31.3.12

Escribir

1
No sé qué sucede cuando escribo, la razón por la que unas palabras tapan otras, el hecho de que el texto se vaya modulando a distancia de quien lo escribe, como si hubiese dentro del autor un par de voluntades. Está la que vuelca las frases y está también, agazapada, tímida, en apariencia, la voluntad del lector. Porque el texto es siempre del que lee. El otro, el escribiente, es una circunstancia mecánica, la que tiende el puente entre el vacío y el universo. Porque el texto, incluso éste, es un universo que posee un big bang y un demiurgo. Incluso si los rastreamos a fondo posee su propio mecanismo de destrucción. Está encriptado. Algunos lectores lo descifran. Encuentran el mal dentro de la bondad de las palabras. Se me ocurre que la literatura, en el fondo, es un ejercicio de confianza entre el autor y el lector. O entre dos lectores. No tengo ni idea de qué sucede cuando escribe. Se para el mundo. Puede ser que suceda eso.

2
Durante un tiempo me interesé en las razones de los escritores. Hurgué en la red y encontré algunas respuestas. Ninguna me deslumbró. La de M., por ejemplo, señalaba la importancia del temperamento por encima de la vocación. La de R. confiaba en una especie de divinidad poética, una a la que ninguna religión había hecho puñetero caso, que insuflaba el numen en la vigilia y en los sueños, en los actos cotidianos y en los que no lo son. Ese soplo cósmico debía afectar a unos más que a otros. R. sostenía que leer hacía que el numen se fijase más enteramente, digamos. La lectura de lo vertido por los otros hacía bueno lo propio. Se puede dar la circunstancia de que un mal libro inspire uno bueno. O viceversa. No sabemos nunca en dónde reside ese halo misterioso que extrae belleza de las cosas. Qué hace que yo mire de un modo en el que no lo haría otro. Que yo tenga ahora deseo de contar esto que estoy contando y no otro asunto. Que un lector haya caído en este rincón sumamente prescindible del cosmos, por demás imperceptible y volatil, y no en otro. Que no haya abandonado la lectura en el quinto renglón del trozo de arriba. En donde pone El otro, el escribiente, es una circunstancia mecánica, la que tiende el puente entre el vacío y el universo. Todo es una suma de azares. Todo son piezas de un mecano que no entendemos.Quizá deje esta página (no es una forma de hablar ni me mueve sacar a la luz la adhesión de un par de decenas de buenos lectores que sé que tengo) y prosiga escribiendo en privado, en uno de esos diarios que ya casi nadie escribe. En un diario podría no pensar en un lector. Tal vez yo mismo deje de ser, mientras escribo, lector y me convierta en el primer escritor puro. Que exista un Emilio Calvo de Mora enteramente consagrado a la escritura y un par de cientos de Emilios más ocupados en otras empresas. La de ser padre, marido, hijo, amigo, obrero, en fin, todas ésas que, cuando verdaderamente estás atrapado por un texto, te impiden que le pertenezcas en cuerpo y en alma. Yo no sé a quién pertenezco. Ya que no creo en ninguna deidad, me inclino esta noche en creer un poquito en ésa que anunciaba el autor R. La divinidad poética, la que insuflaba el numen en la vigilia y en los sueños.



30.3.12

El síndrome Nicolas Cage




1
Últimamente me gustan las películas poco enfáticas, las que transcurren imperceptiblemente, las que cuentan historias levísimas. Películas de poco peso, de sustancia pobre y de poco afecto al recuerdo. No me sucede esto con los libros. Los prefiero más de fuste, de los que se quedan dentro y a los que uno vuelve como quien regresa a una casa o a un amigo al que no vemos hace tiempo. Se me queda corta la novelita de azares, un poco rocambolesca, amena y gratuita, en donde el vértigo suspende el drama, de personajes huecos o a punto de liberar el hipotético contenido que el autor, quizá en un descuido, pudo colocarles entre pecho y espalda. Del cine, incluso del cine malo, espero a veces que me entretenga. Le pido distracción. Al libro, sin embargo, le tengo otro respeto. Le consiento menos deslices. No admito que me prive de las horas que puedo dedicar a asuntos de otra enjundia. La última película que he visto ha sido una lamentable que, pese a su absoluta falta de calidad, me atrajo durante hora y media. Embrutecido, despellejando la magra trama, pensé en todo esto. En la forma en que manejamos el ocio y cómo lo llenamos. Somos como una especie de gran disco duro, uno aristócrata y sibarita, al que le debemos el volcado diario de las cosas a las que le hemos ido acostumbrando. No puedo pasar un día sin que un poco de jazz me lama las orejas. Ni uno solo en que eche mano de la prensa para ver cómo se precipita el mundo hacia el hondo abismo que le hemos construído. Ninguno sin algunos de esos vicios que, embozados, deleitan, conmueven y, en algunos casos, enriquecen. No sé bien eso de la riqueza en qué consiste. Supongo que en ser feliz sin más atributos. Es rico quien está alegre o se siente feliz durante un corto espacio de tiempo al día, pero a diario. No creo en la felicidad completa. Soy más de una alegría intercambiable. Por eso confío en esas golosinas intrascendentes que programo a media tarde o por las noches para ir cerrando el tráfago del día. Veo fútbol, enchufo el ipad y navego sin un plan de vuelo. Soy el buen naúfrago. El que tiene a mano un ferry que lo conduce a tierra. El que abre (esta noche) un libro de Auster (Invisible) del que espero grandes cosas. También puedo ser un inocente. Una amiga (B.B.G., pongamos) me mandó hace pocos días su novela. Suerte. Estoy ocupado en esa agradable travesía. Poder leer y luego contar al autor cómo ha sido el viaje.

