27.2.12

Son los muertos los que hablan



Yo no soy el muerto ni uno de los polis que observan el cadáver. Yo soy uno de los que están arriba, en el puente, contemplando uno de esos episodios que amenizan las mañanas de niebla en la ciudad. Soy el que mira porque he visto esta escena muchas veces a lo largo de mi vida. Sé lo que pasó antes y casi tengo la certeza de que sé lo que va a pasar a después. Suele costar más trabajo terminar la trama que abrirla. Alguna vez he comprobado lo fácil que es inventar una historia y el pánico que te entra cuando necesitas cerrarla, pero lo que amo del cine negro, del que se desprende de esta fotografía canónica, es la épica que atesoran esas tramas y no cómo concluyen. Se aferra uno al solemne espectáculo de la fatalidad ajena durante un par de horas. Ve muertos desde una distancia a la que no alcanza el hedor ni en donde es posible otro vínculo que no sea el meramente narrativo, el de alimentar la ancestral adicción a que nos informen de lo que pasa afuera y a veces incluso, en grados muy extremos de enganche, a que nos cuenten qué sucede dentro de nosotros mismos. Porque las imágenes, en el buen cine, en la buena literatura, ya estaban dentro y el autor lo único que hace es liberarlas. Los muertos les hablan a los vivos. Les muestran el camino. A lo que se va a enfrentar antes de dejar de enfrentarse a todo. La literatura, toda entera, es un hermoso acto fúnebre. Posee su pedagogía y alcanza cimas de hondura moral y de desparpajo estético absolutamente imprescindibles. Lo que fascina de esta fotografía, de la que no poseo referencia alguna, es lo familiar que nos resulta. Como si estuviésemos arriba, en el puente, mirando, buscando una señal que nos abra la primera de línea del texto de la historia que estamos deseando que nos cuenten. La del muerto.

25.2.12

Un refugio
















Uno vive de estas cosas. De Kaplan en el monte Rushmore. Del maizal con el avión persiguiéndole. De la música de Bernard Hermann en los créditos canónicos. El cine es un refugio, ¿verdad, Rafa?

El crepúsculo de todos los dioses




Del cine se extrae la romántica idea de que se puede morir por amor y hasta matar por amor. Luego la realidad malogra el romanticismo, cancela su proyecto de vida.. Pero se deja uno llevar por el más fascinante de los vértigos: la ficción. Aceptamos crímenes terribles, nos aferramos a la legitimidad de que podamos ser engañados, conducidos a un territorio peligroso, pero del que podemos escapar siempre que lo deseemos. Agracedemos que nos manipulen. Que haya quien se arrogue ese rol perverso y se obstine en formular las ficciones en las que no sentimos (en ocasiones) más vivos que en la propia realidad.

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24.2.12

Un lugar en donde arder


 
La belleza aturde. La emoción pura, ese placer no transferible al mecánico y limitado discurso del verbo, nos hace (no albergo duda alguna) mejores personas. Me pregunto qué hace falta para que nuevas generaciones (crecidas con las teleseries de alegres campus universitarios, acostumbradas a la sonrisa perfecta de Cameron Díaz, ensorbecidas por el vértigo místico de Lost o de Fringe, comidas por la fiebre post-11S de cualquier Jack Bauer suelto y enfadado, felizmente encastradas en un aparatoso carrusel de efectos especiales y de tramas livianísimas) se acerquen a High Noon (mejor título que el pésimo Solo ante el peligro despachado aquí) y disfruten de uno de los mejores ratos de cine posibles. Admito que se deben al hoy, al atropellado lenguaje de los sms, al desbocado veneno del facebook o del tuenti, a la infranqueable nomenclatura de las nuevas tecnologías y (tal vez) al runrún frívolo y ameno del pop ligerísimo de los divos del show business con los que las multinacionales les ametrallan de continuo para no perder cuerda en el negocio y fidelizar (qué verbo más espléndido) usuarios por si el futuro viene cabroncete y la inspiración, incluso ésta tan menguada, visible ahora, viene moribunda y no hay creadores que escriban, filmen o canten. Ese temor ancestral al vacío cultural no es posible, me temo, ahora: no es necesario el creador, no hace falta que una mente imaginativa conciba High Noon o Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band o Purple rain: basta con que un negociado de publicistas se estrujen la cocotera y alumbren la fórmula perfecta del clon coyuntural, cierto estadio indefinible de hecho cultural que suscite el beneplácito del respetable y no les haga pensar en demasía.

 Da igual que sea un grupo de efebos de arcangélica voz o un silbidito en un politono: lo importante es crear una marca, crear un estribillo, uno tarareable, uno lo suficientemente adictivo como para aceptar que es pura mierda, pero que no podemos pasar sin él. Nada, querido lector, que aturda. Si conmueve el exceso, si concita el pensamiento y la emoción, entonces no es material vendible. Al paso, a medida que vamos adiestrando al personal hacia la estandarización, se va olvidando la identidad y hasta es posible que tardemos en recuperar la sensibilidad artística. Como cuando se quema un bosque y oímos que los árboles necesitarán ochenta años para recuperar su vigor verde y su osada belleza vertical. El problema no es que la juventud no vea High Noon: el verdadero problema es que no saben que existe y que los medios de comunicación de masas, los que antes instruían, formaban y actuaban como acicate pedagógico para las almas ignorantes (todos, en algún momento, somos ignorantes, todos, en algún momento, lo fuimos en un grado más virulento) accedan a esa información sumamente preciosa, que no puede ser obviada por el dictado mercantilista y el soniquete canalla de la vil pasta.

 No sé dónde está la cultura, salvo que los papás de esas generaciones venideras les acerquen la belleza y el rico patrimonio del mejor de cine de toda la vida apoquinando los religiosos euros con los que comprar la oferta de los canales privados, únicos escaparates en donde perderse a falta de un verdadero interés de los Ministerios de turno en democratizar la cultura y programar, aunque sea de madrugada, qué le vamos a hacer, ciclos sobre el cine negro de los cuarenta o sobre la figura inmarcesible de Fritz Lang. Yo sí viví esos caramelitos en mi adolescencia. Bendita segunda cadena, que me regaló una temporada con Buñuel mejicano y otra con Otto Preminger. ¿Quién es Otto Preminger hoy en día? ¿Quién coño es Otto Preminger? Ya lo decían los inefables Les Luthiers: "Cultura para todos en su horario habitual de las dos de la mañana". Se me dirá que mi inclinación natural es la de negar cualquier mérito a lo que sucede ahora o que pienso de esta manera porque no he permitido que la industria del ocio actual (cine, música, libros) entre en mi casa. Juro que entra. Por vías puras o por vías bastardas, entra. Aprecio, a veces con verdadero entusiasmo, algunas de las golosinas de este siglo XXI. La HBO, en televisión, no es un artilugio dramático de los setenta. La citada Fringe, que me encanta, o series como The Killing o The Big Bang Theory (una que mi hija ha degustado íntegramente y que a mí me parece absolutamente delirante y original, tan adictiva como kitsch) son evidencias de que la creatividad puede prescindir del talento puro y facturar productos nobles, amenos, profesionales. Pero de lo que hablo es de la belleza, de la sensación de que estás asistiendo a algo verdaderamente grandioso, que te excede y te cambia de alguna forma la forma de sentir y de pensar, el modo en que te relacionas con los demás y gestionas el alimento de tu espíritu. El mío, caso de que todavía haya uno por ahí abajo, es más de High Noon que del cine que se hace ahora. Siendo peligrosa la aseveración, no la reformo, no la explico, la dejo ahí, mecida sin nadie que la vigile, a merced de los lobos. Yo, mientras tanto, ardo en mis vicios. No conozco otro sitio mejor en donde arder.

