31.1.12

Un río se llama Miguel




Tengo un amigo fascinado por los ríos. Le causan el estupor novel del Adán primero al ver el primer río. Le procuran el asombro con el que se funda la inteligencia y se alumbra la sensibilidad. Perplejo, asombrado, inteligente (un poco por lo leído y un mucho por lo vivido) y sensible (estallan las metáforas a ras de la epidermis, le sobrevienen súbitos accesos de endecasílabos a poco que se le cruce una manada de sílabas), da a los ríos la mayor de las trascendencias. Los arma de sabiduría y hace que en sus aguas discurra la filosofía de lo sencillo y de lo ameno y la otra, la de las cosas herméticas, la de la esencia oculta. A los ríos mi amigo los cubre de palabras y de canciones. Los pastorea al modo en que los poetas vigilan y tutelan el ritmo y las voces del verso. Los mima con el afecto de que han encontrado un vicio sublime en la observación de su cauce, en el registro de sus meandros y de sus desembocaduras. La última, sabemos, es la muerte, pero antes de que el río libre en el mar todo su bagaje de vida, las aguas invitan a una conferencia fantástica. Uno se acerca a su transcurrir y escucha a Heráclito y a Borges, oye el tintineo del tiempo y aprecia la vida como un don precioso y como un festejo invisible. Porque los ríos, incluso los pequeños y los más míseros de caudal y de fauna, enseñan a vivir si uno se apresta al convite del ruido que producen al paso y se deja crucificar por el espectáculo sublime de su tímido (pero inagotable) paso ante nosotros. Pasan los ríos, amigo. Quedan las palabras, los rituales que a veces damos a lo que nos afecta y a los que nos fascina. A ti, los ríos. Los vuelcas a diario en lo que escribes. Abrevamos, bestias lúcidas, a comprender los ritos de paso y las palabras primeras de la tribu.  Andas como loco a la búsqueda de los ríos que no conoces. Los de la vida y los de la geografía. Y algunos aprendemos de ese itinerario y bendecimos que gente como tú alardee de amor por lo que le da vida. A mí, en confidencia de martes por la tarde, me la da una canción del Jefe de modo que aúllo de gozo cuando la escucho y la entiendo, en lo que cuenta y en el pequeño país de alegrías que me regala. Esta versión, una de las mejores, va hoy por ti.




30.1.12

Imposible Alemania, improbable Japón





Impossible Germany
Unlikely Japan


Wherever you go
Wherever you land
I'll say what this means to me
I'll do what I can


Impossible Germany
Unlikely Japan


The fundamental problem
We all need to face
This is important
But I know you're not listening
Oh I know you're not listening


If this was still new to me
I wouldn't understand


Impossible Germany
Unlikely Japan


But this is what love is for
To be out of place
Gorgeous and alone
Face to face


With no larger problems
That need to be erased
Nothing more important than to know
Someone's listening
Now I know
You'll be listening


Llevo un par de meses escuchando machaconamente esta canción. Que no la haya borrado de mi cabeza y la siga buscando en cuanto tengo un rato de mansa paz, los hay en ocasiones y sirven para que los demás no te aturdan en demasía, significa que la he alojado ya en mi corazón. Cuando una canción se te adentra de esa manera consigues algo parecido a la felicidad. Una felicidad de cuatro minutos, una intercambiable con otras de tres o de una hora paseando o de un segundo en una mirada a quien amas. Es muy complicado describir lo que nos hace felices. Se da mejor siempre explicar las tristezas y suelen salir textos de más fuste sensible. 

Impossible Germany, la canción del Sky blue sky de Wilco, es una obra maestra. Mía, al menos. Se la regalo a mi amigo Paco, que me ha regalado a su vez una pieza antigua (y buena hasta el desmayo) de los Fleetwood Mac de siempre. Rhiannon rings like a bell throught the night... Nos entendemos en un rincón del aire.

29.1.12

El ojo de Dios y el mío



Uno no sabe nunca a qué atenerse. Si a la razón pura o al corazón bastardo. Si hay que mirar la fotografía cartesianamente o, bien al contrario, observarla con los ojos del alma, que es una zona impresionable, acostumbrada a que le dejen perpleja desde tiempos inmemoriales. En la perplejidad el misterio encuentra su abono idóneo. De lo que no entendemos no podemos hablar. El que profesa la fe y la ejerce en su obrar diario razona que incluso las cosas espirituales deben airearse con este esplendor cromático. Por eso la Iglesia, vieja y sabia, saca a la calle sus tesoros, el rojo imponente, el negro severo, la ristra sumisa de lacayos escoltando a quien encarte a la vista del gentío.

Al modo en que las grandes catedrales confunden al descreído y lo amedrentan, ganan a su causa al iniciado y confirman la rendición del creyente puro, la curia sabe de los instrumentos con los que sacar las catedrales a las calles. Pienso si quizá no fuese mejor dejar los temblores del espíritu en los adentros de cada uno. Si Dios no entablará un diálogo más fluido si quien le habla lo hace desde la intimidad desnuda de su corazón y no abalconado en estos fastos más en sintonía con la pompa de los reyes. Si Dios no tiene nada que ver con estas manifestaciones de sus feligreses. Si ese Dios allá arriba con su Gran Ojo, en su tiniebla eterna, en su altura inmarcesible, mirará a otro lado igual que yo, aquí abajo con mi Pequeño Ojo, en mi tiniebla perecedera, en mi bajura marchita, miro también hacia otro lado. Un poco perplejo y otro poco indiferente. No sé si más perplejo o más indiferente. Sin saber a qué atenerse. Si a la razón o a su fantasma. Si al hermoso territorio de la metáfora (que tiene un fondo de engaño y de prestidigitación verbal) o al rutinario (yo lo sé y bien que lo lamento a veces) territorio de la razón, de lo que sabemos y lo que nos está permitido hablar. Si ellos salen y se enseñan, si muestran sus vestiduras y pasean sus símbolos, yo salgo y me enseño, muestro mi pensar y paseo los mìos. Habrá quien no sepa a qué atenerse. Yo creo que en esas incertidumbres se disfruta todo mucho mejor.