2
Recuerdo que mi amigo K. me refirió la historia de un pariente suyo que rehusaba leer a Kafka y a Kierkeegard porque los dos le daban migraña. Será la K., adujo K. en una de sus muy finas maneras de retorcer los argumentos de los demás y llevarlos al campo que más domina y que yo más aprecio: la ironía, la sutileza. Yo hace tiempo que no releo a Kafka, sin motivos que pueda explicar lo aparto cada vez que me asalta Samsa en la cabeza,  y una única vez tuve a Kierkegaard como lectura de cabecera. Estos tiempos exigen otras lecturas, otras películas, otras músicas. En lo que apenas cambio, en lo que no introduzco cambios inducidos por mi estado de ánimo o por el estado de ánimo ajeno es en mi irrenunciable afición al jazz. Ahí busco el énfasis, el arabesco, la síncopa bien recargada y la madre que parió a la inspiración y al libre desenfreno de los ardores del genio creativo. No sé que opinaría Harold Bloom acerca de estas reflexiones mías después de un café bien cargado. Me declaro incompetente para razonar mi amor al jazz, pero asumo mis vicios y me confieso adicto. No escribo más sobre jazz en este página porque me quedo sin argumentos. Hay declaraciones de amor profundo y hay convicciones firmes que mi rutinaria manera de escribir recoge en posteos repetidos, prescindibles. Escribir sobre jazz me produce zozobra, envaramiento: me siento indispuesto, desprovisto de cualquier pequeño síntoma de inspiración. Curiosamente me explotan cien sintagmas en el pecho (y todos hirientes y todos canallas) si lo que leo o lo que veo o lo que oigo (libros, películas, discos) me desagrada y empatiza con esa parte severísima de mi ocio crítico que no consiente (habida cuenta del poco tiempo que tenemos para estas cosas) mediocridades. Por eso me resulta vigorosamente fácil escribir sobre el último engendrillo de Nicolas Cage,  metido en  películas malas de solemnidad, bandidaje intelectual, refritos desatinados, subproductos voluntariamente prescritos para almas poco exigentes, cuando no apáticos consumidores en nada concienciados del valor del tiempo y de sus esclavitudes. Tópicos amañados con infame voluntad de mercado, desprecio patrocinado, saldos de mercadillo vendidos a precio de Armani, pero a veces están ahí, reclamando que las mires y las olvides más tarde.

29.3.12

La luz

Hoy marzo entretiene páginas en blanco y un licor delincuente canturrea en mi cabeza promesas con polen. Así me llega una luz enferma de poemas de sótano en invierno y melancolía en un catálogo de abrazos. Así recito el aliento provisional de las ninfas. Así un eco triste de larvas que explotan manuscribe mi fatiga de corazón que no late. Así el abismo aproxima frágiles cromos de algas y una casa oscura en la que la verdad absoluta crece en los marcos de los cuadros y en la costra infinita del polvo en las enciclopedias. No está lejos el mundo. No está lejos el mapa del mundo. No está lejos el pulmón infinitesimal del poeta convertido en damnificado perpetuo. Estoy en mudanza. Levemente en penumbra, escribo la ardida o fingida o presentida historia del tiempo. Hoy marzo  se alista a la fiebre que el juglar abandona en un pétalo. Hoy me escapo y mañana vuelvo. No hay piquetes que me ahorquen el verbo. No tengo a mano quien me disuada de la idea de que la realidad, cuando se pone terca, se combate con poesía. De que estoy a salvo de que alguien venga y me salve sin que yo se lo pida. Me he salvado solo. He visto la luz y no me he resistido.

24.3.12

I've got the blues

                                                              Val Wilmer, 1.964


Esta reunión de bluesmen me recuerda las fiestas flamencas a las que alguna vez he asistido. Aquí están los viejos patriarcas y están los aprendices. Custodian la historia de una música y en ocasiones exhiben el magisterio heredado. Carecen de glamour y no precisan de la maquinaria infame de la notoriedad, pero son capaces de conmover a quien contempla cómo ejecutan su oficio. Me imagino que para que esta instantánea fuese posible tuvieron que concurrir enormes y muy azarosas circunstancias. De hecho, el jazz o el blues son, en su esencia más íntima, la expresión básica de una pérdida, la manifestación del dolor. Se canta para quemarlo o para compartirlo. Luego la música probablemente se dejó cortejar por excesivos pretendientes de modo que ni el blues ni el jazz que se hace hoy está pensado desde el dolor. Todo se ha maleado en exceso. O se ha convertido en otra cosa ajena a la que lo alumbró. Nada escapa al imperio absoluto del showbusiness. El dolor está en Amazon y se lo envían a casa en menos de una semana a cuenta de su Visa Oro, pero entonces, en la foto, los patriarcas se reunían en un garito cualquiera y enseñaban a la feligresía más joven la forma en que debe ser tocado el blues. El dolor es el disco de T-Bone Walker que ahora estoy escuchando. Dicen que inventó el blues eléctrico. No dejan de ser etiquetas, añadidos a beneficio de la heráldica. Importan otras cosas. El diablo merodeando. El dolor de pronto ofrecido como un bálsamo.

