darth Vader UItrashow / El icono viral
He aquí algo de lo mucho y muy bueno que circula en la red sobre este caballero oscuro. La extrema plasticidad del icono permite que se reconstruya, deconstruya, pervierta y, en último caso, anule, según qué dibujos. Los hay frívolos, cinéfilos, blasfemos e incluso alguno (el de Van Gogh) de una hermosura arrebatadora. Me gustan los que lo sacralizan. Hay en esas imágenes (la papal, la del Vader que bendice) un punto limpio de sacrilegio, de disfrutable (en mi caso, al menos) impureza. Che Vader es imprimible. Estoy por plantármelo en una camiseta y lucir Guevara Cósmico el próximo verano.





















Y lo mejor para el final. El lado tierno del lado oscuro. Mismamente.




19.9.12

Tempest / Bob Dylan



Dylan, en asamblea consigo mismo, consciente de la levedad del tiempo, bendecido por todos los dioses del delta, ha mirado a su corazón y ha encontrado nuevamente el pulso del universo. Es muy dificíl ese hallazgo cuando has estado cincuenta años en el centro exacto de la vida, de la propia y de la ajena, o cuando has creado treinta y cinco discos. El de ahora, éste que ha facturado el abuelo Zimmermann es el  menos crepuscular de los suyos. A la vejez, Dylan está viejo de voz y de pose, lo sencillo es tirar de crepúsculo, pero Dylan es un tahúr de los buenos, uno de esos iluminados que poseen absoluta confianza en la bondad de lo que ofrecen. Da igual que sea un bodrio (Dylan ha escrito unos pocos) o una de esas obras maestras de los años mozos (Blonde on Blonde, en ese plan) o de los tiempos modernos (desde Time ouf of mind hasta hoy, exceptuando el capricho navideño). Y Tempest, a pesar de nacer con vocación bíblica, en palabras del propio autor, es un disco de una vitalidad animal, un crisol de géneros al servicio de un poeta en plena posesión de su genio. En lugar de faltar al respeto a sus seguidores, al modo en que otras leyendas del rock lo hacen, repitiendo clichés, grabando la misma genial toma de siempre, Dylan tira de memoria y saca el grumo del folk y lo amasa con el grumo del blues. Viendo que la argamasa no le agrada como espera, añade un punto sucio de rock o un aliño de country higiénico y clásico. Amo Narrow way, una de esas piezas hipnótica, de blues majestuoso, enérgico, montado sobre una idea sencilla que los músicos de Dylan (obreros agradecidos de que el maestro tenga a bien hacerles mercenarios de su obra) explotan para que él demuestre que no hace falta cantar bien para hacerte llorar de emoción. Amo Duquesne whistle, una invitación a la alegría a través de la belleza de una melodía. Hay que ser un genio (uno de los más grandes) para servir el veneno con la dulzura con la que él lo hace. Y en Tempest, que es oscuro y es festivo al tiempo, sucede justamente eso: que Dios y el Diablo se dan la mano y pasean por las ruinas de la criatura que inventaron. Amo (ya acabo) la larguísima canción que da título al álbum: un alarde de texturas del folk que vino de Irlanda con el barco hundido (el Titanic) del que la pieza habla. Luego está Muddy Waters, como un fantasma, en dos temas al menos. Early roman kings, una de ésas, es la quintaesencia del blues. En el siglo XXI. Yo no sé si Tempest es un disco bíblico, bíblico en el sentido en que Dylan quería que lo fuese, despachado como una obra compacta, que contara una redención o una culpa y anduviesen los ángeles y los demonios de por medio. Es, de eso no me cabe duda, la oración, la plegaria, el mantra.

17.9.12

Arriba



De estos me creo casi cualquier cosa que me cuenten. Dos que se saludan a dos palmos qué cosas no harán a ras de tierra. De lo que hicieron en el cine se alimentó mi primera juventud mitológica, la que veía películas en la bendita segunda cadena de la ahora un poco más triste Televisión Española. Es cierto que luego viré en mis apetencias cinéfilas y cambié el claqué y la alegre música de Gershwin o de Porter por el blanco y negro tristísimo de las historias de Bergman. No hay comparación, ahora que lo pienso. Ganan Kelly y Astaire al gris genio nórdico. Lo miran al centro exacto de la cordura y de la alegría de vivir, allá donde esté eso, y le hacen unos pases aquí y allá, perdiéndose en las sombras, regresando como alegres fantasmas con el ritmo atado al corazón. Será que con los años uno se hace sencillo de corazón y ya no gusta en dejarse embaucar en las otrora lúdicas tramas de la metafísica. Me muero por dar un brinco, pero ya no estoy para piruetas. Ciertamente, cosa de la prudencia y no haber estado jamás en forma, prefiero ver las acrobacias ajenas. Las que jalea la alegría. Mañana, bajado de la nube de la foto, igual me dan ganas de tirar de estantería y me busco unas fresas salvajes y las dejo que me abatan un poco. Una fiesta también las fresas, por supuesto. Todo depende del momento. El de ahora es ingrávido y sincopado. Un día de estos, sin pensarlo mucho, se lo cuento a mi amigo Antonio y nos encontramos a dos palmos del suelo.

