27.8.12

La noche y la ciudad

Soy urbano de un modo absolutamente obsceno. Rehúso con torpe amabilidad si me invitan a dar un paseo por el campo, distingo el placer fiable de las ciudades en las que viví del placer antojadizo y hostil de la montaña o de la campiña que circunstancialmente me rodea, acepto (en fin) un paseo entre buganvillas o la contemplación gozosa (lo es) de unos riscos en los que se advierte con más entereza la mano de la belleza, pero amo la ciudad. La amo de un modo absolutamente desinteresado. Mi entrega no pide un peaje al objeto amado. Ando las calles de las ciudades con la secreta certidumbre de que estoy asistiendo a una especie de película proyectada solo para mí. Importa escasamente que sean calles repetidas y que los personajes que las pueblan sean cercanos. Lo que me entusiasma, el hecho que activa la fascinación de la que hablo, es el atropello feliz de las cosas, el vértigo de las aceras, la vida misma como un carrusel, ofrecida a destajo, derramada, oliendo y oliéndose a sí misma, contándome a cada instante que soy espectador privilegiado. Amigos a los que cuento esta desviación mía me amonestan con afecto, sancionan la parte de mis vicios que no es sana del todo. Admito cualquier cosa que digan. Digo lo que alguien dijo sobre un asunto de más espinoso trato que no viene a cuento: estar en la ciudad es una forma de no estar en el campo. En las anchurosas lomas de las afueras, más allá de la periferia de las ciudades, donde apenas es apreciable la mano del hombre, no hay cafeterías ni tampoco ese amable río de gente en el que me pierdo y en donde me encuentro. La agitación de lo que sucede alrededor de uno lo envuelve, lo anula de algún modo. No hay día en el que la ciudad que paseo me parezco la misma ciudad. Ni siquiera el pequeño pueblo en donde vivo (felizmente) suprime esta querencia mía hacia los emplazamientos grandes. De lo que se trata es de que el viaje sea novedoso cada vez que se emprende. Da igual si visitas la Itaca del poema de Kavafis o sales por la noche a andar sin un destino fijo. Lo importante es la sensación de plenitud que se adquiere cuando uno verdaderamente ama algo y sabe que no se agota. En ese no agotarse, en esa infinita maquinaria de asombro que es la realidad, está la felicidad tal vez. Dichoso el que la encuentre en la cima de una colina o ensimismado en la belleza del mar de olivos que veo si me asomo ahora mismo a la ventana de la habitación en donde escribo. Mi viejo amigo Juan Aragonés la encuentra en la visión de sus pájaros, cámara en ristre, pertrechado de paciencias y gigas, esperando que la criatura haga bendito acto de presencia para que él pueda registrarla. Lírico Juan, que has provocado que escriba esto. Yo soy un ser de ciudad. Mía es y en ella me entiendo en lo que puedo, pero ah mis deseos, ah la luz que me aturde, no me pidan que renuncie al mar. Es frente al mar o es en el mismo mar, sumergido en su visión pristina y mitológica, en donde creo que de verdad me hallo en paz conmigo y con lo que mis desajustes emocionales barruntan. Mañana dejo la ciudad (ésta, al menos) y busco el mar y no escribo en unos pocos de días. Ni sobre el mar ni sobre John Coltrane. Ahora mismo esta ensimismado, en un trance de no salir jamás del altavoz derecho por donde suena.

23.8.12

John Ford, John Ford y John Ford


La mayor parte del agua que John Huston bebió en su vida estaba destilada y se llamaba Canadian Club, Johnnie Walker o Jim Beam. No extraña que los genios de la publicidad le reclamaran para que aportase su cara de crápula guasón en campañas de esas marcas. Supongo que de haber estado vivo su buen amigo Humphrey Bogart habrían hecho una pareja imbatible en el peligroso oficio de amontonar botellas vacías de whisky bueno. A falta de Bogey, bueno es Hopper, debió pensar Huston. De Ford ignoro si tuvo un pasado borrachín. Debió haber entendido como pocos la ceremonia de las tabernas, el rito de abrir una botella y llenar unos buenos vasos. Sus westerns están rociados de whisky y de balas, de amor por la vida y sobre todo de pasión por la épica. Ya no épica o la hay de un modo que detestarían estos tres nobles difuntos.