20.3.12

Carver no es un final feliz


1
Lo difícil, en la escritura, es hacer sencillo lo extraordinario, manejar con ingredientes muy livianos asuntos de una hondura asombrosa. Lo contrario, lo fácil, es vestir con hechuras sofisticadas lo que en apariencia se advierte como sencillo. Raymond Carver hace lo que otros eluden: escarbar en lo real y extraer su complejidad sin interponer en esa investigación instrumentos violentos, ingredientes vistosos. Carver hace que la literatura sea verdaderamente un juego en el que importa su transcurso, las peripecias con las que se exhibe y no, al modo clásico, insistiendo en la supremacía narrativa de un final rotundo, de un cierre plausible a una trama. Las suyas son retazos de vida extraídos con una cirugía no invasiva, de ésas que apenas rozan el cuerpo intervenido. En ese sentido, Carver fue un creador insólito, un entomólogo sutilísimo que coleccionaba piezas previsibles. Como si excluyera las mariposas y tan solo buscara moscas. Las primeras son las exuberantes, las que hechizan el ojo, aunque después narren una trama hueca, de vuelos limpios. Las moscas, sin embargo, las intrépidas y molestas moscas, poseen una biografía increíble. Se podría levantar toda la novela decimonónica alrededor de la vida de una de ellas. Cruzan todos los paisajes, se posan en todos los veladores, no se esmeran en ser hermosas ni en dejar sus huevos en el lado confortable de la vida. Prefieren lo turbio, lo desechado, lugares donde planea la amenaza de un cese abrupto, de un final terrible. Hay algunos cuentos de Carver en donde no pasa absolutamente nada. Yo mismo tengo días que son como cuentos de Carver. Días invisibles, sin presagios ni acontecimientos relevantes, invertidos en la sola empresa de que transcurran ajenos a sobresaltos, construídos sobre la firme creencia de que lo asombroso y lo fantástico sucede siempre en las novelas, en los cuentos o en las películas.

2
De una variedad temática notable, a pesar de que todo nos parezca cercano y familiar, los cuentos de Carver entablan un diálogo de una intimidad absoluta. No hay un propósito que privilegie al lector o que indague en la naturaleza metalingüística de la obra. Lo que hay es un raspado brutal de lo real. Como si se taquigrafiasen las pequeñas fotografías que, hiladas, ensambladas unas a otras, forman la realidad. El lector de Carver caza resplandores. Los caza sin que exista tampoco una voluntad de hacerlo. El escritor carece de apego hacia lo que escribe: no es que no lo mime (en los cuentos de Carver hay un deseo infatigable de pulcritud, a pesar de la desnudez y la esquemática presentación de las frases) sino que lo observado ya es así. La historia está dentro de lo que ocurre. El mérito del escritor es captarla, estar ahí en el momento en que transcurre. El de Carver en particular consiste en la consistencia casi artesanal de ese volcado, en cierta pureza que predispone a la confianza de lector, a la sensación de que no hay impostura en lo contado, en que las historias no precisan de la obligación clásica de solucionar los conflictos. Carver se limita a exponerlos. Los airea. Apunta más que indaga. Las verdaderas historias no están a mano o, al menos, no se puede inferir nada contundente del texto. Lo que el lector saca en conclusión procede, en cierto modo, de la experiencia que trae cuando lo lee. Es, en este aspecto, un escrito que dura más que la lectura que se hace de su obra. Hoy, sin ir más lejos, he pensado en Carver un par de veces. He asistido a un sinfín de hechos insignificantes que me han sugerido la posibilidad de un cuento y de cómo se harían carverianamente.
3
Los libros, en especial los que te afectan de verdad, tienen la virtud de modificar la forma en que te relacionas con los demás. Piensas en términos narrativos. Actúas de un modo narrativo. Haces como si todo pudiese ser registrado en un texto. No importa (o importa de un modo secundario y casi siempre irrelevante) que no sea una buena historia. Gana la impresión (durable, lúdica, íntima) de que los cuentos de Raymond Carver son un poco así. Cuentos secos. Que se impregnan adentro sin que depositen nada maravilloso. No hay prodigios, bienaventuras, milagros, belleza. En esos cuentos existe (subrepticiamente) un desinterés productivo, uno apoyado sobre personajes anodinos, cuando no estúpidos, que de pronto se convierten en asesinos (Diles a las mujeres que nos vamos, De qué hablamos cuando hablamos de amor) o en individuos deshumanizados (Catedral, mismo título). Gente de los márgenes, gente escandalosamente trivial, que bebe cerveza en el porche de sus casas mientras el camión de la basura espanta a unos gatos o gente que se despierta en mitad de la noche, sale al jardín, fuma un cigarrillo y vuelve después a la cama sin que se nos invita a ingresar en ninguna historia. El personaje es la historia. Todos, al cabo, tenemos una adentro. Grandiosa, tétrica, criminal, tierna. Y a diferencia de otros autores que prescinden de la poesía, entendida como hallazgo, como revelación metafísica casi, Carver la invita a su prosa de un modo admirable. Siempre me ha parecido que la poesía en su efecto y en la manera en que se compone, se encuentra más cerca de un relato que el relato de una novela. De una imagen, a partir de una evidencia visible, se levanta una catedral de sugerencias. Ninguna es determinante, ninguna vincula de un modo absoluto. Lo que hace que los cuentos de Carver sean prodigiosos es la forma en que impregnan al lector. Poseen un asombroso sentido de la concisión y, sin embargo, se expanden casi viralmente, acceden a un territorio brumoso, conectan con cierta parte del lector que, convenientemente activada, penetra en la trama y se sienta asimismo una parte vinculada a ésta.

