30.7.12

London calling





En ocasiones, en tramos de la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres, creí estar asistiendo a un concierto de U2. Es lo que tiene estar tan avisado en estos asuntos: que cuesta provocar el asombro absoluto, la loa total, ese rendirse ante la evidencia de que lo que está uno viendo es algo inédito. Lo de la otra noche en la capital británica fue un caos hermoso, una especie de ópera bufa en la que lo costumbrista, lo bucólico, lo cómico y lo teatral (soberbia banda sonora incluída) se acoplan en uno de esos alardes de creatividad impune en donde se pueden mezclarse, sin que chirríe el fornicio, decenas de emparaguadas Mary Poppins con el rocoso y lacerante sonido de los Arctic Monkeys contándole al mundo que el britpop fue un invento genial y que, en materia musical, la pérfida Álbion sigue a la cabeza del hit parade. Todo ese personal, carente del músculo chino que les precedía, fue guiado por un Danny Boyle más pendiente de editar un bluray con todos los extras (y sonido envolvente 5.1 con los Kinks, Bowie, Queen y todos los grandes) que de hacer que la maquinaria estrictamente teatral (un libreto, un aforo, un escenario) fluyese con agilidad y no cayese (como lo hizo en más de una ocasión) en un desparpajo histórico, en un arrebato heroico de patriotismo. Y no es que fuese un espectáculo olvidable, que no lo fue en absoluto. Fue, en cierto modo, una puesta de largo del Imperio Británico al mundo, a todas esas tierras de ultramar con las que soñaron o en las que plantaron la Union Jack, esa bandera rebajada a mercancía vaciada de contenido, como la célebre y hueca cara del Che. Fue también una puesta en valor del pasado. Un país que ha alumbrado a Shakespeare, a Sherlock Holmes, a Lennon y McCartney y a Hitchcock, una brizna del elenco, entiendan ustedes, no puede defraudar del todo. Eché en falta, para completar el lado humorístico de la ceremonia, al salido Benny Hill persiguiendo a una pastora de ubres ubérrimas por la campiña improvisada en el estadio. UK no quiere mirar al terrorífico futuro. Se entretienen, a la espera de mejores tiempos, con hurgar en el glorioso pasado. Tienen para llenar cuatro Juegos más.

28.7.12

Soy de la Marvel



Soy de la Marvel donde otros dicen ser de derechas o de la cofradía de su barrio. Lo soy sin estridencias. Las andanzas de Peter Parker por Nueva York amenizaron las mías por el Sector Sur. Se me podía preguntar por todos los malvados que atizaban a Spidey en los callejones y los nombraba sin error a todos, pero me gustaba Kingpin por encima de los demás. Lo que nunca hizo Stan Lee fue darle cancha a Kingpin. Le relegó a números sueltos cuando se merecía una franquicia para él solo. El Duende Verde, el Doctor Octopus, El Lagarto, El Hombre de Arena, El Buitre, Electro, Rhino, Misterio, Venon o Kraven El Cazador eran villanos de segundo orden. A mi hijo le extraña esa pasión mía por Kingpin, ese mafioso de doscientos kilos, duro como una roca, instalado en el confort de la alta sociedad, ejerciendo el mal con cierta elegancia aristocrática. En su aracnofilia prefiere adversarios que exhiban una contundencia gráfica de más empaque. A la juventud de hoy, entre la que me incluyo cuando me conviene, le fascina un mal distinto al que yo me inclinaba cuando era joven. La culpa la tiene Michael Bay o la tienen los blockbusters repartidos por todo el mundo. En los últimos setenta, cuando yo compraba los cómics del trepamuros, el cine todavía no había descubiertos las bondades financieras de los superhéroes. A mí Superman, el primero de un amortizado elenco, nunca me entusiasmó. Era de la Marvel como otros son de la DC Comics. Me da igual que Nolan haya salvado a Batman del olvido y su trilogía sea fantástica en casi todo (la última flaquea en narrativa). Uno es de Peter Parker y ya está. Le importa escasamente que este reflotamiento reciente de la figura de Spiderman no haya cuajado lo más mínimo y se balancee entre el cine de héroes para adultos y el palomitero sin pretensiones que mueve masas de adolescentes a los centros comerciales para ponerse hasta los ojos de hamburguesas después de la proyección. Viva Sam Raimi, dije al salir del último Amazing Spiderman. Luego vino Kafka y vino Borges, la poesía renacentista y Humbert Humbert recorriendo los moteles de la América profunda con su preciosa Lo-li.ta, pero antes de todo eso, antes de que la Gran Cultura (esa mentira) me atrapara y me atrofiara, yo gritaba por las calles de Córdoba,"viva Stan Lee, viva Kingpin"