27.1.12

Togas de serie B, almas de serie A



 I
Lo malo de no saber leer entre líneas es que te puedes perder el meollo de las cosas, la sustancia del texto, la trama invisible escondida en la trama que se ve. En lo de Camps, en su absolución judicial, leemos a tientas, un poco perplejos y otro poco azorados, el fallo público, el que se iza a lomos de la realidad como un sol cabalgando un horizonte, lo que le exime de rendir cuentas a la sociedad y lo aúpa otra vez (ya lo ha dicho él mismo) a la cosa política, al gobierno de sus asuntos. Lo de los juicios es una materia más novelística que otra cosa. Los airean fascicularmente. Los venden arropados por una campaña de márketing que ya quisieran algunas producciones de la industria del entretenimiento. Al público no le importa en demasía la naturaleza del delito que se juzga. Lo que le pone es disponer de un material narrativo de primer orden, con sus inflexiones argumentales, con su vértigo literario y con su ración decimonónica de suspense. Una trama con ribetes trágicos o una confiada a la riqueza metafórica de lo corrupto. Un desgraciado episodio criminal o uno más venial del tipo vaciamiento de las arcas municipales o la invención de una sociedad fantasma que bombea euros a un paraíso fiscal en las islas Caimán. Lo venial nos decían que no era mortal. Ahora sabemos que los pecados mortales solo suceden en las misas de los domingos. Una buena misa de domingo es en realidad un juicio velado. El pecado sustituye al delito. Si a la religión le extirpamos su naturaleza estrictamente literaria pierde todo su poder de fascinación. Si a los juicios ordinarios le extraemos su condición novelística la pierden también. No me atrevo a pensar (o sí) qué sucedería si eliminamos de la Historia del Cine el género judicial. Tampoco si a la literatura evangélica le substraemos de cuajo todo lo que ataña al Juicio Final. Vengan a mí sus trompetas, el apocalipsis me ciegue si miento.

II
En estos tiempos, un juicio es, más que un conflicto librado entre dos partes que se dirime al amparo de la ley, un espectáculo mediático de primer orden., una especie de thriller en el que el suspense guía toda la trama. Dicho todo esto de otro modo: la realidad es un negocio, la creación entera es un fantástico artefacto industrial en donde Camps o Urdangarín o Garzón son en el fondo piezas intercambiables, actores patrocinados. Los trajes del expresidente valenciano o los cheques del yerno del rey son, en realidad, los mcguffins necesarios para que ruede la trama. Incluso se engrandece al personaje cuando lo azota el peso de la ley y se sientan en el banquillo de los acusados. Hoy nadie omite de la biografía de Oscar Wilde, de su grandeza literaria, el juicio en el que se le acusó de indecencia grave. Nadie excluye la indecencia de los ingredientes del arte. En el ángulo bastardo de esta reflexión caigo en la cuenta de un programa, no sé si ya difunto, en el que se recreaban juicios alternativos a los aparentemente legítimos. Novelas de serie B. Pulp fiction pura. Pecadillos de la masa proletaria.


26.1.12

Leer a Kavafis

Uno, al escribir, hace a veces el trabajo sucio. Se esmera más bien lo justo o incluso no se esmera en absoluto. Sostiene mi buen amigo K. que hoy escribe todo el mundo y no lee casi nadie. Yo mismo escribo en esta página para unos cuantos escritores que dejan de escribir para leer lo que yo escribo en uno de esos momentos en los que no estoy leyendo lo que ellos han escrito. Hago el trabajo sucio, K. En efecto. El trabajo elegante, el fino y el cultivado, el que relumbra en la oscuridad, guía a los aturdidos y esplende el a veces zaherido lenguaje lo hacen los otros, nunca yo. Tengo una biblioteca en la que confío cada vez que la realidad me descabalga de mis ensoñaciones y me arroja a sus lodos. Una biblioteca inútil, me informa K. No tienes tiempo en tres vidas para leer todos los libros que tienes. Necesitas cuatro para escuchar todos los discos que posees. Otra entera para ver todo el cine que guardas. En ese esfuerzo titánico no podrás amar a tu mujer y a tus hijos, cumplir tus obligaciones laborales y no descuidar el afecto de tus amigos. Cuando luego te sientes en casa y escribas un post sobre lo que estamos hablando estarás perdiendo un tiempo precioso que podrías ocupar en leer a Kavafis.

24.1.12

El lugar más hermoso del mundo



Creo que en pocas ocasiones de mi vida me he sentido más feliz que el día en que mi hijo me hizo esta fotografía en los Picos de Europa, zona cántabra. Lo fui de un modo absolutamente limpio. No habiéndome sentido casi nunca preso de nada, en ese instante me sentí libre del todo. Lo de la libertad es un concepto que no he manejado nunca mucho. Pensar en si uno es feliz o no tampoco me perturba en demasía. Sé que la felicidad es un arrebato, un subidón de endorfinas, algo que no está ni siquiera bien que dure demasiado tiempo. Sin meterme en honduras metafísicas, prefiero la alegría... sigue leyendo en Barra Libre.