4
No hay finales felices en Carver. Tampoco tristes. Hay finales insólitos. Finales que piden un extra narrativo que a veces solo provee el propio lector. Está entonces esa sensación poco explicable de no saber exactamente a qué atenerse. A lo mejor no hay que atenerse a nada. Quizá Carver a lo que aspira es a que nos perdamos en tramas alarmantemente parecidas a las que suceden en la vida real, de la que se alimenta ferozmente. No hay indicios de que exista una mínima posibilidad de piedad en el trato a los personajes. Se pueden extraviar y no habrá un gesto paternalista que los rescate. Se pueden malograr completamente y no habrá nada que los redima. En la vida, en los breves episodios que la forman, no hay una providencia de recursos que presagie la bondad de sus días o la salvación de sus almas. Carver es un dios impío, una especie de demiurgo infame para sus criaturas. Y es precisamente esa malignidad (noble, por otra parte) lo que me fascina de su escritura, su absoluta falta de pudor para explicar la perplejidad de lo humano.







posdata:
Adjunto aquí mi agradecimiento a mi amigo José Antonio y a su compañera Cristina. No pensaba en Carver hacía tiempo y fueron ellos los que lo trajeron de vuelta. No sé en dónde estaba, pero ellos lo hicieron regresar. 

17.3.12

Los mil dolores pequeños de Charlie Parker




De los seis músicos de jazz de la fotografía solo conozco a tres. Charlie Parker, Lester Young y Lennie Tristano. Debe ser a finales de los cuarenta. Pueden tocar Ko-Ko o On the sunny side of the street, que eran dos piezas habituales de Parker, el frontman, en sus giras por locales nobles y por tugurios de carretera. Hay una escena tristísima en Bird, la película de Clint Eastwood sobre Parker, en la que el músico pernocta en un motel infame, aquejado de mil dolores pequeños, muriendo de alguno mayor e irreparable, ideando la forma de que los bolos den más pasta y puedan pagar hoteles mejores. Dizzy Gillespie, sin embargo, vive en una casa modesta, noble, a la que Bird acude a altas horas de la noche para que escuche una pieza que está componiendo. Dizzy le disuade, le recrimina que toque el saxo en la acera, despertando a los vecinos. Dizzy, con sus gafas de pasta, elegante en un batín satinado, una especie de pequeño proletario del jazz, ajeno a las drogas. Parker, desgarbado, ciego, torpe, viciado, atormentado, aquejado de mil dolores pequeños, pensando en el dinero, en el jazz, en la salvación del alma por el bebop. Quizá la fotografía registre la noche que precede a la escena de la película de Eastwood. Como si todo estuviese comunicado y el aire fluyese sincopadamente.



15.3.12

Me trepa el candor como una lagartija mística / Miles Davis parece un cantaor flamenco



El arte será mestizo o no será. Miles Davis llevaba tatuada esa frase en los pulmones. La apuró hasta que no le entró ni una sola brizna de aire. No dejó de mezclar texturas durante los más de cuarenta años en que mantuvo entre sus manos una trompeta. Lo de menos es que a esos mejunjes sónicos le llamaran cool, bebop, hardbop o jazz-fusión. Importa escasamente que las músicas tengan la etiqueta con la que las estabulamos. De hecho podríamos prescindir de las nomenclaturas. No saber nada más que el nombre de los músicos y el título que le pusieron a la pieza que tocan. Podríamos ir más allá y prescindir de eso incluso. Por eso a veces me gusta poner jazz en la radio.  Porque no sabes qué estás escuchando. En eso, en la radio musical, me vale el bueno de Cifu en su Radio 3. Con él, con lo que programa, podríamos abastecer siete vidas consagradas a la ingesta masiva de jazz. No nos vale la que tenemos. A Julio Cortázar o a Boris Vian (declarados amantes del jazz) no les hubiese importado recrear la vida huraña y austera de un melómano que únicamente escuchara discos de jazz de principio a fin. Uno a salvo de las inclemencias del tiempo o de los gobiernos, encapsulado acústicamente, privándose de las rutinas de los demás, misántropo selectivo, capaz de turbarse ante un solo de Michel Petrucciani, tocando So what, e insensible a un abrazo o al amor que una madre exhibe cuando besa a un hijo. Hitler amaba a Wagner y despreciaba al pueblo judío. 