25.7.12

Lejos del invierno


1
A uno le gustaría que le explicasen el momento en que se desquició todo. Sobre todo por guardar una imagen, por salvar un trozo de trama. La realidad, al narrarla, al manejarla con los mecanismos de la ficción, se trivializa, se hace amena, adquiere un tono lúdico. La literatura salvará al mundo. Será la literatura la que luego registre el caos. No serán los analistas de mercado ni los politólogos quienes escriban la crónica del desquicio en el que vivimos: serán las poetas, serán los novelistas de novela negra, serán los que rapean en las calles.

2
El apocalipsis nos sorprenderá manejando un smartphone. Será curioso ver cómo se resumen en ciento cuarenta caracteres la caída de todo lo que conocemos. Facebook y Twitter son catedrales intangibles, templos de la liviandad y del murmullo. El feligrés, en estos tiempos de zozobra y de mamandurrias, es un abonado.

3
Soy rico en lo mío y pobre en lo ajeno. Me sigue fascinando, a pesar de lo quemado que está el mensaje, el carpe diem de marras. La vida se construye viviendo, que diría mi amigo Agustín, uno personaje manchego único, corto de entendederas, traído al mundo con una cilindrada mental menor de lo deseable, pero valiente en su modo de vivir, crecido en la adversidad, filósofo pedestre que, en una ocasión, preguntado por su hermano Marcelino, solventó en una frase algunos de los quebrantos de la metafísica. ¿Y tú, Agustín, para qué vives?, le soltaron. Pues yo vivo para seguir viviendo, respondió sin mirar, sin percatarse del alcance del aserto. O sí. Yo quiero ser Agustín de vez en cuando, pero no me sale.

4
Un aparte que me ha surgido a media mañana: me gusta mucho Jennifer Connelly. Hablo de la actriz y hablo de lo que mujeres como Jennifer Connelly representan. Durante una época mi Connelly de hoy fue Lauren Bacall, que es una criatura diametralmente opuesta a ésta, pero de arrestos creativos y carisma incontestables. No sé bien a estas alturas qué cosa es el carisma. No sé cómo se cuantifica. Si se aviene a un medidor que lo registre. Sé que hoy es el día Connelly y que esta foto es de la más generosas que he encontrado en el google.

5
Al verano se viene en cueros. Al invierno se llega forrado. Uno es más uno mismo cuando va vestido. Yo soy de invierno porque soy un tímido a pesar de que no lo aparento en absoluto. Uno afronta el invierno pertrechado de bolsillos. He paseado inviernos fantásticos con Chesterton en el bolsillo interior izquierdo del abrigo y Charlie Parker en el derecho. Una sinfonía de nobles distracciones para solventar el frío.