El corazón irlandés de Ford (el decimotercer hijo de una pareja de emigrantes) debió mandar a paseo a la excéntrica visita, pero en lugar de eso los metió en su cama y permitió que Victor Skrebneski, el fotógrafo con el que venían de realizar los anuncios para Jim Beam, fijara ese instante imprescindible en la memorabilia de todo buen cinéfilo. Cuenta Dennis Hopper que John Huston le dijo al maestro que tenían el permiso de su esposa para que pudiera levantarse y hacerse una fotografía en una mecedora cercana. Ford, achispado por el olor del whisky, les dijo que carecían de sentido del drama. Que si lo tuvieran se harían la foto en la cama. 

John Ford ya no salió de esa casa, en Palm Spring. Murió dos años más tarde. No tengo ni idea dónde están enterrados los improvisados amigos del whisky que le visitaron ese día, pero sí sé dónde está John Ford ahora mismo. Está en Monument Valley. En ese territorio mítico filmó La diligencia, Fort Apache, La legión invencible y, sobre todo, Centauros del desierto. John Wayne, al que hizo irlandés en El hombre tranquilo, también debe estar allí, entre los monolitos de piedra roja (mittens), en la verdadera tierra prometida.

posdata uno: Tengo en casa una botella sin abrir de Jack Daniel's. En cuanto dé con ella, la sustituyo por una de Jim Beam y brindo por estos tres personajes. Si tienen una a mano ahora y no es mala hora para echarse un dedo en un vaso, brinden ustedes.

posdata dos: Lo de John Ford, John Ford y John Ford fue lo que dijo Orson Welles cuando le preguntaron qué directores clásicos le habían marcado. Acababa de filmar Ciudadano Kane.

Set de anuncios de Jim Beam...





19.8.12

Landslide, Rumours, Fleetwood Mac, 1975





Rob, el pirado por los discos de Alta fidelidad, la novela de Nick Hornby sobre pirados por los discos, es el tipo con el que uno hubiese deseado cerrar bares, bebiendo cerveza de la botella, decidiendo si Wish you were here superó Dark side of the moon o si Genesis, después de marcharse Peter Gabriel, no hicieron ninguna otra obra maestra. Yo he sido Rob durante años, pero ser Rob pasa factura. No hay nada hermoso ni bueno en este mundo que no la pase. Ni siquiera la poesía de José Ángel Valente (leída anoche mientras escuchaba un disco de John Coltrane que cogí al azar) te deja impune. No es posible que todo siga igual después de haber recibido esa pequeña sobredosis de belleza o de inteligencia. Lo que uno atesora lo cambia. De Rob, de su melomanía, me quedo con la portentosa colección de vinilos, con su ampli de válvulas y con la bendita facultad de saber qué canción colocar en el giradiscos (a mí me gusta más que plato) según las circunstancias del día. Hay días en los que yo no saldría de un disco de los primeros Jam, días de brincos en la boca del estómago. Hay días Stephane Grappelli, días de una dulzura inargumentable que te hacen sentirte a gusto en el mundo y en paz con el prójimo, y mira que son difíciles esas dos cosas. Hoy, después de ver anoche en el plus un trozo de la película de Stephen Frears, que vi hace en su estreno en estricta soledad, he pensado en cómo organizar mi colección de discos. Si los CDs deben seguir colocado aleatoriamente o debo ordenarlos de modo alfabético. A Rob se le ocurrió hacer que su fantástica colección de vinilos (metidos en sus plásticos, colocados vérticalmente para que no se prensen en demasía por el peso) se rigiese por su biografía. Para buscar Landslide, la preciosa canción del Rumours de Fleetwood Mac,  no debía pensar en la F de Fleetwood ni en el año 1975, en que fue grabada, sino en el día en que lo compró. Me imagino al bueno de Rob repasando su vida con solo observar el canto de los vinilos con todos los nombres de los álbumes bien visibles, pero no doy con mi propia salvación. Prefiero el caos. Hace mucho tiempo que me rendí en eso de poner al día la base de datos del Microsoft Access. Hay todavía unos pocos de cientos de discos sin registrar. Mi amigo Rafa Padillo sabe de lo que hablo. Nadie como él en este mundo (salvo quizá mi mujer) para entender de qué hablo cuando hablo de una base de datos de discos o de películas. Creo que necesitaría otra vida para estar definitivamente al día y tenerlo todo a mano, bien estabulado, idílico y mío. Ahora mismo si tuviera que escuchar Landslide tiraría de Spotify. En el fondo todos los coleccionista somos un tipos extraños de los que no se puede esperar ningún comportamiento razonable. Si yo tuviera que ordenar mis discos de un modo biográfico, ¿cuál sería el primero? Probablemente el Discovery de la Electric Light Orchestra. Fue el primero de un millón de discos. El último, el que acabo de escuchar y estoy instalando en mi deteriorado disco duro, es el Out of the game del crooner Wainwright. ¿Flojito? Tendré que darle una nueva escucha.



