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Lo difícil, en la escritura, es hacer sencillo lo extraordinario, manejar con ingredientes muy livianos asuntos de una hondura asombrosa. Lo contrario, lo fácil, es vestir con hechuras sofisticadas lo que en apariencia se advierte como sencillo. Raymond Carver hace lo que otros eluden: escarbar en lo real y extraer su complejidad sin interponer en esa investigación instrumentos violentos, ingredientes vistosos. Carver hace que la literatura sea verdaderamente un juego en el que importa su transcurso, las peripecias con las que se exhibe y no, al modo clásico, insistiendo en la supremacía narrativa de un final rotundo, de un cierre plausible a una trama. Las suyas son retazos de vida extraídos con una cirugía no invasiva, de ésas que apenas rozan el cuerpo intervenido. En ese sentido, Carver fue un creador insólito, un entomólogo sutilísimo que coleccionaba piezas previsibles. Como si excluyera las mariposas y tan solo buscara moscas. Las primeras son las exuberantes, las que hechizan el ojo, aunque después narren una trama hueca, de vuelos limpios. Las moscas, sin embargo, las intrépidas y molestas moscas, poseen una biografía increíble. Se podría levantar toda la novela decimonónica alrededor de la vida de una de ellas. Cruzan todos los paisajes, se posan en todos los veladores, no se esmeran en ser hermosas ni en dejar sus huevos en el lado confortable de la vida. Prefieren lo turbio, lo desechado, lugares donde planea la amenaza de un cese abrupto, de un final terrible. Hay algunos cuentos de Carver en donde no pasa absolutamente nada. Yo mismo tengo días que son como cuentos de Carver. Días invisibles, sin presagios ni acontecimientos relevantes, invertidos en la sola empresa de que transcurran ajenos a sobresaltos, construídos sobre la firme creencia de que lo asombroso y lo fantástico sucede siempre en las novelas, en los cuentos o en las películas.
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De una variedad temática notable, a pesar de que todo nos parezca cercano y familiar, los cuentos de Carver entablan un diálogo de una intimidad absoluta. No hay un propósito que privilegie al lector o que indague en la naturaleza metalingüística de la obra. Lo que hay es un raspado brutal de lo real. Como si se taquigrafiasen las pequeñas fotografías que, hiladas, ensambladas unas a otras, forman la realidad. El lector de Carver caza resplandores. Los caza sin que exista tampoco una voluntad de hacerlo. El escritor carece de apego hacia lo que escribe: no es que no lo mime (en los cuentos de Carver hay un deseo infatigable de pulcritud, a pesar de la desnudez y la esquemática presentación de las frases) sino que lo observado ya es así. La historia está dentro de lo que ocurre. El mérito del escritor es captarla, estar ahí en el momento en que transcurre. El de Carver en particular consiste en la consistencia casi artesanal de ese volcado, en cierta pureza que predispone a la confianza de lector, a la sensación de que no hay impostura en lo contado, en que las historias no precisan de la obligación clásica de solucionar los conflictos. Carver se limita a exponerlos. Los airea. Apunta más que indaga. Las verdaderas historias no están a mano o, al menos, no se puede inferir nada contundente del texto. Lo que el lector saca en conclusión procede, en cierto modo, de la experiencia que trae cuando lo lee. Es, en este aspecto, un escrito que dura más que la lectura que se hace de su obra. Hoy, sin ir más lejos, he pensado en Carver un par de veces. He asistido a un sinfín de hechos insignificantes que me han sugerido la posibilidad de un cuento y de cómo se harían carverianamente.
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Los libros, en especial los que te afectan de verdad, tienen la virtud de modificar la forma en que te relacionas con los demás. Piensas en términos narrativos. Actúas de un modo narrativo. Haces como si todo pudiese ser registrado en un texto. No importa (o importa de un modo secundario y casi siempre irrelevante) que no sea una buena historia. Gana la impresión (durable, lúdica, íntima) de que los cuentos de Raymond Carver son un poco así. Cuentos secos. Que se impregnan adentro sin que depositen nada maravilloso. No hay prodigios, bienaventuras, milagros, belleza. En esos cuentos existe (subrepticiamente) un desinterés productivo, uno apoyado sobre personajes anodinos, cuando no estúpidos, que de pronto se convierten en asesinos
(Diles a las mujeres que nos vamos, De qué hablamos cuando hablamos de amor) o en individuos deshumanizados (
Catedral, mismo título). Gente de los márgenes, gente escandalosamente trivial, que bebe cerveza en el porche de sus casas mientras el camión de la basura espanta a unos gatos o gente que se despierta en mitad de la noche, sale al jardín, fuma un cigarrillo y vuelve después a la cama sin que se nos invita a ingresar en ninguna historia. El personaje es la historia. Todos, al cabo, tenemos una adentro. Grandiosa, tétrica, criminal, tierna. Y a diferencia de otros autores que prescinden de la poesía, entendida como hallazgo, como revelación metafísica casi, Carver la invita a su prosa de un modo admirable.
Siempre me
ha parecido que la poesía en su efecto y en la manera en que se compone,
se encuentra más cerca de un relato que el relato de una novela. De una imagen, a partir de una evidencia visible, se levanta una catedral de sugerencias. Ninguna es determinante, ninguna vincula de un modo absoluto. Lo que hace que los cuentos de Carver sean prodigiosos es la forma en que impregnan al lector. Poseen un asombroso sentido de la concisión y, sin embargo, se expanden casi viralmente, acceden a un territorio brumoso, conectan con cierta parte del lector que, convenientemente activada, penetra en la trama y se sienta asimismo una parte vinculada a ésta.
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No hay finales felices en Carver. Tampoco tristes. Hay finales insólitos. Finales que piden un extra narrativo que a veces solo provee el propio lector. Está entonces esa sensación poco explicable de no saber exactamente a qué atenerse. A lo mejor no hay que atenerse a nada. Quizá Carver a lo que aspira es a que nos perdamos en tramas alarmantemente parecidas a las que suceden en la vida real, de la que se alimenta ferozmente. No hay indicios de que exista una mínima posibilidad de piedad en el trato a los personajes. Se pueden extraviar y no habrá un gesto paternalista que los rescate. Se pueden malograr completamente y no habrá nada que los redima. En la vida, en los breves episodios que la forman, no hay una providencia de recursos que presagie la bondad de sus días o la salvación de sus almas. Carver es un dios impío, una especie de demiurgo infame para sus criaturas. Y es precisamente esa malignidad (noble, por otra parte) lo que me fascina de su escritura, su absoluta falta de pudor para explicar la perplejidad de lo humano.

posdata:
Adjunto aquí mi agradecimiento a mi amigo
José Antonio y a su compañera
Cristina. No pensaba en Carver hacía tiempo y fueron ellos los que lo trajeron de vuelta. No sé en dónde estaba, pero ellos lo hicieron regresar.