23.1.12

El mundo es extraño


Leí que el orden del universo no existe. Unos astrofísicos (austrohúngaros o no) habían dado con las razones exactas de esa tajante aseveración que a mí, más que científica, me pareció, mientras iba entendiéndola, poética. En el desorden, pensé, se vive mejor. Yo, a mi modo, en mi pequeño cosmos genético, carezco también de orden. No hay reglas que me expliquen. Miles de años de literatura, de psicología y de filosofía no han dado con la fórmula que me desglose y tabule. De entrada mi cuerpo no obedece las instrucciones que le da mi cerebro. A veces quiero coger una cuchara y de pronto sorprendo a mi mano atusándo el cabello o frotándose contra mi mentón. Yo mismo he notado con frecuencia esa falta de sincronía entre la máquina y quien aparenta gobernarla. Será ésa la razón por la que no entiendo el mundo. ¿Cómo voy a entenderlo si ni yo me entiendo? Encabalgado en estos pensamientos, perdido en la hondura de mis meditaciones, escucho en televisión lo del juez Garzón, que vuelve mañana al Palacio del Tribunal Supremo para ocupar por segunda vez el banquillo de los acusados y ser sometido a juicio por su investigación de los crímenes del franquismo. Como no soy juez ni miembro del sindicato ultraderechista Manos Limpias, poseo una información muy cribada ya del asunto, pero barrunta uno sus cosas y confirma eso de que no es posible entender nada de lo que pasa en el mundo. El orden no existe. La astrofísica es una ciencia conjetural. Las revistas del corazón tomarán las calles. Quemarán las bibliotecas. Iremos de cabeza a las trincheras de la cultura. Nos la van a robar a poco que nos descuidemos. Hay indicios fiables. Grumos judiciales. Evidencias cósmicas. Me consuelo como puedo: si el orden del universo no existe y nadie entiende a nadie ni se entiende a sí misma ¿cómo vamos a confiar en que exista la justicia? Miles de años de literatura, de psicología y de filosofía, nobles disciplinas del alma cultivada y sensible, no han dado todavía con un patrón válido para todo el mundo. Nada de esto supera en relevancia al partido de vuelta de la Copa del Rey del próximo miércoles en el Camp Nou. Mi mente ociosa ha dejado las cavilaciones procesales y se ha entregado a conciencia a buscar en el google si Mou, The Special Two, últimamente, mete en el once a Pepe, ese leñador luso.Lo dijo un personaje de Lynch en Blue Velvet. El mundo es extraño. Será el desorden lo que lo afea y lo enmaraña todo. Mi cerebro no entiende lo que el cuerpo le suministra.

22.1.12

La gente del Lehmitz

"La gente del Café Lehmitz tenía una presencia y sinceridad de la que yo carecía. Estaba bien estar desesperado, ser tierno, sentarte solo o compartir la compañía de otros. Había mucho calidez y tolerancia en ese establecimiento ya desaparecido." 






Hasta hace poco no supe que la fotografía de la cubierta de Rain dogs, el estupendo disco de Tom Waits, era de una serie extraída del álbum Café Lehmitz. Son Lily y Rose. El café ya no existé, pero durante los 60 y parte de los 70 alojó a los parias de Hamburgo. Anders Petersen guardó la memoria de ese limbo en mitad de dos mundos con su Contax T3. Los desheredados de la ciudad, los que se perdieron en el camino, se reunían en ese bar y compartían esa hermandad privada, en donde desentonaba cualquiera que exhibiera la felicidad en la ropa o en los dientes, en el gesto o en la billetera. Pobres del mundo, unidos en el calor fraterno de una barra, dejándose fotografiar por (imagino) uno de ellos. a salvo de un mundo del que no supieron entender la trama. Tampoco la entienden los que no frecuentan el Café Lehmitz. La diferencia entre unos y otros consiste en que los inquilinos del Lehmitz han renunciado a entenderla. El mismo Andersen, un fotógrafo de dieciocho años, no la entendía. Sabía en todo caso que su cámara vería lo que sus ojos no comprendían. Hizo más de 300 fotografías y las expuso en el mismo café. Los protagonistas de la exposición tenían hablado que podían retirar las tomas de las que no se sintieran a gusto. Nadie lo hizo. Prostitutas, proxenetas, clientes, pequeños y grandes delincuentes, borrachos, homosexuales, marinos, travestis, drogadictos, gente sola en el mundo, todos se reconocieron como la familia que en verdad era. Una extraña, ya me entienden. Pero todos sabemos que hay familias afuera, en Hamburgo, en Londres, en Madrid o en donde el amable lector resida, que no se abrazan ni se cuentan sus cosas con una taza de café de por medio. Que viven en la apariencia de que se quieren, el simulacro consentido de que se aman. Éstos, al menos, son honestos, no se esconden, dan lo que hay y lo dan sin buscar nada a cambio. Recuerdo ahora una frase durísima que se deja oír todavía de vez en cuando. "No tiene a donde caerse muerto". Esta gente sí tenía, al menos, un escenario de confianza. El público era al tiempo el autor y el intérprete de la obra. Andersen era un extra. Uno fiable, entiendo. El que registra los ensayos y luego se esmera en no perder un detalle de la gran representación. La fotografía es un arte mayor porque, a diferencia del cine, de los 24 fotogramas programados en un segundo, escoge un momento en el tiempo, un instante brevísimo que la imagen en movimiento pasa por alto. No escuchamos el entrechocar de los vasos. No sabemos si hubo una vieja radio o un pick up que airease canciones de la época. Tampoco si el olor a nicotiina y a alcohol, ese olor rancio que habita en los bares, lo impregna todo de una forma insoportable. Quizá no necesitemos esas certidumbres a cambio de otras que engrandencen el resultado final. Las caras perdidas. Los cuerpos vencidos. La derrota como un signo de belleza también. Ébrios, ignorantes, felices, la gente del Lehmitz.

































Anders Petersen con su Contax algunos años después de su estancia en el Lehmitz. La cámara, a lo visto, no ha cambiado. Sigue hurgando en la realidad, extrayendo de algún modo su esencia invisible.


20.1.12

Dios y el diablo estaban de su parte



"Un retrato fotográfico es también una imagen de alguien que sabe que se le está fotografiando, y cómo esa persona usa esa consciencia es tan importante como qué aspecto tiene o lo que lleva puesto. Está implicado en lo que está pasando y tiene incidencia en el resultado final"

Richard Avedon 






Johnny Cash no disimula nada. Confirma el roto que lleva adentro. El matrimonio inestable entre Dios y las anfetaminas le impidió enseñar otra mirada. La suya es un desquicio. Avedon sabe que Cash no solo se implica en lo que está haciendo (ser fotografiado) sino que traspasa la mera transmisión de un gesto o de un sentimiento y percute el objetivo de la cámara, trasciende el sencillo proceso de la impresión cromática y ejecuta, a su manera, una pieza no excesivamente distinta a las que interpreta en el escenario, cuando proclama su lamento y exhibe sin pudor las heridas que le van dejando el amor y los caminos. Dios y el diablo estaban de su parte.