23.2.12

La peste




Paradójicamente, mucho de lo que sé de los dictadores proviene de los gags que los cómicos inventan para ridiculizarlos. Se convence uno de que la vía más inteligente para no encabronarse en demasía sale del humor. En ocasiones no se precisa el concurso de un humorista sino que es el propio dictador el que provoca que se tome todo lo que sale de su persona a chota, pero los muertos alfombran las avenidas y al pueblo lo diezma su tiranía. En esa balanza el humor sale siempre perdiendo. Las demás cosas que sé de los dictadores las adquiero involuntariamente. No existe un deseo de alcanzar un conocimiento. No busca uno en el google el ránking de países en donde se vulnera con más ahínco la carta de los derechos humanos. No entra en mi planes de ocio leer biografías desejemplarizantes o sentarme frente a la pantalla y ver un biopic sobre un tirano bananero o un reyezuelo del trópico.  Sigue leyendo en Barra Libre...

22.2.12

Soul







Este prodigio de cartelería ya no se lleva. Es posible que la actual, en el futuro, despierte idénticas pasiones que ésta, pero sostengo la teoría de que antaño había un mimo y un embeleso en el trabajo que ahora se confía a los atajos del photoshop o a la aburguesada creatividad que proporciona un buen procesador y una pantalla lo suficientemente estratosférica como para deslumbrar a cualquiera y destrozar a golpe de pixel y de alta definición el romanticismo y la artesanía que destilan los carteles de arriba. Luego está el plantel de invitados. Piensa uno, ebrio de envidia, que hubo gente que asistió a esos maratones de soul o de rhythm and blues y que bailaron hasta que aulló la luna en el cielo. Ahora hay fiestas en donde el personal brinca y goza como entonces. Nada que objetar y, por supuesto, nada que aportar en el hipotético round entre la música de los cincuenta, pongo por caso, y la de este siglo XXI recién alumbrado y ya convulso y enfebrecido como decía el cambalache porteño, pero el elenco en el Memorial Auditorium de Chattanooga, Tennessee y en el Boston Arena era para merecer después el cielo y hacer bailar a todos los santos. Las Atracciones Supersónicas de 1.959 presididas por Sam Cooke y las Estrellas encabezadas por Otis Redding me tienen esta noche aquí, en mi casa de Lucena, descansado de la canícula sureña (hoy ha sido un día perfecto en ese sentido) pensando en alguna máquina del tiempo, en el DeLorean de Martin McFly, en H.G. Wells, en toda la ciencia-ficción que pueda meterme en vena para lograr el milagro y perderme entre el público con la satisfacción de estar asistiendo a un espectáculo único. Ya que no puedo ir de concierto siempre que me apetece (obligaciones de todo tipo secuestran mis vicios y los narcotizan a base de pastillas de responsabilidad) me quedo en Chattanooga, en Boston, cantando con Jackie Wilson o enamorándome con la voz quebradiza y eterna de Percy Sledge

21.2.12

Uno, el bueno, sigue siendo de Chéjov / Edición corregida y aumentada

I
El perro hambriento sólo cree en la carne.
II
Los amantes sólo creen en la yema de los dedos.
III
El político sólo cree en la amnesia del votante.
IV
El poeta sólo cree en las metáforas.
V
La catedral sólo cree en los siglos.
VI
El cubito de hielo sólo cree en la ginebra.
VII
El zombi sólo cree en George A. Romero.
VIII
Edgar Allan Poe sólo cree en la absenta.
IX
La placenta sólo cree en la Conferencia Episcopal.
X
El mono sólo cree en Darwin.
XI
El naúfrago sólo cree en el horizonte.
XII
Las musas sólo creen en los artistas.
XIII
El fakir sólo cree en la industria metalúrgica.
XIV
El proxeneta sólo cree en las erecciones ajenas.
XV
El okupa sólo cree en el estallido de la burbuja inmobiliaria.
XVI
Dios sólo cree en el séptimo día.
XVII
El suicida sólo cree en los títulos de crédito.
XVIII
El metafísico sólo cree en la metalingüística.
XIX
El ebrio sólo cree en el vómito.
XX
El sonámbulo sólo cree en las paredes.
XXI
El sonetista sólo cree en las sílabas.
XXII
El pesimista sólo cree en los pájaros de mal agüero.
XXIII
El erudito sólo cree en la nomenclatura.
XXIV
El afrancesado sólo cree en el Sena.
XXV
El casto sólo cree en el agua fría.
XXVI
El libidinoso sólo cree en el semen.
XXVII
John Wayne sólo cree en John Ford.
XXVIII
Los fantasmas sólo creen en nosotros.
XXIX
Adán sólo cree en la manzana.
XXX
Noé sólo cree en la industria de la madera.
XXXI
Jack Bauer sólo cree en los perímetros.
XXXII
Las cebras creen en los semáforos.
XXXIII
El censor cree en lo que oculta.
XXXIV
El astronauta sólo cree en la melancolía.
XXXV
El sacerdote sólo cree en el pecado.
XXXVI
La hormiga sólo cree en el infinito.
XXXVII
El tarado sólo cree en su tara.
XXXVIII
El lunático sólo cree en los vampiros.
XXXIX
Los cadáveres sólo creen en los tiempos muertos.
XL
El pornógrafo sólo cree en la letra equis.
XLI
El aburrido sólo cree en el color gris.
XLII
El funambulista sólo cree en el yeso.
XLIII
El hacker sólo cree en la banda ancha.
XLIV
El cinéfilo sólo cree a veinticuatro fotogramas por segundo.
XLV
El bibliotecario sólo cree en Borges.
XLVI
Leonard Cohen sólo cree en las habitaciones de hotel.
XLVII
El Papa Santo de Roma sólo cree en la eficacia de su detergente.
XLVIII
El alumno sólo cree en los recreos.
XLVIX
El tecnófobo sólo cree en los cortocircuitos.
L
El refugiado sólo cree en las fronteras.
LI
El feligrés sólo cree en las campanas.
LII
El hippie sólo cree en la jardinería.
LIII
El ahorcado sólo cree en la sangre.
LIV
Audrey Hepburn sólo cree en los escaparates.
LV
El melancólico sólo cree en las biografías.
LVI
El escéptico sólo cree en sí mismo.
LVII
El charlatán sólo cree en los sintagmas.
LVIII
El borracho sólo cree en las resacas.
LIX
El líder sindicalista sólo cree en las pancartas.
LX
Ernst Lubitsch sólo cree en las puertas.
LXI
Marilyn Chambers sólo cree en las puertas verdes.
LXII
El
LXIII
El espía solo cree en las películas muy pequeñas.
LXIV
El refugiado solo cree en la distancia.
LXV
La prima de riesgo solo cree en Bruselas.
LXVI
Stephen Hawking solo cree en su cerebro.
LXVII
El canibal solo cree en la filantropía.
LXVIII
B.B. King solo cree en sus divorcios.
LXIX
El daltónico solo cree en el cine mudo.
LXX
El recién casado solo cree en la testosterona.
LXXI
El escritor tímido solo cree en los palimpsestos.
LXXII
La mosca solo cree en las digestiones pesadas.
LXXIII
Esopo solo cree en los zoológicos.
LXXIV
Roald Dahl solo cree en los niños.
LXXV
El marqués de Sade solo cree en los sitios estrechos.
LXXVI
Holm solo cree en su abismo
LXXVII
Yo solo creo en los míos.