18.8.12

Una tristeza de pared


Laszlo Fejés, Wedding, Budapest, 1965


No recuerdo quién escribió que el amor era cosa de poetas y que el matrimonio lo era de filófosos. En opinión de Woody Allen, el matrimonio es una carga tan pesada que en ocasiones hacen falta tres para llevarla. En la fotografía de Fejés el peso se reparte sobre ocho manos y ni siquiera sabemos si el encuadre elimina extras que se añaden al transporte.Según la experiencia vivida en carne o en alma  propia o la que se ha observado en los demás, el matrimonio es de los asuntos de más difícil consenso que pueda existir. He observado que las cantantes y los rapsodas no ensalzan el matrimonio. De hecho, salvo las previsibles excepciones, quién duda que sublimes algunas, el matrimonio no es la pieza que mueve el sol y las estrellas, como quería Dante. Es el amor el que guía la mecanica celeste. Si uno suprime el término del diccionario de la RAE, no creo que el mundo se tambalease. No habría nada sustancialmente distinto a lo que ahora disfrutamos o padecemos. Lo que no es extraíble, la esencia que no es extirpable sin que el cuerpo se malogre de una manera irreversible es el amor. El amor secreto o el amor manifestado, el que se paladea en soledad y se reserva con celo y el que necesita del concurso de los demás para que se afirma y crezca. Está el matrimonio secreto, el que no precisa de testigos ni de altares, que prescinde de firmas y se consagra a divinizar el amor y obsequiarse a diario con sus regalos y está el matrimonio censado, el que se agasaja de protocolos y acarrea invitados, personas que intermedien ante otras personas que, escribas de lo público, estabulan el connubio, lo registran y le dan entidad jurídica. No sé si es posible que el uno (el secreto) viva dentro del otro (el público). Tampoco si puede existir un amor perfecto, uno a prueba de obstáculos, crecido a medida que va sorteándolos, sólido y estable. Hay días en los que ni uno mismo es capaz de mirarse decentemente al espejo sin que le asalten deseos casi violentos de hacerlo añicos. Días grises como los hay esplendorosos, mecidos por todos los céfiros, acunados en júbilo, mimados por los invisibles dioses. Lo maravilloso de amar es la sensación de estar fragmentado en otro. De que la persona que se es no termina en las palabras que dice ni en la longitud exacta de sus miembros. Que los recuerdos que lo entristecen, lo conmueven o lo alegran son compartidos por otra criatura que se entristece, conmueve y alegra parecidamente.

Luego está el cine negro. Sin el matrimonio, habríamos perdido cientos de excelentes películas en las que el cartero siempre llama dos veces y en donde la sangre salpica el asiento delantero de un coche en blanco y negro. Sin el matrimonio, sin la voluntad narrativa de considerarlo fuente de placer y de desdicha a partes iguales, Alfred Hitchcock no habría filmado una considerable porción de su cine. Del amor, en abstracto, sin adjetivos ni calenturas morales, jamás se ha levantado una obra maestra en el cine negro, que es (con diferencia) el que más me agrada. Douglas Sirk sólo habló del amor. Los Carpenters, melosos y un poco hippies, solo cantaron al amor. Dyango, cascado y feliz con su casquería, solo cantó al amor. El universo entero es un acto de amor, pero a veces hace falta contar lo mucho que uno ama a los demás. La misma religión, la cristiana que es la que nos pilla más cerca, bendice el amor porque conduce al matrimonio. Caso contrario, no me cabe duda alguna, hace tiempo que lo habría mandado al santo carajo. La fotografía de Fejés, formidable en su vértigo detenido mágicamente, me dolió la primera vez que la vi (ayer, no crean) por un hecho sencillo. La pared. Es de una tristeza inconmensurable. Uno sospecha que detrás de esa pared lamentable, ruinosa y casi por venirse abajo, estará la vida en pareja de la pareja que, por cierto, anda sin cogerse las manos ni mirarse embelesadamente. Igual están advirtiendo la amenaza de la pared. Incluso él, ay, camina cabizbajo. De ella no sabemos nada. Ni siquiera la imaginamos. Es un objeto. Un objeto entre los objetos. Estamos desamparados. Que venga José Luis Perales y nos eleve el ánimo.



