7.10.12

Desobediencia



Llevo unos cuantos días dejándome crecer la barba. No dejaré que pasten insectos en la crecida montaraz del pelo y me parezca al confiado Walt Whitman, ángel de la guarda del espíritu vírgen del american way of life, pero disfruto muchísimo cada año cuando (por octubre) escondo la crema y las cuchillas y me dedico (mañana tras mañana) a contemplar en el espejo el nervio agreste de la madre natura, que ya nivea en tramos y ofrece el verdadero desgaste del cuerpo. 

Hay algo sobrenatural en el pelo creciendo desde dentro. En las uñas. Son símbolo de algo que ahora no alcanzo a entender. Por eso (tal vez) poseen esa dimensión simbólica. He caído finalmente en la certeza de que el cuerpo no nos pertenece por más que le demos mimos o afectos. El mío hace tiempo que va por libre y sestea cuando le pido vértigos y se multiplica cuando necesito paz. En las muy raras ocasiones en las que ambos vamos a una le miro con arrobo y casi nos entendemos, pero luego me sobreviene un dolor en el costado o me escalan cien lagartijas la espalda y empiezo a sentir un quebranto a mitad del pecho. El cuerpo es un laberinto y sus paredes se agrietan y permiten la metástasis de todos los dolores. Los pequeños y los grandes. Va a ser cierto eso de que uno es pobre hasta que se muere, y no estoy con la vista fija en el colapso financiero ni en los apuntes domésticos de mi cuenta de ahorros. Estamos en una pobreza inlevantable, una que jamás flaquea y te constriñe el alma hasta cuando, en apariencia, todo es júbilo y la alegría esplendorea en el aire.

Con el cuerpo uno debe envalentonarse a veces, decirle quién manda, doblegar su inclinación a lo pedestre, pero hay ocasiones en donde lo que fascina, en lo que se encuentra un placer absoluto, es abandonándose a su voluntad, dejándolo tomar decisiones, contemplando cómo se encabrita, enerva, levanta, constata brutalmente, sin retórica ni protocolos, el pulso animal de la sangre.Y ahí, en ese fiereza mineral y primaria, encontrar la razón perdida de las cosas, el reconocimiento de lo ilegible que tutelamos dentro.

4 comentarios:

José Luis Martínez Clares dijo...

Hay muchas formas de decir que estamos en una edad muy mala, comenzando a padecer ciertos achaques, dejándonos, en ocasiones, vencer por la costumbre. Hay muchas formas de decirlo, pero nunca había leído una tan buena, tan acertada, tan íntima. Abrazos, amigo

Lourdes Zamora Schilling dijo...

Una época hubo en que me fui muriendo más deprisa de lo normal, pero luego me frenaron los bichitos que me iban destrozando por dentro. No sé la barba, porque soy mujer, pero yo notaba que el cuerpo me pedía batalla y pugnaba por salir y anularme, no sé si me explico. He leído fascinada el texto y lo he sentido, a mi manera, mío, como si yo lo hubiese escrito, pero sin barba, claro. Un saludo y un agradecimiento.



Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Todas las edades, de algún modo, son buenas y son malas, ejemplares o infames, porque a todas las ronda su cese, pero lo hermoso es manejar esas evidencias del paso del tiempo, intervenir en cómo se manifiestan, provocarlas a veces. Todo menos no mirar, José Luis. Un abrazo grande para ti, amigo.

Entiendo, creo, lo que dices. Eso de morir más deprisa no suena bien, y todos hemos pasado por el trance de ver ese correr en demasía en los nuestros. El cuerpo siempre pide batalla. Es como un hijo al que no le prestamos atención y de continuo nos la reclama. Al final, cuando se hastía, nos deja. Saludo y agradecimiento para ti, Lourdes.

Rafael Roldán dijo...

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera:
mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Francisco de Quevedo