23.7.12

Rec 3: Génesis / El matrimonio es cosa de zombis

Los cuentos de terror se adaptan a los tiempos. Lo que Rec 3: Génesis ambiciona es muy meritorio, habida cuenta de la extensa ( y bodriosa en su esencia) cartelera de films que apelan al terror plástico, al subidón adrenalítico que un buen zombi provoca en el espectador sensible. Aspira a abrir brecha en un mercado que está de vuelta casi de todo y que desprecia, por abuso, por la mediocridad de ese abuso, todo lo que suene a muerto viviente. En cierto modo, a pesar de la conveniente distancia entre George A. Romero y la pareja de Plaza y Balagueró, padres de estas dignas criaturas convertidas en jugosa franquicia, Rec (en su vértigo, en su desenfreno) se asemeja a La noche de los muertos vivientes. No es una afinidad narrativa, no pretende festejar la originalidad del cine de Romero bajo un prisma del esplendoroso (mediáticamente al menos) siglo XXI. Se emparenta con aquélla por su vocación transgresora, por innovar, por creer en el cine como un hijo de su tiempo, que se adapta a las fisuras de éste y que, en consonancia a lo que la realidad exije, renuncia a lo académico (Rec es un desparrame gore, Rec es Raimi filtrado por facebook) y se zambulle (gloriosamente) en la experimentación, en un ir más allá sin dejar de mirar jamás al legado de los maestros, sin abandonar un profundo amor al cine como una de las más nobles artes. Plaza y Balagueró aman el cine. Lo hacen de un modo discutible si el que enjuicia este enamoramiento es un sibarita del cinema verité, del Godard más críptico o de lo indie sin concesiones, pero una vez que se desembaraza uno de ese corsé a veces tosco con el que aprisionamos la mirada Rec es un divertimento disfrutable, un verdadero festín para el amante del género. Plaza (sin Balagueró) se da un homenaje en primera persona y acude a su imaginario particular, del que extrae piezas humorísticas (ese intruso de la SGAE, John Esponja o el mismísimo tono kitsch que preside la primera parte de la cinta) y piezas de un gore salvaje. Ahí cae el Raimi principiante en Evil Dead, sierras incluídas en el lote,  o incluso el novicio Peter Jackson de Bad Taste, periodo pre-Tolkien. Plaza tira de sangre a tutiplén, no se arredra a la hora de descuartizar miembros y no abandona en ningún modo un cierto hilo cinético de la trama. Leí que pretendía que Rec fuese como una canción de los Ramones. Un, dos, tres, zumbando. El rock and roll de la hemoglobina. El circo máximo. La sensación de que estás asistiendo a una broma maravillosa. De hecho, al final, a pesar de este tono laudatorio, me pudo la idea de que es una película tan digna y consecuente como hueca y previsible. Que no será de ésas que vuelves a ver algún tiempo después. Por ver más cosas. Por entrar donde antes no supiste. Aquí se entiende todo a la primera. Se advierte desde el primer fotograma hasta el decibélico último que la cinta funciona en otro nivel distinto al corriente. En el mainstream habitual, en esa zona uterina en la que amas el cine casi por encima de todas las cosas, Rec es un verdadero fiasco. Uno de los mejores que me encontrado. Uno de un ritmo endiablado. Una especie de canción pop en la que se te queda el estribillo a la primera y la tarareas un fin de semana entero. 

posdata: Bien por Plaza al dejar el recurso estilístico de la cámara en mano. Bien por elegir una boda como envoltorio de la trama. Bien por Leticia Dolera, esposa de Plaza, mutable en bicho con motosierra cuando (cual alien con un hijo en sus entrañas) se da cuenta de que la vida no vale nada,.