18.1.12

Caine / Siren




No sé si hay que estar un poco loco para tocar jazz en el siglo XXI. No porque el jazz no esté bien considerado por los que saben (alguno habrá) ni porque sea un arte menor, poco rentable, de escaso afecto popular. Sucede justamente lo contrario. Tiene el jazz un apresto aristocrático, una distinción de la que carecen otras músicas que incluso concitan un mayor reclamo y un más boyante negocio. Parece increíble que lo que nació en el polvo, en la mugre, en la plantación, en el iletrado territorio del negro al que le extirpan la dignidad y las raíces acabe conquistando el selecto club de gourmets blancos y sea por derecho propio la música clásica del siglo XX. Tiene también clichés de los que difícilmente se escapa. Se cree a veces, cuando no se indaga, si no se involucra uno lo que debe, que es un género oscuro, parcial o totalmente codificado, construído a capricho de unos cuantos negros embrutecidos, conscientes de tener entre manos una pequeña bomba de relojería que terminaría por afectar, en su deflagración, al resto de los géneros y probablemente al propio decurso de los acontecimientos de la sociedad en la que nació. 

Uri Caine es un loco excepcional. Posee la clarividencia del negro, pero la ensambla con la humildad del blanco. Si un blanco que toca jazz no es humilde y es paciente, hará buena música pero quizá no sea exactamente jazz. Imagino que el genoma del jazz posee su mecánica secreta, una que hace que las cadenas de ADN brinquen, sincopadas y ebrias, un poco locas y un poco tristes también. Caine da la brizna de locura y la de tristeza a poco que uno se involucre, ya digo, en sus trabajos y descubra que es un aventajado pianista, poco clasificable, que fluctúa entre la revisión de los clásicos (lecturas académicas de las Variaciones Goldberg de Bach, de los románticos o incluso de Wagner) y la devoción por el jazz como lenguaje propio, mamado a conciencia, concebido como el desquicio lírico y puro que le reconcilia con el mundo.

Al escuchar a Uri Caine se tiene en ocasiones la idea de estar asistiendo a una especie de espectáculo salvaje. Los dedos de Caine se deslizan por las teclas del piano y el sonido revela a las hormigas yendo y viniendo por las blancas y las negras, apretando las patas diminutas contra la madera o contra el marfil, sugiriendo una acometida que no termina de cerrarse, abriendo y cerrando mundos que solo la música sabe abrir y cerrar. Por eso el jazz, siendo cosa de hormigas, es un ejercicio que linda o que puede lindar la locura. Al que no le asiste la cordura, al menos el tipo de cordura que hace que uno no toque jamás jazz, por ejemplo, se le concede sin embargo el don de convertir sus dedos en una horda salvaje de hormigas. No hay nada sagrado en este arte. Hay una determinación casi orgánica por la belleza. Importa lo justo que se enfrenta a un repertorio barroco,  al bebop de Charlie Parker o al free jazz de Sonny Rollins. Sus años dorados con el trompetista Dave Douglas forjaron un pianista duro, vital, sensible a todas las influencias que pueden extraer del jazz sonidos que en principio le son ajenos. De ascendencia judía, Caine amalgama trazos de folk, ritmos de vanguardia electrónica y (por supuesto) líneas de texto clásicas. En alguna entrevista ha referido que su amor por Wagner no puede competir con su amor por Gillespie.





De digitación extraordinaria, Caine alumbra en Siren (el disco que llevo escuchando dos días) un plan más conceptual que otra cosa. El trío (Perowsky a la batería y Hébert, al bajo) dialoga continuamente. No hay una preeminencia pactada. No está el piano como conductor de la trama sonora. Se ensamblan sin que se advierta cortes en la sutura. Salvo un standard (On Green dolphin street) todo son piezas originales que parecen compuestas para amplificar esa voluntad de diálogo puro. La audacia, ese acceso voluntario de locura, sustenta el disco entero. No sé si es posible descubrir algo en estos tiempos de agotamiento de las ideas y de vencimiento natural de las vanguardias, pero Caine, en jazz, en lo que se ciñe al volcado de esa música exclusiva y adictiva, es un iluminado, un sujeto al margen de la industria, que publica discos y sale de gira (muchas veces en Jazzaldia, ninguna que yo haya podido disfrutar lamentablemente) con la muy pedagógica idea de rendir su oficio al público y servir de embajador de la belleza. En Siren la hay en cantidades masivas. Cuesta envolverse con la serena abstracción de la pieza que da título al álbum, pero el resto es un prestidigitación pura. Hormigas alegres que ejecutan un marcha nupcial.

16.1.12

¿Quién le dará de comer a Monopoly?