Problemas que no entiendo en blogger me borran ciertos posts, imagino, porque no abren. Suerte de las suertes, guardo en word lo escrito más por hábito informático que por orgullo literario. Por primera vez en muchos años (seis son muchos) he revisado el trabajo de la página (es un trabajo y debe ser considerado un trabajo) por ver si algo quedó invisible al lector.

19.2.12

La aguja y el daño que hace / Cuarenta años de Harvest



Cada yonki es como un ocaso, dice una canción de Harvest, el disco que cumple estos días cuarenta años y que persiste como una roca sólida en la historia del rock y en la privada de este cronista de sus vicios. Neil Young fue un yonki vocacional en una época en que se drogaba todo el mundo. Ayer (creo) Sir Paul McCartney predicaba urbi et orbi su firme deseo de no volver a fumar canutos. A los setenta, dice, hay que plantearse ciertas cosas. No está mal poner setenta como tope para llevar una vida sana y limpiar la sangre de toxinas. Algunos no llegan a esa noble edad en la que uno solo desea (imagino) que le cuenten las noticias, salir de paseo con los hijos y los nietos y que su equipo de fútbol le dé alguna alegría los domingos por la tarde. A Neil Young, el padre del country y el padre de muchas cosas en la industria fonográfica de las últimas décadas, la vida le ha tratado bien. Ha visto morir a muchos amigos en el camino y ha perdido la audición en casi todas las orejas, las visibles y las no que lo son, pero sigue haciendo discos magistrales y tiene una legión de adeptos que le consideran un dios a la altura de Bob Dylan, de Van Morrison o de Leonard Cohen, los últimos de una época que sigue ejerciendo su magisterio y de la que tardaremos (espero) en salir. De Harvest no se sale nunca. Se vuelve contagiado por su intimidad lírica, por todo ese puñado de himnos que siguen ahí, alojados en tu cabeza, volviendo de vez en cuando y haciéndote ver que no se ha perdido nada enteramente todavía. Que sigues incrustado en el año en que un amigo te dejó un disco (un vinilo, por supuesto) con una portada de poco vuelo plástico, pero hermosa en su espartana hondura. Luego está el disco que se guardaba dentro. Harvest es Nashville con Johnny Cash y su programa televisivo de country y es también la sombra de James Taylor y la de Carole King. Es la muerte de su amigo Danny Whitten, el guitarrista de Crazy Horse, días después de salir del estudio, el divorcio y la llegada de una nueva relación amorosa y el nacimiento de su hijo Zeke, fatalmente aquejado de una parálisis cerebral. Pertrecho, enfermo, Young facturó un disco monumental del que se han vendido millones de copias. Tocó sentado, baldado por su dolor de espalda y por su dependencia de muchos fármacos, y también (dicen) tocó llorando. Luego se negó a reproducir en las giras el material de Harvest. Solo accedía a tocar alguna pieza (The needle and the damage done) y casi siempre a regañadientes. Yo lo escucho reverencialmente un par de veces al año. No lo busco a posta: suele dejarse caer como si entre los dos (el CD alojado en una estantería que precisa unas escaleras) nos conociéramos. Con los discos y con los libros, con los objetos que los tutelan y los conservan a beneficio de sus dueños, pasan cosas extrañas. Como dicen Millás, los objetos nos llaman. Harvest ha estado hoy nuevamente en mi cabeza. He tenido el corazón de oro y he visitado Alabama. Sin salir de casa.

16.2.12

Meterse en la cabeza de Keith Richards durante un par de horas



Meterse en las cabezas de otras personas es una aventura comparable a la de observar cómo alguien se mete en la nuestra. Uno es lector de lo ajeno y escritor de lo suyo. Lo de entrar dentro de una cabeza no es una cosa que deba tomarse a la ligera pues entraña riesgos enormes de los que no siempre se sale ileso. He visto gente entrar en la cabeza de alguien a quien ama y no salir nunca más. Sé que están ahí, agazapados, imitando al huésped que lo acoge, siendo de un modo arbitrario pero previsible el otro, el invadido. He perdido amigos estupendos cuando se han obcecado en entrar en la cabeza de un filósofo nihilista o de un novelista de serie negra. Se puede albergar a otro y no percibirlo en la misma medida en que se puede estar dentro de alguien sin que el agresor lo advierta. Porque no hay quien me quite que eso de entrar y salir (a veces) de la cabeza del prójimo es una agresión, una que no es tipificada en el código penal y de la que se tiene siempre una información muy sesgada, como si fuese cosa de psicólogos argentinos o de zumbados con incontinencia verbal.

Conviene, sobre todo, saber en dónde se mete uno, eso en el hipotético caso de que de verdad se desee salir del confort del propio mapa sináptico para ingresar (por una temporada o definitivamente) en otro que, por obra del azar, del amor o de la conjunción de algunos astros en la trama celeste, nos ha parecido ideal y se amolda formidablemente a nuestros más íntimos anhelos. Un anhelo que no cuaja es un quebranto que no se cura. Es preciso, no obstante, dejar aquí, en plan confidencia más o menos banal, una serie de advertencias por si el amable lector tiene en mente viajar a una señora con la que se tropieza todos los dias en el rellano de la escalera y ve más feliz a cada día que pasa o hacer residencia en la esposa o en el marido propio y así relajarse y dejar que sea el otro el que lleve las riendas de la casa y la educación de los hijos.