18.7.12

Groseros, el mundo es vuestro



En cierto modo, el mundo pertenece a los groseros. Poseen la habilidad de hacer valer lo que piensan sin que concursen otras habilidades de mayor fuste y genio. El grosero, aparte de mal hablado, es un mal argumentado. Cae en la cuenta de que zanja los problemas en los que está inmerso sin poner en danza otro argumento que el improperio, el escarnio, la mofa o el invicto insulto. El problema de insultar es que si el contrario accede a repelar la agresión con nuevos insultos es fácil recurrir a los golpes. Digamos que la naturaleza inferior (y sobre todo la naturaleza que se sabe inferior) echa mano de la grosería para vencer en el duelo dialéctico. El burdo, sobre todo si es uno con cierta capacidad intelectual, sabe que violentar el honor ajeno, en una discusión de la que parte en desventaja o sobre la que no dispone de un argumentario más eficaz, compensa su debilidad. El mordaz, el sarcástico, el que se toma a broma la discusión, no deja de usar maravillosos instrumentos del arte de la discusión, pero no se rebaja al insulto, que es (entre iguales, entre contendientes con honor) un arma repudiable. Por eso el mundo pertenece a gente como Andrea Fabra, que desde su bancada, sin que mediase dialéctica alguna, saliéndole del pecho como un alien que hubiera incubado durante dos legislaturas, prescindió del honor y de la astucia expositiva y zanjó en tres palabras su manera de abordar el asunto que se trataba en la sesión. Que se jodan no es solo un zafio modo de ofender al otro (a los parados, a la bancada socialista: es lo mismo) sino la constatación brutal de que las personas que nos representan en el parlamento prefieren el insulto, la injuria, la calumnia o la ofensa antes que el manejo racional (agresivo, exaltado si encarta) de las palabras. Además el grosero no necesita estudios. Se basta con un manojo eficaz de venenos. Con los años, según las circunstancias, los adminstrará de una forma u otra. Los habrá buenos para una cosa, un parlamento, por ejemplo, y malos para otra, una barra de un bar lleno de parados. El grosero sabe donde exhibirse.

Está visto que el mundo pertenece a los jodidos. Somos más los jodidos que los que joden, expresado todo con absoluta zafiedad ahora. Uno cree que el maravilloso mundo de las ideas y del progreso está en alza y que nos dirigimos a un mundo mejor. Sostiene que no es posible ir hacia atrás. Que los logros no se voltean en un día, pero he aquí, oh groseros del mundo, ah grandes prebostes de la precariedad, que es posible la marcha atrás, el regreso al lugar de donde venimos y del que dijimos no querer volver a saber nada. Lo que no sé, a estas alturas de la trama, en este punto de la travesía, si soy un pobre tan convencido de serlo que ni siquiera me siento ofendido con todo lo que está pasando. Si mi pobreza es soportable o debo librarme de ella sin tardar. Si la tal Fabra, ah desdichada, infeliz, criatura envenenada, al expresar lo que sentía (que se jodan) no estaba manifestando un estado general del pueblo, un sentir larvado, una mala leche súbitamente aireada que yo mismo aprecio en la calle, en el modo en que el pueblo soporta que lo zarandeen así y lo maltraten así y lo puteen así. De la tal Fabra olvidaremos pronto el apellido, si es hija de su aviador padre o si luego pidió perdón público en una fría carta que hoy publican todos los periódicos y que ha dirigido, con protocolaria humildad, al Presidente del Congreso para que le rescinda el bochorno que está pasando. Quedará la frase. Somos un país de frases. Manda huevos. En el fondo, a pesar de la que está cayendo, el que se jodan es trending topic, jolgorio de la redes sociales, inspiración para los bardos callejeros, asuntillo de chirigota en los próximos carnavales de Cádiz.

16.7.12

España, ah España, Japón, ah Japón

De España me quedo con Iniesta. Salvo en esos días de atropello circense, de júbilo balompédico, no me tengo por un español de raza, uno de esos que se sienten involucrados en la construcción de la patria. Y eso que a mi modo, con mi trabajo de maestro de escuela y mi contribución fiscal inexcusable, construyo lo mío, no crean. Tengo una visión doméstica de la nación, qué le vamos a hacer. La aprecio en el arte, en todo ese catastro sublime de manifestaciones estéticas (espirituales, intelectuales, emocionales) que los españoles han ido realizando desde que dejaron de invadirnos los otros o desde que nosotros dejamos de invadir al resto o incluso desde que la palabra invadir, ahí puesta como una bandera de algo, no tenía significado alguno... (sigue en Barra Libre)