Está el arte ahí, dispuesto a asistir en gozo al noble de corazón y al impío de alma, en igual medida. Por eso no imagino a nadie inclinado al mal escuchando jazz. Digamos que el jazz adiestra y predispone al corazón a que maniobre con bondad por donde pase. Que la sangre fluya limpia y no se malogre con los venenos habituales. Sí, reconozco que me ha salido un post moralmente generoso. Miles Davis podía ser, en la intimidad, un verdadero cabrón y, sin embargo, hacer temblar el cosmos cuando entraba en un estudio o subía a un escenario con Bill Evans, John Coltrane, Cannonball Adderley, Jimmy Cobb y Paul Chambers y grabar uno de los mejores discos de la historia de la música, Kind of blue. No se puede ser un cabrón integral pensando esa música, sintiéndola ir y venir por dentro, como un río de alegría. Pero ya digo, ando hoy inclinado a la inocencia. Me trepa el candor como una lagartija mística. Si tuviera que elegir una canción que borrase a todas las demás sería So what. Enfebrecido, cólericamente.

posdata:
En la fotografía, Miles parece un cantaor flamenco. ¿Que no?

13.3.12

La maldición del vampiro plateado




Quien sostiene la muerte de un pájaro en su mano adquiere la facultad del vuelo. No existe descripción alguna sobre la naturaleza del flujo del alma del ave a la de quien la porta, no se ha registrado evidencia alguna de que el invadido por ese espíritu ice el vuelo, pero en ese prodigio imposible reside la misma naturaleza de la poesía. De la misma forma, obrado un milagro similar, el que acompaña la muerte de un semejante recibe sus tristezas y sus júbilos, los pecados que cometió en vida y las virtudes que lo engrandecieron ante los demás. Que no haya acto que corrobore esta mera especulación narrativa no significa en modo alguno que no pueda ser cierta. En la poesía subsiste de forma primaria y pura la fe. En lo invisible, en esa sustancia sin argumento, es en donde se arrima el asombro y abreva. En cuanto me desprenda del quebranto místico al que he confiado el ocio de mis noches, vuelvo a las novelas de Curtis Garland, vuelvo a Clark Carrados, vuelvo a Joseph Berna, vuelvo a todas esas novelas pulp de intenso aroma lúbrico, impregnadas de dulces peligros, que salvaban el alma del peso de la responsabilidad de saberse elegida por los dioses. Ah la feliz travesía de la ignorancia, ah el vértigo sin dueño, ah la fiebre invisible. No saber ya perderse en la serie B en las enormes tardes de verano. Mirar siempre con lupa nihilista la coraza de las cosas. Despertarse todas las mañanas con la secreta esperanza de que se obre el milagro y regrese el vampiro plateado.





11.3.12

La fiesta del señor Samsa


Corre por estos días la efemérides de La metamorfosis. Samsa cumple cien años. La fatalidad de Kafka, su don para expresar el tormento de estar vivo. Porque la belleza está ahí afuera, pero a veces pienso que la mejor literatura procede de los atormentados.

9.3.12

Pensar el movimiento de los planetas



El que conoce el arte de vivir consigo mismo ignora el aburrimiento.
Erasmo de Rotterdam


Hay quien ya no se cuestiona nada nunca y deja pasar los días y observa cómo se persiguen, hasta qué violento extremo se amenazan y se muerden. Los días se muerden y las noches sangran. Los días persiguiéndose, voraces. Pienso en esto, en los días como una bendición (laica, of course) o en una condena (bíblica, claro está) y me acuerdo de un amigo de muy fácil ingreso en el aburrimiento. Un tipo de aburrimiento existencial, patológico, de los adentros menos visibles de su ser. Una de las cosas más terribles que le puede pasar a alguien es que se aburra. Conozco a quien le pide a Dios salud, trabajo, amor. Quien prescinde de la injerencia divina y alimenta la esperanza de que la fortuna, al modo de un dios caprichoso, le conceda sus deseos. Sé de quien no se arredra en pedir que su equipo gane la liga de fútbol o que la lotería le agracie escandalosamente. Conozco gente admirable que reza a diario para que los santos del cielo no le ignoren, pero cuesta encontrar a quien le pida al azar o a la suma de todos los azares o al cielo puro o a la mecánica cuántica, qué sé yo, que la vida no le permita aburrirse. Que sobrelleve los días sin que una brizna de tedio le aflija. Que se muera a caballo de algo y a toda prisa.

Ya no veo a este amigo (R.M.J.) pero seguro que, de puro aburrido, no está enganchado al facebook ni le da por ver si los amigos antiguos publican cosas en la Red. De mí decía justamente lo contrario. Como si fuese un vicio. Sé, no obstante, que no me he aburrido en mi vida. Uno dice estas cosas con un poco de pudor, azorado, turbado por exhibir algo mío que pudiera, en otros, despertar algún tipo de envidia o de perplejidad. Yo lo que admiro es otra virtud de la que yo carezco y que he visto, en ocasiones, en los demás espléndidamente ejecutada: la de no hacer nada y no sentir que el cielo se desploma o que la cabeza, agotada por esa pasividad improductiva, bombea veneno, se malea hasta que el corazón, atento al desquicio de su compañero de batalla, pide urgentemente una liberación, un poco de actividad, cine negro de la RKO, un paseo por el campo a la caída de la tarde, un café con los amigos en una terraza del centro, un disco de Monk, un libro de poemas de Ángel González. Nada grave.