Si penetras en un registrador de la propiedad ves después la realidad como una inmensa finca de la que el catastro no tiene información censada. Si te da por meterte en la cabeza de un obispo puedes no solo comprender la naturaleza misma de la fe en Dios sino que pasas directamente al selecto grupo de ciudadanos que confían enteramente en la salvación del alma y la vida en un mundo futuro, amén. El paroxismo turístico consiste en ir de cabeza en cabeza, libando aquí y allá como una alegre abejilla en un prado recién bendecido por la primavera.

Yo mismo, por entender mejor de lo que se va escribiendo, probé ayer  penetrar en cabeza ajena y he de manifestar la desigual fortuna de esa travesía. Al principio me puse en lugar de un amigo al que acaba de dejar la mujer. No es lo mismo sentir empatía que convertirse en el otro completamente, pero no digan que no es un buen paso. Lo malo es que la empatía me condujo hacia la solidaridad completa, sin que yo pudiese frenar el avance inexorable de mis sentimientos, que empezaron siendo tiernos y moldeables, como los de un niño que todavía escucha a su madre y la respeta, y terminaron asalvajados, comidos de una fiebre y de una ira que no conocía y que me dieron auténtico miedo. Mi amigo, el abandonado, resulto ser un hijo de la gran puta, oh atento lector. Fascinado por la violencia recién instalada en mi alma, anduve una mañana entera por el centro de la ciudad, mirando con asco a las parejas que iban de la mano o insultando al viandante más a mano a poco que me obstruyera el paso en una acera o me robara la plaza de aparcamiento. Peor, en fin, hubiese sido perderse en la cabeza de un suicida y estar dentro en el momento en que abre la espita del gas.

Cansado de este comportamiento casi delictivo entré en una iglesia y me senté en un banco cerca del altar. Se me acercó el párroco y me entusiasmé con la idea de entrar en su cabeza y ver cómo libraba la batalla de las almas. Dentro de un párroco de iglesia hay un vértigo de evangelios bullendo como un loco enjambre de metáforas. Asombra la generosidad con la que el vicario despacha los asuntos del espíritu y la intransigencia con la que gobierna los de la carne. Siendo yo criatura sensible a la voluntad de la carne, inclinado a no contradecir al instinto y creativo en materia lúbrica, abandoné el cautiverio espiritual del padre y volé a otro refugio en la creencia de que allí hallaría un pequeño respiro, un alto en el ajetreo reciente. Caí en la cuenta de que una cabeza ajena es un laberinto. Incluso la cabeza más pequeña, la de menor rango en el escalafón de las nobles e innobles cabezas del mundo, es un laberinto al que se le debe, al menos, un respeto. Algunos exigen peajes bien altos. Hay quien ha entrado en alguno y no ha vuelto a salir a pesar de desearlo y de saber incluso cómo hacerlo. Uno de los más terribles es el que poseen los políticos. Entrar en la cabeza de un político es un cáncer que te va atropellando y que te hunde sin pudor ni misericordia alguna.

Tuve un amigo que entró en la mente de un concejal de su pueblo, miren ustedes a lo poco a lo que aspiró, y perdió la cordura. El ayuntamiento le ha encontrado un sueldo en base a no sé qué convenio sindical del que él jamás tuvo noticia. Es una pena verlo desdecirse de continuo, entrar en marrullerías dialécticas con la oposición (sobra decir que el partido del susodicho concejal está al mando del municipio) y despotricar contra las dictaduras y los fascismos sin que, escuchado con cautela, sepa de qué está hablando. He llegado a la conclusión de que mi amigo ha asimilado la melodía e incluso ha aprendido el texto, pero es incapaz de pensar lo que dice, de hacerlo suyo y venderlo a los demás como propio.

Uno de los casos más sobresalientes es el de que aloja a otro sin que él mismo sea anfitrión de quien hospeda. O el que aloja a más de un inquilino. O el sujeto vacío, liberado de sí mismo y de los demás. Hay quien estudia con esmero esta casuística y publica estudios en revistas especializadas. De tiempo en tiempo se reúnen en hoteles a pie de playa, cuentan cómo les ha ido, consumen nobles elixires de las altas montañas de Escocia y se lamen sus verbos a costa del erario público. K. sostiene que él jamás ha sido invadido por nadie. Que posee estrictos cortafuegos mentales. Yo no tengo nada claro y discrepo de que él sí lo tenga. Quizá sea K. el que esté dentro de mi cabeza y yo, ajeno a su jugada, viva tan feliz, ilusionado con la idea de que soy un búnker o una de esas aristocráticas habitaciones del pánico.

A fuerza de entrar y salir de la gente, uno gana en destreza y el sujeto al que se aborda no se percata de que tiene un cuerpo extraño dentro del suyo. No existe certeza de que hable uno mismo o sea otro el que habla por nosotros. Hay ocasiones en las que el cuerpo externo no se integra pacíficamente sino que se entabla una fricción de la que no siempre sale un vencedor y un vencido. El terrible dolor de cabeza que no me ha dejado en todo el día tal vez sea producto de esa batalla interior. Albergo dudas razonables de que este texto lo escriba K. y no yo. Quizá sea mejor de esta manera. Me encantaría ser Keith Richards. Por lo menos un par de horas. Si no me deja salir, despedidme de los míos. Decidle que he visto al padre de Keith ahí adentro. Que somos ya buenos amigos.

15.2.12

El gran Buster Keaton reclama su vaca desde el más allá



 1
A veces las caras de los cómicos son las más tristes. Quizá por eso sean los actores de más hondura dramática, los que de verdad alcanzan más nobles cotas en sus registros interpretativos. Aceptamos sin chistar que hacer reír  cuesta más que provocar el llanto. Curiosamente los grandes actores (y actrices, no se me agiten los puristas de la ortodoxia) suelen venir de la alta tragedia, de un Shakespeare sin rebaje léxico o de un método de estudio cincelado en el escenario de un teatro, alejado de las cámaras de cine. Al actor serio le cuesta más convertirse en cómico que al contrario. Análogamente, el poeta es capaz de hacer una novela (porque domina los registros de la lengua y sabe los mecanismos de su hálito interno) pero el novelista difícilmente escribirá un libro de poemas.

2
Quizá Buster Keaton no hubiese sido el actor impasible, el rostro granítico, si las bombas no le hubiesen dejado sordo de un oído en las postrimerías de la Primera Gran Guerra. Nunca sabemos qué hace que seamos lo que somos. De un modo absolutamente incomprensible, de escaso afecto a las leyes de la lógica, se nos etiqueta a poco que nos descuidemos. Se es un payaso a pesar de tener la cara de Buster Keaton. Es más: Buster Keaton es un obrero de la risa ajena por tener la cara que tiene. Porque el ingenio maquina adentra sus cosas y el rostro solo contribuye a la plasticidad de su ejecución, al torpe aliño de gestos que a veces se interpone entre la idea y su rendición al público.