Un blues



He conocido montones de historias acerca del blues. En casi ninguna falta el dolor. En la mayoría es el dolor el que hace que exista la música. En cierto modo, el blues es un lamento, una exhibición de la fractura del alma, un muestrario de astillas, una especie de inventario pedagógico de lágrimas. A mí me gusta un tipo de blues sucio, mal grabado, en ocasiones, que solo precisa de una voz y de una guitarra. Un amigo me comentó que todas las canciones son la misma canción. No hay dos días iguales, y todos los días igual, cantaba Rosendo en su buena época. Me acuerdo de él cuando escucho una canción y siento que es nueva, aunque la razón me diga las veces que la he sentido antes. Había en Radio 3, hace muchos años, un programa de blues del que no recuerdo el nombre. Era una época sin podcasts y la radio se escuchaba con una reverencia de la que ahora prescindimos. El locutor contaba historias del blues y luego dejaba que la pieza sonase entera. Me he dormido muchas veces escuchando blues del delta o blues de Chicago, descubriendo nombres que luego no me han abandonado. T-Bone Walker. John Lee Hooker. Howlin' Wolf. Blind Boy Fuller. Muddy Waters. B.B.King. Robert Johnson. Hoy, al encender la radio, mientras ordenaba el caos que reina en mis dominios domésticos, he escuchado un blues de esos muy antiguos. No he conocido al músico ni después, a su término, han contado ninguna historia ni se ha revelado nombre alguno. Sé que he sentido una punzada. Una del tipo que te hace feliz, aunque percibas el dolor de la voz que te arrulla y comprendas que se te está haciendo una confidencia. El blues, el bueno, el que me gusta a mí, es una confidencia dejada caer con un pudor enorme.

12.7.12

Sus satánicas majestades cumplen cincuenta años


De los Rolling Stones me fascina la voluntad de sobrevivir en una medida parecida, menos heroica tal vez, a la voluntad de trascender y ninguna banda ha trascendido como esta y, a la vista del infame negocio del rock y de los volubles y huidizos afectos de las estrellas que lo pueblan, dudo que haya alguna que en el futuro celebre su cincuentenario con la arrogancia, el sentido del deber y la profesionalidad de estos muchachos ingleses. Admiro la épica tóxica que exudan. Acepto que la argamasa que los mantiene compactos es la pasta. Detrás de una gran banda hay siempre un asesor financiero, un lumbreras en regatear al fisco, uno de esos cerebros en la sombra que, sin tocar ninguna instrumento, hace que quienes los tocan lo hagan de un modo mucho más entusiasta. De los Rolling, justo hoy que hace cincuenta años que subieron al escenario del Marquee en Londres, prefiero lo sucio, los vínculos pedestres con el blues de Chicago que mamaron entonces, el olor a pantano y a whisky, la áspera evidencia de que en realidad son los nobles embajadores de un mundo idílico, el del rock considerado como una de las más bellas artes. 
 
 
 
 
Importa muy escasamente, o solo importa a beneficio del morbo y de la construcción mitológica, que hayan estado arriba y estado abajo y muchas veces estado a mitad de camino entre el bien absoluto y el mal total. Que algunos (Jones, el fundador, el jefe precoz, el héroe de los primeros riffs) no hayan superado la prueba de corte del tiempo y sucumbieran al olor de la hierba y al subidón de la adrenalina mezclado con el subidón del viejo blues de Muddy Waters. Tampoco deba importunar la consolidación de la leyenda el hecho de que hayan facturado discos malos (Dirty work es uno, Emotional rescue es, en menor medida, otro) y otros monumentales, epígonos de una forma de entender el rock y de hacerlo un arte puro (Exile on Main Street, Beggar's banquet, Let it bleed, Sticky fingers). Lo verdaderamente revelador es la sustancia misma del éxito que no les ha abandonado jamás. La mil veces nombrada mejor banda de rock del mundo lo es a veces por razones históricas, ya saben, cincuenta años en la brecha, pero también por tambalear tanto sin caerse jamás, por cruzar dos siglos con incuestionable maestría, por haber escrito algunas de las mejores canciones que este escribidor fascinado ha escuchado nunca. Queda que hoy sus satánicas majestades cumplan cincuenta años de vida. A mí me faltan cuatro para esa festividad tan simbólica.