14.8.12

Prometheus / La gran fiesta de Dios / Texto desenfocado




I/ Lágrimas en la lluvia
De la ciencia ficción en el cine siempre me gustó la limpieza visual, todo ese borrado de la experiencia previa con la que nos adentramos en el espacio sideral. Al modo en que la nave surca la trama negra del cosmos hacia lo inédito, mi mente se enfrenta también a lo desconocido. Luego está la metafísica, como dice mi amigo Ramón Besonías, la incertidumbre de lo humano, la partida de ajedrez que el hombre entabla con la divinidad que, en el futuro hipertecnológico, desde el Hal 9000 a los replicantes o al fantástico androide de Prometheus, es también la partida del hombre con sus máquinas. El desamparo espiritual, más allá de las acometidas de las criaturas alienígenas o de las guerras de las galaxias, es el que mueve la ciencia ficción a la que acudo reverencialmente. El atrevimiento de Ridley Scott con el primer Alien consistió precisamente en retirar del imaginario colectivo (al menos durante dos horas de proyección) la frialdad cósmica de Kubrick y su pieza fundancional del género (2001, una odisea en el espacio, 1968) y volcar texturas terroríficas, privilegiando el suspense sobre el romanticismo, haciendo posible que la ciencia ficción se convirtiera en un producto rentable en taquilla. Imagino que la saga de Stars Wars tuvo algo que ver con esta refundación del género, pero Alien es la primera cinta enteramente adulta y en ella se depositó la esperanza del futuro. No sé si la mediocridad habitual ha dañado ese noble propósito, pero uno confía en directores como Duncan Jones, el hijo cómplice del padre Bowie, con su espléndida Moon. Confia en que se cumplan las palabras que el replicante Batty susurra al atribulado Deckard y mis ojos vean naves arder más allá de Orión. Momentos que se perderán en el tiempo. Lágrimas en la lluvia.

II/ Buenos tiempos para la criogénesis
El lugar en el que me he encontrado más solo en toda mi vida ha sido en mis sueños. Los de la teniente Shaw (Noomi Rapace) son rigurosamente observados por el androide que cuida su periodo de hibernación, interrumpiendo sus sesiones cinematográficas. Como los replicantes de Blade runner, el androide sospecha que son los recuerdos (los propios o los ajenos) los que le pueden hacer humano. No somos lo que decimos ni tampoco lo que amamos. Es en los recuerdos en donde verdaderamente existimos. Por eso reproduce frases en la falsa intimidad de un camerino y aspira a comprender las razones de los que lo crearon al modo en que sus creadores, los tristes hombres con sus pequeñas dudas, también indagan en la naturaleza del Creador en quien depositan su origen. Hasta ahí la sucinta metafísica de Prometheus, la que algunos hipercríticos han vapuleado hasta convertirla en materia de teología de feria provinciana. Pero Scott no pretende hacer ningún manual de supervivencia espiritual: factura un más que digno blockbuster de verano para que la caja tintinee como solía (hace mucho que el bueno de Ridley no da el pelotazo...) Cierto que sobran la mitad de los personajes, insostenibles en su breve libreto sin fuste y cierto también que toda esa narrativa de lo primitivo con la que se abre el film no impresiona (por vista, por quemada, en los ojos del aficionado serio) pero Prometheus es un alarde de belleza (salvo tramos plúmbeos como la parte en que se pierden en la pirámide algunos científicos o el de la pelea en la rampa de la nave) en estos tiempos de pendejadas estivales. No se zafa del oportunismo que supone sacar del olvido a la saga Alien (tan satisfactoria en taquilla, por otra parte) pero si alguien podía refundar la franquicia era el señor Ridley Scott, que es un perro viejo y ladra como le place. Estos de ahora han sido los mejores en mucho tiempo.

III/ En las montañas de la locura
Posiblemente no haya tiempo en una película convencional para alargar hasta el agotamiento narrativo todas las posibilidades discursivas de la trama. Quizá no tengamos que llegar a esos extremos, pero me tengo por un vicioso de lo mío y soy capaz de disfrutar en los extremos como algunos, menos retorcidos que yo, de mayor sentido práctico de las cosas, merodean y disfrutan lo cercano, no la bendita periferia. Se echa en falta, hecho uno a devorar series en el cómodo sofá de casa, que la historia de Prometheus tenga diez episodios de cincuenta minutos. Que los showrunners de la serie dejen pistas de que hay una segunda temporada. Que la HBO aproveche la soberbia plasticidad de los primeros minutos de Prometheus (David yendo y viniendo por la nave, masticando Lawrence de Arabia, espiando las pesadillas ajenas) y le dedique un episodio a uno de mis replicantes favoritos. Que en otro Shaw batalle por su Dios y libre con la crema intelectual de la tropa de a bordo conversaciones que harían disfrutar a Bergman y al propio papá Dick (alguien habrá que discurra, alguien habrá que parezca un personaje de Woody Allen en una fiesta en el upper Manhattan) Nada ocurre a capricho de nuestras inclinaciones estéticas o morales. Ojalá (cierro este excurso doméstico) H.P. Lovecraft hubiese firmado el libreto de la cinta. Aceptos adhesiones a pie de post.