 3
Tuve un amigo de fácil contento etílico que jamás pilló una cogorza y al que, sin embargo, bien a su pesar, siempre se le arrimó al más que innoble bando de los borrachos. Otros bebían como cosacos sin que se les trabucase el habla ni se torciera un centímetro su andar recto. Basta descocarse en una noche de farra para que se incruste en la memoria colectiva, ésa que se fragua con los rumores y que jamás decrece con el tiempo, la idea de que uno es un crápula, un juerguista, uno de esos amigos de la barra, un cierrabares, en fin, un individuo poco recomendable. Siempre sospecha uno que hay un momento en la historia personal, en la biografía privada, en el que una bomba te anula un oído y hace que el gesto se te agríe, aunque en el fondo del alma seas un cachondo y la jarana no falte allá donde andes. Todos tenemos nuestra bomba particular. Hay un Keaton en el interior que pugna por expresarse. La cara pétrea con la que saludamos al día (porque hay días que no merecen otra, ustedes entenderán) expresa una batalla enorme por plantar otra. Una alegre, distendida, que en absoluto enseñe la porción de alma atormentada que todos tenemos. Una que no sea en absoluto transparente. La de Keaton es un mapa despejado de nubes. Un libro abierto. Un alfabeto reconocible de penurias y de baches a lo largo del camino. Pero luego está el otro, el Keaton resuelto en gags, la providencia catártica de la risa imponiendo su fuerza sobre los ejércitos de la tristeza.

4
Uno es de Borges o del Madrid por alguna circunstancia imposible de argumentar, que apela al instinto o recurre al azar. Conozco gente de firmes creencias religiosas de las podríamos extraer también momentos sensibles que les hicieron inclinarse por la fe en lugar de ignorarla o darla abiertamente de lado. También a quienes otro de esos momentos trascendentes (inasequibles a la razón) les hizo ajeno a las enseñanzas de la pasión religiosa. El mismo amor también es presa de estos caprichos del azar. No hay quien lo explique. No existen prontuarios que muestren cómo domesticarlo, aprehenderlo, razonarlo al punto de entender las causas que lo mueven y las que lo arruinan. Inevitablemente somos la suma de instantes que no nos pertenecen. A Keaton una bomba le malogró un oído y quién sabe si le hizo perder el dominio de los miles de músculos que gobiernan la cara. Quizá sea ésa la causa (hoy es el post de las causas difíciles) por la que anduvo siempre con esa expresión granítica, de fondo avinagrado y adusto, como si le debieran la vida y solo fuese un mal zombi que reclama sus derechos. El pobre Keaton, del que ya nadie se acuerda, sin un Alberti que le componga junto a su vaca en un prado de libro de poemas. Keaton, el de piedra, reclamando su vaca surrealista desde el más allá. Sin decir ni mu. Mi vaca. Que me la den. Son ustedes muy desagradecidos. Después de todos los buenos ratos que les di. Pero qué público más incivil tengo.

13.2.12

Uno de los míos



No creo que haya otro director vivo que merezca ocupar la luna de Méliès, que es como la luna del cine. Hay algunos que merecerían ese honor selenita, pero yo me quedo con Martin. Contando con que ha hecho cosas infumables, indignas del genio que tiene dentro, todavía me quedo con sus gafas de pasta y con sus cejas superlativas, con ese amor al cine que se entrevé incluso sin que uno sepa mucho de cine ni esté al tanto de las cosas con las que los cinéfilos pata negra evalúan los méritos de los directores o la valía de una película. Yo he sido feliz más horas con Scorsese que con mucha gente a la que veo a diario y con la que comparto una parte considerable de mi vida. Malas calles. Taxi driver. El último vals. Uno de los nuestros. Toro salvaje. El cabo del miedo. Casino. La edad de la inocencia. Infiltrados. Shutter Island. Luego está el Scorsese enamorado de los Rolling Stones, del blues y de la mente pura de un niño cuando se sienta en una butaca y permite que los adultos le cuenten una historia. No he visto La invención de Hugo. Tampoco Kundun. A todo lo demás le he dado cuerda como el niño que sabe los placeres que produce ver cómo se mueve el muñeco. Al final se detiene, pero hay magia en su desplazamiento, en el ruido que produce su avance un poco torpe, pero firme. Casi como suceden las películas y el ruido que hace el cinematógrafo cuando el proyectista acciona la palanca de arranque. Cosas que dejarán de suceder pronto. Nos invadirá la tecnología y suprimirán los modos de antaño. No soy de los que echarán en falta ese tipo de rituales. Soy de los que se limitan a dejarse invadir por los fotogramas. 24 por segundo. Scorsese, en ese negocio, está ahí arriba, en la luna de Méliès, con sus gafas de pasta y sus cejas como de cuento con ogro y final previsiblemente feliz. Pero todos sabemos que los finales felices tienen también un lado perverso. Scorsese, ahí donde lo ven, es un pájaro con mucha mala leche. Del tipo que usaba Hitchcock. Un católico con la retranca moralista de Chesterton. Un tipo viciado por la salsa italiana, su amor por las mujeres (cinco esposas, lo cual lo deja explica algunas cosas) y su vehemencia a la hora de defender el cine casi por encima de todas las hordas que lo atropellan y manipulan. Y no se confundan si graba un spot para un cava (Freixenet) o un videoclip para Michael Jakson (Bad). Lo de Hugo va en 3D. Yo no fusiono bien (dice mi optometrista de cabecera) pero igual me dejo llevar y me engancho las gafas. Por Marty. Es uno de los míos.

12.2.12

Arde Atenas, se hiela España




En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.


JAIME GIL DE BIEDMA


Y piensa uno si de verdad han cambiado los tiempos o son los mismos. El domingo de la muerte de Whitney Houston fue también el de Atenas ardiendo, el de los ERES express, el de los sindicatos movilizándose, el del Madrid ganando media liga y el domingo en el que España confirma que el invierno, en efecto, será duro. Que se adelantarán las lluvias y que el Gobierno, metido en faena, pondrá al país en el sitio que merece en Europa. Eso dicen. En eso andan. Igual les viene bien un poco de poesía. Don Jaime, recíteles unos versos.


 NOCHE TRISTE DE OCTUBRE, 1959

A Juan Marsé

Definitivamente
parece confirmarse que este invierno
que viene, será duro.

Adelantaron
las lluvias, y el Gobierno,
reunido en consejo de ministros,
no se sabe si estudia a estas horas
el subsidio de paro
o el derecho al despido,
o si sencillamente, aislado en un océano,
se limita a esperar que la tormenta pase
y llegue el día, el día en que, por fin,
las cosas dejen de venir mal dadas.