9.7.12

Las palabras han abandonado a Gabo




Es más sobrellevable perder la vida que perder la memoria. La amnesia senil que padece Gabriel García Márquez, puerta al Alzheimer o una variante hostil de éste, lo ha matado un poco. Se ha muerto el fabulador, aunque el cuerpo que lo albergaba pasee y mire los pájaros, coma al lado del mar o sueñe que los habitantes de Macondo vienen a visitarle y le regalan pétalos en una caja de zapatos. La crónica de la muerte anunciada era esto, probablemente. No sabemos qué pasa ahora dentro de la cabeza del maestro. Si fabula de otra forma o ha dejado de fabular del todo. Los huérfanos y los tristes somos nosotros, los lectores. No duele que alguien se muera. Se nos educa para vivir después de que la muerte abrace a los demás. En lo que no hemos recibido formación alguna es en manejar que los que amamos no sepan nombrar el mundo que les rodea. Fue el mismo Gabo, Gabo El Premonitorio, el que dejó registrado en su Cien años de soledad la posibilidad de que el mundo existiese a partir del momento en que fuese nombrado. La palabra, al hacer carnal, fecunda las cosas y las hace carnales también. Lo que necesita el bueno de Gabo es un Melquiades, un gitano inventor, uno que le ayude a fundar palabras nuevas y le guíe, con esas brújulas e imanes que trae a Macondo, por el camino hacia la muerte. Porque cuando García Márquez muera no será una noticia devastadora al modo en que lo son la de otras personas que no conocemos en persona, con la que no hemos tomado café ni hemos compartido emociones, pero que nos han marcado y con las que hemos crecido espiritualmente. El espíritu es un asunto al que no se le da la importancia que se merece, a pesar de las religiones y de la música new age. Hoy es un día un poco triste. No tengo más gana de escribir.

7.7.12

La narrativa del abismo

Al final lo único que hacemos es mirar al abismo. Contrariamente a lo que la razón dicta, no nos apartamos cuando se nos presenta. Ni siquiera lo bordeamos. Lo que nos cuadra más en ese instante es encararlo, abrazar la confusión que nos turba. La literatura entera se ocupa de registrar ese abrazo. Todo lo que nos conmociona procede de ese hueco oscuro, del vértigo estético o intelectual o espiritual que produce el abismo. Lo sagrado, que es anterior a lo religioso, elude la innecesaria narrativa del abismo. De eso se encarga la religión, que es una actividad de más hondo pulso pedestre, más contaminada de lo humano. Acabo de ver Río Bravo, la espléndida cinta de Hawks. Mi suegro ha enchufado el Canal+ Toros. Justamente ahora están apiolando a la bestia negra de una tal Dolores Aguirre. En los dos dramas, el western y la corrida, aprecio el mismo instinto vibrando desde abajo, apoderándose de todo, invadiéndolo sin sutileza alguna. Es el mal el que pugna por salir. El torero, a su manera, es el pistolero en la polvorienta calle del pueblo del Oeste, mirando el abismo, observado por el abismo. Siempre hay una pérdida al final de la representación. En la vida no hay día en el que no se pierda algo hermoso, en donde alguien no hocique la testuz hacia lo oscuro y se embriague del hermoso dolor que se iza, viril, desde lo profundo.