IV/ Algunos todavía no han salido de la Nostromo
Hace tiempo que la realidad dejó de interesarnos como espectadores. No nos interesa la película sino el material adicional. Hemos aceptado un modo de hacer las cosas que consiste en escamotear contenidos y favorecer la información complementaria. Queremos saber cómo se hizo, entrar en la bambalina del asunto, aunque ese conocimiento signifique sacrificar el visionado clásico, al que le prestamos una atención menor. Hay quien opina que todo lo que ha rodeado a Prometheus, su campaña viral, la de bajo coste y amplia propaganda, crea un estado de shock mayor que la propia cinta en sí. Quien se vuelve loco viendo una y otra vez esta pequeña golosina colgada en el youtube, aperitivo jugoso, no me cabe duda,  y desprecia el plato principal con todos los monstruos en pantalla grande. La enfermedad de nuestro tiempo es la saturación. Toda la bazofia cósmica que he visto en interminables (y placenteramente las más de las veces) sesiones nocturnas, bajo el split, en los veranos sin piedad que se gasta por aquí, no me ha impedido apreciar Prometheus como el entretenimiento que pretende ser. Una vez que dejamos la butaca y volvemos a casa, en el camino despejado, escoltado por los faros de los coches, pienso en todo lo que he aprendido y en el precio que uno paga por ese aprendizaje. En cómo he perdido la inocencia y en cómo lucho por sentirme inocente de vez en cuando, libre de mí mismo, de todo lo que hace que no disfrute como otros y me encabrone (es un decir, uno malo, entiendan) cuando considero que de algún modo he salido timado de la sala. Soy yo el que maquina esos chantajes contra mi disfrute. Soy yo el que no ha salido de la Nostromo todavía. A lo mejor soy Ash, el otro androide. Tengo que buscar esta noche a Dios en mi disco duro.




V/ Encerrado en una habitación con los mejores juguetes del mundo
Con frecuencia he pensado que solo estoy hecho para ser feliz, pero a poco que entro en estas reflexiones filosóficas caigo en la cuenta de que no soy especial en nada y que una legión de personas como yo pensarán lo mismo y con idéntica frecuencia. Es del dolor de lo que huímos. Lo tememos más que a la misma muerte. Uno de los dolores más finos es el de no ser amado. Mi amigo K. sostiene que el amor es prescindible si uno tiene una buena biblioteca. O una buena colección de películas, le corregí. De los libros y del cine extrae uno vidas que no se encuentran en la vida de verdad, momentos de esa felicidad absoluta, ensimismada y embebecida, en la que la realidad se diluye, a sabiendas de que el viaje tiene regreso, y se impone una realidad alternativa, el territorio mítico de la ficción. No hay nada mejor que la ficción. Ninguna cosa, ni siquiera el amor, sustituye al placer de que nos cuenten una historia y de que nos la cuenten de la mejor forma posible. El amor, el buen amor, es un cuento dirigido que uno desea que trascienda y no se extinga, pero es un cuento al cabo. A K. le debe fascinar la figura del androide que pasea la Prometheus durante los primeros (y magníficos) minutos de la película de Ridley Scott. Se cambiaría por él. Yo también sería un androide feliz si me aseguran que después de la soledad interestelar, de todos esos años en compañía de un proyector y de quizá una biblioteca, podré volver a lo que me espera. Lo hermoso es que haya algo que nos esté esperando. Que uno se vaya y sepa que el regreso será una fiesta compartida con quienes aceptaron el viaje. Los detractores de esta especie de onanismo cultural me convencerán sin esfuerzo de que estoy equivocado. No pienso rebatir lo que sé que no es rebatible. No se vive entre libros ni entre películas. Los miles de discos que tengo ahora a mi alrededor no van a proporcionarme la felicidad que hoy he tenido al pasear por mi pueblo, con mi mujer, ensimismado y embebecido por la precaria perfección de esas distracciones irrelevantes. Siempre puede uno encerrarse en una habitación con los mejores juguetes del mundo y bendecir que la llave no esté echada. Una vez pensé que podría estar escuchando obsesivamente Hallellujah en la versión de Rufus Wainwright hasta el asqueroso final de los tiempos. Qué feliz fui, Ridley, con tus nuevas criaturas. Sí, sobran cuatro personajes y hasta sobra el guionista, pero me devolviste cosas que ya no creía volver a encontrar. K. te manda un saludo. Es muy tímido.