Creo firmemente en la salvación del alma por la vía de la cultura. No se salva porque trascienda la cárcel del cuerpo y se eleve en un paroxismo de pureza y de complicidad con lo divino sino porque está entera y está alerta mientras vive. Al alma la astilla la vida desde que se forma en el feto fundacional. La corrompe y la desguaza. Al alma, a ese artilugio con el que nos enfrentamos al más allá, se le confían labores que no siempre está a la altura de realizar. Se le pide que no se enfangue en demasía, que se preserve del mal y que no se arredre cuando se le exija un plus de valentía, un ir más lejos y salvar algo de lo que nos identifica como humanos. No sé yo eso de ser humanos qué significa en realidad. Si requiere un adiestramiento o si lo más acendradamente humano se revela solo, sin que intermedie la cultura. El hombre, y no les quepa duda de que la mujer también, es un animal temerario, uno lo suficientemente retorcido y perverso como para dañar a su prójimo e incluso para dañarse a sí mismo. No sé tampoco (esto va de incertidumbres a lo visto) si todos estos milenios de cultura (qué sabemos sobre la cultura, qué equipaje tan impreciso) solo han confirmado ese retorcimimiento y esa perversión. Cabe incluso pensar que la mala leche, dicho así de una manera abrupta y pandillera, ha ido creciendo al paso en que la civilización se ha ido esmerando en su progreso.

 Me pregunto si todo el mal que nos aflije no vendrá del dolor de estar solo y de no aceptarlo, de aburrirnos y de no saber con qué aliviar el aburrimiento,de estar delante de una pantalla de televisión y no advertir el movimiento de los planetas. Al alma, al alma que se esfuerza en irse conociendo y en no contradecir más de la cuenta lo que le conviene y agrada, la voy yo mimando en lo que puedo. Hago de esos mimos un oficio. El día en que todo se pone en contra y el gris ocupa el cielo es porque la he descuidado o porque le he dado la espalda. A veces me basta sentarme un momento y recapacitar sobre lo que se ha fastidiado. Pensar en el movimientos de los planetas. No siempre funciona. Hay ocasiones en las que no hay manera de echarla andar de nuevo. Al alma, digo. No hay forma de que sonría y se apueste en la barra de los bares y sienta que el mundo fluye, los planetas registran órbitas fabulosas o que la lluvia, en la calle, está preciosa. Y entonces, pensando en eso, cayendo en la cuenta de esas cosas, alejo el aburrimiento y noto que el corazón se me espabila, la sangre se me encabrita en sus aljibes y el pecho se me abomba por el peso puro del aire recién ingresado. Ojalá suceda siempre, ah amable lector. Como si hubiese un interruptor por ahí adentro que nos encienda y nos haga ver la secreta hondura de las cosas, el nombre de Dios o la fórmula que permite la alegría sencilla de sabernos elegidos de algo.

8.3.12

A lomos de Moby Dick / Revisión del desorden

Todo sigue felizmente en desorden. El primer impulso es coger unas cajas y meter los libros que ya no leemos y coger más cajas y meter los discos que ya no escuchamos. Una vez que hemos llenado montones de cajas y hemos aliviado el desorden se procede a inventariar meticulosamente el material sobreviviente. Entonces advertimos que la habitación sigue reventando por todas las paredes y ya no tenemos cajas en las que meter más libros ni más discos. El siguiente impulso es cerrar el cuarto con llave y abrir otro cuarto donde comenzar una nueva vida de libros y de discos. Piensa uno en la posibilidad de buscar un piso franco en el que arrumbar el material sobrante. Piensa en uno no necesariamente grande, una especie de picadero libresco, céntrico, con ascensor y una comunidad de vecinos a la que no le incomode un inquilino eventual, poco conversador, centrado casi exclusivamente en hacer continuos portes de cajas y en cuidar en no intimar en exceso con las vecinas curiosas.