Una vez soñé, oh bendita ilusión, que era el mandamás de una de esas agencias de evaluación de riesgos tipo Standard's and Poor's, Fitz o Moody's. Iba a todos lados en una limusina escandalosa y no paraba de hablar a través de una blackberry. Los presidentes de los países con inclinaciones morosas me pedían benevolencia. Los de economías boyantes me invitaban a cenas en palacios imponentes. No había cuchicheo de ministros que no oyera ni confidencia bancaria de la que yo emitiera juicio. Desperté empapado en sudor y hasta mi mujer, a la que no suelo confiar la naturaleza surrealista de mis sueños, me consoló en lo que pudo. Date una ducha, me dijo, saca de paseo a Monopoly, relájate, marido mío, cualquier día de éstos te va a dar un jamacuco como el que le dio al vecino el día en que su entidad de ahorros le embargara el piso. No hice nada de eso. Me serví un vodka con limón aliñado con un par de pastillas de tranquimazín. El sueño no tardó en vencerme y regresé a los palacios de la alta alcurnia y a codearme con la élite de la política europea. Mi blackberry ardía, la limusina esperaba en la puerta del edificio de once plantas en donde estaba la agencia que presidía. Así, entre la vigilia aburrida de mi vida gris y el delirio financiero de mis sueños, fueron pasando los días. Mi mujer zanjó su aburrimiento conyugal con un ultimátum asequible a mis entenderas incluso dopado hasta la bola de psicofármacos, en fin, ya saben, orfidal, lorazepan, prozac y todo eso. Me dijo: o dejas de gritar en mitad de la noche Merkel, Sarkozy, a ver si nos vemos otro día, o me voy con mi madre y te quedas con Monopoly hasta que sientes cabeza. Hace ya un mes que no la veo. En la farmacia no me fían y no sé dormirme por las buenas. Me tiemblan las manos. Unas bolsas descomunales rodean el precipicio de mis ojos. Balbuceo al hablar. Se me enredan unas palabras con otras. He buscado en el google un remedio para mis males, pero tampoco sé qué me pasa realmente. Me he hecho adicto de los telediarios. Cuando hablan de las agencias de evaluación de riesgos, de la prima ésa de las narices y de la deuda soberana me da un subidón fantástico. Me he abonado a un canal por cable que emite solo noticias económicas. Compro la prensa especializada. Ojalá que la crisis dure muchos años. No sé qué haría si todo vuelve a la normalidad y el fondo de rescate europeo se salva y gana en dividendos. Si la triple A ésa que no acabo de entender qué coño es se la asignan a Albania y los parias del mundo abren un plan de pensiones en el BBVA. Yo que creo que me muero. Solo lo siento por Monopoly. De mi mujer ya ni me acuerdo, la pobre, con todo lo que ha padecido. Rezo lo que me acuerdo para que todo siga igual y pueda quedarme a vivir en mis sueños.

15.1.12

La piel que habito: La ley del deseo





Almodóvar carece de pudor. Hitchcock tampoco era amigo de la contención. Cronemberg ignora la mesura y se arriesga continuamente, exponiéndose, librando consigo mismo la batalla que no le importa perder con el público. Es en el riesgo, en la incensate necesidad de asombrarse, en donde Almodóvar encuentra el entusiasmo del trabajo. No habiendo dejado nunca de hablar de los mismos temas, el director manchego logra que cada nueva visión de sus obsesiones (el travestismo, la identidad, la problemática del cuerpo, la vigencia del melodrama como combustible narrativo) sea una visión inédita y parezca, a pesar de los clichés y de la maledicencia popular, de las ganas que se le tienen a veces por ser un provocador o por crear la antojadiza impresión de que lo es, la visión exclusiva, el primer hallazgo, como si fuese la revelación de una trama que se nos ofrece rica, completa y vírgen. Por eso, al margen de la circunstancia de Almodóvar como personaje, como valedor incansable de su obra y maestro en la conducción de su propaganda, las películas que hace requieren un respeto absoluto. En eso se empareja a Woody Ällen, que no maneja los mismos estilemas ni posee el carisma mediático de Almodóvar, pero transpira decencia en lo que hace y convierte su filmografía en un paisaje de la cultura de los pueblos verdaderamente cultos. 
La piel que habito no es una obra menor en la carrera de Almodóvar, pero tampoco es una pieza maestra al modo en que lo es Volver, Todo sobre mi madre o Hable con ella, por nombrar algunas de las más recientes. Lo que posee ésta y carecen otras de sus películas es la perturbadora mezcla de géneros. En el agitado la trama no sale ilesa del todo, pero gana la belleza del film, su abrumadora capacidad de secuestrar nuestra atención y no soltarla hasta que se escucha la última línea de texto. No siendo una cinta de terror, se atisba la influencia de la Hammer y la romántica (y en cierto modo pulp) recreación del mad doctor, del médico sonado que se arroga la facultad de ser dios y actúa como si lo fuese sobre las criaturas que le rodean y sobre la criatura concreta que moldea y ofrece a la realidad como acto casi amoroso de su demencia. El cirujano plástico que interpreta colosalmente Antonio Banderas (un goya ya, por favor) es un personaje trillado al que Almodóvar deconstruye y convierte en un vengativo padre cuya hija (violada y muere) le exige el tributo de la locura para que su recuerdo no se extinga del todo. Poe no hubiese pasado un mal rato en la butaca, observando los trazos limpios y también los gruesos (sobra algo de humor burdo tan al gusto del director) de una trama de índole fantástica pero muy humanamente amarrada a lo mundano, al territorio del drama y a la expiación que cada uno se impone para liberarse de la bochornosa culpa. En eso, en la progresiva manifestación de la venganza, Almodóvar mira a Cronemberg. Los dos disfrutan de la travesía del dolor. De cómo los sentimientos crean personajes mutantes, híbridos entre animales y personas o entre criaturas masculinas (Vicente) y femeninas (Vera).
La piel que habito es también un tributo al Frankestein de Shelley. Uno más, pero sobre todo uno que se aparta de la línea clásica y prefiere embutirse un traje más melodramático, donde importa más el bagaje de emociones de los personajes que cualquier otra consideración sobrenatural. Almodóvar zanja la vertiente metafisica de la trama: no le interesa ocupar al espectador en derivaciones teológicas. Lo que hace el cirujano no es solo una usurpación del papel que se le asigna a Dios sino una usurpación del papel del escritor, del novelista que arma una trama, urde un progresión de los personajes e involucra al lector en una trampa maravillosa, en una mentira fantástica. El doctor Ledgard (repito, un magnífico Banderas) mira a su crisálida, a su extraña cautiva, a través de una enorme pantalla de plasma que hace las veces de espejo en una de las paredes que dan a su celda. La mira como si de esa mirada pudiese extraer consecuencias que conduzcan el argumento a un otro a otro sitio. La propia presa, en un alarde metalingüístico, en una soberbia metáfora de lo que es la literatura, le pregunta a su creador hasta cuándo va a durar la obra. Si la va a libertar o por el contrario va a hacer que la trama no cese o que solo acabe cuando sean los personajes los que desaparezcan. En cierto modo es el autor el que se siente abrumado por el peso de la historia. No sabe si llevar la venganza hasta el delirio o renunciar a ella y forzar un giro en los acontecimieentos, ofreciendo a Vera, su obra maestra, la posibilidad de salir sola al mundo. La propia Vera (una centrada Elena Anaya, cada vez más desnuda por dentro y por fuera) escribe también su propia novela. La suya es una de venganzas larvadas, de costuras que se van cerrando y de heridas que la piel cicatriza pero que avanzan dentro como un cáncer. 
En lo demás, en lo más acendradamente almodovariano, La piel que habito es un retorcido ejercicio de autocomplacencia. Como casi todo lo que hace este hombre. Almodóvar se está gustando cada vez más. Aprecia su voluntad inextinguible de cineasta y vuelca en sus films el majestuoso amor que tiene por el cine. Histriónico y vodevilesco, envenenado y luminoso, el cine de Almodóvar crece parejamente al crecimiento madurativo de la persona detrás de la cámara. Va dejando el humor zafio, universalmente comprendido, y se va acercando cada vez más a la figura egregia de su admirado Douglas Sirk. Le traiciona la cabellera imposible de Marilia (Marisa Paredes), que parece un rebrote especular de otros films de Almodóvar, extrañamente injertado en éste. Le traiciona el travestido hijo de ésta, Zeca, interpretado obscenamente por Roberto Álamo, que va por la casona felizmente embutido en su disfraz de tigre semental y loco, y que parece gritar también que se ha escapado de otras películas y se ha colado en ésta. Incluso el anómalo Agustín Almodóvar, que coescribe la trama y se asigna un papel rocambolesco, surrealista, imposible de calzar en la horma del film, pero que entra y destapa la humorada, el exabrupto, el burdo chiste de antaño en una escena que no pasa de los veinte segundos. Es por esto por lo que Almodóvar está en plena posesión de su arte y por lo que ha decidido (es un decir, su ego es enorme) renunciar al decir del pueblo, al barrunto de los críticos, al runrún de los premios y de las alfombras. Y va a dar igual que todo sea verosímil y que no entendamos del todo lo que mueve a los personajes hacia la tragedia que los clausura. Importa la belleza del horror, la secreta adicción a que nos asombren. A mí me asombra Almodóvar a cada plano. No importa que sus películas no sean redondas ni dejen un sabor de boca perfecto. No lo dejan. Ésta tampoco. Lo que perdura es el hechizo durante las dos horas que dura el film. A todo esto contribuye Alberto Iglesias con una banda sonora descomunal. La película, entera, no es nada sin ese aliño sonoro. Nada, un disparate.