En la noche de octubre,
mientras leo entre líneas el periódico,
me he parado a escuchar el latido
del silencio en mi cuarto, las conversaciones
de los vecinos acostándose,
todos esos rumores
que recobran de pronto una vida
y un significado propio, misterioso.

Y he pensado en los miles de seres humanos,
hombres y mujeres que en este mismo instante,
con el primer escalofrío,
han vuelto a preguntarse por sus preocupaciones,
por su fatiga anticipada,
por su ansiedad para este invierno,
mientras que afuera llueve.

Por todo el litoral de Cataluña llueve
con verdadera crueldad, con humo y nubes bajas,
ennegreciendo muros,
goteando fábricas, filtrándose
en los talleres mal iluminados.
Y el agua arrastra hacia la mar semillas
incipientes, mezcladas en el barro,
árboles, zapatos cojos, utensilios
abandonados y revuelto todo
con las primeras Letras protestadas.




Pasos atrás



De las vidas ajenas  apena que sean tan iguales a las nuestras. Por eso somos de Nadal y de Alonso. Ahí estriba el compromiso moral e incluso la dependencia estética con el triunfo de los otros, de quienes logran cotas de esplendor que no están a nuestro alcance. En esa admiración radica la vigencia del héroe. Los de ahora no son épicos o lo son de un modo accidental e irrelevante. El héroe de nuestro tiempo es un volcado de muchos grumos, una especie de monstruo de frankenstein con el que algún equipo de márketing se ha empleado a fondo y se ha lucido. Vivimos a lomos de un caballo desbocado. A poco que nos descuidemos, nos desaloja de la silla, nos arroja al barro, nos pisa si no sabemos quitarnos a tiempo de su avance. El caballo de estos días se ha esmerado en descabalgar a un juez y lo ha pisado a base de bien. Lo ha dejado k.o. Ha impuesto su lógica animal. No sabe uno del todo la trama de estas cosas, pero entiende la subtrama, los fragmentos de trama que nos van dejando como pequeños mendrugos de pan que marcan un camino en el bosque. No sabe uno si ha sido juzgado o ajusticiado el juez valiente de todas las causas nobles. Porque mirar de frente a Pinochet y sentarlo en un banquillo es una causa noble, no me cabe la menor duda. Si todo es un complot, una de esas conspiraciones de las alturas más brumosas del poder y le han apartado para siempre de la incómoda arena en la que se movía. Si Franco en su tumba estará echando una sonrisita cómplice. Si los encausados por la Gürtel la repetirán sin disimulo. Lo que escandaliza es la fiereza con la que los mandos de la plaza han apiolado a uno de los suyos. Uno de imposible amarre, culo de mal asiento, héroe de causas que algunos ni sabían que existieran. De esas vidas ajenas siempre se esfuerza uno en extraer lo bueno, lo hermoso, lo heroico. La de Garzón es una vida de una cinta de suspense, una no vida, en cierto sentido. Lo que le quedaba de paz se lo han birlado con las armas que él bien conoce y que ha usado, a juicio de algunos, interesada, torcidamente. Dicen que sabía lo improcedente de su actuación. Que prevaricó. Que apartó la ley para que ésta se ejerciera con más eficacia y contundencia. El villano de moda entre las huestes gürtelianas, todas exculpadas o a punto de serlo, tiene el tirón del pueblo, pero le han arrebatado los galones y arrojado como un perro al desquicio ético y a la infamia. Ahí está, en una infamia impostada. Se sabe que saldrá a flote, pero está herido y no son legítimas (entiende uno, torpe en estas cosas de la judicatura) las formas en que lo han derrotado. Quedan las palabras del pueblo, arrojado a las calles y a los medios, en su defensa. Pero las palabras y lo que las palabras tutelan (el respeto de mucha gente, la admiración que causa su indeclinable voluntad de trabajo) me temo que no van a torcer el fallo. Yo, en mi pequeña atalaya, lo siento a mi manera. Es una vida un poco menos ajena de lo que parece.

10.2.12

El frío es una república de lobos



1 The Tolstoi Experience
En la literatura rusa de los trenes que descarrilan en el invierno y las penurias de los escritores jóvenes a los que hieren el amor y los naipes es en donde hace frío de verdad. Uno coge al azar uno de esos libros maravillosos, tachonados de las ricas peripecias que sufre el alma, y se le hielan las manos. Con solo leer el título se aprecia el frío escalando la espalda como una lagartija salvaje.

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8.2.12

El asombro puro




Siempre sostuve que la literatura nos procura el privilegio de asistir al sobrio y a veces al miserable espectáculo de las vidas ajenas. Uno ve cómo Ana Karerina se tira al tren o cómo Humbert Humbert se enquista en el enamoramiento salvaje de una nínfula doméstica. Tolstoi y Nabokov crean básicamente un escenario en donde la tragedia de lo humano cobra dimensiones universales. Los devaneos sentimentales del talludito H.H. ofrecen al voyeur profesional (todo lector lo es) las mismas frivolidades y los mismos episodios dramáticos a los que acuden los nauseabundos programas rosa de la televisión, pero envueltos en una manta soberbia de profundidad psicológica, tesón narrativo y belleza plástica tan asombrosos que el lector, el que accede a esa información encriptada, se siente destinatario plenipotenciario, único receptor de la obra de arte. Así debe la literatura, así el cine o así la visión mayúscula de una catedral.
El cine nos entrega un cometido similar: el espectador se arrebuja en la butaca y consiente que la historia le narcotice. La mejor película es la que niega la realidad del que la observa. Se trataría, en el fondo, de involucrarlo al punto de que durante la proyección nada ajeno a la historia pueda afectarle. Por eso hace muchos años que este cronista de sus vicios no ve cine en televisión, bastardo de anuncios, interrumpido por una competente marca de compresas en el momento justo en que Norman Bates, transfigurado en madre, retira la cortina, cuchillo en ristre, con malísimas intenciones. Ningún impedimento va a secuestrar mi atención. Por eso pago religiosamente la cuota de cine digital o por eso engordo sin prejuicios ni miramientos económicos la estantería en donde alojo DVD's gloriosos, ratos de evasión pura, momentos para la eternidad sin tener que morir ni creer en Dios para adquirirla.
Volvemos siempre a Sheherezade. Anoche vi Forajidos (The killers), la obra maestra de Robert Siodmak, el arrebatado cuento del voyeur perfecto. Sentí eso: que la historia de Ernest Hemingway no trata de la venganza ni de la ambición sino del arte mismo de la literatura como escaparate formidable de historias. De cómo la narración, fracturada en flashbacks libres, nos invita a que entremos en la trama y, al modo en que Woody Allen escribía su rosa púrpura del Cairo, Siodmak consigue (magistralmente) que sintamos, como H.H., el aliento de la inspiración, el dolor de la pérdida, el sentimiento inexcusable de la piedad. Leí hace algún tiempo que John Ford jamás presentó a sus indios de Monument Valley como individuos oprimidos o como pacientes víctimas del progreso (ése es el triunfo del western como género). Ford decía que los indios "eran una fuerza de la naturaleza". Como el que filma un mar desbocado. Como el que registra el viento agitando la cebada. La literatura (el cine) es el arte de domesticar esa fuerza. Lo que verdaderamente trasciende es la necesidad pura (sin domesticar, sin mercantilizar) de que alguien nos cuente una historia que estemos dispuestos a escuchar. En la historia, en el volcado de la trama, somos otros, nos perdemos, dejamos de ser los que mecánica y huecamente somos y nos convertimos en seres alados, en gozosos pájaros, en festejo puro con un arnés de fantasía.