El vicio de ir comprando todo lo que nos gusta no sólo rebaja nuestras a veces flacas cuentas sino que crea problemas de espacio. Recuerdo haber alojado libros en prácticamente casi todas las habitaciones de una casa de alquiler que tuve. Había libros en el salón, en el dormitorio, en el cuarto de la plancha, metidos en cajas. Los miraba casi con ternura: los imaginaba dolidos por mi abandono. En cuanto tuve domicilio propio y estable, habilité una habitación en donde colocarlos. Disfruté con la idea de que todos estuvieran allí, en ese refugio simbólico, en esa intimidad cálida y ordenada. Quizá por eso me gustan las películas victorianas en donde un patrón mobiliario exige altas estanterías pobladas de libros, anaqueles lujuriosos con escalera propia. Me gustan de un modo elemental, primario y escasamente elaborado. Observo el orden, aprecio la terquedad del espacio, evalúo la posibilidad de vivir yo en ese búnker idílico, aplastado por Shakespeare, por Milton, por Chesterton, por toda la colección de revistas de cine y por las obras completas de Borges, por los libros de Visor y por los pocos, ay, que compré sobre jazz. Y pienso en el bendito desorden, en la promiscua imprudencia de no estabular y dejar que el azar administre los tesoros allí velados. Comprobar de pronto que a Henry James le hemos colocado de vecino a H.P. Lovecraft sin premeditación, sin percibir el hermanamiento repentino entre los dos volúmenes. Porque hay libros que se contagian y hasta he pensado que las historias que cuentan se entremezclan sin que lo percibamos. Por eso cuando leemos a Bolaño vemos a Cortázar atrincherado en un párrafo. Por eso cuando disfrutamos del verso de Gil de Biedma nos percatamos de que allí está Dámaso Alonso. A nuestra disposición. Qué hermosura. Hay como una corriente de afecto que hermana las cosas que, en principio, no parecen casar. Me pregunto qué batalla íntima, invisible, ocurrirá cuando descanse un libro de Paul Auster con otro de Jorge Bucay. Cualquiera de Paulo Coelho apoyado sobre La conjura de los necios o sobre Moby Dick.


7.3.12

Caballos ciegos / La poesía de Yuyutsu R.D. Sharma





Sherma es un poeta de origen nepalí, que escribe en inglés poemas universales. Turba la limpieza de su poética, su voluntad de escribir atado al paisaje, a la cultura que ha recibido, pero sin prescindir de cierta sensibilidad occidental, influenciada por todas las lenguas y por todos los -ismos. Leído el libro me arranqué a escribir estos poemas. Salieron como se leen. Como si ya estuviesen dentro y yo únicamente los hubiese liberado. Hacía tiempo que no escribía poesía. Esto es lo que Sharma ha provocado en este poeta vaguísimo.





Los días de la pureza
En los ojos del caballo está la tormenta que sacudió el cielo de las primeras montañas.
En el vientre del fuego está el asombro del primer quemado.
En el sueño de una virgen están los nombres de todos sus hijos.
En el semen de un dios están la fiebre y el vértigo de todas las criaturas.
En un bazar secreto de un pueblo inaccesible, en una de las laderas de la cima más alta del cosmos, está el nombre exacto de Dios, pero es un pueblo de ciegos y la palabra dios está prohibida.
En la panza de una ballena está la mećanica celeste y el llanto de los bufones.
En la palma de la mano del hombre más pobre del mundo está el oro de las palabras y el oro de los besos.
En el aleteo de las mariposas de los bancales está el mapa del tiempo y el hondo dibujo de la luz pura.
En la memoria del poeta está la lluvia que azotó los patios de la antigüedad.


Los días de la mugre
Está el viento barriendo las palabras obscenas que ocupan las calles del primer mundo.
En las afueras, en donde la respiración poderosa de la tierra aviva el aire y lo encabrita de júbilo, allá en donde el poeta es el emperador de las constelaciones, el hambre no existe, pero los agoreros escriben su mantra y las fuerzas del orden asaltan las tertulias y queman las actas de la alegría recién izada.
Días viciados, días de galernas del alma amancebada y promiscua, ah tú gran poeta de las alturas blancas, tú sabes que en la noche las criaturas vuelven a su estado primordial y sueñan con el polvo de las estrellas y con los labios que se sacian en lo más húmedo del sexo, ah tú hermano humilde que paseas Amsterdam y ves putas que son princesas con cuatro gotas de carmín metafísico en la punta iridescente del alma.

Los días cósmicos
Algo flota en el aire que no es en esencia lo que respiramos y lo que se ahonda y nos perfora y, cercándonos, nos alimenta y eleva. Algo en absoluto aprehensible, de lo que nada sabemos y de lo que casi nada se confía en que podamos saber porque el aire, en el aire al que los perros ladran, no hay piedad ni hay consuelo. Solo hay un centinela voraz. Un vigía milenario. Un dios rudimentario y caprichoso. Un hijo de la gran puta con una saco de metáforas y un libro de encantamientos y de prodigios. Pero los pobres oyen los ladridos en mitad de la noche y el azar conversa con la razón y le pisa el cuello hasta que sangra. El cielo ha ardido. Los milagros suceden siempre en el corazón. Un extravío de caballos bajo la tormenta sacude el cielo de las primeras palabras.




posdata:
Gracias, Manolo. Nos estamos convirtiendo en sherpas.