14.9.12

Donde las alas festejan vuelo




Arde, alucinada, la tarde
Derrumbada en las sábanas.
Otoño antiguo de patios sin nombre.
La música nos ha cercado sin aviso.

Arde, alucinada, la tarde
Derrumbada en el silencio.
Un latido desciñe el aire
Acunado en la voz como himno.
Otoño turbado por dioses sin cetro.
La música es un delirio de oro sin cuerpo.

Arde, alucinada, la tarde
Derrumbada en las sombras.
Rumor secreto. Voz impura.
Dicha hecha cántico en el agua.
Júbilo hacia el centro sublime
Donde las alas festejan vuelo.


San Fernando, Cádiz, 1.989

13.9.12

Verdi banalizado


1
Quizá la palabra más hermosa que hayamos perdido sea confianza. No lo hay o la hay de un modo protocolario, de escaso afecto por la veracidad, vendida como un objeto. No es solo el desencanto en lo político sino también una pereza por lo social. No cabe paradoja mayor: en el reino de lo viral, en la trama infinita de las redes sociales, cuando todo está a mano y la realidad es un código en una línea de texto, el hombre se banaliza, se expande como nunca, pero vaciado de contenido, huérfano de la emoción y del asombro con la que se forjaron otras revoluciones culturales. No es que la oferta supere a la demanda, en términos estrictamente comerciales, sino que no hay demanda. Todo es oferta, pero una oferta hueca, majestuosa y hueca. Lo que estamos perdiendo y lo que probablemente no recuperemos es la construcción artesanal de la realidad, ese grado de confianza en lo que nos rodea.

2
Asombra el hecho de que en la época en la que hemos alcanzado una mayor cota de bienestar tecnológico, cuando el ocio se restituye en alta definición y llevamos en el bolsillo teléfonos inteligentes y cientos de libros caben en  increíbles pantallas digitales de cómodo transporte, hemos inventado formatos que reducen la calidad del sonido, rebajando la excelencia con que se registró la música, llevando  la experiencia audiófila al lugar en donde quizá jamás estuvo. Seguro que los contemporáneos de Verdi escucharon La Traviata mejor que los que la reproducen hoy en día en mediocres aparatos o la descargan (mal ripeada, la mayoría de las veces) de una de las miles de páginas habilitadas a ese efecto. Consta en quienes aman el mundo de la alta fidelidad que el mercado de ese vicio (lo es de un modo absoluto) no ofrece la variedad de antaño. Ah el antaño, el antañazo (que diría Umbral): uno se contenta viendo las maravillas de las grandes marcas en la Red o en revistas del ramo (What hifi, Alta Fidelidad, On/off) pero cuánto cuesta verlas en una tienda, comprobar cómo suenan, alimentar (en fin) el amor a las etapas de potencia, a los amplificadores integrados, a los altavoces de alta gama. Y en ningún caso estoy hablando del desembolso que estas piezas exigen para hacernos con ellas. Lo que el buen aficionado echa en falta en estos tiempos es cierta normalidad en el mercado. Un profesional de una cadena bien conocida me confesó hace muy poco su temor a que el cliente futuro se atrofie del todo y se conforme con coloraciones opacas y timbres oscuros. Clientes que se gastan lo que haga falta en una pantalla de última generación (3D, wifi, dlna) pero que no concibe aflojar el bolsillo en un equipo de hifi decente y se conforma con alguna cadena sencilla, de marca industrial, que incluya un pequeño puerto usb que la alimente con lo que buenamente ha pillado con el rapidshare. Ya digo: una oferta majestuosa, pero hueca. Hemos banalizado a Verdi. La Traviata es un anuncio de Coca-Cola.




6.9.12

Nota de un diario

Uno le va teniendo afecto a las cosas sencillas de las que antes prescindía. Quizá no sea solo el ingreso en una edad de más sereno asiento o el peso de la experiencia que se va amasando. Es también la certeza de que es en lo sencillo en donde verdaderamente reside la belleza. Todo ese barroco y a veces impostado repertorio de compañeros de viaje que el alma se va agenciando (cine sesudo, libros con mucho fuste intelectual) se dejan por el camino en favor de otros compañeros más livianos, útiles de igual forma, pero más transportables. Gana la sensación de que la felicidad es algo extremadamente asequible, pero insoportablemente pasajera. Y se obstina uno en aprehender con fiereza esos fragmentos de felicidad que a lo largo de los años escoltan nuestra manera de estar en el mundo. No es posible la felicidad entera y quizá sea bueno que no exista una durable, fiable, íntegra y pura. Se maneja mejor troceada, entregada fascicularmente. Y hoy, mirando un lejano paisaje de campo con olivos, fijándome en la rutilante belleza de la tarde, caída como una bendición de luz, ofrecida a mí como una especie de pequeño privilegio óptico, he pensado en algunas de las hermosas cosas buenas que he vivido y en cómo están ahí, a cubierto, tuteladas por mi (todavía) formidable memoria, disponibles al antojadizo capricho de mis deseos. Lo malo, el aleteo negro de los pájaros que no llamamos, no se me aparece cuando miro un paisaje tan hermoso, a su manera sencilla, como el de esta tarde, mientras tomaba café en casa de unos amigos, en las afueras, al aire libre, conmovido por el azul del cielo, abducido (me encanta esa expresión) por el numen de lo frágil y de lo irrelevante.