10.1.12

Pequeño manual de adiestramiento espiritual



Siendo caprichoso y de inclinaciones volubles como soy,  no me puedo permitir redactar un acta de buenos propósitos para el año recién empezado. En todo caso puedo hacer lo contrario y firmar una que contenga los vicios a los que encomiendo la salvación de mi alma. Aparto las buenas intenciones en la certeza de que no tendré tesón para cumplirlas....

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8.1.12

Enviciado de tanto, sabedor de tan poco



Mi epifanía de hoy consiste en darme cuenta por fin de que soy un intoxicado cultural, una especie de yonki que cayó de cabeza en un campo de amapolas y vive libando de aquí y de allí, sorteando los tiempos muertos, encontrando placer en un variado y bizarro mundo de pétalos. Esta mañana, mientras leía a John Connolly (El camino blanco, RBA) escuchaba a The Jayhawks y mi cabeza quería leer a Philip Roth y escuchar a Brahms. Pensé en cómo funcionan las afinidades electivas. Connolly casa con Jayhawks y Roth con Brahms. No sé qué música escuchar cuando releo a Borges (porque ya no es posible leer a Borges) ni tampoco la que conviene cuando regreso a Kafka. Hay autores que piden silencio y otros que no existen salvo que escoltes la lectura con una apropiada banda sonora. Pasa lo mismo con los paseos por mi pueblo. Ya no concibo andar (si es que voy solo) sin llevar enchufado mi iPod. Hoy he disfrutado (mucho) con Grace, el disco de Jeff Buckley. Ayer, en un paseo muy breve, escuché algunas piezas de John Coltrane, pero apagué el aparato porque me estaban sacando de quicio. Manipulé la ruedecita del invento de Jobs y encontré:
a) Los conciertos de Brandeburgo de Bach
b) The dream of the blue turtles de Sting
c) Un recopilatorio casero de Nacha Pop
d) Old friends, triple antológico de Simon & Garfunkel
e) Varios podcasts de La rosa de los vientos (Onda Cero) y Espacio en blanco (RNE)
Omití el quebranto barroco de Bach (no eran horas, no estaba tampoco de humor) y busqué la frescura de las primeras canciones de Antonio Vega. Regresé a casa con la sensación de haber cometido algún tropelía conmigo mismo. Me dolía (me duele todavía) no recrearme en algo con suficiente paciencia. Escuchaba a Nacha Pop y pensaba en Radio Futura. El campo de amapolas es tan grande que estoy pensando seriamente en quedarme en una parcela y olvidarme del resto. Como si de pronto te dedicas a leer literaturas germánicas medievales y olvidas la novela negra de Hammett o la poesía de Kavafis. Como si renuncias al bebop para refugiarte un mes entero en madrigales. Tuve un amigo que consagraba una semana completa a empaparse de Góngora. Preciso, metódico, iba de las Soledades, tan escandalosas ellas, a los romances, de menos punch, sin que se le viese afectado por la monótona inyección de retruécanos, octavas y cíclopes. Luego volvía a la realidad (Góngora es un inframundo, no lo duden) como quien cambia de autobús en el centro de la ciudad. Admiraba yo esa facilidad suya para concentrarse en algo y esquivar las varias tentaciones que lo cercaban. Conste que nunca he intentado nada parecido, pero es cierto que hay días en los que solo escucho jazz o solo leo poesía. Supongo que al amable lector le pasará parecida cosa.