11.8.12

Todos somos astrónomos





 
Los colonos, Ray Bradbury
Crónicas Marcianas.
Traducción de Francisco Abelenda.
Ediciones Minotauro (1993).


Los hombres de la Tierra llegaron a Marte.
Llegaron porque tenían miedo o porque no lo tenían, porque eran felices o desdichados, porque se sentían como los Peregrinos, o porque no se sentían como los Peregrinos. Cada uno de ellos tenía una razón diferente. Abandonaban mujeres odiosas, trabajos odiosos o ciudades odiosas; venían para encontrar algo, dejar algo o conseguir algo; para desenterrar algo, enterrar algo o alejarse de algo. Venían con sueños ridículos, con sueños nobles o sin sueños. El dedo del gobierno señalaba desde letreros a cuatro colores, en innumerables ciudades: HAY TRABAJO PARA USTED EN EL CIELO. ¡VISITE MARTE! Y los hombres se lanzaban al espacio. Al principio sólo unos pocos, unas docenas, porque casi todos se sentían enfermos aun antes que el cohete dejara la Tierra. Y a esta enfermedad la llamaban la soledad, porque cuando uno ve que su casa se reduce hasta tener el tamaño de un puño, de una nuez, de una cabeza de alfiler, y luego desaparece detrás de una estela de fuego, uno siente que nunca ha nacido, que no hay ciudades, que uno no está en ninguna parte, y sólo hay espacio alrededor, sin nada familiar, sólo otros hombres extraños. Y cuando los estados de Illinois, Iowa, Missouri o Montana desaparecen en un mar de nubes, y más aún, cuando los Estados Unidos son sólo una isla envuelta en nieblas y todo el planeta parece una pelota embarrada lanzada a lo lejos, entonces uno se siente verdaderamente solo, errando por las llanuras del espacio, en busca de un mundo que es imposible imaginar.
No era raro, por lo tanto, que los primeros hombres fueran pocos. Crecieron y crecieron en número hasta superar a los hombres que ya se encontraban en Marte. Los números eran alentadores. Pero los primeros solitarios no tuvieron ese consuelo.


The boy in the bubble, Paul Simon, 1986

 These are the days of miracle and wonder
This is the long distance call
The way the camera follows us in slo-mo
The way we look to us all
The way we look to a distant constellation
That's dying in a corner of the sky
These are the days of miracle and wonder
And don't cry baby, don't cry
Don't cry





No hay un manual para mirar al cielo. Está el azul y están los mapas de las nubes con la hermosa bóveda de estrellas en la alta noche. Se nos educa para mirar el suelo y no perder el paso, pero dependemos del techo que nos cubre, cobija y tutela. Ignoro (porque no soy un hombre de fe y mi descreimiento no soporta las metáforas que no comparto) el modo en que los creyentes registran las exploraciones celestes en su disco duro de creyente, que será un alma confiada en que hay otra vida después de ésta y en que los actos que realizamos en los días terrestres son los que nos invitan a los que haremos en los días celestiales. Por eso lo de Marte me parece un triunfo del hombre y de la ciencia con la que araña los misterios del cosmos. No saber qué hay por ahí arriba, en las islas envueltas en niebla del firmamento, en el oscuro infinito sobre el que hemos construído todas las religiones y todos los libros mistéricos, hace que el hombre sea astronauta antes que agrimensor. La tierra que pisamos y aramos, la que nos bendice con sus frutos, con la que enterramos a nuestros muertos y en la que edificamos nuestras casas, no ha dejado de ser nunca un territorio familiar, pero ah el espacio, la biblia del cosmos. El astronauta que todos llevamos dentro se extasía con la posibilidad de que haya otros astronautas hermanos en algún rincón del cielo, como dice la canción de Paul Simon. Que haya en algún punto infinitesimal, a trillones de años luz, no me pidan que sepa lo que digo, una población de alienígenas ( los alienígenas somos nosotros, no crean, todo es cosa de mirar de un lado o de otro) que planee visitarnos en serio, dejándose caer en la Gran Vía como el africano de Radio Futura. O como esto que está amenizando el tórrido agosto olímpico: que hayamos curioseado por Marte, que David Bowie, en su retiro bendito, esté pidiendo royalties. A la nave tenían que haberla llamado Bradbury One. Algo así. Todos somos, en el fondo, piadosos creyentes de la astronomía. La magia es la que mueve el corazón. En la ciencia, en ese batiburrillo de cables y de máquinas carísimas que hurgan las tripas del cosmos, está la religión del futuro. Dios es una fórmula química, seguro.