5.7.12

Quien no tiene nada que decir termina siempre hablando de sí mismo


Para todos los que usan los productos de nuestros competidores, feliz día del padre. A los creativos de Durex les sobró la imagen: les bastó un chiste. Uno de esos que una vez escuchada no olvidas. Vas con la frase en la memoria como quien lleva un chisme que desea contar al primero que encuentras en el camino. El mundo es de los que saben manejar el lenguaje. Incluso es de los que, en ese manejo, hacen que los que escuchan polemicen. El mérito consiste en ser conciso, en impactar dentro de esa minima rendición de ingredientes semánticos, en convertir el mensaje en una especie de estribillo de una buena canción pop. Siempre admiré a quienes se expresan con precisión. Los que, al hablar, prescinden de coletillas, eluden información prescindible y cuentan exactamente lo que desean a la manera en que un poeta criba el verso para que entre en el soneto. No se trata de medir las sílabas ni de armar un artefacto poético. Tengo yo la manía justamente contraria. La de extenderme, la de bordear la precisión, sin censurarla del todo, paseando por los alrededores. Ignoro si ese vicio mío en lo hablado se refleja también en lo escrito. Creo que hablo más que escribo y eso contando conque hay días en los que de verdad que escribo mucho. No valdría para creativo de una empresa como Durex. Sospecho que no contarían conmigo a poco de conocerme un poco. Visitado a fondo soy un tipo adorable que usa pocos adverbios en su parlamento habitual. De lo inglés me fascina cómo calzan los adverbios en cualquier frase que hacen. De cómo convierten la retórica en una impresión acústica de una plasticidad insultantemente hermosa. Un buen inglés, incluso uno no especialmente (otro adverbio) afectado, se esmera de un modo admirable en el manejo ése del que escribía al principio. Todavía me emociona la sensación de plenitud lingüística que siento cuando escucho a cualquier de esos pulcros y dignos mayordomos de las películas de Ivory o de los impecables seriales de la BBC. ¿Lo ven? He empezado escribiendo sobre la maravillosa imaginación de algunos publicistas, aunque lo que ponderen sea un vulgar (y útil) condón, y he terminado divagando como suelo. Confieso que si no fuese por esta manifiesta versión verborreica de mí mismo que vuelco en mi página no habría página, lo cual me conduce a pensar, a la vista de lo irrelevante que es y en lo canijita que la voy dejando, en la necesidad de ir desocupando el puesto de escribidor e instalándome en la columna estilita en la que, a buen recaudo, pueda leer, ver cine, pasear con mi mujer, sestear a destajo, en fin, todas esas buenas cosas que uno no podría hacer si se toma este oficio demasiado en serio. Es curioso cómo quien no tiene nada que decir termina casi siempre hablando sobre sí mismo. Esto parece sacado de una línea de un texto de cualquier personaje de los ochenta del gran Woody Allen. Mientras tanto, ah lector cómplice, ah buen amigo, pensemos en todos los que celebran el día del padre y se castigan por no haber leído el anuncio de Durex antes. Ya lo dijo Roald Dahl en boca de su amado Willy Wonka: la familia es un entorno difícil para ser creativo. Algo así. Últimamente me cuesta ser preciso. A mi modo, que solo yo a veces comprendo, me encanta el ser errático que pugna con el metódico. Hoy ha ganado por goleada el primero.

4.7.12

My sweet baby James



Quizá lo único que queramos sea algo en lo que creer para dormir tranquilos. A veces se pone levantisca la entrevela hasta que se concilia el sueño. Una vez que hemos perdido la vigilia, uno pierde el gobierno de sí mismo. Siempre pensé que los sueños son un país aparte en donde nos vemos los que soñamos. Como un universo alternativo ocupado por quienes vivimos a este lado. Y tal vez sea esa la razón por la que se regresa del sueño en blanco. Se tienen impresiones, se registran colores, se posee una noción precaria de la realidad en la que hemos estado, pero no hay certezas. Es mejor que no las haya. Alguien me dijo el otro día que solo soñaba en la siesta. No de noche. Mi orgullosa condición de soñador no siempre se vuelca en mi orgullosa condición de atento obrero de la vigilia. No tengo como quisiera recursos para extraer de una asuntos que me interesa volcar en la otra. Del sueño a lo vivido y viceversa. Pienso en Origen, la estupenda cinta de Christopher Nolan, en la literatura que se adensa en los sueños y que se extiende después en el texto. Pienso en mujeres y en vasos de cerveza. Una canción de James Taylor escuchada hace un instante en uno de esos coches que se te cruzan y te invaden de flamenquito o de trash o de acid house o de cualquier infamia acústica. Pienso en el dulce arrullo del verano trayendo blondas de luz a mi sensible alma. A ver qué sueño esta siesta. Si con trenes descarrilando vagones de algodón dulce. La realidad es insuficiente. Hace falta ser Walter Bishop. Un Walter alternativo. Mi amado Walternativo. Ustedes ya saben.