Hay días en los que no es posible la hospitalidad cultural y vivo uno tan a gusto en esa indigencia falsa en la que lo tienes todo a mano y no sabes a qué entregarte. Pones en el DVD una película francesa de Claude Chabrol, pero algo te dice que no es la mejor opción. Que hace un siglo que no ves nada de Truffaut. Entre Chabrol y Truffaut me quedo siempre con Truffaut, pero uno se cansa de no salir nunca de los mismos vicios. Será me hago viejo. De hecho me hago viejo. Fue Hegel el que escribió que los tiempos no siempre van hacia adelante. En ocasiones no se mueven. En otras van hacia atrás. La idea primaria de la ocurrencia de Hegel es que el futuro no tiene futuro o que el pasado, a pesar de lo gris y de lo malo que pudo ser, puede volver y quedarse. Yo estoy fuera del tiempo. No vivo el presente y cuando miro al pasado me siento hechizado por el futuro. Vivo sin vivir en mí. Muero porque no muero. En ese plan. Cualquiera diría que estoy en mi semana mística. Tienes ganas de ponerte victoriano con un buen tocho de Jane Austen y se te cruza en la estantería un volumen de cuentos de Lovecraft. Será que tenemos tanto y nos aturde esa abundancia que no asimilamos. Enviciado de tanto, sabedor de tan poco.

Se malogra uno con estas frivolidades burguesas. No acaba de darse cuenta de que hay una vida y de que corre más de lo que le pedimos. Que faltan horas para abastecerse de afectos y de letras, de ritmos y de metáforas, de luz y de sombra. Que el día cierra su paseo triunfal y se pone la cabeza a hacer balance de lo bueno y de lo malo que nos ha pasado en su transcurso y hay ocasiones en que no se saca nada en claro. De lo rápido que va todo. De lo frenético del contrato que hemos firmado. Así que más vale (me digo a mí mismo, ahora que nadie está pendiente) disfrutar de lo que vaya buenamente cayendo en nuestras manos. Soledades de Góngora o scats de la señora Fitzgerald. Todo se acuna adentro y alimenta como debe la ociosa alma. De momento sigo con las aventuras de Charlie Parker en Alabama. Los fantasmas le persiguen, pero mi detective favorito corre más rápido.


7.1.12

Coltrane, Evans, Sinatra



Me hubiera gustado tocar el saxo como John Coltrane, el piano como Bill Evans y cantar como Sinatra.
Carlos Boyero en El País

No sé si en la intimidad todo el mundo piensa qué cosa hace bien, en qué brilla. A veces exponemos en voz alta nuestro fracaso en algunas de las cosas que hacemos, pero nadie se deja en buen lugar exponiendo lo bien que toca la guitarra, la extrema habilidad que tiene conduciendo o cómo prepara el arroz con bacalao. Seguramente sea correcta esa prudencia y lo deseable consiste en que sean los demás los que ponderen si somos virtuosos en esto o en lo otro. Borges se jactaba de lo leído. Simenon, el impecable forjador de tramas detectivescas, de las mujeres que habían pasado por su cama. Ronaldo, el depradador insaciable, de ser guapo y rico. Conozco quien se embebece aireando su piedad cristiana y quien, bien al contrario, se esmera en narrar su paganismo. Quien no se arredra en airear su fe y quien la conduce más domésticamente. Quien es un agnóstico o un ateo militante y quien no se esmera en manifestar su disidencia con los dioses y con la docta iglesia. Quien es de Rajoy de toda la vida, desde que era Registrador de la Propiedad en la Galicia profunda y quien es de Carmén Chacón (hoy en Almería se llama Carmen, bien pensado) desde que se puso pantalón para pasar revista a todos esos tíos de las milicias. Quien es muy bueno manejando conflictos y quien se viene abajo a la menor evidencia de un problema. Está el perro ladrador y poco mordedor del refranero y está el sabio aserto de que cuanto más te agachas, más se te ve el culo. En lo que no se comete imprudencia verbal alguna es en lo que hace Carlos Boyero en la entrevista de hoy de El País. Tocar como Coltrane o como Evans y cantar como Sinatra. Subscribo el deseo de Boyero. Íntegramente. Me da igual que el azar me premie con uno o con otro de esos virtuosismos. Lo de Evans me cautiva más. Yo siempre quise ser Bill Evans. De hecho lo soy en mi avatar del facebook. Yo con mis gafas de pasta, enchaquetado, con esa cara de funcionario gris a lo Pessoa, pulsando las cuerdas del cosmos al atacar Waltz for Debby. Tampoco quedaría mal en las fiestas, en las parrandas con los amigos de los viernes, improvisando Cheek to cheek entre caña y caña. O tocando los veinte minutos de My favourite things con el saxo. Nunca he cogido un saxo entre las manos.Yo soy de Coltrane, de Evans y de Sinatra como otros son del santo de su pueblo o del club de sus amores. No soy muy de Boyero, pero en eso parece que ha hablado el hombre por mi boca. Se trata,en fin, de hablar de lo que uno tiene más a mano, pero suele pasar que son los demás los que nos conocen. Seguro que este texto que me acaba de salir (escuchando la voz de Sinatra en Cheek to cheek, claro está) lo han leído ya los míos más cercanos, los que saben de qué pie cojeo, antes siquiera de haberlo escrito.

6.1.12

Cien veces mejor que el whisky




 " La marihuana es cien veces mejor que el whisky. Es agradable, es una ebriedad que cuesta poco alcanzar, es buena para el asma y relaja los nervios".
Louis Armstrong.


Solía decir que la marihuana era la borrachera barata, la medicina de los pobres y de los negros. Sin fumarse un porro, Satchmo tocaba como un ángel. Embriagado, Satchmo tocaba como un ángel también. Uno ebrio, claro, el ángel tóxico que jamás dejó de fumar marihuana y que no perdió la oportunidad de introducir en su vicio a otros insignes del show business de la época como Bing Crosby o como Bob Hope. No se arrimó a drogas más duras. Solo marihuana. Armstrong no necesitaba colocarse para expandir la sonoridad de su trompeta. La expandía sin narcóticos. En la foto, cuyo autor no he logrado encontrar, se ve a un Armstrong reposado. Es una especie de Armstrong inverso. Como si los efectos del cannabis le calmaran y le borraran de cuajo la alegría ante los flashes de las cámaras. Aquí no sonríe. Parece pensar muy a lo hondo en lo que ha vivido, en el sufrimiento del pueblo negro, en la humillación sufrida por su raza, en la dignidad arrebatada, en el odio de los hermanos. Como si al fumar de pronto se pensara a sí mismo y razonara su esencia y su lugar en el mundo.