7.8.12

Ornitología



I/  Pennies from heaven
Hubiese sido un magnífico secundario de cine negro, una especie de Peter Lorre negro con la tristeza abriendo paso a las balas, digamos. Pero Lester Young fue un saxofonista portentoso y no tuvo, que yo sepa, relación alguna con el cine negro. Sí tuvo una atormentada vida, una digna de ser escrita o llevada a la pantalla. Antes de que los títulos de crédito cierren el programa le veremos en un modesto retiro entregado sin rubor a la bebida. Lo mataron la incomprensión (quiso creer que era peor músico que Coleman Hawkins o que los nuevos valores del jazz blanco como Paul Desmond o Stan Getz) el whisky y el racismo. Se sabe que al ser reclutado para el ejército y negarse a ir fue arrestado y torturado por los mandos militares y que jamás aceptó que fue su negritud y no la negativa a cumplir el mandato del tío Sam lo que hizo que los mandos se ensañaran con él. 
Poco se sabe de su vida, cosa que dificulta la biografía: Lester jamás se tomó en serio la vida pública del jazzman y se divertía a su manera inventando historias, contando episodios falsos que el periodista de turno compilaba a modo de nota frívola, a la espera de que en un momento surgiese el apunte sincero. Donde no confundía era en su fraseo, en la fina sonoridad de lo que, más que contralto, parecía un saxo tenor, en su delicada forma de expresar la rotunda vida del aire dentro de ese instrumento rocoso y viril. Pero el Lester Young que a mí me fascina es el que acompañó las grabaciones de Billie Holiday. He imaginado montones de veces (como un pequeño vicio de aficionado al jazz y también a las imágenes que el jazz va dejando a quien se mete bien dentro de su costra) al hombre bajito, armado de su saxo, trajeado como un dandy en invierno, siguiendo la gardenia del pelo de Billie, apostándose a su vera, sentado como esos patriarcas del flamenco hacen cuando sacan el arte en un patio con un aljibe o como lo hace el gran B.B.King cuando saca a Lucille todo lo que tiene dentro. En cierto modo a Lester le pasó un poco como le pasa al bendito B.B. King todavía: le pudo el amor al dinero, el irrefrenable deseo de hacer giras y de comerse el mundo con su magisterio. Nada que objetar al rey del blues. Se puede ser un estajanovista de un oficio, echarle horas como si no hubiese otra cosa en el mundo, amasar una fortuna (que King reparte entre sus ex-esposas y el fisco) y no ofrecer en el trayecto la imagen de uno de esos avaros que guardan la calderilla debajo del colchón. 
Me fascina también fantasear con el músico de jazz recorriendo el país, de bolos, durmiendo en hoteles baratos, oliendo la cochambre y masticando nicotina, dejando la corbata en una percha de un armario indecente, junto al traje. No he visto todavía ninguna fotografía de Lester sin chaqueta. Está ahi en todos esos registros: erguido, desafiante, tímido en el fondo, pero exhibiendo nobleza, a sabiendas siempre de que su música era un regalo de un cielo que no le bendijo con otra felicidad que estas sencillas manifestaciones de la inspiración. Prefería tocar por libre, con grupos pequeños, a plegarse al criterio de un empresario o de otro músico con ínfulas. Por eso fatigó comarcales, durmió en la cochambre y ganó trabajosamente el dinero que lo igualaba con los grandes, con quienes se enfrentaba en sueños esgrimiendo el saxo, sacando repertorio y endulzando (lo suyo era un saxo dulce, una meliflua expresión de vigor, al cabo) el aire con las piezas de otros.
Fue Billie Holiday quien le hizo Presidente. En una tierra de duques, barones y condes (decía) hace falta un presidente, y le nombró Prez a título vitalicio. Mientras tanto Count Basie estrujaba al genio y lo llevaba de un estado a otro, colocándolo en un lugar preeminente de la orquesta, pero a Lester le gustaban las pequeñas seccciones rítimicas, los grupos en los que él regentara la construcción de la música y marcara el camino por donde debían ir los demás, pero ni el todopoderoso Norman Granz, el productor de jazz más importante de la Historia, pudo complacerle como quiso y Lester se convenció de que no podría volar como le pedía el talento que amasaba. Daba igual que tocara con el trío de Oscar Peterson o que tutelara la parte operativa, la maquinaria más jazzística del chasis que envolvía el aparato vocal de la inmensa Billie Holiday: Lester Young se sintió un desplazado, sin que en casi ningún momento su jazz alcanzara las cotas que otros (Hawkins, por un lado; Getz o Mulligan por otro) ganaban a pulso en discográficas y en sesiones en vivo de más altos vuelos.
Entre el cool, el bop o el mainstream más orquestal, en plan big band multifacética, Lester Young condujo su carrera a trompicones. Se refugió en el alcohol como Parker o como Baker. No le hizo falta entrar más adentro en la lista de toxinas: le bastó la botella, la serenidad complaciente del aturdimiento que produce el alcohol en la sangre, ese estado de sublime precariedad en la que el afectado cierra sus poros al mundo y abre su corazón al vértigo inconfensable del vacío. Se está bien en el vacio, debió pensar. En ese territorio mítico, que cada adicto construye a beneficio propio, Lester renunció a entender el mundo que no le entendía, pero nadie sale ileso de esa travesía insana. La suya concluyó antes de que cumpliera los cincuenta, después de haber registrado piezas inmortales, tras haber malogrado una meteórica carrera de sensibilidad y de honestidad profesional. Stan Getz grabó hasta que ya el cuerpo no le respondía. Me pregunto qué pudo haber sido del Lester Young que él mismo censuró, al que no permitió envejecer y seguir deleitando a los consumidores habituales de belleza.
A propósito de todo esto, de la ida y de la venida de las adicciones interpuestas entre la música y la persona que la hace, piensa uno en la terrible maldición del talento, en cómo se malogra el genio puro y se despeña en esos vicios irreparables. Pienso también en el bueno de Dizzy Gillespie, en su inteligencia absoluta en lo concerniente al rumbo que debía tomar su carrera, que viene a ser el rumbo al que debía orientar su vida. Hay una escena maravillosa en Bird, la biografía de Eastwood dejó sobre la vida de Charlie Parker. Se ve a Parker acercarse a casa de Gillespie y tocarle, saxofón en mano, solo en la calle, ebrio de alcohol y de numen, la inconmensurable Ornithology. Dizzy le pide que se calme, le hace ver que tiene a su familia durmiendo y que la calle, a esas horas, no permite estas extravagancias. Quizá por eso Gillespie grabó y tocó hasta la vejez y la rendición de su talento está disponible en cientos de álbumes y en miles de conciertos.