5.3.12

Los invisibles

Nada sabemos del genio antes de serlo verdaderamente. Ignoramos si daba severas trazas de talento en la forma de andar, en cómo saludaba a los amigos o en el modo en que cortejaba o se dejaba cortejar. Si leía clásicos rotundos o perdía el tiempo (es un decir) jugando a canicas o si hablaba retórica y pedantemente o, bien al contrario, adoptaba unas maneras lingüísticas naturales, de escasa evidencia de que adentro bullía el genio que luego explosionó. Hay evidencias que principian un atisbo de genialidad o de genialidad ya enteramente instalada, pero en ocasiones lo sublime se esconde, no se manifiesta en exceso e incluso no se manifiesta nada. Está el genio larvado, gozando en esa intimidad sin alardes, consciente de lo que alcanza y del escaso deseo que tiene de alcanzarlo. He visto talentos enormes (y no solo en libros o en películas, en las paredes de un museo o en la ejecución de un instrumento musical) que se han decantado, bien al contrario, por censurar su don. Piensa uno entonces en lo que no se ve, en la claridad oculta, en todo esa riqueza intelectual o artística desaprovechada, encerrada en un búnker de onanismo, de apatía o de sencillo infortunio. Se habla mucho de los que hicieron una gran obra y al poco les sorprendió la muerte. Se relata qué podrían haber hecho o hasta dónde pudo dar de sí ese talento cercenado, pero también están los invisibles, los talentos a los que nadie dio una oportunidad (siempre hay un mecenas, un sponsor o un golpe antológico de suerte) o a los que nadie prestó un mínimo de atención. Gente de la que prescindimos sin que ese vacío altere una brizna el completo estado de las cosas en el que vivimos. Abundan los escritores, los actores, los músicos, los pintores, los escultores, los que hacen que vivir sea más hermoso de lo que ya es de por sí. Quizá está bien que todo siga como está. Que se queden en la sombra los genios inadvertidos. Soy de los que piensan que vivimos en una continua sobredosis de información. Que hay más de lo que se puede abarcar. Que nos aturden con este exceso para que no afinemos. Y pienso en todo esto y recuerdo al músico de la calle, en Fuengirola, el otro día, haciendo una pirueta circense con su guitarra, uno de esos prodigios únicamente permitidos a esos virtuosos que llenan teatros y salen en las páginas de Cultura de los diarios cuando sacan un disco nuevo o empiezan una gira. Nada sé de este músico callejero. Si de pequeño leía vorazmente o es un feliz iletrado. Si tuvo un amor que marcó su vida o no precisa amor que la complete más de lo que está. Sé, en todo caso, el tamaño del chispazo de asombro que me ocupó el cerebro durante los muy escasos minutos en los que le escuché tocar una pieza un poco swing y un poco zingara (una cosa entre Django Reinhardt y los Gypsy Kings) que acompañaba con suavísimos movimientos de cabeza, entornando delicadamente los ojos. Nunca leerá esta nota brevísima, pero sabrá que estoy hablando de él.

2.3.12

El demonio de la fatalidad / Otra crónica noir



 

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Se gana más dinero entrando en un banco a la fuerza, gritando, abatiendo al personal y encañonando a los cajeros que disparando coronas de fósforos en ferias de pueblo, invadidas de paletos con ganas de que les extraigan la adrenalina perdida y les enciendan el morbo animal y puro, el que hace que las pasiones existan. La de Annie y Bart nace en una barraca y termina a campo abierto cuando la ley les acorrala y deben poner fin a una de esas locas historias de amor a las que solo un trovador ebrio y loco también podría poner música y añadir letra. La melodía es la pólvora y el ruido del colt cuando percute la bala y ésta avanza hasta que muere en un árbol, en un fósforo o en un cuerpo. El demonio de las armas vive también en el corazón de los amantes. El amor fou, el loco, el depravado, el amor pintado ciego de verdad, insensible al mundo y a las leyes que lo gobiernan es el que carga las armas y el que las vacía. El cine está felizmente ocupado por demonios y por amantes endemoniados. El cine negro, en particular, acoge al mal con más ternura, lo trata de explicar y a veces, en ocasiones, lo consigue, aunque al final de la trama los malos caigan en un fuego cruzado o en una emboscada en mitad de un bosque. De Annie y de Bart salvamos la escena en que sus destinos se cruzan de una forma ya inextinguible. Caso de que no creamos en la eterna salvación de las almas, incluso aunque éstas vayan a pudrirse al mismo infierno, nos queda la bendita absolución por la belleza del amor que se profesan. Una belleza perversa, evidentemente, de más retorcido grumo que la que se estila en las novelitas rosa del diecinueve, pero de las que se incrustan más firmemente en la memoria. Uno prefiere siempre el caos. En el caos se explica mejor el mundo. El orden es una irrelevancia. No se trata de encontrar un razonamiento que explique la malignidad sino del irrefrenable vértigo de consecuencias que esa malignidad trae consigo y cómo la voluntad del bien, de una forma casi abstracta, se declara vencedora,  acompañando (previsiblemente) la caída del telón.



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La tira de fotogramas, ese fotomatón impagable, narra un mundo absolutamente fascinante. El del mal como un fogonazo que prende en el aire y se acuartela en quien con lo observa. A Bart, al espectador extasiado, le sobreviene un irresistible subidón de feromonas. Se aprecian a poco que nos acerquemos y observemos con detalle el aire percutido. Están ahí, en ese aire quemado, impregnándolo todo, izando su retorcida carga de veneno puro. El cine negro es un fogonazo en sí mismo. La cara de Bart está sobrecogida por la emoción, por el deslumbre sin argumentos del enamoramiento. No uno acogido a la prudencia ni tampoco el que se estila en las novelas decimonónicas, austeramente consciente de las trabas de la sociedad, de su constante vigilancia, sino el enamoramiento telúrico, desesperado, emponzoñado ya de inicio, en el momento en que Annie saca los dos colts y los agita en ese aire quemado, percutido, insensible, sexual. Luego todo se conduce increíblemente hacia la fatalidad.