Uno elige sus obsesiones, las mima, las gobierna en lo que puede y se afina en el oficio de amarlas casi por encima de todas las cosas, pero hay obsesiones que cierran la razón. No sabemos qué podría haber hecho Charlie Parker de no haberse despeñado en la heroína. O Billie Holiday. O la más reciente (y excesivamente endiosada) Amy Winehouse. De Chet Baker, otro ilustre drogata, sí sabemos a qué cimas llegó. Se perdió en grabaciones subalternas, en conciertos de calidad ínfima, en donde desafinaba o se dedicaba a insultar a sus sidemen en el escenario. Peor fue cuando cayó al vacío desde una habitación de hotel en Amsterdan. Nada de eso padeció Satchmo. No tardó como Charlie Parker tres días enteros en morirse, comido de dolores, acuchillado por la fiebre y por el mono. Armstrong tocó hasta que ya no entró aire en sus pulmones. Sus últimos conciertos fueron patrocinados por el gobierno de su país. Ambassador Satch, le llamaron al final de sus días. El embajador del jazz y de la sonrisa perenne. Un ataque al corazón, poco antes de cumplir los setenta, lo retiró de los escenarios. El mismo ataque que años antes le privó (solo un poco, imagino) de su marihuana. Nada que mermara su talento ni su estajanovismo jazzístico. 

Hoy alguien me preguntó si todos los grandes solistas del jazz eran toxicómanos. Le he respondido muy vagamente. Tira de wikipedia. Algo así le he dicho. Tampoco importa que así sea. De los grandes genios del jazz o de la literatura o de cualquier otra disciplinas de las artes tenemos siempre una percepción fantasma. No existen. No son tangibles. Están en sus libros o en sus discos o en las memorables actuaciones en un film, pero no sabemos nada o casi nada de qué hicieron en vida, a qué dedicaban (como cantaba otro) el tiempo libre. Cuando mueren se nos coge un nudo en la garganta, se enturbia el lagrimal y agradecemos, ahí adentro, donde quiera que esté el alma, los favores recibidos, el esfuerzo por deleitarnos, por hacernos felices. El arte tiene ese cometido por encima de todos los demás: hacer felices a quienes lo observan o lo producen. Yo de Satchmo tengo siempre la idea de que tocaba para mí. Lo tengo enlatado ( un disco con Duke Ellington) en mi iPod para conectármelo mañana al alma, donde quiera que esté. Ahí adentro. Esperándolo.

1.1.12

Soy un gato y estoy muerto


 David Shrigley


Nunca me expresé dibujando. Por eso mi admiración hacia quienes lo hacen es cada día mayor. Al modo en que la música pulsa las cuerdas más íntimas del alma, las que a veces no alcanzan las palabras, las artes plásticas tienen la facultad de llegar a lugares impensables y durar ahí adentro. Una de esas mezclas entre lo musical y lo pictórico es el disco como producto. Engarza el hechizo de una imagen con el hechizo de la música. Recuerdo con afecto portadas majestuosas que guardaban canciones inmortales. No es posible que escuche Shine on you crazy diamond, la pieza del Wish you were here de Pink Floyd, sin que piense en el hombre que extiende su mano mientras arde. La del álbum blanco de los Beatles me sigue pareciendo sublime. Ofrece lo que no está contaminado. Como si vamos al cine y no sabemos nada de lo que nos van a proyectar y solo nos guiamos por el título. Incluso podemos prescindir del título y arriesgarnos a que nos sorprendan. Vivimos en un mundo en el que no aceptamos las sorpresas. Queremos saber siempre más. Amamos la información sobre el producto más que el producto en sí. El disco blanco de los Beatles era una provocación. El gato de Shrigley también provoca. Dice que está muerto. Erguido, desafiante, nos confía dos ideas que no podemos aceptar. Que un gato maneje el idioma inglés y de que siga usándolo después de muerto. Shrigley limpia el atrezzo para presentarnos a su gato. Richard Hamilton puso las palabras The Beatles en el blanco inmaculado, en el blanco perfecto, en la pureza de lo que no ha sido tocado. A veces me pregunto qué distrae a los que nos ven para que no nos vean como realmente somos. El modo en que nos vestimos o la forma en que dejamos que crezca el pelo solo perjudican esa visión pura. Quizá no deseemos ser vistos. Algo muy íntimo, de una privacidad absoluta, se resiste a mostrarse. No la conoce nadie. No dejamos que nadie entre ahí. El hombre que arde en la portada de Pink Floyd está contando una historia. El gato de Shrigley hace exactamente eso. Apela a la capacidad de asombro que no nos han arrebatado todavía para que le entendamos y sepamos qué hace ahí, sobre sus dos patitas blancas, enarbolando la pancarta en que se proclama muerto. El hecho de que tengamos rasgos individuales o la certeza inconmovible de que el tiempo nos borra y nos rehace hace pensar que la naturaleza prefiere lo diverso. En lo distinto está lo lúdico. En las diferencia es en donde radica la hermosura de la vida. Prefiero el gato absurdo de Shrigley al ingenioso y perverso minimalismo de Hamilton. En el fondo es muy perverso contrariar al consumidor, no ofrecerlo nada, dejarlo en ascuas, no darle el tráiler de la trama que está a punto de ver. La literatura vive de estos engaños galantes. La vida, que es un mucho literaria, se abastece de estos infinitos adornos para perpetuarse. Preferimos saber qué nos van a proyectar en la pantalla o en la vida. Que alguien al tanto de la trama nos ponga al día. No hace falta que se esmere en los detalles y, por supuesto, no debe contarnos el final. Eso es nuestro. El momento más precioso es cuando cerramos los ojos después de la proyección y empujamos hacia dentro lo que nos han contado. Todo para satisfacer a la memoria. Todo en color y con abundancia de efectos. La vida siempre se abre paso.