7.2.12

Un suponer...



Del acontecimiento más relevante de mi vida digo como Chesterton del suyo: me he tragado, sin rechistar y casi supersticiosamente, un cuento que no me fue posible comprobar, a tiempo, a la luz de la experiencia del juicio propio. Me hallo, por tanto, firmemente convencido de que nací el primer día de abril de 1.966 en Córdoba y que fui bautizado conforme al rito de la iglesia cristiana, la única entonces posible, ante el alborozo de familiares, amigos de la familia y algún que otro feligrés accidentalmente testigo de ese protocolario acto. Siendo poco crédulo en tantas cosas lo soy con fiereza en ésta: debí nacer como dicen que lo hice y debí crecer como los míos cuentan que crecí. El desatino de anécdotas que mi memoria es capaz de trenzar después de esa oscura circunstancia fundacional está ya al alcance de mis facultades de raciocinio, que son a veces escasas y se dejan manipular por las emociones. En esto lo tengo muy claro: soy sentimental por naturaleza. Incrédulo y sentimental.
Fantasear con el nacimiento de uno mismo te deja siempre en una especie de zozobra existencial: crees en que todo se ajusta al texto que te han recitado durante años, admites que nada de importancia fue saboteado de ese relato y que ningún episodio silenciado puede contribuir a desequilibrar tu vida. Es decir, uno cree que las novelas son novelas y que la vida, aunque roce y hasta casi se contamine en ocasiones de lo meramente novelesco, discurre en paralelo a la ficción y que los hilos que la manejan están cogidos con firmeza por nuestra voluntad más ferrea. Nada de esto, oh lector de mis cuitas, se apresta a la realidad, que suele emboscarnos en un aparte de las horas, echarnos contra la pared e intimidarnos como suele. Su nómina de tragedias, miserias, pasos en falso y precipicios que se retuercen frente a nosotros y nos abisman a ellos es desgraciadamente significativa. Viendo los males que devastan al prójimo se pregunta uno cómo es posible que alguno no le toque en ese caótico y errático reparto de papeles en esta obra. 
Te cuentan que naciste en Córdoba el primero de abril de 1.966 y que creciste sano y robusto, alegre y ocurrente, dicharachero y amigo de juegos y de distracciones frívolas; ignoro si hay alguna posibilidad de rehacer el libreto, si hay manera de que podamos, al modo en que lo hacen los novelistas, agregar personajes, interrumpir un hilo de la trama y enhebrar otro hasta que no beneficia al argumento principal y decidimos eliminarlo en el capítulo doce, pongo por caso. Haber leído la copiosa novelística rusa te permite divagar sin pudor sobre la tragedia y sacar drama de donde solo, en apariencia, se pueden extraer dulces cuentos de amor y romanzas con orquestina. En esto opino como Woody Allen: nada como un buen Tolstoi bajo el brazo para arruinar una buena tarde de domingo.
Ucrónico, dispuesto a acometer la ficción de ser otro, piensa uno qué hubiese pasado de haber nacido en una estricta comunidad de mormones, con retratos de Joseph Smith sobre la chimenea y biblias en la mesita de noche.. ¿Seguiría escuchando be bop de noche? ¿Leería de forma obsesiva a Borges? Y sobre todo, ¿mantendría abierta esta página en la red? Y la comunidad mormona, de la que dudo haya extensas legiones en mi país, podría (en todo caso) salir al paso y declararse fan de Charlie Parker, atenta lectora de Borges o bloguera. Pero uno es lo que es, y no siempre ni en la misma medida.