II/ Hotel by a railroad
Pensé anoche, poco antes de conciliar el sueño, en un cuadro de Hopper. Lo inventé minuciosamente. Si uno ha visto muchos cuadros de Hopper puede confeccionar uno en la cabeza. El cuadro invisible, el alojado ahí dentro, es como el jazz. A poco que cierras los ojos, si te distraes del empeño primero sobre el que empezaste el trabajo, el lienzo desaparece. Se emborronan las figuras. Se pierde la luz. Se van perdiendo los matices y ya no es Hopper. El jazz es un cuadro de Hopper en la cabeza. Si te distraes, en el momento en que piensas en otra cosa y no afinas lo suficiente, la música se aleja. El jazz está siempre alejándose. Crees que lo tienes, pero a cada nueva escucha, en cada nueva visita, uno cree que es una melodía absolutamente nueva. Se tiene la impresión de que hay notas que conoces, pero esa pequeña certidumbre la derriba la propia pieza a medida que va creciendo. Yo soy capaz de inventar jazz en mi cabeza. Lo he escuchado las veces suficientes como para recrearlo ahí adentro. A lo que no alcanzo es a sacarlo. Hoy, escuchando a Lester Young, a las dos y pico de la mañana, se me ha ocurrido que Hopper era un músico de jazz. Será que estoy sincopando. Que embriagado de Prez se me violentan los argumentos y piden que los enseñe. Yo obedezco. No sé bien qué hago, pero soy muy dócil con mis vicios. Los tres, Young, Hopper y yo mismo, solos, al cabo, construyendo en la intimidad un refugio en donde cobijarse de todo lo triste y todo lo feo del mundo. En el jazz, en Young tocando, lo triste y lo feo se da a la fuga. En los cuadros de Hopper, aun tristes algunos, no hay otra cosa que belleza. En lo mío, en lo que me toca, soy un espectador aventajado. Me conozco y sé dónde perderme. Como Gillespie, espero no perderme del todo y llegar a la vejez con la capacidad de asombro intacta. No será así. Se pierden con el tiempo todos los buenos deseos que uno encomienda al futuro. Va siendo hora de ir acabando el día.

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