1.7.12

El juego que ya no jugamos



Poseo una elemental consideración de los placeres. Mi espíritu se eleva a poco que lo jalean. Por eso, por la precaria forma en que me conduzco en los asuntos del alma, veo el fútbol como una noble distracción por encima de los venenos que lo asedian, de la mercenaria manera en que se administra o de la podrida mercadería con la que lo sirven. Me gusta el lienzo del fútbol, me enciende la recreación de una épica que, sin el concurso del deporte, estaría más empobrecida, de menor calado popular y de mayor consumo elitista. Prescindo de la necesidad de que la consecución de la victoria en un campo de fútbol cosa las costuras del traje maltrecho en el que últimamente nos hacen movernos. El prodigio de la pelota rodando apela a lo lúdico, al niño perdido y al hombre convertido en un peón agresivo, en un instrumento involuntario del mercado.

En lo heroico bulle también lo sagrado. En la partida del ajedrez viril y metafísico del fútbol se alinean valores, se establecen protocolos, códigos de conducta. Hay incluso un romanticismo del que carecen otras actividades quizá más noblemente humanas. Me fascina el hecho de que en el fútbol, en su discurso pedestre, el pueblo llano encuentra un ateneo en el que conversar, donde expresarse entre iguales. Es hermoso encontrar iguales. Gente a la que no conoces de nada y con la que no tienes tal vez nada en común y con la que puedes estar hablando horas alrededor de la bendita coreografía de un ariete dentro del área. De cómo Mourinho y Guardiola representan dos maneras distintas y complementarias de entender la vida. Uno puede vivir colgado de Coltrane o de Messi. Lo que importa, al cabo, es la certeza de que algo ajeno a uno mismo, externo y libre, modifica la manera en que gobernamos lo propio, lo privado, lo que hace que seamos más felices o nos sintamos más jovialmente realizados. Vuelvo a la idea de juego. Si nos falta el juego, no somos nada. A falta de que nos pongamos pantalones cortos y le demos patadas a un balón, nos entregamos a los que lo hacen por nosotros y ejecutan el juego que ya no jugamos. Luego uno debate sobre el fútbol. No conozco otro tema más universal salvo, tal vez, el sexo o la política. Por eso esta noche sea una noche grande. Porque se plasma en un escenario la representación de la vida y de la ilusión de lo que la vida debería ser.

Cuando el árbitro pita el final del partido y gana tu equipo se liberan las toxinas que no liberamos con asuntos de más hondura. No llego a salir a la calle cuando mi equipo (el que sea, España, en todo caso hoy) triunfa. Omito esa exhibición a veces innecesaria. Lo celebro observando la celebración de los otros. Me da reparo y me abruma algunas de esas manifestaciones festivas. Me avergüenza la barbarie con que algunos despachan lo que, en principio, solo debería ser contento del espíritu y sano festejo de lo que consideramos más privadamente nuestro. Me duele la parte violenta, toda la enferma visión del fútbol como un negocio. Es imposible que no exista. No habría espectáculo sin el concurso de las figuras millonarias que saltan al campo y hacen su oficio con el magisterio y la honradez que les exigimos. En cualquier caso, a escasas horas de que empiece el show, que se mueva el balón, solo pido que haya suficiente cerveza fría en la nevera y que las almendras y las patatas fritas no falten en la mesa. Una buena amiga me regaló anoche una sencilla observación: ¿moveríamos las banderas, nos agitaríamos como lo hacemos si no dispusiésemos de esos ingredientes inefables? Me niego a intelectualizar las pasiones. Esta noche me excedo si la ocasión lo permite. A lo mejor me sirvo un mojito, Ana.