6.2.12

Bird




Estoy tierno. Esta noche de Charlie Parker con su corpachón negro en un traje blanco en una película del tito Clint. Esta noche nuevamente fría en la que oigo la respiración del disco duro, el cáncer viral que lo enferma. Estoy cansado. Me asomo a la ventana y veo la calle larga a izquierda y a derecha. Como ya no fumo o como ya fumo muy poco no enciendo un cigarrillo, pero no sé qué me ha hecho pensar el jodido tabaco. Estoy melancólico. Estoy pensando en todos los amigos fumadores. En todos los amigos alcohólicos. En todos los amigos de barra de bar que te cuentan minucias con la solemnidad exclusiva que da estar un punto ebrios. Con dos puntos de ebriedad las minucias se convierten en pasajes épicos. En el grado tercero, cuando la realidad es un poema de Bukowski y la voz de Jim Morrison en los Bose pequeñitos del pub suena cascada, quejumbrosa, lejana y gris, las minucias de los amigos bebidos se transforman en surrealismo oral. Estoy molesto. Me duele el mundo tal como se me está sirviendo. Duele lo invisible así que cómo no va a doler toda esta miseria visible, este caos administrado por personal en trance, que se obstina en malgastar el talento. Qué trabajo les costaría hacer bien lo que hacen al modo en que yo me empecino en hacer bien lo mío. Pero tampoco lo hago, me aferro a que va bien, a que se puede enseñar el trabajo realizado hasta que lo miro de cerca y advierto los errores, la falla tectónica del alma, todo ese grumo inservible que se ha ido construyendo sin nuestro consentimiento. Quizá por eso no soy político. Porque sólo sé enseñar inglés y ni siquiera tengo la certeza de que sirva verdaderamente para algo la entrega diaria, el trasiego de verbos irregulares, toda la fonética hermosa de Milton, las letras de Leonard Cohen, la solemne Suzanne por los ríos y la frívola Molly del Ob-la-di Ob-la-da life goes on, yeah, life goes on. Me gustaría vivir en una película de Tati. Estoy espeso. Noto las palabras hacia adentro, quemándome. Palabras que me conmueven. Pessoa quería casarse con la hija de una lavandera y seguir fumando. Le dejarían unos fragmentos de metafísica. Paseos por Lisboa. Nada relevante. Pessoa se despierta inconcebiblemente humano a sabiendas de que la realidad puede convencerle de ser justo lo contrario. Pessoa se acuesta solo en un cuartucho alquilado a la vera del Tajo. Piensa en Dios y piensa en la esencia de lo divino y en la incomodidad de manejar argumentos tan trascendentes en mitad de la noche, en una habitación austera como un ministerio de Rajoy , en un edificio sin alardes arquitectónicos, tirando a gris entre edificios grises, a la vera del Tajo. Pienso esta noche de Charlie Parker con orquesta, en Pessoa y en todos esos amigos a los que ya no veo y que sé que aprecio todavía. Imagino que de noche, en ocasiones, según les fatigue mucho o poco o nada el día, se sientan frente a la pantalla del ordenador y buscan información sobre cómo va el mundo. No darán con esta página con facilidad. Ni siquiera es bueno que sepan de mí de una forma tan artificial. Escribir es contarse uno a sí mismo, pero en esa rendición de intenciones, en ese espejo abierto, se cuela el transeúnte accidental, el lector verosímil y el lector imposible, el hermano perdido en las calles de la Judería, el amigo de aventuras en 1.980 y la novia de prestado en los bares infinitos de San Fernando. El pasado es un fantasmagoría. El pasado es un almacén de objetos inútiles a los que damos sentido por añoranza, por sentir que el tiempo nos está destrozando y que vivimos aceleradamente, apenas instruídos en el arte de parar las horas y volverlas a poner a andar en cuanto se nos antoje. Estoy cansado. Escribo a ciegas. Tengo un muro delante. Tengo un flexo alto y perfecto y un silencio comido por el tic tac metódico de un reloj estilo inglés, colgado encima mío, junto a un título universitario (qué hace un título universitario en una pared llena de carteles de cine). Estoy avergonzado. No debería escribir tanto. Tiene que haber un poco de pudor. Pudor mínimo para escribir con pulcritud, sin excesos, sin la textura habitual, sin caer en eso de hablar en demasía de uno mismo por eso de que nadie tenemos más a mano. Yo escribiría horas enteras sobre Charlie Parker, pero serían palabras de otros, leídas en otros, contadas sin el ardor que ya otros pusieron para que yo ahora, oyendo Ornithology, sienta a Charlie Parker pecho adentro, contándome la épica de los perdedores. Estoy agotado. El texto está quemado. Es tarde. Hasta Parker ha salido afuera a fumar solo y a pensar en la sangre, en el vacío que a veces mitiga el sonido del saxo arrojado afuera, pensado afuera. En El perseguidor, en ese prodigioso cuento, Cortázar cuenta la vida secreta de Charlie Parker. Dédée se levanta, apaga la luz, fuma Gauloises y le busco un saxo a Charlie, que solo quiere beber algo caliente y que se vaya el dolor. Parker recita el dolor tocando Ornithology. Ya hace rato que ha dejado de sonar en el CD. La pieza sigue todavía en mi cabeza, aunque ahora suene otra. Muere el swing. Nace el bebop. El jazz es un biombo tras el que esconderse. Vivir es una jam session. Hay una melodía, pero no se puede predecir por dónde va a perderse, en qué punto exacto de la trama sonora la melodía se va a hacer añicos. Lo hermoso del jazz es comprobar cómo se recompone desde la nada. Son los fragmentos los que la guardan. Al final de la pieza vuelve a enseñorearse y el músico se desprende del instrumento (un saxo perdido y luego encontrado) y busca en su cabeza las primeras notas de la siguiente.

2.2.12

Borgianas




1 TEOLOGÍA
Todo hombre culto es un teólogo, y para serlo no es indispensable la fe.

2 EL UNIVERSO
El mundo es tal vez el bosquejo rudimentario de algún dios infantil, que lo abandonó a medio hacer, avergonzado de su ejecución deficiente. El mundo es obra de un dios subalterno de quien los dioses superiores se burlan; es la confusa producción de una divinidad decrépita y jubilada, que ya se ha muerto.

3 RELIGIONES
La metafísica es una rama de la literatura fantástica.

4 LA REALIDAD
Tan compleja es la realidad que un observador omnisciente podría redactar un número indefinido y casi infinito de biografías de un hombre, que destacaran hechos independientes y de las que tendríamos que leer muchas antes de comprender que el protagonista es él 
mismo.

5 EL UNIVERSO ES UN LIBRO
Somos versículos o palabras o letras de un libro mágico, y ese libro incesante es la única cosa que hay en el mundo: es, mejor dicho, el mundo.

6 EL HOMBRE
No hay en la tierra un ser humano capaz de declarar quién es. Nadie sabe qué ha venido a hacer a este mundo, a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas, ni cuál es su nombre verdadero.

7 DIOS
-Yo, que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno y yo.
La voz de Dios le contestó desde un torbellino:
- Yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estás tú, que como yo eres muchos y nadie.

8 DIOS 2
Nadie es alguien, un solo inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy.

9 EL LABERINTO
Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.

10 PANTEISMO
No hay hecho, por humilde que sea, que no implique la Historia Universal y su infinita concatenación de efectos y causas, y que el mundo visible se da entero en cada representación.

11 EL TIEMPO, EL IMPOSIBLE
William James niega que puedan transcurrir catorce minutos, porque antes es obligatorio que hayan pasado siete, y antes, tres minutos y medio, y un minutos y tres cuartos, y así hasta el fin, hasta el infinito, por tenues laberintos de tiempo.

12 LITERATURA
La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido.


13 CIELO, INFIERNO
Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.


14 INMORTAL
Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal.


15 LA MEMORIA
Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos


16 ANARQUÍA
Creo que con el tiempo mereceremos no tener gobiernos.


17 LA FELICIDAD
He cometido el peor pecado que uno puede cometer. No he sido feliz.


18 EL OLVIDO
Sólo una cosa no hay. Es el olvido.


19 POSESIONES
Sólo es nuestro lo que perdimos.

20 LA FELICIDAD
He sospechado alguna vez que la única cosa sin misterio es la felicidad, porque se justifica por sí sola.


21 LA DEMOCRACIA
Democracia: es una superstición muy difundida, un abuso de la estadística.


22 LOS LIBROS
Es supersticiosa y vana la costumbre de buscar sentido en los libros, equiparable a buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de las manos.


23 ESPAÑA
España es una tierra donde hay pocas cosas, pero donde cada una parece estar de un modo sustantivo y eterno.


24 LA DESVENTURA
La felicidad no necesita ser transmutada en belleza, pero la desventura sí.


25 LA POESÍA
La poesía nace del dolor. La alegría es un fin en sí misma.


26 BIBLIOTECAS
Ordenar bibliotecas es ejercer de un modo silencioso el arte de la crítica.


27 LOS LIBROS 2
Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo; hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos.


28 BIBLIOTECAS 2
Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca.


29 DOCTRINAS
Quienes dicen que el arte no debe propagar doctrinas suelen referirse a doctrinas contrarias a las suyas.


30 CIELO, INFIERNO 2
El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados. Los actos de los hombres no merecen tanto.

31 PERPLEJO
Si de algo soy rico es de perplejidades y no de certezas.


32 MULTIPLICACIONES
La paternidad y los espejos son abominables porque multiplican el número de los hombres.